lunes, 11 de febrero de 2013

Fourier y los libertinos franceses proto-turbocapitalistas


 Debo a mi roomie o collocataire –o compañera de apartamento, para decirlo más largamente en español– la lectura de Charles Fourier. Cuando Nathalie Rodríguez Sánchez me citó una frase de este visionario filósofo francés no dudé en empaparme de su pensamiento. Genial. Fourier decía que el progreso y el avance social se miden por la libertad de la mujer. Esa libertad está amparada actualmente en casi todas las constituciones de países democráticos del mundo occidental. ¿Pero qué tanto está reconocida, legitimada y apoyada por las nuevas generaciones?
De forma abierta a veces; de forma velada la mayoría. 

¿Cuántos veces no nos hemos enloquecido contando los amantes que tuvo nuestra novia antes de nosotros? ¿Cuántos, cuántos?  Despreciamos a la mujer que cede a veinte hombres, se quejaba Fourier, cuando nosotros –los varones– seducimos en el curso de nuestra juventud a veinte mujeres cuando no a cien. Y nadie nos desestima ni nos juzga, sino muy al contrario: nos ensalzan y hasta nos palmotean en gracia de celebrarnos. "¡Singular inconsecuencia!", lamentaba Fourier. Y anotaba: "Se encuentra amable en un sexo y odioso en el otro una conducta que es forzosamente recíproca, una conducta que debe seguir obligatoriamente uno de los sexos en cuanto el otro la adopta. Ya que los hombres no pueden tener, a menos que sea un harén cerrado, veinte mujeres consecutivamente sin que las mujeres no tengan también veinte hombres consecutivamente".


Toda una bofetada al velado machismo de nuestros tiempos. Brillante cachetada. A punta de estos sablazos –de "pasarse de lanza" como se dice en México– nos despiertan los libros. Citaré fragmentos del mejor capítulo de Fourier en torno a la mujer. Está en su libro LA ARMONÍA PASIONAL DEL NUEVO MUNDO (trad. de Menene Gras, ed- Taurus, Madrid, 1973, pp. 188-193). Otros fragmentos los he tomado de una versión inglesa, THE THEORY OF THE FOUR MOVEMENTS (Cambridge University Press, 1996, p. 146).


SOBRE LA CONNIVENCIA DE LOS FILÓSOFOS Y DE LOS FRANCESES PARA ENVILECER EL SEXO FEMENINO

"[...] ¿A qué se debe que los franceses, solícitos para cambiar tanto las leyes y constituciones como las modas, jamás hayan sido fieles más que a una sola ley, la que usurpa el cetro a las mujeres? La Ley Sálica se ha mantenido bajo todas las dinastías. Los franceses nunca están maás unidos no son más constantes que cuando se trata de rebajar de hecho a este sexo que fingen indemnizar con vahídos de incienso.

Tampoco existe nación en que los amantes embauquen más a las mujeres, ni ellas estén más mistificadas de promesas de matrimonio y dilaciones astutas, ni más desamparadas cuando están encintas, ni, en fin, más olvidadas una vez pasado el amor. ¡Y los franceses, con semejante carácter, se dicen galantes! En amor solo son interesados y egoístas, muy corteses en materia de seducción, y muy mentirosos después del éxito.

Ninguna nación ha difamado más en público a las mujeres aficionadas al estudio. ¿Significa esto conocer la naturaleza? ¿Acaso las mujeres no estarían destinadas a ser en la literatura y en las artes lo que han sido en los tronos, donde siempre, desde SEMIRAMIS hasta CATALINA, han existido, mientras que lo más corriente es encontrar siete reyes mediocres por cada gran rey?

[...]

Lejos de sospechar que las mujeres estuvieran reservadas a deslumbrar desde la juventud en la industria, las artes, las ciencias y las virtudes sociales, sólo se sabe prepararlas para soportar el yugo marital de un desconocido que tratará de comprarlas al mejor precio. Admito que el orden civilizado tenga necesidad de esta abyecta política, pero no es menos cierto que los filósofos y los franceses se presten a ello intencionadamente y cooperen en semejante tarea más maliciosamente que otros, con los sofismas que prodigan para apartar a las mujeres del camino de la gloria, excluyéndolas por la fuerza.

En la infancia se las convierte en esclavas morales; en la adolescencia se las impulsa a la intriga, al necio orgullo, sin dejar de alabarles constantemente el poder pasajero de sus encantos; se les incita a la astucia, al talento de dominar al hombre; se alaba su frivolidad, diciendo como Diderot, que para escribirles hay que mojar la pluma en el arco iris, y espolvorearla con el polvillo de las alas de la mariposa.

No se gana nada predicando a un esclavo; sólo tiene oídos para sus dominadores; ese es el carácter de las mujeres civilizadas; indiferentes a su servidumbre, no estiman más que el arte de engañar al sexo que las oprime y las confina a los quehaceres de la casa.

Los turcos hacen creer a las mujeres que ni poseen ningún alma ni son dignas de entrar en el paraíso. Los franceses las persuaden de que no poseen ningún genio, no están hechas para pretender las funciones eminentes ni las palmas científicas.

[...]

Parece que las mujeres necesitan más maestros de libertad, por lo que suelen dar preferencia entre sus amantes a aquellos cuya conducta lo merece. Pero, ¿cómo pueden las mujeres escapar a su inclinación por el servilismo y la traición cuando su educación les ha enseñado desde la infancia ahogar su carácter natural y adaptarse al primer hombre que el azar, la intriga o la avaricia disponga de ser su marido?

[...]

Las Sévigné y las Staël no eran unas fregonas de ollas, como tampoco lo fueron las Elisabeth y las Catalina. Esas son las mujeres en quienes puede entreverse el destino del sexo débil y la competencia del genio que ejercerá con pleno éxito en cuanto sea devuelto a su naturaleza, que no consiste en SERVIR  al, sino en RIVALIZAR con el hombre; no en remendar los viejos calzones de los filósofos, sino en confundir su fárrago de 400.000 librejos que predican la división industrial y el envilecimiento de las mujeres".

[...]
Fin