lunes, 18 de febrero de 2013

LAS CHICAS ACADÉMICAS



 

A las chicas se les educa bajo la idea de que todo se les permite menos que sean sinceras. 

Porque la sinceridad no es en sí misma una virtud, ya que amenaza con soltar a la luz muchas "vulgaridades" y verdades incómodas. Y porque tampoco la sinceridad es un signo de inteligencia: se confiesan muchas tonterías de por medio y la astucia no recomienda "abrirnos" ("rajarnos", se dice en México) a nadie –ni aún a quien amamos– so pena de parecer débiles o blandengues. 

¿Hasta qué punto todo ello no es consecuencia de una educación machista?

Lo saben las chicas académicas. Muchas son, dentro de sus familias, la primera mujer en cursar una maestría o un doctorado. Nuestras abuelas y tías-abuelas se quedaron en casa. Llevamos apenas 3 generaciones, si mucho, en que las mujeres comparten con los "machos" el mismo salón de clase, las mismas bibliotecas y textos y libros. También las mismas páginas porno.  Los mismos exámenes de admisión. Los mismos viajes y coloquios. Los mismos pasillos de oficina, hotel y academias. La misma cafetería. Y así las diferencias entre los sexos, al menos las que sostenían la superioridad del masculino, se esfuman dentro de la academia y dentro de las oficinas –por no indagar mucho dentro de la economía del hogar y cachar a mucho "macho" sostenido. 

Pero como no siempre ha sido así conviene preguntarnos qué tan sencillo resulta para una chica académica penetrar en una dimensión antes reservada a lo masculino. 



Nancy Tuana, una estudiosa estadounidense, ha planteado la pregunta desafiando a los principales filósofos occidentales, pasando por Descartes desde Platón hasta Kant. Para ellos el conocimiento y el raciocinio debían ser ejercicios propios de varones. No de mujeres. En su libro Woman and the History of Philosophy (Nueva York, 1992), Nancy Tuana se pregunta si una chica académica debe entonces negar todo lo que es visto como femenino: apego a los novios y ex-novios,  sentimientos íntimos o maternales.  Si debe aprender a ser indiferente, desapasionada, impersonal, distante, desapegada ("she would have to learn to be cool, dispassionate, impersonal, distant, detached"). Si debe, en otras palabras, imitar al "hombre intelectual" –al filósofo– sintiéndose de una casta superior. Despreciar a la chica que no sea académica, marcar distancia  con técnicos, secretarias y criadas y cayendo, por lo demás, en la discriminación de lo mental como algo superior a lo manual, a lo meramente operativo.

Pero a poco que indaguemos en la vida privada de esos  filósofos con pretensiones de universalismo –y en toda jerarquía y en todo sistema de poder– advertiremos esa gran falacia que torpemente separa lo académico de lo sentimental, lo varonil de lo femenino, tarando el horizonte de los seres humanos. Al abandonar los salones de clase, al quitarse la máscara del "intelectual", el "filósofo racional" vuelve a ser el más chillón, apegado, personalista, apasionado y caliente... Muchas chicas académicas ya lo han advertido en sus pares varones. Me pregunto qué piensan...



Cierto es que el método científico exige frialdad, desapasionamiento, distancia y desapego. Pero ese es un primer paso. El segundo paso exige –sobre todo en las ciencias sociales– la suma de la experiencia personal. La gran sabiduría se alcanza por la senda de los placeres.  ¿Por qué sorprenderse entonces si una chica académica lo alcanza por la misma vía al ser caliente y apasionada? Se aturden los machistas y misóginos ante esta pregunta porque ellos desprecian a las chicas académicas que son capaces de sentir más amor por el estudio que por cabrones –sean eruditos o mediocres–, más apego por los libros que por un varón que no las supo valorar. La sabiduría se reafirma en quien "intelectualiza" (el verbo es excesivo) su experiencia. 

 La experiencia es fuente de conocimiento; todo lo personal es político; todo cuerpo un estado soberano. 





Ilustradas de Carine Brancowitz
http://www.carinebrancowitz.com/