sábado, 21 de septiembre de 2013

Historias de un trailero en el norte México





El chófer de la Van, cuando me conducía al aeropuerto de Saltillo, me contó que había sido en su juventud camionero, un conductor de tráiler. 

“¿Que qué historias así chulas, chulas me pasaron?  Pues qué te digo, vato. No más yo manejaba de este lado. Nunca le entré al Gabacho. Recogíamos eso sí mercancía del otro lado. Unas veces de Piedras Negras o de Nuevo Ladero. Dependiendo. Me despachaban con el tráiler siempre bien cargado. Pinches largos viajes los que nos hacíamos andando por todas las chingadas carreteras que ya perdí la cuenta de todos los pueblos donde anduve, vato. Pues generalmente me tocaba acarrear material de acero hasta una fábrica cerquita a México, por Querétaro, no, qué digo, por Huitepec. Eso: Huitepec. Echaba a veces dos o tres días de ida. Dependiendo. Cuando mucho cuatro o más de regreso. Y que te asaltaban las pinches ganas en la carretera sobre todo cuando ya no llevabas tanta prisa. De regreso. Y había que ser pendejo, pendejísimo para desaprovechar las buenas oportunidades que te tendía Dios o el Diablo, vaya uno a saber, carnal. Las tentaciones". 

"¿Que cuál fue la historias más curiosa que me pasó? Pues de todo. A veces, cuando cargaba mis buenos fajos me daba mis gustos en los mejores bares de la carretera. A veces terminaba sentado con las mejores. Si les gustaba tu cotorreo hasta se iban contigo y ni te cobraban. Pero buenas morras, compadre. Buenas. De esas que todo lo traen tan apretado que hasta el dedo rebota cuando les tocas las chichis o las nalgas. Como una a la que le decían la Texana. Sí. Una tráilera que sabía montarte como diabla y te dejaba hecho polvo, como perrito temblando. Esa enamoró a varios. Y con ninguna anduvo en serio". 

"Y pues a mí no me gustaba frecuentar burdeles; yo le hacía el quite; casi siempre buscaba las gasolineras menos frecuentadas. Porque en las más llenas, pues ya sabes, te toca con alguna a la que no sabes cuántos hüeyes se le han montado, y eso sí que está cabrón. Lo mejor era lo inesperado." 

"Una vez viajaba entre Piedras Negras y Laguna del Rey. Iba yo bien cansadón por la carretera, ya de madrugada. Amaneciendo. Paré en una gasolinera a la vera. No más estaba el hüey de los abarrotes sin ningún cliente. Afuera una mujer, de pie, recostada  en el carro; la adivinaba como una cuarentona con todo bien puesto, estacionada, tomando un café, pero ni me bajé a ver qué pedo, y no más me pasé atrás y me acosté. Pinche sueño el que traía. Yo no llevaba camarote como la mayoría de tráileros. Esos pendejos. Yo sí llevaba mi buena king-size bien comodita. Y cate que ya estaba a punto de dormirme cuando la veo, ya bajada del carro, a semejante mujeronón, llamándome desde afuera. Con la boca abierta de la pinche sorpresa me bajó del tráiler, y le digo qué pasó, mi señora, a sus órdenes. 

"Me contó que estaba esperando a su hija mayor, pero que a última horas dizque no había llegado. Vaya uno a saber si era verdad. Yo creo que eran meras ganas de cotorrear de la señora. Y así me cotorreó como una hora y media contándome que se acababa de divorciar del marido, porque ya no la trataba como antes y que la tenía descuidada. Y cuando las morras te empiezan a contar esas historias, carnal, ya tú ya sabes pa’ dónde van las cosas. Ya lo entiendes. La hice pasar adentro. Qué chula mujer, tengo que reconocerlo, estaba buenísima, y cada vez más cuando le fui quitando la ropa, el brasier, las pantaletas. Todo el pinche sueño se me fue a la chingada. Y para no hacerte más largo el cuento, carnal, dimos toda clase de volteretas en el colchón de la king-size. De todas las formas. En todas las posiciones. Por todas partes". 


"La señora me dijo que era de Laguna del Rey, y cada vez que yo pasaba por ahí, le hablaba y quedábamos luego luego. Y no, carnal, yo no estoy casado. ¿Para qué? Si puedes hacer feliz a dos, al menos viéndolas una vez por mes, para qué enredarte con una sola toda la chingada vida. Eso es egoísmo. Yo ya estoy divorciado. Ahora ando con una chava joven de la edad de mis hijas. Todavía me busca una que otra morra de mis tiempos de tráilero. Pero ya me aquieto. No más eso sí te digo. A la que le decían la texana y a la cuarentona, ah, esas dos sí que todavía me golpean duro el corazoncito cuando me acuerdo. Es que son de esas que te dejan como pinche perrito. Vaya uno a saber cómo le hacen. Y nada, no me arrepiento, mi carnal. Mientras se te pare el ojo, pues hay que aprovechar. Qué tal que llegues a donde San Peter, y que luego te diga, ¿qué hiceste, hüey? ¿Por qué traes esa cara de amargado? ¡Pues tú pasas para ese lado, pinche pendejo! Por idiota. ¿Quién te manda a no gozarla? Y ahí te lleva ahí sí la chingada. Claro. Tenía razón tu abuelita: cuando te den una oportunidad, nada de contentarte tocándola con el dedo, a manos llenas".