domingo, 31 de marzo de 2013

Ágapes hispánicos con Agapito Maestre

    
 

Lo primero que leí de Agapito Maestre fue el prólogo que hizo a Ensayos sobre la inteligencia americana de Alfonso Reyes (Tecnos, Madrid, 2002). Explicaba allí por qué el pensador mexicano es políticamente incorrecto en el "adocenamiento intelectual y entreguismo ideológico de los cánones impuestos por la burocracia; especialmente su tarea de escritor, el afán de escribir por escribir, que, lejos de una obsesión maldita, sabe que el pensamiento solo surge de la escritura”. (p. 9). Me pareció toda una lanza en ristre contra la estructura anquilosada de nuestras universidades, "colonias mentales" de las teorías que se piensan en Francia o Alemania. Nuestras universidades practican el intracolonialismo: impiden aceptar el pensamiento formulado desde Hispanoamérica si no cuadra con ninguna escuela foránea, con ningún paradigma de los existentes. Olvidan que una reflexión auténtica sobre la cultura española o hispanoamericana  precisamente obliga a bautizar con nuevos nombres –hurgando en la tradición lingüística de nuestro idioma– nuevas maneras de pensar. Nuestras academias no son vitales. Desconocen el auténtico hispanismo, que por suerte no es una doctrina académica sino –hay que insistirlo–una fuerza vital libre, más dada al ensayo y a la crónica de viajes, más cercana a la narrativa que al rígido documento. 

Agapito Maestre es un agradecido lector de Alfonso Reyes.  Llegó al mexicano universal por el camino del desengaño, desilusionado de la filosofía alemana contemporánea (fue alumno de Jünger Habermas) y bastante fastidiado por el complejo de inferioridad de su país. La meditación metódica de las cosas de España (por muchos años ha sido analista político y profesor de esos berenjenales) le permitió entender mejor las cosas de México e Hispanoamérica. Y viceversa. En su biblioteca personal, como libros de cabecera, tiene las obras de nuestros principales ensayistas: Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas, Octavio Paz, Germán Arciniegas, Nicolás Gómez Dávila.   

Lo conocí en abril de 2011. En Madrid. Nos encontramos en esquina de calle Aduana con calle Montera. Peripatéticamente nos pusimos a dialogar flanqueando la Puerta del Sol. Recibíamos oleadas de espejismos: La Habana o Cartagena de Indias se asomaban por un balcón "colonial" de la Calle Mayor; los edificios de Alcalá se perfilaban idénticos a alguno de Buenos Aires o del centro del Df. Madrid: suma del mundo hispánico. "Nuestra cultura  es genial", me decía Agapito aquella vez. "El centro puede estar en la periferia y la periferia en el centro, porque España no tuvo colonias sino virreinatos, y Madrid", añade, "es otra ciudad más de Hispanoamérica". Claro. Felipe II la volvió capital –ciudad– a fines del siglo XVI, cuando ya estaban fundadas las principales capitales de Hispanoamérica. De España son apenas el 10% de los hablantes nativos de este idioma; el resto se irriga por pequeñas y enormes ciudades de México, Colombia, Argentina, Perú, Venezuela, Puerto Rico, etcétera. "Pero el Instituto Cervantes", se queja Agapito con cierta amargura, "carece de visión y grandeza; no debería limitarse a enseñar español en países de otras lenguas, sino instalarse también en Hispanoamérica y trabajar conjuntamente por integrar nuestras visiones del mundo". Lo mismo nuestras universidades. Y con cierto tono incisivo Agapito esgrime estas críticas en Viaje a los ínferos, uno de sus libros de género anfibio, a caballo entre el ensayo y la crónica de viajes por Venezuela, Cuba y México.

"Incapaz de situarse en su propia tradición, un pesimismo academicista, tan apocalíptico como reaccionario, se apodera de esta visión de la cultura en lengua española, que termina por reducirla a algo parecido a un apéndice de la cultura europea. Su torva visión de nuestra historia les impide desplegar una mirada limpia sobre nuestra propia civilización. Las consecuencias no pueden ser más penosas para la cultura hispánica: sus clásicos son olvidados, su tradición, despreciada, y su singularidad, negada". (Viaje a los Ínferos, 2011, p. 35).

Esa incapacidad también la advirtió hace casi cien años Alfonso Reyes frente a la pequeñez mental –inversamente proporcional a la grandeza– del orbe hispanoamericano:  

Si el orbe hispano de ambos mundos no llega a pesar sobre la tierra en proporción con las dimensiones territoriales que cubre, si el hablar en lengua española no ha de representar nunca una ventaja en las letras como en el comercio, nuestro ejemplo será el ejemplo más vergonzoso de ineptitud que puede ofrecer la raza humana.  (Reyes, Reloj de sol, en OC IV, p. 569).

En septiembre de 2011 coincidí con Agapito volando de Ciudad de México a Bogotá, capital de Tierra Firme. Durante las cuatro horas y media de vuelo, cruzamos el espacio aéreo de cinco países de Nuestra Lengua (el decir "Nuestra América" ya está demasiado  sobado) bordeando la costa Pacífica: Guatemala, Honduras, Salvador, Nicaragua, Panamá, la delgada cintura centroamericana. Tierra Firme llamaron los geógrafos cronistas a la costa Caribe de Suramérica, Colombia y Venezuela, en contraste con la serie de islas caribeñas de las Antillas menores y mayores. Que semejante diversidad de países pueda leernos en este idioma no deja menos de asombrarnos.


Alfonso Reyes habla en la Ultima Tule de aquel sueño de Alejandro Magno, la HOMONOMIA o humanidad unificada, que vendría a ser el genuino cosmopolitismo, muy distinto al imperialismo. Agapito Maestre también distingue muy bien ambos conceptos: persiguen juntos la unificación del hombre, pero mientras el cosmopolitismo respeta la libertad, el imperialismo esclaviza. La auténtica idea del hispanismo es cosmopolita: se deriva de un concepto griego, enraizado en la cultura helénica, esto es, basado en la libertad, en comparación con la cultura asiática, que tenía como fundamente el despotismo. Esta concepción –según el historiador brasileño Helio Jaguaribe (Un estudio crítico de la historia)– resurgió con la época de Carlomagno para señalar su oposición al gobierno de Bizancio.  Si lo ponemos en cuestiones prácticos de nuestros días, a ratos pienso que no existirá la integración latinoamericana mientras la carretera Panamericana no cruce el Tapón del Darién, la frontera entre Colombia y Panamá. La amenaza de su construcción es tanto ecológica como política. Sé el grave daño ecológico de hacerla (aunque si iría pegada a la costa no alteraría tan gravemente el ecosistema), pero de paso desestancaría a Colombia, punto neurálgico de las dos Américas. Es uno de los países más diversos y dispersos de Nuestra Lengua, y de ahí sus largas guerras intestinas. 



El ágape con Agapito Maestre finaliza en Puebla, cuna de la culinaria mexicana, al calor de una estupenda comida: mole poblano (que es una mezcla de todos los ingredientes de semillas y chiles tocados con chocolate) con huitlacoche (que es el hongo del maiz) con camarones y tacos de cecina, que es un corte de carne. Delicioso. Manjares. La presencia de mariscos no debería inquietarnos en la alta meseta metafísica. Puebla era el paso obligado de la Nao de la China, verdadera ruta de las especies que partía de Filipinas, atracaba en Acapulco, subía a la meseta central, se detenía en Puebla, para bajar zigzagueando al puerto sobre el Golfo de México, Veracruz, y surcar el Atlántico con dirección a España. Cosmopolitismo, frugalidad, vitalidad, ágapes (de Agapito), eso es el hispanismo.