lunes, 11 de septiembre de 2017

El Papa en Colombia: un caso de Teología Política


La presencia del Papa en Colombia nos ha dejado tres impresiones.

La primera impresión es que el catolicismo significa a menudo el único nexo o contacto cultural que tiene gran parte del pueblo colombiano con la lectura y la tradición bíblica y de ahí milenaria.

La segunda impresión es que la venida del Papa a Colombia ha puesto en evidencia la destrucción del mito liberal o posmoderno en cuanto no hay una separación tan tajante entre religión y política.

La tercera y última impresión es la alegría que desató el Papa entre ateos, comunistas o descreídos, a quienes sin embargo no deberíamos llamar hipócritas porque, aunque así lo fueran, pues con más gusto el Papa acogió esa alegría del pecador arrepentido.

Nuestras tres impresiones, como veremos, se refuerzan a la luz de la historia y la filosofía.

Que el catolicismo sea el único nexo cultural del colombiano promedio no es algo que lamentar ni peyorativo. El Papa es el representante del Vaticano, efectivamente un Estado-Iglesia cuyo centro puede estar tanto en Roma como extendido por toda la tierra en parroquias, capillas y catedrales. Francisco es el sucesor de Pedro y, en un sentido más amplio, del emperador del Imperio romano a partir de Constantino (306-337), con lo cual recoge todas las tradiciones del Mediterráneo incluido el judaísmo y el helenismo. Decía Dante que el mundo no conocerá la paz hasta que el Imperio romano no esté restablecido, y añadía Eugenio d’Ors que el concepto de Roma justamente se opone al de Babel, es decir, al desorden de la guerra civil. Hegel, por su parte, se dio cuenta de que no hay nada más revolucionario que los Evangelios y que, en tiempos de revolución o de cambio, todo lo que es antiguo es un enemigo –eslogan perfecto para el ambiente progresista de nuestras universidades. Estos datos, por lo general, se ignoran en la educación pública del Estado liberal y democrático y quedan ahogados por la basura televisiva y de entretenimiento del capitalismo mass media.



Que la venida del Papa a Colombia haya puesto en evidencia la destrucción del mito liberal se explica a la luz del concepto de teología política, acuñado por el jurista y filósofo alemán Carl Schmitt en un libro homónimo publicado en Berlín en 1922. Schmitt entiende la teología política bajo esta impresionante definición: “Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”. Ello no va en contra del pasaje de Marcos (12, 17): “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Antes bien, demuestra la imposibilidad de imponer un poder político absoluto o una paz absoluta. Dicho de otro modo: no basta que la ideología de la Paz, disparada por el Estado a través de los grandes medios de comunicación, ni que la reconciliación o el perdón, ratificados por las Altas Cortes, exoneren de delitos a los antiguos terroristas de las FARC. Hace falta que la ideología Paz deje de serlo y obtenga la misma significación que el milagro en la teología, es decir, que posea la potestad de imponer algo rompiendo las leyes naturales o regulares que la Constitución (Dios para seguir con la metáfora) estableció. Sólo teniendo conciencia de esta analogía o similitud llegaremos a conocer la significación de la visita del Papa a Colombia. Es la misma conclusión a la que hubiera llegado Thomas Hobbes, en El Leviatán, siguiendo su pensamiento decisionista y utilitarista: “la Autoridad, no la Verdad, hace la Ley” (en latín suena más bonito: Autoritas, non veritas facit legem).

Que la visita del Papa a Colombia haya alegrado incluso a ateos, comunistas o descreídos se explica en cuanto es la alegría la primera obligación y el primer paso para quien busca ganarse el cariño de un pueblo. No hay que olvidar que, en su conjunto, el pueblo ama la Autoridad. Y el Papa es, por lo tanto, una Autoridad: “y toda Autoridad es buena por el solo hecho de existir”. (En francés, dicho por Joseph de Maistre, suena mejor: “Tout gouvernement est bon lorsqu’il est établi”, Joseph de Maistre, Du Pape, París, 1867). Y esto por la sencilla razón, añade Carl Schmitt, “de que en la mera existencia de una autoridad va implícita una decisión y la decisión tiene valor en sí misma, dado que en las cosas de mayor cuantía importa más decidir que el modo como se decide.” Volviendo al caso colombiano, el modo en cómo se ha decidido lo de la Paz en Colombia, ya se sabe, está lleno de baches y males de procedimiento y hasta de injusticia. Pero la visita del Papa a Colombia hará que ese modo nefasto deje de importar. Importará, ante todo, la decisión soberana.

Para el materialista de izquierda y de derecha, en efecto, toda religiosidad o espiritualidad del hombre es secundaria y superflua. El materialista piensa que para cambiar al hombre basta mudar las condiciones económicas y sociales. Y sólo es cuando aquel materialista de izquierda o derecha está en o con el Poder cuando se da cuenta de la importancia del pensamiento teológico y de sus derivaciones. Se da cuenta, en efecto, de que el pueblo al que tanto ha despreciado no sólo requiere de pan y circo sino de un sentimiento metafísico, es decir, de una religión fundada en una teología milenaria. Lo amenazante del asunto es la ignorancia del origen teológico de la palabra paz o de la palabra pueblo. Para el político materialista, por ejemplo, el pueblo es una masa amorfa con un fin o utilidad bélica, laboral, económica y receptora de propaganda ideológica. Para el religioso o teólogo católico, por el contrario, el “pueblo” debería ser un cuerpo social y jerárquico, es decir, dotado de una cabeza, dorso y extremidades. Solo para Dios somos importantes.

El catolicismo colombiano ha sido ultramontano, es decir, más papista que el papa. Y grandes colombianos como Miguel Antonio Caro o Nicolás Gómez Dávila (no hablemos aquí del teólogo negativo Fernando Vallejo), probablemente, habrían de preguntarse si esa soberanía de imponer la decisión de la Paz es para beneficio de la gloria trascendente de Cristo o para la soberbia inmanente de los tiranos de una tierra pasajera.

Desde el punto de vista de la teología política resulta evidente que la visita del Papa a Colombia es la puesta en marcha del utilitarismo de la democracia liberal, a través de la Tercera Vía, para imponer la ideología progresista del pacifismo como nueva escatología de reemplazo. Un latinazo se amolda perfectamente al entusiasmo desatado por el Papa Francisco: “stat pro ratione Libertas, et Novitas pro Libertate” [La Libertad reemplaza a la Razón, y la Novedad reemplaza a la Libertad].

Resulta, sin embargo, que no hay mucho de novedoso en el ecumenismo, universalidad o flexibilidad del Papa Francisco. En primer lugar, hay que tener en cuenta la encíclica Annum Sacrum (mayo 25, 1899) del Papa León XIII:

«El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenece de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano».

En segundo lugar, no hay que olvidar la encíclica Quas primas (11 de diciembre de 1925) del Papa Pío XI, según la cual, “todos los gobernantes deben considerarse bajo la regia potestad de Cristo –el rey de reyes– pues a ella deben el carácter cuasi sagrado de su propia potestad.”. Dicho esto, conviene aclarar que la teología no es lo mismo que la religión. La teología quiere ser una ciencia, y lo fue y lo sigue siendo aun a pesar de que Freud y sus seguidores inventaran un concepto de ciencia completamente diferente que pretendió liquidar a la religión y a la teología psicoanalíticamente, es decir, como si se trataran de neurosis. Hecha esta aclaración, terminemos planteando la hipótesis de que la alegría desatada por la presencia del Papa Francisco en Colombia no es una mera neurosis ni tampoco asegura el posterior guayabo o desilusión de un eventual fracaso en la Paz y Reconciliación. De nuevo lo de Marcos (12, 17): “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es  de Dios”.