sábado, 18 de enero de 2014

Vuelta a Colombia en 15 días

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Al ingresar en espacio aéreo colombiano comenzamos a ver vastedad de ciénagas en las que se derrama el río Magdalena, cultivos de algodón, la espina dorsal de tres cordilleras con multitud de valles, nubes y nubes hasta por fin descender sobre un altiplano de verde esmeralda.

Aterrizamos en el recién remodelado aeropuerto de Bogotá, en donde ya no se siente la sensación de un país de puertas cerradas. ¿Mera fachada? Al menos se avanza rápido por los módulos de migración.  Salimos a la avenida El Dorado, recobrada después del bombardeo de corrupción estatal y privado, y fluimos más o menos con rapidez porque estamos a 19 de diciembre: en asueto todos los colegios y universidades, es decir, reducción del 30 % del tráfico (o trancón). Llegamos casi hasta el piedemonte de Monserrate, a los pies de la Torre Colpatria y del parque inclinado de la Independencia, para coger la séptima y luego la avenida circunvalar.

Llegamos en fiesta: se despiden a vacaciones los últimos doctores y doctoras de las tres ramas del poder público. Como no somos abogados y venimos de México, en donde hacemos un doctorado en letras, no sonamos mucho entre los poderosos encorbatados. A cambio nos emborrachamos de whisky, y ante tanta reverencia “cachaca”, ante tanto doctor, comenzamos a hablar en acento irreverente como el narrador de las novelas de Fernando Vallejo, a llamar con hijueputasos cariñosos a nuestros amigos, a diestra y siniestra.

Al otro día la mamá nos despacha en el terminal de buses a donde el papá en Medellín. William Ospina dice que lo único que integra a Colombia es el idioma. Tal vez por eso, en la densidad de viajeros, todos nos esforzamos en remarcar nuestra diferencia acentual. A nadie le gusta ser igual: el de al lado habla con seco acento cundinamarqués o boyaco, el del otro acusa aun más las vocales sincopadas del acento caribeño, el de más allá las extiende a la manera costeña del Pacífico o caleña, y el antioqueño o paisa agudiza la “c” como “k”: Kolombia-¿Ke más: bien o ké?. Parecemos juntarnos, para luego derramarnos por los cuatro costados de la vertiginosa geografía colombiana.   

Paisalandia

Llegamos a la capital de Paisalandia bajando por Las Palmas: “allá está Medellín muellemente tendida en la llanura”, decía en 1855 el poeta de las tres g: Gregorio Gutiérrez González. Dentro de los vagones del metro observamos cantidad de propaganda municipal: “estamos pasando la página de la violencia”, dicen. Como si se tratara de un libro.

A finales de los años 80’s y 90’s, durante mi infancia, uno se paniqueaba ante pandillas de jóvenes adolecentes peluqueados con el corte sicarial, en T (eran los pirobos en lenguaje parlache). Ahora uno más bien se serena ante pandillas de jóvenes con cachuchas de visera plana estilo hip hop, como si fueran reggaetoneros de Puerto Rico. Lo son en realidad. Son paisa-riqueños. El nuevo fenómeno nos lo explica el hermano menor, fan de Nicky Jam, Don Omar y Dady Yanky.

Los alumbrados extendidos sobre el río, desde San Juan hasta el antiguo puente de Guayaquil, descrestan solo al turista, a quien los ve por primera vez,  a Diana, mi novia mexicana. ¿Cómo: es que tiene otra novia que no es mexicana o qué [o ké]? Nos descresta más ascender la cresta de la comuna nororiental en teleférico o metro-cable, volando encima de tugurios, hasta el remanso de bosque frío en el Parque Arvi, cerca de Piedras Blancas.

La noche del 24 la pasamos donde la tía Silvia, en la finca “La Montería” en Sopetrán, con vista al encañonado río Cauca. Diana, la novia, acostumbrada al lenguaje breve de Jalisco estilo Juan Rulfo, se enloquece con la algarabía de la familia antioqueña estilo Tomás Carrasquilla. Todos monologan al tiempo como si dialogaran con todo el universo mundo. No se callan. Hablan hasta con la arepa que se está quemando: ve, arepita, no te me tostes mucho; ¡eh, vea a ese gato esculcando las cajas de los juguetes: quitáte de ahí gato cansón! O, al salir a la noche densa y estrellada, sientan charla con las  constelaciones: Sirius, en la del Can Menor, ve qué tan refulgente; ya viste a Marte y a Júpiter: son los que no titilan. Ah, y vea a las Pléyades qué tan pispas:   

Juego mi vida… contra el rebaño de las Pléyades,
–vírgenes necias, capretinas locas–]*


Amanece en el canta del gallo y lo remeda el primo Gregorio y luego lo remedo yo. Enloquecemos al pobre. Como un chorro de luz explota la algarabía de los gansos. Nos despedimos de Sopetrán, en donde dejamos como diez libros pa’l papá y las tías lectoras, rumbo a un apartamento en la playa entre Ciénaga y Santa Marta.



Los piratas del Caribe
Foto de Alejandro Arias

 Desde el balcón del edificio divisamos el horizonte oceánico sitiado por los piratas de la Drummond, con sus trasatlánticos estacionados en la curva del mar y sus barcazas remolcando carbón a cielo abierto. 

El Caribe colombiano siempre ha estado asediado por piratas de todo el mundo. La visión de las buques carboneros de la Drummond, a pleno sol, nos arranca una descripción de La tejedora de coronas: “…simulaban fantasmas de sal, como los corceles de mi sueño”, sitiando “la inerme ciudad, ahogada en los primeros resoles”. Contra el poder de los hidrocarburos casi nadie puede. En medio de la ingenuidad del turista, de la impotencia de los lugareños y de la incipiente crítica de la región, en donde casi nadie lee, resulta un bálsamo intelectual las denuncias del blog del periodista costeño Alejandro Arias.
foto tomada de losviajeros.net

Salvo a la playa de Taganga, en donde el mar cobra como un color verde encendido, a las mejores playas de Santa Marta se llega en lancha: están entre acantilados sin acceso terrestre, formando discretas bahías. Mareados de tanto mar, recostados en la arena, despedimos el último atardecer de 2013. Otro giro de este gordo planeta alrededor del sol, cuyo disco se derrite lentamente en el mar.

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En hora y media bajamos de Bogotá al piedemonte llanero, un viaje que en 1924 demoraba casi una semana, a juzgar por La vorágine en donde Alicia y Arturo Coba huyen a caballo y pernoctan la primera noche en Cáqueza.

Oscar Javier González Molina me recordaba las mocitas que asaltaban a la vera del camino a Arturo Cova, comparándolas con las que nos atendían en un estadero en Puerto López, a orillas del río Metica, o en una heladería en Villavicencio, a una cuadra del parque.

Las sabanas de los Llanos se extienden como un alfombra mágica sin una arruga hasta las bocas del río Orinoco, algo más allá de Angostura o Ciudad Bolívar, en Venezuela. En planchones, avanzando entre mil curvas, viajan miles de cabezas de ganado por los afluentes del Orinoco. A tres horas de Bogotá, en la desembocadura del río Manacacías en Puerto Gaitán, nadan y saltan delfines rosados. Los Llanos son una promesa, como decía Ortega y Gasset de las pampas argentinas. Nuevas ciudades podrían trazarse con universidades que ofrezcan becas a medio mundo.

Los Andes y la Jiménez

Foto de Jan del Castillo
(http://www.skyscrapercity.com)
El eje ambiental sigue siendo mi paseo favorito. De la biblioteca de los Andes me descolgaba al café La Oficina, donde don Jaime, a conversar en tertulia con Espinosa. Eran mis tiempos de licenciatura o pregrado. De ahí salía al mediodía y me detenía en la librería Lerner a no comprar nada: solo a ver novedades y charlar con Hernán, el encargado de la sección de libros colombianos, o con Héctor, de la sección de internacionales. Me tocó también don Hugo, el fundador, experto en leer muy bien la contraportada de todos los libros. Esta vez, al menos, compré la obra completa de Nicolás Gómez Dávila y la selección de sus escolios traducidos al inglés por mi amigo del Caro y Cuervo, Roberto Pinzón. Ah: también compré Aitana como regalo a Diana, para que vea como soy personaje de novela.
         
Luego sigo bajando por la Jiménez, atravesando la plazoleta del Rosario con la estatua de Quesada, hasta el callejón de libros usados en el local "Libros Merlín", cra. 8ª A Nº 15-17. Saludo al Célico, dueño y fundador de la librería más grande de libros usados en Suramérica. Viejo Célico, le digo, ando buscando El mito del rey filósofo de Danilo Cruz Vélez (el mejor libro de filosofía escrito en este país), que el ejemplar que yo tenía me lo robaron cuando fui a La Habana, claro, pues es un libro prohibido allá: desenmascara el marxismo de forma increíble y destruye el mito de esos barbudos militares con ínfulas de filósofos. Ya se lo traigo, y va Célico y lo agarra de una estantería. Véalo. Y también está Tábula rasa. Me los llevo. A presumir en México.



[1]  León de Greiff, “Nocturno No. 2 en Mi Bemol”.