lunes, 30 de junio de 2014

Retorno a Facebook



(Diálogo con mi conciencia)

     – ¿Vuelves a Facebook a pesar de tus críticas tan agrias? No me digas…
     –Y con ellas. Para criticar bien al sistema ¿no hay que estar dentro?
   – Eso dicen los antiimperialistas una vez que visitan Nueva York. Vamos: ¿no que el Facebook lidera la era más fascistoide de nuestro tiempo al confundir lo privado con lo público?  ¿No que cerrar tu perfil hará un año y medio fue la mejor decisión que pudiste tomar?
    – Lo fue. Me fui de Facebook muy en serio. Me estaba jodiendo la vida privada, elevando mis mentiras al rango de lo sagrado, volviéndome paranoico, dando una imagen de lo que no era y dándome una imagen mala –o buena– de quiénes no lo eran.
     –¿Y no temes que ahora pase lo mismo?
   – Ahora sé, a fuerza de repetirme una frase de Alfonso Reyes, que los humanos se salvarán por la intimidad, por el trato de tú a tú, hablándose y mirándose a los ojos. Lo demás es ruido, y está bien.
     – Entonces ¿a qué volver?
      –– Ya te he dicho: ganas de ruido, de cotorrear, de opinar; el mundo real –la realidad-real– es también lo que se piensa, y en ese sentido el Facebook es otra para-realidad si quieres.
    –¿Para-realidad? Pensé que me hablarías del Eterno Retorno de quienes cierran y reabren su perfil de Facebook por coquetería.
   –Te recuerdo, citando a Eugenio D’Ors, lo falaz del eterno retorno: la Cultura no es un círculo sino una milicia.
   –Sí que recuerdo esa cita de D’Ors hablando del gramático renacentista Antonio de Nebrija, quien en 1492 volvió a España de estudiar latín en Italia, no para imponerlo de nuevo, sino para expandir este romance y hacerlo enseñable “a naciones de peregrinas lenguas”. En ese sentido, si la Cultura es milicia –ataque frentero e incesante–, si cerraste Facebook persiste en ello, no vuelvas.
     – Me hace falta el cotorreo. 
    – Tengo aquí tu entrada del 31 de enero de 2013 cuando cerraste tu perfil –“Hasta la vista, Facebook”– lamentándote de que perdiste casi cuatro años no sólo agregando “amigos” invisibles sino aquellos placeres clásicos de la auténtica lectura: la lucidez, la inteligencia…
    – Sí, sí, sí. Dije todo eso. Dije también: “Adiós, República Infantil y Populista y Fascista de Facebook. Me margino y me exilio mientras tanto en esta república de Google…”. Pero en la República de Google no hay una comunidad tan activa como en Facebook, y en mi cuenta de Twitter tardo en hacer seguidores; ahora quiero retornar a la de Facebook.  Recuperaré mi pasaporte –mi contraseña.
    – ¿En serio? Me pregunto si de refilón, por perfiles de tus amigos o de tu novia o aun por algún pseudónimo, ¿no seguías en Facebook?
     –  No, te lo juro.
   – Te deseo suerte en tu retorno. Cuídate de no naufragar de nuevo en ese océano de vulgaridad. Mi barco estará fondeando por si decides exiliarte de nuevo.
      Vale. Gracias.