sábado, 16 de febrero de 2013

Pedro Henríquez Ureña relata la Decena Trágica (febrero, 1913)





Estallan por estos días en Ciudad de México ecos de la balacera que mató al papá de Alfonso Reyes el 9 de febrero de 1913 y a cientos de personas más. En coloquios y congresos, por motivo de los cien años del Cuartelazo, historiadores recapitulan una y otra vez el golpe de estado contra Francisco Ignacio Madero, el que en 1910 se levantó en armas contra el dictador Porfirio Díaz,  perdón, contra el nueve veces "presidente" de México, don Porfirio Díaz. Ni más de una vez ni de forma completa logró Madero, que había dado inicio a la Revolución Mexicana con arrebatos de espiritista, ser presidente de México. Fue traicionado por sus mismos aliados. Lo tumbaron en menos de 3 años, de suerte que se me antoja que el terror de la Decena Trágica fue obra de revolucionarios asqueados. De contra-revolucionarios. La envidia es el combustible de las revoluciones, y los revolucionarios, como la viejas chismosas, no hacen sino agravar los males que combaten o cotillean.  El hombre inteligente, como Pedro Henríquez Ureña, duda pronto de las revoluciones. A quien solo busca el chisme y el cotilleo no le aconsejo la lectura del la carta del 11 de febrero de 1913 que Pedro Henríquez Ureña dirige a su hermano Max desde Ciudad de México, dos días después del asesinato del general Bernardo Reyes, el padre de su mejor amigo. No conviene que lea esa carta, porque no hay ninguna visión patética de la Decena Trágica: todo el "drama" –tan propio de México– se esfuma por la precisión y tenaz seriedad intelectual de Pedro Henríquez Ureña y por su impresionante disciplina mental. A sus virtudes debemos que Alfonso Reyes no haya podrido su alma en ninguna venganza política. Aquí va la carta, cuya conocimiento debo al dominicano Miguel D. Mena, fundador de la página Cielo Naranja: [tomada de http://www.cielonaranja.com/paginaphu-bernardoreyes.htm]. 





México, Febrero 11 de 1913.

Max:
Te escribo estas líneas en la casa del General Reyes, donde estoy acompañando a Alfonso.

En este momento redacto un telegrama para Fran, diciéndole: Perfectamente; espero que tendrán cuidado de transmitírselo a Papá. Este quizás me haya puesto un cablegrama, pero no he podido recibirlo porque mi oficina está cerrada, porque se halla muy cerca del Palacio Nacional. No pongo un telegrama más extenso porque quiero gastar poco dinero en estos momentos en que puede hacer mucha falta, si, por ejemplo, se cierran las Pagadurías del gobierno, o si se encarecen los comestibles.
No puedo enviarle a Mon los 10 dólares que acostumbro cada mes, porque no he podido conseguir dinero americano: están cerradas las oficinas de cambio de moneda. Querría, pues, que Uds. le enviaran ahora esa suma.

Los sucesos, en sus líneas generales, ya los sabrás. El general Reyes se concertó con el general Manuel Mondragón, jefe de artillería, y con la Escuela de Aspirantes, quienes, en la mañana del domingo 9, fueron a sacarlo de la prisión militar de Santiago, lo cual lograron con pocas dificultades. Parece que inmediatamente algunos presos pusieron fuego a la prisión, y ésta ardió toda, escapándose muchos, excepto aquellos que fueron capturados por un batallón del gobierno.


Mientras tanto, el general Reyes tomó el mando de la tropa, bastante numerosa (más de 1000) que se había sublevado, y se encaminó a la Penitenciaría, de donde sacó a Félix Díaz con sólo pedirlo. De ahí salieron juntos hacia el Palacio.

Una parte de los Aspirantes había llegado ya allí y tomado el edificio, habiéndose apoderado antes, en su casa, de Gustavo Madero, hermano del Presidente, y odiado jefe de la Porra (el partido gobiernista excesivo).

Reyes y Díaz avanzaron a tomar posesión del Palacio, después de una arenga vibrante que en el camino dirigió Don Bernardo a las tropas, y toda la multitud que los vio pasar corrió hacia la Plaza de la Constitución con ellos. Al llegar a las puertas del Palacio, a caballo, el General Reyes se encontró con lo inesperado: el Palacio había sido recuperado por el Gobierno; Lauro Villar, comandante de la Plaza, y Ángel García Peña, ministro de la Guerra, habían entrado por la parte trasera del edificio, se habían lanzado con poca fuerza sobre los Aspirantes, fueron heridos, pero así y todo, con su fuerza y con la palabra, dominaron la situación, logrando hasta convencer a algunos Aspirantes. Del Palacio, pues, contes­taron a la llegada del General Reyes, entablándose un formidable tiroteo. El primer muerto fué quizás el General, quien recibió una descarga de ametralladora (probablemente) en la pierna izquierda y un certerísimo balazo en la sien derecha, que le salió por la Izquierda. Dicen que este disparo lo hizo el Coronel Ignacio C. Morelos, que fué muerto en seguida por un ayudante de Reyes, Mauro de nombre. El tiroteo produjo una matanza espantosa entre los curiosos que habían acudido a la Plaza, sobre todo muchos motoristas de tranvías y muchachos vendedores de periódicos.


El Gobierno dominó al fin en la Plaza de la Constitución; mientras tanto, Madero salía de Chapultepec, a caballo, con el Colegio Militar, y llegaba al centro. En la Avenida del 5 de Mayo le dispararon, y aun se dice que le mataron un caballo. Entonces entró en otro edificio y desde allí habló al pueblo; poco después se dirigió al Palacio, donde llegó sin dificultades.

Mientras tanto, Félix Díaz se retiró con su tropa, dejando en poder del gobierno al General Gregorio Ruiz, que fué fusilado inmediatamente, y el cadáver del General Reyes. Victoriano Huerta, el general victorioso de la campaña contra Orozco, tomó el mando de las fuerzas del gobierno: se dice que estaba de acuerdo con Reyes, pero en el momento decisivo se puso de parte del gobierno.
Esto ocurría entre 8 y 9 de la mañana. Me despertaron, y desde mi casa (vivo en la colonia de San Rafael, junto a la de Santa María) oí el tiroteo. Un hombre que pasaba dijo que el General Reyes y Félix se habían apoderado del Palacio y de Madero. Me limité a comentar el deplorable fin del Gobierno, y me desayuné tranqui­lamente. Salí a informarme al centro, con Martín Guzmán, y nos fuimos encontrando conocidos que nos daban noticias contradic­torias. La muerte del General Reyes se confirmaba cada vez más. En esto vimos pasar por la colonia Guerrero una tropa, y corrimos hacia ella: era la de Félix Díaz (unos 1000 hombres, con algunos cañones). Félix iba después del primer grupo, y llevaba unos claveles rojos en la mano. Recibía algunas aclamaciones de las casas por donde pasaba y de la plebe que lo seguía; mientras Madero era también aclamado en las otras calles. Los grupos de la Porra, mandados quizás por Gustavo Madero (el cual desgraciada­mente quedó libre al perder las revistas el Palacio Nacional), incendiaron los periódicos de oposición. En parte El País, y por completo La Tribuna de García Naranjo, y, según dicen, otros dos periódicos: El Noticioso, y El Heraldo Independiente. 

Félix, a las 11 y media, atacó la Ciudadela, el principal depósito de parque, y la tomó, no sé bien cómo: la resistencia no ha de haber sido muy grande. Se oyeron tiros. Félix se quedó allí, y después colocó cañones en las calles cercanas.

A las 12 llegamos, en coche, a la casa del General. Doña Aurelia acababa de llegar desesperada, porque no podía conseguir el cadáver de Don Bernardo: los Madero no la recibían, las tropas disparaban sobre su automóvil, el teléfono funcionaba sin que nadie pudiera prometer la entrega del cadáver. Efectivamente, la busca duró todo el día y la noche, y el cadáver sólo fué entregado al día siguiente, ayer, hacia las once de la mañana. El Doctor Zárraga fué llamado para embalsamarlo, y terminó hacia las tres. Hoy son las doce, y todavía no se sabe cuándo podrá hacerse el entierro: no hay tranvías, y parece que la Agencia de inhumaciones no consigue coches, aunque éstos sí andan por la calle.

Félix Díaz, desde anteayer a las doce que tomó la ciudadela hasta ahora, no había presentado batalla. El gobierno recibió las tropas de Toluca, al mando de Felipe Blanquet, y de Cuernavaca, al mando de Felipe Ángeles. Félix se dice que recibió ayuda de Zapatistas, al mando de Genovevo de la O. Rodolfo Reyes, que acompañó a su padre en la mañana del primer día, anda proba­blemente por los campos. No es cierto que se suicidara, como decía la prensa.

Madero en persona fué a Toluca a traer a Blanquet.
En este momento hace ya una hora que estalló el combate. Es cerca de las 12 y media. Suenan tiros, cañones y ametralladoras. El ataque lo hizo el Gobierno sobre la ciudadela.

Ayer funcionó un aeroplano del Gobierno inspeccionando las posiciones de Félix.

Las Cruces (Roja, Blanca Mexicana y Blanca Neutral) han funcionado activísimamente recogiendo muertos y heridos en números enormes. Algunos médicos y ayudantes murieron o fueron heridos. La actitud de los habitantes de la Ciudad, en su mayor parte, ha sido de indiferencia. Se ve que ni Díaz ni Madero les interesan. El primer día oí algunos vivas a Díaz; pero desde la noche, los únicos gritos que se oían ya eran los favorables a Madero. Ayer y hoy nadie ha gritado, pero sí anda un verdadero gentío en la calle, casi sin miedo.

Había temor de que la ausencia de policía fuera causa de que se cometieran robos y aun saqueos; pero llevamos dos noches sin policía (tienen a los gendarmes acuartelados) y no ha habido ningún suceso desagradable, en lo particular.

Phocás puso un cablegrama a Alfonso.
Ahora es la 1, y aún no se sabe quién triunfa. El tiroteo ha disminuido mucho. Subimos al Observatorio de la Esc. Preparato­ria, que está junto a la casa de Alfonso y del General, pero no se veía nada.

Creo no poder enviar ahora esta carta, porque el correo está demasiado cerca de los tiros, que se dice llegan a la Alameda; el edificio lo del correo deben de haberlo cerrado.

Hasta luego.

Pedro

Fuente: Familia Henríquez Ureña: Epistolario íntimo [II]. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1996, pp. 15-19.


* Imagen tomada de http://centrodelaimagen.files.wordpress.com/2013/02/decena_tragica_1.jpg?w=510&h=349

Decena Trágica