sábado, 24 de agosto de 2013

Todos en Internet somos Licenciados Vidrieras



No distinguimos entre el vidrio y la carne. Frente a la pantalla creemos ser de vidrio; tememos rompernos; tenemos el miedo racional de quebrarnos como si nuestro cuerpo fuera cristalino –de vidrio– si algo falla o nos molesta o nos excita demasiado en la pantalla del computador o del Iphone. 

Pero el problema no obedece a la computación digital ni a esa estupidez compartida que es Twitter o Facebook. Viene de tiempo atrás.


De tanto regirnos con palabras creemos ser de vidrio como Tomás, el protagonista de la novelita de Cervantes, que gesticula mohines de desdén cuando abandona su casa y sale a la vulgaridad callejera; cuando lo irrita tanta brusquedad, tanta tosquedad de costumbres. Porque de tanto sumergirse en la biblioteca ha dejado de recorrer otras partes de su casa, y se tropieza con las macetas o materas del patio; de noche, al acostarse entre pajas a riesgo de romperse, siempre queda adolorido del dedo meñique del pie izquierdo por estrellarlo contra un mueble invisible; al mediodía cierra con estrépito la puerta de su estudio: las criadas han comenzado a freír o fregar.

 
Se equivoca Cervantes: no es a causa del brebaje de una enamorada en Salamanca lo que enloquece al estudiante, al Licenciado Vidriera. No. Es su propio desdén a la vida y al amor real lo que lo hace creerse de vidrio –enloquecerse, alejarse de la realidad–; lo que nos hace sumergirnos en una pantalla. 

Pero ya nunca sabremos la frontera entre el vidrio y la carne. Todo es movedizo y cristalino.