miércoles, 20 de marzo de 2013

Latinoamericanista intermitente. Ignacio Sánchez Prado en la UNAM




Interrumpe. Cesa. Prosigue. Se repite. Se enciende y apaga con periodicidad constante y frecuente para señalar un cambio de dirección en la marcha. Pugnaz. Eso, a grandes rasgos, quiere decir intermitencia. 

Aplicado a los estudios latinoamericanos cobra un interesante matiz. 

El pasado 12 de marzo de 2013 (era un martes) escuchamos de viva voz a Ignacio Sánchez Prado en un salón del Instituto de Filológicas de la UNAM. En su su conferencia, titulada "Literatura y pensamiento en la edad de la catastrófe", Sánchez Prado habló sobre dos ensayistas contemporáneos, Sergio González Rodríguez y Fabio Morábito, con cuyos pensamientos simpatiza. Recomendó sumamente de Morábito, un ensayista mexicano de origen italiano, la lectura de Los pastores sin ovejas (1996), un severo tratado contra el anacronismo de ciertos géneros literarios, el pastoril y el bucólico, que lleva a menudo a la anulación de la cultura dentro de la cultura. A andar en busca de paraísos perdidos o edades de oro y a fugarse hacia escenarios fabulescos, escamoteando el choque con realidades más importantes. Lo bucólico y lo pastoril fueron bastante explotados durante el nazismo y se siguen explotando, bajo distintas máscaras, por regímenes totalitarios que prometen arcadias ilusorias –v. b, el feliz indigenismo prehispánico. Pero el problema no es –no podría serlo– esos géneros en sí mismos, sino la lectura contemporánea que se hace de ellos. Mejor dicho. Hay también una crítica literaria bucólica. Una crítica que no se proyecta hacia otras dimensiones sino que se encierra, hermética, dentro de las academias.  Sánchez Prado concluyó con una acusación genial. Que aquella crítica literaria que proclama leer bajo una mirada puramente estética termina por ser la más política. La más conservadora. Por lo tanto hay que arrebatarle la filología a los más conservadores. Al final de su charla le pregunté si no resultaba muy apropiada la idea de Alfonso Reyes de pedir a Virgilio para las izquierdas. Querrás decir "latín para las izquierdas", me precisó Sánchez Prado. Y admitió que el ensayo de Reyes, "Discurso por Virgilio", efectivamente pedía que los "progres" de izquierda deberían curtirse en clásicos como Virgilio porque allí, en sus poemas bucólicos y sobre todo en su Eneida, hay muchos saberes escondidos. La erudición sigue siendo el peor enemigo de las izquierdas –ramplonas. 

Lo escuchamos por segunda vez el viernes 15 de marzo también en la UNAM, pero en un perdido edificio de Postgrados. Hacía frío. Todo estaba nublado. Tardamos en llegar a la cafetería. Y con Dianis (Diana Hernández Suárez, de la maestría en Letras Hispanoamericanas de la UNAM)  charlamos con Ignacio over a coffe. Subimos a la presentación de su nuevo libro, Intermitencias americanistas. Estudios y ensayos escogidos (2004-2010). Lo presentaron Héctor Perea, José Ramón Ruisánchez y Evodio Escalante. Pero el libro no necesita presentación. Aquello de "presentar libros" es un resabio hispánico-católico según el cual el santo –el autor– debe hacerse presente para que haya milagro. Pero Ignacio Sánchez Prado pertenece también a la academia anglosajona –¿protestante?– donde no hace falta el santo. Basta el milagro. La obra. Y por sus obras, por parodiar al Evangelio, lo conoceréis. Por sus brillantes ensayos de este libro. Precisos y de largo aliento. No exentos de sombras y susceptibles de algunos reproches, como veréis. Por lo pronto no hay que perder de vista el lugar desde donde Sánchez Prado articula su pensamiento, esto es, desde las universidades de Estados Unidos, ávidas de comprender este subcontinente del sur que piensa en otra lengua y parece vivir en otra dimensión histórica.  

En uno de los ensayos de Intermitencias americanistas, "Hijos de Metapa: un recorrido conceptual de la literatura mundial", Sánchez Prado admite que todavía nada está dicho sobre los estudios latinoamericanos. "Aunque mucha agua ha corrido en el río de la crítica, la literatura latinoamericana sigue manteniéndose como un elemento incómodo en las reflexiones literarias internacionalistas". (p. 118). Claro. Latinoamérica se sale de la lógica occidental. Es un problema desde que Hegel, en su Filosofía de la historia, la excluyera –y en gran medida, también a España– del porvenir de la civilización occidental. El porvenir es el de la Europa protestante y puritana. Pero dos guerras mundiales vinieron a decirnos que ese porvenir de la civilización occidental nunca está dado si se excluye de ella el componente judío. Tampoco estará dado si se excluye a Latinoamérica, antítesis de todo purismo racial o cultural. Pero abundan los que piensan lo contrario. El nuevo Hegel de nuestros tiempos (curiosamente un anglosajón de origen judío) sería Harold Bloom, el gran crítico norteamericano. De hecho el primer libro de Sánchez Prado se llama así, El canon y sus formas: la reinvención de Harold Bloom y sus lecturas hispanoamericanos (Puebla, 2002). Con lo cual asombra la coherencia de la carrera crítica de este joven crítico mexicano: un continuo asedio al canon dentro del canon (dentro de la academia norteamericana), un asedio al monstruo, para decirle que aquí está David –eh, Goliat– y no conviene descuidarlo. Bloom condesciende con la periferia. Admite a Cervantes, pero no a otros genios del Siglo de Oro (Góngora, Quevedo, Lope). A Borges, pero no a toda la buena narrativa hispanoamericana. Los saca como con pinzas, como para no iluminar mucho la tradición a la que Cervantes y Borges pertenecen: el mundo hispánico. 

En otro de los ensayos de Intermitencias americanistas, "Canon, historiografía y emancipación cultural: Las corrientes literarias en la América Hispánica en la fundación del latinoamericanismo", Sánchez Prado vuelve recargado –reloaded– sobre esta su vieja obsesión canónica. Se da cuenta de uno de sus principales precursores, Pedro Henríquez Ureña, y repite con él la insistencia de "metropolizar Hispanoamérica". (p. 194). De quitarle el halo provinciano. Sumiso. Acomplejado. Y asumir que el español –esta lengua– es planetaria por las dimensiones territoriales que cubre y por la enormidad de experiencias distintas y opuestas que alberga en su literatura: la experiencia de un argentino de origen europeo, blanco, como también la de un mestizo mexicano, lo mismo que la de un negro africano del Pacífico colombiano, o la de un cholo de los Andes bolivianos. El latinoamericanismo intermitente o itinerante que lleva a Sánchez Prado a saltar de congreso en congreso por los Estados Unidos, lo empezó Pedro Henríquez Ureña a principios del siglo XX también en los Estados Unidos, viajando en tren de Nueva York a Minneapolis (fue profesor de la Universidad de Minnesota) y de allí a San Francisco y Los Ángeles, por las universidades de California, fundando el hispanismo y los estudios latinoamericanos (no deberían ser cosas distintas) en el seno del imperio. (Otro ensayo muy actual sobre la genésis de Las corrientes es este de Rafael Mondragón –otro brillante joven ensayista mexicano–: "Los gestos del pensar y ética de la lectura..."). Pedro Henríquez Ureña también pasó por México y fue el mentor de Alfonso Reyes. En 1908 le recomendó irse a estudiar a Estados Unidos. Más de 100 años después, graciosamente, Sánchez Prado parece aconsejar lo mismo a los jóvenes  interesados en los estudios latinoamericanos. A Dianis la anima a presentarse –a aplicar– a Washington University at St. Louis, Missouri. Él mismo se considera dealer de doctorados en USA. Así aconsejaba don Pedro a don Alfonso en 1908, salir de la pereza latina, contagiarse de la disciplina anglosajona. Del trabajo constante. Díganlo si no estas palabras de don Pedro que se parecen a las de Nacho (ya es hora de llamarlo así):

Te vas a Nueva York: convenido. Estudiarás en Columbia (es la principal universidad  de Nueva York): es decir, estudiarás allí cuando sepas inglés, y lo harás como estudiante libre… me parece que debes ir antes de dos meses, y estarte por ejemplo hasta mayo o junio preparándote en lo principal, sobre todo en lo principalísimo: en hablar y oír el inglés. Eso es un poco difícil para jóvenes que gustan de dormir o, como se dice en mexicano, “flojear”, y que además tienen horror a la sociedad humana. Sócrates dice que el pueblo es mal maestro en todo, excepto en la lengua. […] Porque si logras al fin estudiar cinco años de “humanidades”, creo que mejor sería, después de un año de Estados Unidos, de conocer el espíritu de este pueblo y de prepárate en tales estudios, ir los otros cuatro años a Europa. ¡Imagínate! ¡Oxford! ¡Cambridge! […] te convendría infinito irte a los Estados Unidos, y salir de este manicomio que forman tus amistades, de la cuales el menos loco soy yo. (“De PHU a AR, enero 16, 1908”, Correspondencia, ed. de José Luis Martínez, FCE, México, 1986, pp. 52-54).

En otro de los ensayos del libro, "Renovar a Reyes: cuatro intervenciones contracanónicas", Nacho sostiene que hay que desmonumentalizar a Reyes. No juzgarlo mármol sino carne viva. "Debatirlo, polemizar con su obra, pero, sobre todo, releer ese pensamiento crítico a veces ilegible para una actualidad lectora incapaz de ver más allá de sus anacronismos estilísticos". (p. 113). Está bien. Pero decir que Visión de Anáhuac "es un texto bastante poco representativo del corpus reyista de esos años" [de los años de España] y que además ha servido "para entroncar el funesto canon de lo mexicano", me parece poco afortunado. No estoy de acuerdo con él. Tampoco lo estuve con Rafael Lemus y su desaguisado texto "Revisión de Anáhuac" en Letras Libres (diciembre, 2012). Dan palos de ciegos. Hasta, sin querer, cometen erratas. Como el del epígrafe del primer ensayo de Intermitencias americanistas, el titulado "Las reencarnaciones del centauro: El Deslinde después de los estudios culturales", en donde está mal citado una frase de Visión de Anáhuac. El epígrafe original, que está en la última parte de aquel texto y en donde Reyes –traduciendo a su modo el verso "A thing of beauty is a joy for ever"–, dice literalmente: "No renunciemos –oh Keats– a ninguna objeto de belleza, engendrador de eternos goces". De tal manera,  no hay necesidad de pensar Visión de Anáhuac como un apología de lo mexicano si Reyes mismo no renuncia a ninguna tradición, sea foránea o local. Menos cuando, como dice Beatriz Colombi, Visión de Anáhuac "remite al tríptico medieval cuya dispositivo en tres hojas plegables (tris, tres, ptykhe, pliegue) connota una forma narrativa no necesariamente secuencial aunque invariablemente vinculada, que admite la simultaneidad de lecturas" (Colombi, Viaje intelectual, Rosario, 2004, p. 147).  Otras observaciones por el estilo señala el crítico inglés Anthony Stanton.

Tampoco estoy muy de acuerdo con Nacho en concederle tanta importancia al ensayo de Robert T. Conn, The politics of philology: Alfonso Reyes and the invention of Latin American literary tradition (2002). Pienso que no hay una conexión tan explicita entre literatura y construcción nacional, entre crítica literaria y discurso nacionalista en Latinoamérica. El que ciertos letrados burócratas del ex imperio español contribuyeran a dibujar los signos de la conquista y la evangelización en Latinoamérica, no debe considerarse por consiguiente que la literatura de creación y menos la crítica literaria sean políticas de Estado. Por el contrario: la literatura fue explícitamente prohibida por las leyes coloniales. Y la auténtica crítica literaria, como la de Pedro Henríquez Ureña y la del mismo Reyes, siempre ha tenido mucho de heterodoxa –término que por cierto inventó, desde la otra cara de la moneda, el gran crítico hispánico del siglo XIX, Menéndez Pelayo, a quien don Pedro y don Alfonso siempre admiraron más allá de sus pruritos liberales. Además, como bien advirtió Rafael Gutiérrez Girardot, Reyes y Pedro Henríquez Ureña sucumbieron aun en las academias de hispanismo que ayudaron a fundar por culpa de políticas filológicas opuestas, como la de la estilística, una crítica irracional y al mismo tiempo revestida de un apariencia conceptual y matemática que rechazó todo elemento histórico y desplazó la historiografía literaria de Las corrientes... y de El deslinde. Lo curioso es que también Sánchez Prado reconoce que la teoría literaria de Alfonso Reyes, El deslinde, está marginada precisamente porque no pertenece a la oficialidad, a las politics of philology. 

Reyes plantea que Isócrates no teniendo, pues, la urgencia de atender a las ocasiones públicas, ni la necesidad de plegarse a las circunstancias del auditorio, conserva la libertad del ensayista en la elección de asuntos, y el tiempo para concentrarse en la perfección de la prosa, algo que hace eco de su comentario de que los liberales del XIX se encontraban atrapados en las urgencias de la hora, y que el intelectual americano debe encontrar un espacio para la reflexión autónoma. En estas caracterizaciones se encuentran, a mi parecer, el sentido histórico de la crítica literaria y de la operación del deslinde en la formación del ideal americano. (Cito del libro Alfonso Reyes y los estudios latinoamericanos, Pittsburgh, 2009, p. 105) 

De ahí otro de los valientes ensayos de su nuevo libro, "Para una literatura comprometida", donde Nacho, a riesgo de que lo acusen de izquierdista anacrónico, insiste en que "el problema de fondo es que la literatura ha dejado de ser un compromiso y se ha convertido en una commodity que busca un lugar en la circulación de capitales y en lo que hoy se llama "industria cultural". (p. 60). Claro. No se trata del compromiso meramente político. En la medida en que el escritor esté absolutamente comprometido con el lenguaje, con el estilo, también lo estará con una buena visión política. Perfeccionar el discurso (decía Reyes citando a Isócrates) es perfeccionar al hombre todo. Otro ensayo genial –revelador– es el “La última utopía de la Modernidad: reflexiones en torno a La literatura en la historia de las emancipaciones latinoamericanas de Hernán Vidal”, en donde justamente Nacho acusa de commodity a varios escritores del boom latinoamericano cuyos juicios políticos son de una ligereza lamentable. Sin perfeccionar al discurso no se perfecciona al ser humano. Sin salir de la academia, la crítica queda anquilosada. Como le ha pasado a cierto feminismo y marxismo que, muy cómodos en la academia, se han olvidado de renovarse a la luz de nuevas realidades.