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septiembre 02, 2013

Valle Inclán: "Sonata de estío", sonata mexicana

Estaba en deuda de leer las Sonatas de Valle Inclán. Y acabo de leer Sonata de estío, su sonata mexicana. Y a mí, que llevo viviendo dos años sensuales en México, esa sonata me ha dejado embelesado.

Volcado a contar sus aventuras románticas a mediados del siglo XIX, en la Sonata de estío Valle desembarca a su Marques de Bradomín en México. Este aristócrata español en decadencia ha llegado en plan de heredar los restos de un mayorazgo, deshecho entre legajos de un pleito, ya que uno de sus antepasados había fundado en aquellas tierras el Reino de la Nueva Galicia (hoy provincia de Jalisco) y otro había sido Inquisidor General. El Marques embarcó en Londres, donde vivía emigrado desde la traición de Vergara, y llegó en barco rozando primero las costas de Yucatán, donde conoció a la Niña Chole. La vio por los alrededores, digamos, de Tolum, cuando todavía no existía ni la idea de Cancún o Playa del Carmen: 

[…] En aquellas ruinas de palacios, de pirámides y de templos gigantes, donde crecen polvorientos sicomoros y anidan verdes reptiles, he visto por primera vez una singular mujer a quien sus criados indios, casi estoy por decir sus siervos, llamaban dulcemente la Niña Chole. Me pareció la Salambó de aquellos palacios. […] Vestía como las criollas yucatecas, albo hipil recamado con sedas de colores, vestidura indígena semejante a una tunicela antigua, y zagalejo andaluz, que en aquellas tierras ayer españolas llaman todavía con el castizo y jacaresco nombre de fustán.

En Yucatán, seguida de su séquito, esta criolla mestiza aborda la misma fragata “Dalila” en que viaja el Marques de Bradomín con destino al puerto de Veracruz.  En el viaje, al pasearse por los puentes de la proa, la Niña Chole siente curiosidad por aquel españolito orgulloso y soberbio. También ella es soberbia y orgullosa, pero a la manera silenciosa y enigmática de aquellas mujeres que sienten el amor al ser ultrajadas y vencidas. Suscita algún encuentro, lo provoca pero al mismo tiempo lo evita:

- Le ruego, señor, que siga su camino. Yo seguiré el mío.
- Es uno mismo el de los dos. Tengo el propósito de secuestrarla a usted apenas nos hallemos en despoblado.
Los ojos de la Niña Chole, tan esquivos antes, se cubrieron con una amable claridad:
- ¿Diga, son locos todos los españoles?
Yo repuse con arrogancia:
-       Los españoles nos dividimos en dos grandes bandos: Uno, el Marqués de Bradomín, y en el otro, todos los demás.

La individualidad ibérica en todo se esplendor. Desembarcan en Veracruz y marchan juntos por los caminos de los virreyes hasta llegar a un antiguo priorato de Comendadoras Santiaguistas. Se hacen pasar como esposos, a pesar de que la Niña Chole ya está casada con el sanguinario general Bermúdez, y se van a pasear ante la mirada de las abadesas por el jardín interior de aquel convento. Se pierden bajo la sombra de oscuros arrayanes entre tortuosas sendas. Dan con una especie de fuente, donde dos doñas llenan sus ánforas. Un angelito desnudo, encima de la fuente, vierte agua por su menuda y cándida virilidad, y las doñas dicen que es el Niño Jesús. El Marques de Bradomín les asegura, irónicamente, que ha sido soldado de la Guardia Noble del Vaticano. Por lo tanto, su “esposa” tiene bula papal para saciar su sed aplicando los labios a la virilidad del santo surtidor de donde el agua mana.

“La Niña Chole se acercó con el rebocillo caído a los hombros y estando bebiendo le acometió tal tentación de risa, que por poco se ahoga. Al retirarse me manifestó en voz baja el escrúpulo de haber cometido un sacrilegio”.

¿No es un gran metáfora de la felación? ¿En vez de a la virilidad menuda y cándida del Niño Jesús no es a la, supongamos, considerable y despierta del Marques a quien la Niña Chole aplica sus labios?

         Esa noche, en la habitación conventual, hicieron el amor siete veces seguidas. 

-       ¡Cuánta jactancia, señor! – le dice ella.

También le confiesa que el sanguinario general Diego Bermúdez no sólo es su esposo, sino su padre.

“- ¡Ojalá no lo fuese! Cuando vino de la emigración, yo tenía doce años y apenas le recordaba…”

Vuelven a subirse a la fragata “Dalila” en el puerto de Veracruz, a navegar el Golfo de México, y en el barco la Niña Chole le hace ojitos a un hermoso y gigante adolescente, para encender de celos al Marques. Una culebra comienza a enroscar su corazón, a morderlo y envenenarlo porque sospecha que también se ha acostado con él. Pero la perdona. Se reconcilian. Y gozan como nunca porque, según el Marques:

“el supremo deleite solo se encuentra tras los abandonos crueles, en las reconciliaciones cobardes. […] compadezco a los desgraciados que, engañados por una mujer, se consumen sin volver a besarla. […] La Niña Chole murmuró a mi oído:.
– ¡Dime si hay algo más dulce como esta reconciliación nuestra! 
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La sensualidad de esta Sonata de estío o mexicana está ante todo en el regodearse y en el regostarse y en el enviciarse con la prosa modernista. Valle se fue hasta las costas tropicales de Yucatán aficionado por la poesía de Rubén Darío, su amigo nicaragüense. Y en 1904, cuando publicó esta sonata mexicana, el joven José Ortega y Gasset celebró que el personaje de Valle se apartara “de la vida nerviosa y enferma de la falta de dinero, de la falta de voluntad, de la falta de belleza, de la falta de sanidad corporal o de la falta de esos otros aditamentos morales, como son el honor o el buen sentido”. (Véase "Un comentario a la sonata de estío").  El Marques de Bradomín, dijo, es un hombre lleno de voluntad a quien no le importa triunfar sino gozar.

Me atrevo a pensar que ningún escritor mexicano de la época había logrado tan bellas descripciones de México. Valle ante todo manejaba el lenguaje del mar, que los novelistas latinoamericanos poco frecuentaban porque nuestros países padecen talasofobia:  miedo al mar. Pereza.


 Consultar el diccionario es la única condición que pagamos en estos tiempos parcos  por disfrutar el esplendor de su estilo.

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