lunes, 11 de marzo de 2013

El insolente que deseaba la guerra entre Colombia y Venezuela

Caravaggio


Ahora que ha muerto Chávez lo puedo contar. 

I

Corrían los tiempos del frenesí uribista (como han dado en llamar algunos historiadores a ese largo periodo) y Juan Pedro se envenenó de un raro patriotismo y se despertaba con ganas de que se declarara pronto la guerra entre Colombia y Venezuela, y perdía buena parte de la mañana consultando periódicos oficialistas. Lo excitaban las zozobras belicistas como si estuviera aficionado al fin del mundo porque no amaba a nadie. Discurría largamente, al salir de clases y al reunirnos en el café de Las Aguas, sobre cómo Chávez había movido tropas a la frontera y amenazaba a Colombia con sus aviones sukhoi y, por lo tanto, sobre la necesidad de instalar misiles antiáeros en los cerros de Bogotá y también en la bahía de Cartagena, con miras a proteger la refinería más grande del país, so pena de un bombardeo inesperado capaz de dejarnos sin gasolina.

Cuando le preguntamos si los gringos nos defenderían, no negaba ni afirmaba nada, y solamente apuntaba que convendría pronto adquirir tanques de guerra y mandarlos a Cúcuta, para disuadir cualquier invasión terrestre. Se cernían alianzas entre la guerrilla de las FARC, ETA y grupos terroristas del islamismo fanático. Y había un buque de la armada venezolana que llevaba la palabra GUAJIRA en el mascarón de proa. 

 “¡Pero!”, se lamentó, “si estas cosas las comprendieran nuestros amigos congresistas, los que aprueban el presupuesto…” Su saliva se endulzaba al hablar de la guerra, y lo dejábamos soltar sus teorías de la conspiración, sin interrupciones, según las cuales debíamos considerar como la 3ª guerra mundial a la Guerra Fría, y que, en ese orden de ideas, la 4ª había comenzado el 11 de septiembre de 2001. Ya el combate contra la guerrilla colombiana, precisaba, involucraba patrocinios de medio mundo, en especial de las ONG europeas, del fundamentalismo islámico y del gobierno de Venezuela. El deseo de que estallara pronto una guerra contra Venezuela –una batalla de grandes magnitudes– era lo único que terminaría con las guerras intestinas de Colombia, con sus guerrillas. 

"Ay, Juan Pedro", le decía. "Concluir que una guerra con Venezuela fortalece el estado y la identidad de ambos países es de una vulgaridad lamentable". 

"La guerra es creación, señor Sarmiento", me imprecaba. "Pero eso no lo entienden burgueses sin epopeya como usted". 

"Y si el ejército convoca reservistas", le pregunté como atizando el fuego lento de una chimenea, “irías de una, ¿no?”. “A lo mejor”, dijo dibujando de nuevo una tenue sonrisa que por momentos parecía más bien como un tic nervioso. “Pero en la parte de inteligencia militar. He hecho mis cursillo, don Sarmiento", me decía con inquina. 

John Aristizábal disuadía la tensión con digresiones históricas. No hay que olvidar que sería la segunda vez que Venezuela invadiría a Colombia o a Nueva Granada. ¿O por qué cree que casi matan a Bolívar en 1828?”, preguntó como para sí mismo. “Porque tenía invadido con sus militares  a la pequeña Santafé. No olviden que Urdaneta, un venezolano, llegó a proclamarse dictador en Bogotá con la excusa de la unión latinoamericana. Venezuela siempre ha sido expansionista, y no debemos quejarnos si pone o quita presidentes en Ecuador o en Bolivia: al fin y al cabo Bolívar y Sucre se inventaron esos países, lo mismo que Miranda a Colombia...”.

“Y claro”, dije yo. “Colombia es el Caín. El Israel de Suramérica”. 

“Y esta vez no se equivoca en llamarnos así ese malparido”, reconoció Juan Pedro levantando sus cejas pobladas, como de ternero –los iris marrones de sus ojos, movedizos como moluscos, molestos por el humo de su cigarro, testigos o cómplices de quién sabe qué horrores–. “No es el Israel de ahora sino el legendario”, aclaró, “el bíblico. Somos un pueblo paria, pues todo el mundo nos pide visas y desconfía de nosotros. Pero sobre todo somos un pueblo automarginado: todos somos negroides, fríos, inconscientes, astutos, peor que los judíos. Vamos a quedar como Israel en el Medio Oriente sin alianzas con ese loco. Mejor. No importa. Guerra, hijupueta: o todos con uno o uno contra todosNi siquiera se detenía a pensar en lo pernicioso de que estallara una guerra binacional; todo pacifismo se le disolvía por el entusiasmo de que una batalla de grandes magnitudes iba a darle sentido a la historia de su país.


II

Desapareció del café justamente en los días de más alta tensión, cuando ambos países siameses estuvieron a punto de irse a la guerra. No sé que desilusión se llevó poco después del bombardeo del ejército colombiano contra el campamento guerrillero en territorio ecuatoriano, cuando tal guerra parecía más inminente que nunca, y sin embargo todo acabó en un abrazo ramplón, cínico. 

He entendido que prosiguió en su deseo belicista. Algunos de sus conocidos –nunca tuvo amigos– se resignaron a considerarlo muerto en una masacre perpetrada en la frontera con Venezuela en que varios cadáveres, irreconocibles por quemaduras y picotazos de buitres, aparecieron flotando en el río fronterizo (el Táchira, creo, o el Zulia).  Las autoridades venezolanas se deslindaban de responsabilidades acusando a las colombianas de haber infiltrado espías paramilitares para derrocar al gobierno chavista cambiando identidades y nombres de agentes secretos. Nadie al principio admitió considerarlo entre los asesinados de aquella masacre; resultaba imposible y penoso aplicar pruebas de ADN. Era inconcebible y hasta doloroso imaginarlo –a él, un joven con ciertas lecturas– siquiera vinculado o de chivo expiatorio, mutilado en una fosa común o deshaciéndose en algún remanso marrón de algún río selvático de Colombia o Venezuela, vuelto agua, tierra, humo, polvo, sombra, nada.

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 John Aristizábal aseguró verlo en sueños algún día de marzo de 2008. Lo vio viajando de Maicao a Maracaibo, tal vez en misión de espionaje. El bus en el que iba se varó a medianoche en el litoral de La Guajira, entre el mar y el desierto de areniscas. La luz del amanecer lo descubrió encogido y sudoroso. No había ningún hotel o habitación cercana para ducharse, cambiarse de ropa. A su lado chillaban dos o tres críos. El chofer y el ayudante salían ennegrecidos de grasa debajo del chasis del bús, tratando de repararlo. Ya ni siquiera encendía la batería; no funcionaba el aire acondicionado. Juan Pedro pensó en meterse al mar espumoso del amanecer, de olas cenicientas. Pero se vio salir untado de sal, sin poderse quitar después la arena pegada a los pies, a las rodillas; temió incluso beber esa agua. O que, de pronto, el bus lo dejara abandonado; no fuera a ser que lo repararan de repente y nadie, cuando arrancara, advirtiera su ausencia, solo como viajaba sin levantar sospecha, bajo perfil. O que, mientras se bajara siquiera a orinar, alguien osara esculcar su mochila que entonces aquella vez toma con desconfianza –mirando a todos los pasajeros– y abriendo la cremallera, metiendo sus manos; activando algo sin sacarla todavía. Cansado de la vida. 

Juan Pedro, casi con desdén, hace fuego contra su propia sien.  

*Primera imagen: "Los insolentes", de Caravaggio.