domingo, 6 de agosto de 2017

Impresiones sobre el Primer Congreso Internacional José Enrique Rodó (Montevideo, 24- 26 de julio de 2017)





Los rodonianos: Ottmar Ette, Belén Castro, Hugo Manini,
Susana Monreal, Sebastián Pineda, María Saavedra, Gustavo San
Román, Fabio Muruci, Alejandro Cáceres, Horacio Bernardo,
Gonzalo Aguiar, Casandra Boldor, Martha Canfield, Juan Pablo
 Drews, Osmar González, Jorge Leone, Laura Osta, Brigitte
Natanson, Romeo Pérez, Ramiro Pedetti, Shawn McDaniel.
Acaba de renovarse –renovarse es vivir– el interés por uno de los ensayistas más entrañables de este idioma, puesto que se ha celebrado en Montevideo el Primer Congreso Internacional sobre el pensador uruguayo José Enrique Rodó. Cierto aire de no creerlo todavía me lleva a preguntarme si fue verdad tanta dicha: ¿Un Congreso sobre José Enrique Rodó? Como si hubiese sido hace unos minutos, todavía me veo escuchando de viva voz las 21 conferencias en torno a Rodó y conociendo de primera mano a los 24 rodonianos invitados, provenientes de diversas regiones del planeta, y aún a gente del público en general que comentaba alguna cosa después de cada ponencia. El entusiasmo por semejante Congreso no se me disipa, y ante mí quiero pensar que tengo a Hugo Manini, el presidente de la Sociedad Rododiana, para agradecerle. El trato de tú a tú salvará a la humanidad, porque es la única forma del diálogo (no las redes sociales). Aún me veo en un café con Belén Castro, quien hizo la edición crítica del Ariel para Cátedra; me veo bebiendo un medio y medio, el trago tradicional uruguayo que combina vino espumoso dulce y vino blanco seco en iguales cantidades, con Gustavo San Román, un rodoniano radicado en Saint Andrews, Escocia; me veo, después de presenciar tremendo Réquiem de Verdi, cenando pesca del día en el restaurante contiguo al Teatro Solís con Gonzalo Aguiar, Fabio Muruci y Alejandro Cáceres. Gracias a la impecable logística de Laura Osta, todo fue estupendo. 


El escritorio de Rodó
No se trató de un congreso exclusivamente académico sino ecuménico.  Abierto a personas de todo el mundo, de todos los países y de todos los tiempos. No hay nada de raro en ello. El Ariel de Rodó, desde cuando apareció por primera vez en la imprenta Dornaleche de Montevideo a principios de 1900, fue como una piedrecilla cuyas ondas concéntricas alcanzaron un diámetro muchísimo mayor que las dimensiones del estanque local o nacional. Al cabo de un año, en 1901, el Ariel se reprodujo en la antigua la isla La Española, en el suplemento de la Revista Literaria de Santo Domingo; por intermedio del ensayista dominicano Pedro Henríquez Ureña también se editó en 1905 en la revista Cuba literaria de La Habana; en 1908 el general Bernardo Reyes –padre del ensayista mexicano Alfonso Reyes– lo editó en la Imprenta del Estado de Nuevo León, en Monterrey, y ese mismo año el Secretario de Instrucción Pública, Justo Sierra, lo hizo editar en la Escuela Nacional Preparatoria de la capital de México; ejemplares del Ariel aparecieron también en la Editorial Sempere, de Valencia, España, igualmente en 1909.  Como toda fuerza positiva desata una negativa, el Ariel de Rodó ha sobrevivido al siglo XX y aun lo que llevamos del XXI como un yunque, soportando los golpes o martillazos del “revisionismo” ideologizado de la Revolución cubana a manos del Calibán (1971) de Roberto Fernández Retamar, y aun los hachazos del multiculturalismo y el poscolonialismo que le reclaman –bajo el más absoluto anacronismo– el discurso indigenista, el de las negritudes, el feminista y el queer. Rodó nunca necesitó cohonestar con el apartheid anglosajón. Su mensaje es, insistamos, ecuménico.

Confieso que estuve a punto de pensar que mi interés por el autor de Ariel iba a quedarse en algo personal, compartido con dos o tres colegas, pues ya se sabe que el Ensayo Hispanoamericano es una asignatura que brilla por su ausencia en casi todos los estudios medios y superiores. Seguimos siendo, en buena parte, colonias mentales del estructuralismo francés o del multiculturalismo anglo-americano. 


En noviembre de 2016, cuando justamente discutía eso en un Tercer Congreso de Historia Intelectual de América Latina en El Colegio de México, de repente recibí un correo electrónico de la Sociedad Rododiana. Siete meses después, el 24 de julio de 2017, se hizo realidad la invitación. Una Van me recogió en el aeropuerto de Montevideo para llevarme al Hotel Victoria en la Plaza Independencia. Era una mañana lluviosa. La Van abandonó el distrito de Canelones por la avenida de las Américas y se enfiló por la rambla atravesando Carrasco, Pocitos y Punta Carretas, bordeando todo el tiempo el mar. No se olvide que Rodó nació, creció y escribió al lado de este mar. Los vientos y las mareas le conceden al mar de Montevideo justamente un carácter proteico o cambiante, pues a veces sus orillas cobran el color cobrizo o de león del Río de la Plata y otras veces le conceden el azul marino o cobalto o verde esmeralda de mar adentro. 


 Montevideo acaso sea una de las capitales hispanoamericanas más jóvenes. Se erigió por Real Cédula de 1726 de la Corona Española, y tiene su parte de Ciudad Vieja que, volcada al mar, conserva su espíritu de municipalidad o cabildo hispano. Se dice que se fundó para frenar el avance del imperialismo británico (disfrazado de portugués) que ya había fundado la Colonia de Sacramento en la Banda Oriental. Se ha dicho que Uruguay es como un país coto o tapón, hecho república por los intereses de la Corona Británica, para impedir que se miren de frente –que choquen entre sí–  dos monstruos como Argentina y Brasil; pero yo quisiera pensar que Uruguay es más bien como un katheon (en lenguaje bíblico el que frena la llegada del Anticristo), es decir, el que mantiene unida la banda oriental del Río de la Plata –que es la principal puerta de entrada fluvial del Cono Sur– con el habla española.  Desde el país más pequeño de América se ha pensado mejor en la América magna —pues los mitos nacionales quedan anulados— y prueba de ello son los nombres de origen uruguayo de primera línea en la crítica y la ensayística: Ángel Rama, Carlos Real de Azúa,  Emir Rodríguez Monegal, Arturo Ardao, Carlos Reyles, Alberto Nin Frías, y otros que se me escapan. 

Ahora bien, ríos de tinta han corrido sobre las identidades nacionales de cada país o región bajo el mito de que un gesto, un rasgo, una bebida, un acento ya nos hace una colectividad distinta de otra. Para Rodó, sin embargo, la democracia genuina no puede asentarse sobre colectividades abstractas, sino sobre individuos concretos. Rodó vivió en una era anterior a las despolitizaciones de nuestro tiempo, y justamente su Ariel ha de verse como katheon o freno de la plutocracia, es decir, de la torpe confianza en que basta el dinero para sacar de pobre a alguien; o que basta saber y dominar la economía para regir las relaciones de los pueblos. Militante político del Partido Colorado, Rodó se postuló y fue electo diputado en tres legislaturas, y contra el liberalismo plutocrático se enfrentó al líder de su propio partido, el dos veces presidente José Batlle y Ordoñez. 

Rodó fue amigo del obrero y se consideró a sí mismo parte de clase trabajadora por cuanto daba el pan espiritual para su pueblo. Murió meses antes de la Revolución Bolchevique (1917), es decir, antes de que el humanismo fuera reducido a sociología de izquierdas por el marxismo-leninismo, o totalmente marginado por la tecnocracia del neoliberalismo. 

No se nace siendo hispanoamericano o latinoamericano. Alemania es un Estado-nación aún más joven que Uruguay, y sus ciudadanos se hicieron alemanes a fuerza de cultura y método, es decir, de instrucción pública. La civilización y la cultura son indivisibles, y Latinoamérica (incluyendo España y Brasil) tendrá aún mayor bienestar y progreso si a la posesión de máquinas se une la lectura y el comentario del Ariel de Rodó.  

La casa de Rodó en Montevideo, en la Ciudad Vieja y cerca de la del poeta Julio Herrera y Reissig, luce con lianas y abandonada, pero se conserva un liceo con su nombre que ya lleva 100 años y en donde se guardan y se exhiben sus principales manuscritos. La continuidad es la clave de la cultura. Y las bibliotecas. En la Biblioteca Nacional (situada en el centro de Montevideo y no secuestrada por una universidad como en Ciudad de México) están los archivos de Rodó, que aún contienen innumerables riquezas según pude explorar de la mano de Gustavo San Román. Ya sabemos que Emir Rodríguez Monegal hacia 1967, en la edición de las Obras completas de Rodó  para Aguilar, puso casi todo, pero aún hay más. Abundan también las bibliotecas digitales sobre autores uruguayos como Anáforas

Por lo demás, mi emoción no cesa todavía de haberme visto en Montevideo y entre rodonianos: Motivos de Proteo llegó a ser mi libro de cabecera, al punto incluso de inspirarme a bautizar homónimamente este blog en 2009.


Catedral metropolitana


Biblioteca Nacional 
mercado uruguayo en invierno
Pesca del día
Desde mi cuarto de hotel 
Amanecer en Montevideo

miércoles, 26 de julio de 2017

Nuevos Motivos



Llevábamos más de dos años sin alimentar este blog. Nuestra último motivo, con fecha del 19 de junio de 2015, había sido sobre la impresión del regreso a México tras vivir de 2014 a 2015 en la capital de Alemania. Entonces quisimos sentirnos de nuevo a gusto. No anhelar distantes venturas, ni bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver a vivir y así por toda la eternidad (creo que la frase es de Nietzsche). Es decir: quisimos atenuar o acolchonar el impacto de volver a enfrentar la realidad mexicana.  

De dos años para acá mucha agua ha corrido bajo el puente. 

Lo alegre. Un gran río acabó de desembocar en mi vida fluvial, quiero decir, formé un cauce más amplio con mi compañera y actual esposa  Diana Hernández Suárez. Nos casamos en Coyoacán oficialmente, y lo ratificamos con fiesta en su pueblo natal, en las sierras de Tapalpa, el 25 de julio de 2015. 

Lo triste. Una corriente de vida muy importante para mí, porque sin ella nunca hubiese estudiado Literatura ni hubiese tenido el respaldo familiar para hacerlo, desembocó en el mar, que es el morir. Mi tía  pintora, Yolanda Pineda, desembocó en el mar el 31 de octubre de 2015. Ya tiene su blog:http://imagenesdepineda.blogspot.mx/ En él he puesto una retrospectiva de su vida y su obra. ¡Me hace tanta falta! ¡Conversaba tanto con ella! Quizás tal haya sido, en parte, un motivo de mi silencio en este blog. 

¿Qué más? También el que, a mi regreso de Alemania, haya dedicado todo el segundo semestre de 2015 a puntualizar mi tesis doctoral, con la que finalmente me doctoré en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Quiero decir que no quise poner cualquier mamarracho aquí, pues puse ciento por ciento de atención en mi tesis. 

¿Qué más? Al empezar enero de 2016 comencé a vivir entre dos mundos. Por dos motivos. El primero es que mi esposa Diana se marchó a estudiar su doctorado en Berlín. El segundo es que concursé por una plaza de Profesor-Investigador en la Universidad Iberoamericana Puebla, y me la gané. Y así, entre Ciudad de México, Puebla, Berlín y a ratos Bogotá, Medellín, Madrid, Los Ángeles y Montevideo,  nos la hemos pasado desde entonces, entre ires y venires.


Ahora, después de volver de Montevideo, donde participamos en el Primero Congreso Internacional José Enrique Rodó (1917-2017), organizado por la Presidencia de la República Oriental del Uruguay, queremos retomar este blog. Porque este blog nació en 2009 para celebrar el centenario de la publicación de "Motivos de Proteo" (1909), uno de nuestros libros de cabecera. El blog ha terminado por acoger la forma proteica, cambiante, y comenzó a nutrirse de apuntes de lecturas y de viajes. Y sigue... Voy a empezar, en una próxima entrada, a contar la crónica del viaje a la ciudad de Rodó. 



 

viernes, 19 de junio de 2015

Voces de la calle

Ah, no, yo prefiero donde al menos logre entender algo. Me esforcé bastante estudiando alemán, pero en el metro de Berlín casi nadie habla. De vez en cuando aparece el mismo homeless de siempre o se suben, autoritarios, los controladores de tiquetes: los únicos que gritan. 

En Ciudad de Mexico, en cambio, enciendo el radio y todo lo capto. Me subo al metro y un vagonero hippie, llegando a la estación Villa de Cortes, pregona a grito herido la última biografía de Hitler a diez pesos. El muy astuto vendió tres biografías. Él genera más lectores que Conaculta. 

Llego a la casa y oigo por la ventana una orquesta andante de Oaxaca recorriendo mi barrio: niños con trompetas y tambores de restaurante en restaurante a ver quien les avienta una moneda. 




lunes, 15 de junio de 2015

Oración a Alfonso Reyes


Si orar es hablar en voz alta, don Alfonso, elevo esta plegaria a su naturaleza epistolar con el afán de comunicarme con usted en algún punto del cosmos palpitante o en algún pliegue de la luz. Repetiré su nombre según varios significados a la manera de una divinidad mitológica, con la intención de repartirlo y unirlo dentro del lenguaje (que otros llaman el universo)
Alfonso,  de la primera letra del alfabeto griego: alpha; Alfonso, del Aleph de la Cábala hebrea: sustancia primigenia del universo, padre sostenedor del universo; Alfonso, según un diccionario de astronomía, es el único valle de la luna en palpitante actividad volcánica y en el que posiblemente haya alguna forma de vida (pienso en “aquel valle de la luna donde está el tiempo que desgastan los sueños”). Alfonso o Ildefonso, de acuerdo a un diccionario etimológico hispánico, dispuesto al combate, al combate con el lenguaje y con la vida porque “vivir es esforzarse”, aunque más bien sea un dejarse resbalar o caer por los pliegues más cómodos del universo así como usted lo intuyó en su “Exégesis en marfil”. Alfonso, Alfonso X el sabio de esa España variopinta cruzada por todas las culturas del Mediterráneo; Alfonso, Alfonso Reyes emparentado hasta con los filipinos del Asia, Alfonso mexicano con la X en la frente, Alfonso universal, 
Danos hoy la frase, la máxima de cada día
Perdónanos al copiarte y no citarte
Déjanos caer en la tentación de parafrasearte
Líbranos de la mediocridad.

AMEN

sábado, 23 de mayo de 2015

Viaje con Marcos a Monterrey


Martes 19 de mayo de 2015

Estoy por tercera vez en Monterrey, y Marcos Daniel Aguilar por segunda vez. Nos invitaron al Festival Alfonsino que se celebra en mayo de cada año. Marcos viene a conocer a su segundo hijo de ensayo, La terquedad de la esperanza, y está inquieto como papá en pasillo de hospital. A la salida de vuelos nacionales, exhibiendo un cartelito con nuestros nombres, nos recoge Homero –semejante nombre ya hace literario cualquier viaje. 

Desde la ventanilla de la furgoneta que nos conduce del aeropuerto al hotel, con sólo alzar los ojos, puede verse toda clase de pancartas con insignias, lemas y rostros de políticos. Habrá elecciones de gobernador, diputados y presidentes municipales dentro de muy poco. Se tiene que alzar un poco más la vista para ver, envueltas en el aire del desierto, las cumbres del cerro de la Silla (asiento de gigantes), del cerro de las Mitras (como el gorro de un Papa teñido de mirra) y los cuernos de la Sierra-Madre-del-Norte. Marcos dijo, citando la "Atenea política" de Alfonso Reyes, que se necesita mirar al frente para percibir la grandeza, para no marearnos con la pequeñez. 

Reyes era oriundo de aquí. Nació en Monterrey el 17 de mayo de 1889. ¿Venimos a decir nuevas cosas sobre él o vamos a repetir las mismas necedades?   

–A ver Homero– le digo a nuestro guía. – Dime si te suena todavía actual este poema de Reyes  sobre Monterrey (lo he venido memorizando desde el avión). Bájale al radio que ya han sonado como tres canciones de Los Diablitos y de Los Inquietos (aquí se oye puro vallenato ventiado  como si estuviéramos en Barranquilla ¿no? Es que ya les digo: el Caribe colombiano y el norte de México se parecen porque son frontera por donde se miren). 

Homero apagó el radio. Recité a trechos las estrofas del poema "Infancia", y me salté hasta la última estrofa para acusar una voz más ronca:


Ay de mí! Cada vez que me sublevo,
mi fantasía suscita y congrega
cazadores, jinetes y vaqueros,
guardias contrabandistas,
poetas de tendajo,
gente de las moliendas, de las minas,
de las cervecerías y de las fundiciones;
y ando así, por los climas y naciones,
dando, en la fantasía
—mientras que llega el día—,
mil batallas campales
con mis mesnadas de sombras
de la Sierra-Madre-del-Norte.

–Pues sí, vato – me dice Homero. – Mira. Allá está el parque Fundidora y un poco más allá la cervecería Carta Blanca – y señaló hacia la izquierda, mientras se desviaba de la autopista para tomar el puente y cruzar el hilo de agua, pero con un cauce grande, del río Santa Catarina. 
 
Llegamos, hambrientos, al hotel. Dejamos las cosas en la habitación. Le enseñé a Dianis, por la pantalla del Iphone, el lecho del río Santa Catarina y las cimas de la Sierra-Madre-del-Norte. 

Al bajar vi sentado ya a Marcos en el comedor. Hablaba por celular con Margarito Cuéllar, el partero de su hijo de ensayo, La terquedad de la esperanza.

–Come, compadre –le digo. –Ya al rato te lo traen para que lo saludes y lo acicales.

Al terminar de comer una carne asada, llegó Margarito Cuéllar con el hijo de Marcos. Me pasó un ejemplar. 
–Mira – me dijo enseñándome la contraportada. –Recuerda que tú eres uno de sus padrinos. 
Pues sí. A ver cómo lo apadriné hace unos meses. Juzguen ustedes:

            Sin desdeñar el rigor académico, en el que parecen algo atascados los estudios sobre el Ateneo de la Juventud, este libro de Marcos Daniel Aguilar se diferencia de otros por su vitalismo. Vitalismo es una palabra muy cara para los intelectuales mexicanos de principios del siglo XX, deseosos de romper con una dictadura de 30 años –la de Porfirio Díaz–, pero a la vez temerosos de precipitarse en la violencia. José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Pedro Henríquez Ureña y especialmente Alfonso Reyes (el más mencionado en este libro) vivieron entre brutales entusiasmos revolucionarios y contrarrevolucionarios, y escogieron el camino más difícil:  el término medio de la concordia y la cultura, lo que Marcos Daniel llama La terquedad de la esperanza. Parte de su tesis es que antes de que el Ateneo de la Juventud se disolviera tras la Decena Trágica en febrero de 1913, antes de la violencia y de los partidos gregarios, los jóvenes ateneístas planearon una revolución mucho más honda: la del nuevo hombre, la del ser humano en perpetua invención. 
            Ensayo de largo aliento con ser un libro corto (no supera las cien páginas), La terquedad de la esperanza incluso resucita a Alfonso Reyes en el Madrid de 1916, y Marcos Daniel se pone a dialogar con él y le abre cuentas y perfiles en Twitter y en Facebook. Lo actualiza: lo rejuvenece en el más bello sentido de la palabra. De ahí el vitalismo de su libro. El rigor académico, necesario para este tipo de investigaciones, no se aviene mal con el sentido narrativo de la vida, única condición para actualizar y resucitar –hacer nuestro– el pasado intelectual que nos antecede. El sentido de continuidad es la clave de la cultura. 
             
 Bonito eso del sentido de la continuidad como secreto de la cultura. Todo lo que rompe con la continuidad obliga a empezar de nuevo. 

20 de mayo de 2015


Después de haber almorzado por la carretera nacional y recorrer el municipio de Santiago y merodear una represa y pasear por una cascada como una cola de caballo, ya a las 19 horas del día estabámos en el patio sur del Colegio Civil. 

José Garza, director de publicaciones de la UANL y organizador del Festival Alfonsino, nos tenía tendida la mesa para el diálogo entre Marcos Daniel Aguilar, Víctor Barrera Enderle y yo.  

Entonces volví a ver, en primera fila, a Minerva Margarita Villarreal (nuestra próxima madrina) y, en otro lado, a Víctor Barrera Enderle. Ahí estaba a punto de sentarse. Igual de joven que hace casi diez años cuando lo conocí en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá.

–Me he puesto yo más viejo, Víctor –le digo tras el abrazo. –Mira: ya tengo canas en la barba. 

Víctor Barrera Enderle es uno de los ensayistas mexicanos más interesantes actualmente. Este año acaba de publicar Nadie me dijo que habría días como éstos (editorial An.alfa.beta, Monterrey, 2015).

—Ahorita lo hojeas —me dice Víctor. —Empecemos.
Comencé comentando la alegría de volver a hablar de Reyes en Monterrey. Son uno para el otro. Luego pasé a proyectar una presentación en Power Point. En la primera imagen expliqué con varias fotografías el impacto histórico de la Decena Trágica, comienzo de la Primera Guerra Mundial si se mira a la historia en permanente conexión. Me despaché contra la historia eurocéntrica, y continué con la siguiente imagen: la invasión naval del puerto de Veracruz por la marina de Estados Unidos. La última imagen fue la de un huelguista castellano en agosto de 1917, a quien dos guardias civiles, jalándolo, tratan de desenchufarle los brazos. Écfrasis, digo; écfrasis, como quien grita ¡Eureka, Eureka!

Marcos Daniel Aguilar habló de los elementos de rebeldía que había hallado en su lectura de Cuestiones estéticas, el primer libro de Reyes (salió en París en octubre de 1910), como un plan de vida y de obra trazado por un joven que ya se olía muchos desastres y muchas miserias. La terquedad de la esperanza en medio de la Revolución mexicana, de la Primera Guerra Mundial, de la Guerra Civil española, de la Segunda Guerra Mundial. 

Reyes fue un maestro de dificultades. Movilizó la buena voluntad. México y el mundo no será mejor mientras cada uno no se haga mejor. El bien tiene que salir de lo privado a lo público, del individuo a la colectividad. La reforma moral, sentencia Marcos Daniel Aguilar. Necesitamos una reforma moral entre quienes nos "gobiernan". 

Aplausos. 

Esa noche cenamos en compañía de Minerva, de Víctor, de Ludivina Cantú, la directora de Filosofía y Letras de la UANL, y hablamos de cómo la nueva generación de estudiosos de Alfonso Reyes superan cualquier agresivo nacionalismo. 
—Pero por supuesto —dije—: Reyes  nos llega más, nos habla más a quienes no somos mexicanos de nacimiento que Octavio Paz, quién se enredó demasiado en los berenjenales del nacionalismo. 
—Tienes razón—, dice Víctor. — Pensar que hay quienes encierran a Reyes en un discurso mexicanista, y despachan a Pedro Henriquez Ureña por ser de la República Dominicana... 
Olvidan, continuamos hablando, la carta pública que Reyes le envió a Valery Larbaud en su revista Monterrey de agosto de 1930. Le dijo que no olvidara a Pedro Henriquez Ureña, cuya acción fue tan eficaz, tan determinante, que Reyes admitía tener una cicatriz de su traso siempre vigilante y orientador. 

Nos despedimos. 

Marcos y yo quisimos pedir un trago en el bar del hotel Crown Plaza, pero no había barman ni el mood suficiente. 

Jueves 21 de mayo de 2015 
 
—Y si te preguntaran que miedo y esperanza son, en su origen, lo mismo: dos formas de dominación política —le pregunté a Marcos en el desayuno. 
—Fíjate que en el Facebook una amiga justo me hizo un comentario parecido—me dijo. —Confundió la palabra esperanza con el maltrato que le han dado ciertos grupos políticos. 
—Pues toma aquí un rosario de escolios de Nicolás Gómez Dávila, que ayuda a agudizar los conceptos.
—Ustedes  los colombianos —me dice Marcos— o son revolucionarios o reaccionarios. Pocos tienen termino medio. 

Otro conductor nos llevó hasta el campus de la UANL. La seguridad se había triplicado, y un vigilante tuvo que consultar con otro, por radio, si permitía el ingreso del carro con "dos chavos, que vienen a presentar no sé qué cosa". 

¿Chavos? Marcos Daniel Aguilar y yo somos de 1982. Tenemos la edad de Cristo. Barbas. ¿Por qué se empeñara este vigilante en llamarnos chavos? 
—No llevamos traje, no portamos corbata, compadre—, me dice Marcos. 
—Hay que seguir el ejemplo de Héctor Iván Gozález: vestirse de traje para toda presentación. Una reforma moral— dije. —De vestimenta, para que no nos llamen chavos como el personaje del confuso Chespirito. 


A las 11:30 de la mañana nos sentamos en el auditorio de la Capilla Alfonsina de Monterrey. En el medio, para presentarnos, la directora y poeta Minerva Margarita Villarreal. Al fondo, en un mural, el paisaje de Monterrey: el cerro de la Silla, de las Mitras, las eróticas puntas de la Sierra-Madre-del-Norte. 
Si este mural hubiera sido hecho en tiempos de los muralistas revolucionarios, como el que pintó Diego Rivera en el Palacio Nacional del Df, hubiera desdeñado el paisaje. La visión. Reyes era un visualista, dije. Consideraba la vista como nuestro principal sentido. 
—Y el oído—añadió Munerva—. Porque era poeta. 
Por supuesto. Reyes se despojó de las vendas de las ideologías para ver con nitidez el mundo en torno. 
Marcos comenzó hablando de la relación entre Reyes y José Ortega y Gasset. El uno es un pensador utópico; el otro es un distópico, es decir, un cuestionador de utopías. Ambos se complementan. Y Marcos pasó a leer un extracto de un texto inédito. 

Aplausos. 

Abrazos con José Javier Villarreal y con Minerva y saludos al hijo veterinario de ambos que anda en Pelotas, una ciudad de Brasil. 

De regreso al hotel, para despedirnos, comimos con Pepe Garza y con Margarito Cuéllar. 
 
Por la ventanilla de la furgoneta conducida por Homero al aeropuerto, para tomar el avión al Df, me acordé de la prinera impresión que tuvo de Monterrey el colombiano  Barba Jacob cuando llegó en 1906: “montañas únicas, todo el imperio de la fantasía de la tierra, todo el caudal de matices, de la luz refractada y envolvente, todo el símbolo, toda la fuerza… ¡Espectros de una amistad elevada, sencilla, noble…! A su estímulo vital comencé a trabajar…” (“El poeta habla de sí mismo”, prólogo a El corazón iluminado, 1942. Pág., 10). 
A ver si pronto, Barba Jacob, comienzo a trabajar y a devengar.