viernes, 11 de septiembre de 2009

PARÁBOLA DE LA FLOR REPARADORA


I


EXORCISMO DEL ESPECTRO
(pequeño poema en prosa nerviosa)


Como no sabía de los estragos del invierno, una vana sombra usurpó mi tranquilidad y me transformó en el espectro del azul de ayer. ¿Qué vienes a buscar de nuevo – me dijo vagando por París – si ya el sol no alumbra sino que borra las cosas y afantasma el aire donde flotan esas cien torres? Si no hallaste el bien que apetecías, pues bienvenido al regreso; acéptame tu derrota; vuelca la arena de mi copa curva y úntame un gajito por los bordes de mi piel anaranjada, y sírvelo añejo, y ahógate, arrójate, extravíate otra vez en mí... Y me estrujaba por los puentes (yo juro que abajo el Sena, verde y helado, bramaba con mucha más tranquilidad que yo) una y otra vez, del boulevard Sebastopol al pisoteado demonio de la fuente de Saint Michel, pasando la Isla de la Cité donde las agujas góticas del Palacio de Justicia me herían como a las nubes moradas. Y cuando nos citábamos en el apartamento, yo temblaba y castañeaba del miedo y del frío de estar hablando y teniendo sexo con una muerta. Afuera París me era escarcha, páramo. Claro. El espectro usó de mí para pensar, articular necias palabras y volverme lascivo y agresivo en las calles heladas. Fui su autómata, fui su dócil instrumento: mis reflejos, mis palabras fueron eco sumiso ¡Ése no era yo! ¡Ése que robó mi nombre no era yo! ¡Me esclavicé y me engañé!
II


Hasta que sin darme cuenta, o A lo mejor voluntaria y reflexivamente, se encendió otra vez en mi cerebro el sentido de una bella parábola de Proteo, el dios cambiante, ondulante, marítimo, que nos enseña a no ser siempre los mismos.



PARÁBOLA DE LA FLOR REPARADORA


Por José E. Rodó (tomado de Motivos de Proteo - VIII - IV)


Jugaba el niño, en el jardín de la casa, con una copa de cristal que, en el límpido ambiente de la tarde, un rayo de sol tornasolaba como un prisma. Manteniéndola, no muy firme, en una mano, traía en la otra un junco con el que golpeaba acompasadamente en la copa. Después de cada toque, inclinando la graciosa cabeza, quedaba atento, mientras las ondas sonoras, como nacidas de vibrante trino de pájaro, se desprendían del herido cristal y agonizaban suavemente en los aires. Prolongó así su improvisada música hasta que, en un arranque de volubilidad, cambió el motivo de su juego: se inclinó a tierra, recogió en el hueco de ambas manos la arena limpia del sendero, y la fue vertiendo en la copa hasta llenarla. Terminada esta obra, alisó, por primor, la arena desigual de los bordes. No pasó mucho tiempo sin que quisiera volver a arrancar al cristal, su fresca resonancia; pero el cristal, enmudecido, como si hubiera emigrado un alma de su diáfano seno, no respondía más que con un ruido de seca percusión al golpe del junco. El artista tuvo un gesto de enojo para el fracaso de su lira. Hubo de verter una lágrima, mas la dejó en suspenso. Miró, como indeciso, a su alrededor; sus ojos húmedos se detuvieron en una flor muy blanca y pomposa, que a la orilla de un cantero cercano, meciéndose en la rama que más se adelantaba, parecía rehuir la compañía de las hojas, en espera de una mano atrevida. El niño se dirigió, sonriendo, a la flor; pugnó por alcanzar hasta ella; y aprisionándola, con la complicidad del viento que hizo abatirse por un instante la rama, cuando la hubo hecho suya la colocó graciosamente en la copa de cristal, vuelta en ufano búcaro, asegurando el tallo endeble merced a la misma arena que había sofocado el alma musical de la copa. Orgulloso de su desquite, levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en triunfo, por entre la muchedumbre de las flores.


Sentido de esta parábola


-¡Sabia, candorosa filosofía! -pensé. Del fracaso cruel no recibe desaliento que dure, ni se obstina en volver al goce que perdió; sino que de las mismas condiciones que determinaron el fracaso, toma la ocasión de nuevo juego, de nueva idealidad, de nueva belleza... ¿No hay aquí un polo de sabiduría para la acción? ¡Ah, si en el transcurso de la vida todos imitáramos al niño! ¡Si ante los límites que pone sucesivamente la fatalidad a nuestros propósitos, nuestras esperanzas y nuestros sueños, hiciéramos todos como él!... El ejemplo del niño dice que no debemos empeñarnos en arrancar sonidos de la copa con que nos embelesamos un día, si la naturaleza de las cosas quiere que enmudezca. Y dice luego que es necesario buscar, en derredor de donde entonces estemos, una reparadora flor; una flor que poner sobre la arena por quien el cristal se tornó mudo... No rompamos torpemente la copa contra las piedras del camino, sólo porque haya dejado de sonar. Tal vez la flor reparadora existe. Tal vez está allí cerca... Esto declara la parábola del niño; y toda filosofía viril, viril por el espíritu que la anime, confirmará su enseñanza fecunda.