viernes, 31 de enero de 2014

Pacheco: Morirás "polemizando"

John Heartfield
La élite mexicana parece educada para no polemizar. Cuando falleció José Emilio Pacheco uno de los rasgos que más resaltó en él Rafael Tovar y de Teresa, el presidente de Conaculta (Consejo mexicano para la Cultura y las Artes), es que nunca participó en “polémicas”. ¿Será verdad que nunca? Antes de analizar si hay o no hay polémica en la obra de Pacheco, quisiera preguntarme por qué polemizar se ve tan mal en México. ¿Por qué su élite cultural ve tan poco aconsejable polemizar? 



         En un artículo de 1908, “La conservación de la cultura”, Ortega y Gasset argumentaba lo contrario: “La polémica es, después de todo, la única forma de la labor intelectual […]. Donde quiera que la germinación de ideas fue activa y enérgica, vivióse en perpetua polémica…”. Y a diferencia de México, donde los principales periódicos generalmente presentan el mismo titular (véase El Universal, Reforma, La Jornada, Milenio), España sí que está habituada a polemizar: véase no más el contraste de titulares entre El País (centro-izquierda) con el diario ABC (centro-derecha) o entre Libertad Digital y Público

Claro está que tanta polémica pudo llevar en tiempos de Ortega a la Guerra Civil española. Y si en México ya casi nunca se polemiza es porque antes también se vivió en la perpetua polémica, de lo contrario no hubiera habido Revolución: polémica de los modernistas para fundar la Revista moderna a finales del siglo XIX (tesis de maestría de Diana H. Suárez); polémica contra el sistema positivista o cientificista del régimen de Porfirio Díaz, que era enemigo de la polémica y de la filosofía, por parte del Ateneo de la Juventud entre 1908 y 1910. Ya ven: consecuencias de tanta polémica, dirían después las élites, guerras y más guerras. Mejor quedarse quieticos. Cultivar la cortesía. 
 
El último artículo escrito en vida por José Emilio Pacheco salió publicado en la revista más polémica de México, Proceso (revista de denuncias y escándalos políticos, más que de polémicas intelectuales). Habló sobre la muerte de su amigo Juan Gelman, a quien consideró el mejor poeta de nuestro tiempo, resaltando su salida de Argentina tras el golpe militar de 1978. Pacheco insistió en la escritura del exilio: 
 
“Si uno hace un leve repaso de lo que se ha escrito en este continente verá que gran parte de nuestras literaturas se ha hecho fuera del suelo natal. Desterrar significa quitar la tierra bajo los pies, dejar a la intemperie, derruir la casa, demoler la ciudad de cada uno con todas sus memorias y sus costumbres. “El que se va no vuelve aunque regrese”.

La mejor literatura mexicana de la primera mitad del XX, en efecto, pudo pertenecer al exilio: Alfonso Reyes escribió su mejor obra durante su destierro en Madrid, Visión de Anáhuac, alejado del anarquismo revolucionario de Carranza, Villa y Zapata; las geniales memorias de José Vasconcelos, Ulises criollo, La tormenta, El desastre, El proconsulado, también son obras del exilio. Martín Luis Guzmán escribió su mejor novela, La sombra del caudillo (1929), en su segundo exilio.

Una vez que se asentó –se institucionalizó– la Revolución, México pasó a ser, en vez de expulsor de intelectuales, receptor de intelectuales de todas partes. Vinieron muchísimos españoles desde el fracaso de la II República en 1936. Vinieron muchísimos chilenos tras el golpe de Pinochet en 1973. Vinieron multitud de argentinos tras el golpe militar de 1978. Vinieron también muchos colombianos, a pesar de que aparentemente no había ninguna dictadura en ese país como no fuera el hecho de que no hay allí ninguna institución cultural que apoye intelectuales. Algunos cubanos disidentes del régimen totalitario de Fidel Castro, como Reinaldo Arenas, prefirieron exiliarse en Estados Unidos antes que en México. ¿Acaso México siente cierta preferencia por acoger  intelectuales de izquierda?

Pero volvamos a Pacheco. Ciertamente en su último artículo de Proceso no se nota ningún tono polémico. Pacheco no se apartó, al parecer, de la típica corrección política (¿izquierdista?) del intelectual mexicano de la segunda mitad del siglo XX.  Ya he dicho en otro artículo cómo Pacheco representó lo orgánico, lo ordenado, lo sanamente institucional de México.

John Heartfield, 1930
Pero celebrar que nunca haya caído en la polémica me parece un rasgo peyorativo para su obra; me parece que lo perjudica, teniendo en cuenta las virtudes de polemizar de acuerdo a Ortega. Sin la polémica su novela Morirás lejos (1984) no hubiera causado cierto revuelo. A recomendación de mi amigo Marcos Daniel Aguilar la abrí de nuevo: la leí en busca de polémicas. Y encontré varias:   
1)                    Como Hannah Arendt, Pacheco también culpa del holocausto nazi a la auto-victimización de ciertos grupos judíos: “Nos habían enseñado a tener esperanza aun con la soga al cuello. Sin fuerzas militares ni armas ni disciplina bélica que nos permitiera enfrentarnos a un ejército poderosísimo, no aceptamos la realidad del exterminio hasta entrar en la boca de las cámaras”. (p. 50).
2)                    Novela de auto-ficción, el narrador de Morirás lejos también se enfrenta con un supuesto editor que le pide que hable de otra cosa, puesto que el crimen de los nazis ya pasó, ya se olvidó la II Guerra Mundial, que mejor trate problemas actuales: “…Si existen tantos conflictos no resueltos en México no podemos dedicar espacio a lo que sucedió en Europa hace ya muchos años –¿Genocidio? Genocidio el de quienes mueren de hambre aquí mismo – Mire esto resulta contraproducente – Lo mejor que se puede hacer contra el nazismo es olvidarlo” (pp. 64-65).
3)                    Pacheco denunció en su novela la mala conciencia que invadió al mundo luego del nazismo, claro, para evitar pensar y dar explicaciones de semejante crimen, como bien lo sugirió el ensayista colombiano Rafael Gutiérrez Girardot –quien, por cierto, consideró a Pacheco un poeta doctus. Y Pacheco, en la misma novela, reafirmó su insistencia en narrar el holocausto aun así no lo hubiera visto, porque tenía la fuerza, “la voluntad de escribir sin miedo ni esperanza”. (p. 66).

Me encanta eso de escribir sin miedo ni esperanza.  Me recuerda a Spinoza: el miedo y la esperanza son los dos mecanismos para someter a los hombres a la servidumbre. El miedo es evidente en el control de la policía, del ejército o de las bandas armadas al margen de la ley. La esperanza lo es menos, pero es el mecanismo usado propagandísticamente por ciertas instituciones de control cultural e ideológico, para también someter al individuo con paraísos inicuos.


John Heartfield
         En fin. Para abrir la polémica, me atrevería a decir que Pacheco fue un poeta mayor, pero un narrador menor. Para narrar bien –reléase El Quijote– hay que polemizar y voltear el mundo patas arriba. ¿Le faltó eso a Pacheco? ¿No hace falta otra novela, estilo Los detectives salvajes (1998) de Bolaño, que revuelva  el mundo intelectual mexicano patas arriba? Recuérdese, además, cómo Bolaño era chileno y cómo esta novela, profundamente mexicana, Bolaño la escribió en España. ¿No debería la élite intelectual mexicana des-educarse, des-institucionalizarse un poco?