lunes, 5 de mayo de 2014

Las inquietudes de Shanti Andía


Las inquietudes de Shanti Andía (1911), de Pío Baroja, ha sido mi plato suculento en mi último vuelo de Ciudad de México a Bogotá. La sucesión ininterrumpida de aventuras es la mejor fórmula del novelista para que el lector no suelte el libro. La sucesión hábilmente articulada, claro está, con brochazos descriptivos y personajes de psicológica creíble, sin desmayos ni zonas muertas. 

Pío Baroja es seco. Avaro de adjetivos. Su tono es el del acento vasco: hosco y sañudo, pero sincero y vital. Lo es sobre todo su personaje-narrador, Shanti Andía, un marino vascongado que en la primera página, dispuesto contarnos sus memorias, quiere desengañarnos de antemano:
“Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen.” (p. 9).
         Pero escribió casi 400 páginas más, según él, por solicitud del periódico de su pueblo costero, El correo de Lúzaro, dizque para contribuir a la cultura de la ciudad. La humildad de la excusa sin duda nos anima a seguir, y cuando ya vamos en la mitad de sus memorias nos vemos rumbo a la Filipinas en mitad del océano Pacífico. Los vascos son así: cuando se aburren se echan al mar a echar sus redes en los mares helados de Groenlandia en busca de bacalaos.

         De joven Shantí Andi se fue a vivir por unos meses a Cádiz. Lo contrario del País Vasco, lo muestra hasta la saciedad esa película de Ocho apellidos vascos, es Andalucía. Baroja despachó en 1911 el contraste entre ambos extremos de España en un párrafo breve y fenomenal: el vascongado Shanti Andía se ha enamorado de María Jesús, una andaluza parlanchina que lo hace sufrir parlando con los demás gaditanos:

“Dicen que un nuevo idioma es una nueva alma, y hay algo de verdad en esto; yo comprendía, al oír a aquellos muchachos, que no sólo no sabía el castellano, sino que mi alma era distinta a la suya. Yo me sentía otra cosa, pero no tenía el valor ni la fuerza para creer que mi espíritu, más concentrado y más sobrio, valía tanto como el de ellos, todo expansión, palabras y muecas. Mi humildad me inducía a creerme un salvaje entre civilizados. ¿Para que hablar, si por cada palabra mío ellos soltaban diez o doce?” (p. 111).

Sufre con la palabrería hueca y la coquetería cruel de María Jesús, y observa que las personas sin intereses espirituales (materialistas, vanas, insípidas) asumen el amor como un instinto más cercano a la crueldad y al odio que al afecto tranquilo, sereno, diáfano.  Y llega hasta a decir, en sus agrias reflexiones de marino viejo, que quizás sea lo natural en el hombre ser un poco canalla, y en la mujer un poco cruel. “Hasta es posible que la bondad y la generosidad sean una anomalía.” (p. 119). Puede ser. Pero, aun como anomalías, impiden el radicalismo del mal. Del mal absoluto.


A veces Shantí Andía se pone a caminar por los acantilados de la costa vascongada, y las olas golpeando contra los peñascos le arrancan instantes de gran poesía. Prosa violenta. Costera. De mar embravecido. No es ningún héroe Shantí Andía, sin ser tampoco un fracasado. Viajero, marino, comerciante, sus inquietudes son en sí mismo aventuras. Esta novela de Pío Baroja fue una bofetada contra el excesivo intelectualismo de su época que renegaba de la acción y del dinamismo.