lunes, 13 de mayo de 2013

Historia personal de la literatura sicaresca



Fernando Botero, "El Patrón del mal"
Me invitaron a dictar una clase en la UNAM sobre lo que ha sido la “literatura sicaresca” en la narrativa colombiana. Esther Martínez Luna, del Instituto de Filológicas, me pidió a través de Diana Hernández Suárez que hablara especialmente sobre Rosario Tijeras (1999), la novela de Jorge Franco Ramos, comparándola si quería con La virgen de los sicarios (1994) de Vallejo o, mejor, con El olvido que seremos (2006) de Héctor Abad Faciolince, que para mí pone coto al subgénero de la novela sicaresca al explorar más lo autobiográfico. También me invitó a que me explayara un poco en el contexto social y político. “Sebastián es de allá, de Medellín”, dijo al presentarme a sus alumnos –era el jueves 9 de mayo de 2013: afuera nubes grisáceas sobre las Islas del campus universitario.

Pude comenzar bromeando con cinismo –con capatatio benevolentiae. Contar, por ejemplo, la anécdota de que no resta sino resignarse cuando el oficial de inmigración en Londres, después de mil trámites para un visado, te asocia sonriendo con el Cartel de Medellín al ver tu place of birth. Pero no. Disimulé frialdad de historiador.  Los que más sufrimos por haber nacido allá y por todavía tener familiares allá –en una de las ciudades con más asesinos del mundo– callamos. Hay llagas en el alma que todavía no pueden contarse sino en elipsis o en monólogos muy interiores. Frialdad de historiador. Ni modo. Empecé haciendo una prehistoria del género. A mediados del siglo XX se llamaba “novela de la Violencia” lo que después va a llamarse “novela sicaresca”. También los historiadores llamaron La Violencia a ese periodo de la historia colombiana en que la confrontación bélica se desencadenó en comunidades rurales por la hegemonía territorial de alguno de los dos partidos políticos. 

Puse sobre la mesa un par de libros de apoyo bibliográfico, como el de Margarita Jácome, La novela sicaresca. Testimonio, sensacionalismo y ficción (EAFIT, 2009). Para ella, desde la toma del Palacio de Justicia en 1985 por la guerrilla M19 o desde el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla en 1986 por parte del Cartel de Medellín, arrancó este subgénero confuso en el que ha habido de todo. Aclaré a los alumnos mexicanos que los novelistas que mejor habían narrado el tema del sicariato en Medellín lo hicieron porque lograron apartarse de la “noticia caliente” del reportero sensacionalista. Lo mismo pasó, les dije, hace cincuenta años con la “novela de la Violencia”. En 1960 García Márquez publicó en la revista Eco su artículo “Dos  tres cosas sobre la ‘novela de la violencia”. Dijo que “todas las novelas de violencia que se escribieron en Colombia [se refería al periodo de 1948 a 1960] parecen de acuerdo en que todas son malas”.[1] Y alarmado por la baja calidad literaria de esos textos, aconsejaba que tal vez “sea más valioso contar honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado, aunque tengamos que inventarlo”. 
Enrique Graú, "El Bogotazo" (1948)
Algo parecido podríamos pensar que se propuso Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios (1994), si bien no dejó de deslizar sus nostalgias por el partido conservador o su desdén racial y biológico. Desafiar el machismo paisa con un escritor homosexual que vuelve  a Medellín, capaz de amar y adiestrar en gramática a los muchachos sicarios de las comunas. O desafiar con una mujer-sicario, que detesta el amaneramiento, a los sicarios "muy machitos" como lo imaginó también Jorge Franco en Rosario Tijeras (1999). Ninguno de los dos ocultó su posición social en el origen de su personaje-narrador. Testigos de la clase acomodada que aman entrañablemente, en el caso de Vallejo, a los sicario-muchachos, o en el caso de Jorge Franco, a una muchacha de las comunas, Rosario, famosa por su belleza y por su crueldad. Aunque ambos narradores estén enamorados de esos pequeños monstruos, ninguno de los dos los juzga ni los justifica; solo se presentan como mediadores. El de Rosario Tijeras media en la relación de ella con su mejor amigo, Emilio, y ese papel mediador constituye lo más estético de la novela: permite que los personajes prosperen en libertad. Pero la técnica cinematográfica de Jorge Franco, a punta de flash backs ­–flashazos, dijeron los estudiantes mexicanos– evade cierta falta de profundidad: todo se consume en la acción sin casi digresiones, reflexiones, sin intelectualismo. 

“A mí me gustó más La virgen de los sicarios”, dijo un estudiante; “me pareció más analítica y más profunda”. Puede ser. Juega incluso con la mentalidad jurídica que a lo mejor impuso el término sicario, del latín sicarius (hombre-daga o asesino a sueldo) y goza de memorables imágenes poéticas: el gallinazo (el zopilote) llevando por los aires del Valle de Aburrá la esencia de tantos muertos. A Vargas Llosa también le gustó más La virgen de los sicarios, le dije, pero sin quitarle méritos a Rosario tijeras. Dijo que "ambas novelas chisporrotean de libertad, humor, insolencia y diatribas”.[2] Me pregunto si Vargas Llosa, últimamente tan retrógrado, aceptará el aborto como una de las soluciones a tanto sicario. Los crímenes en Nueva York (y pronto ya se verá en el DF) disminuyeron significativamente desde que se aprobó el aborto. 

Personalmente, entre La virgen de los sicarios y Rosario Tijeras, ambas llevadas al cine y la última vuelta hasta serie televisiva, prefiero El olvido que seremos (2006), la novela autobiográfica de Héctor Abad Faciolince. Pone coto –stop– al subgénero del sicariato porque ya no se centra en esos muchachos asesinos sino en una de sus víctimas, en Héctor Abad Gómez, su padre asesinado por uno o dos o tres de ellos en agosto de 1987. Da a entender que los marginados, lejos de ser los sicarios, son más bien sus víctimas atacadas por la espalda o a quemarropa y en cualquier caso indefensas, gente de la población civil con ideas distintas que fastidian a los patrones o capos asesinos. Una voz íntima –como de niño– reconstruye a su padre en el librepensamiento y la tolerancia, y en esa creación entrañable radica la gran venganza contra los violentos. 

Ya para terminar quise referirme al chisporroteo verbal del que habla Vargas Llosa en estas novelas de Medellín. Se trata, dije, de la locuacidad del pueblo antioqueño, famoso por el voceo de sus “culebreros” (grandes oradores-mercaderes), o por las novelas de Tomás Carrasquilla en que se traslada al ritmo de la prosa el flujo del acento paisa, o más atrás, desde los tiempos del poeta Gregorio Gutiérrez González quien 1866 decía: “yo no hablo español sino antioqueño”. Pero los sicarios ya no hablan español ni antioqueño sino parlache. En su jerga el peor insulto no es ni malparido ni hijueputa ni gonorrea ni pirobo ni gorsofia ni chirrete, sino bobo. Todos quieren dárselas de listos, de vivos pero acaban muertos demasiado rápido. En las barriadas de Monterrey, al norte de México, apodan con el mote “colombia” al astuto y avispado.  Acaso todo sea un alarde de escases. Para ser sicario hay que ser bobo. Hacer rugir el cilindraje de una moto y escapar como un cobarde, vadeando carros, tras dejar tendido en el pavimento a alguien del que no sabía sino que vestía camisa de rayas y había que matarlo. Los ruidos de esas motos asustaron mi infancia. Crecer en el Medellín de los ochenta y noventa es una desgracia que no se la deseo a nadie. Deja paranoico a cualquiera. Decía que no hay nadie más temible que un bobo peligroso. Los más crueles son los mediocres, los que con tanto dinero y poder solo destruyen. Cuando leí la crónica de Juan José Hoyos, “Un fin de semana con Pablo Escobar”, no pude sino concluir eso.

F. Botero, "Carro bomba"
      Los estudiantes mexicanos se veían curiosos. Seguí exponiendo. Recordé que los narcos colombianos se disfrazaban de Pancho Villa o  Emiliano Zapata, de los matones, digo, héroes de la Revolución Mexicana. Que también llegaron a la capital y hasta se sentaron en el Congreso sin saber muy bien lo que querían. Al oponerse a la extradición recurrieron al nacionalismo (refugio de los canallas), y fueron más crueles que sus ídolos mexicanos: asesinaron a no sé cuántos candidatos a la presidencia entre 1989 y 1990; esgrimieron ridículos lemas patrioteros como “haga patria, mate un policía”. Soñaban con vastas haciendas con safaris –y hasta las construyeron– porque lo de ellos era el campo, la tierrita. Se aburrían en las ciudades y por poco las destruyen: despedazaron con carros bombas puentes como el de la Avenida San Juan sobre el río Medellín el 16 de febrero de 1991; derruyeron edificios como el del DAS en Bogotá el 6 de diciembre de 1989, o antes el del diario El Espectador el 2 de septiembre también de 1989, aplastando multitud de vidas humanas. La misma fobia citadina, inversamente proporcional al amor por la tierrita, late en las guerrillas. En fin. La extravagancia de los capos colombianos –sus gustos mediocres– pronto fueron difundidos por Hollywood. De ahí también que el sicariato literario haya triunfado entre escritores con formación cinematográfica como Jorge Franco o Fernando Vallejo.  

         Hay algo perverso en asociar a un país con la Violencia. Toda génesis social, a juzgar por el Génesis, nace de la violencia y todo Estado o reino, aparte de ser el Leviatán de Hobbes, no son sino grandes partidas de bandoleros y las partidas de bandoleros, a su vez, pequeños reinos como se dio cuenta San Agustín. Pero hay modos de disimularlo. A la narrativa mexicana de mediados del siglo XX y con la misma temática violenta que la colombiana se denomina “novela de la Revolución”. Como en Colombia no ha habido ninguna Revolución ni una fuerte política de raigambre popular, es decir, no ha habido mitos para amortiguar la “violencia” ni para que ésta se disfrace y tenga una finalidad política, pues es Violencia a secas. Entre la extensa bibliografía al respecto me parece muy interesante el reciente ensayo del historiador Marco Palacios publicado el año pasado por el FCE, La violencia pública en Colombia (1958-2010), donde se aclara que no puede saberse a ciencia cierta qué crímenes corresponden al conflicto con la guerrilla, cuáles son del narcotráfico y los paramilitares.

De todos modos –dice– es evidente que los homicidios se concentran en las grandes ciudades y que, comparativamente, los que pueden atribuirse al conflicto con la guerrilla en su punto más alto (la década de 1990) no superaron el número de muertos en accidentes de tránsito. Por ejemplo, de 2002 a 2008 el promedio de anual de muertes por esos accidentes fue de 4844, mientras que las bajas del conflicto armado llegaron a 2793”. (p. 107).

Eso es frialdad de historiador: cifras, datos, distancia. Aunque su sugerencia de que acaso la Violencia colombiana sea también geográfica me parece harto poética: un accidentado territorio segmentado, semiabandonado y subadministrado con 6.349 kilómetros de fronteras porosas (limitando con Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador y Panamá) y con carreteras cruzando montañas, cerros, sierras, riscos, breñas, boquerones, cuchillas, precipicios… Un poeta lo supo: “No son estas, por cierto, las formas de una tierra llana y amable” (José Manuel Arango).




[1] Revista Eco, no. 205, 1960, p. 105.
[2] Mario Vargas Llosa, “Los sicarios”, en La Nación, sección Opinión, 5 de noviembre de1999. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/156080-los-sicarios.