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febrero 26, 2026

Introducción al arte y la estética de la lectura (lección inaugural)





La lectura no es una “habilidad” entre otras, como a veces repiten los manuales de didáctica, ni un simple trámite para llegar “después” a la literatura. La lectura, si la tomamos en serio, es ya una forma de vida. Un arte.

En tiempos de tribunos y oradores —cuando no había papel barato ni libros para cada individuo, cuando se leía en voz alta en plazas, templos y escuelas— este dato era evidente: el acceso normal a un texto no era la lectura silenciosa, sino la voz de alguien que lo encarnaba para los demás. La Retórica antigua lo sabía: la inventio y la dispositio preparaban el discurso; la elocutio, la memoria y la actio lo arrojaban al cuerpo. Leer bien, entonces, equivalía a saber decir.

La modernidad cambió el régimen material de la lectura: papel abundante, imprenta, libros de bolsillo, bibliotecas personales. Cada cual con su ejemplar. Kant reorganiza el saber desde las Críticas, la Estética ocupa el lugar de la vieja Retórica, y la escuela expulsa la oratoria de sus planes de estudio. Queda un vacío: hay cada vez más libros, pero cada vez menos trabajo explícito sobre la voz. Nadie enseña qué hacer con el cuerpo frente a la página.

El siglo XIX intentó llenar ese hueco. En Italia, en Francia, en España, reaparece el Arte de la Lectura como disciplina técnica y escolar: Legouvé en el Collège de France, Franceschi en Milán, Rufino Blanco en las Escuelas Normales, todos convencidos de lo mismo: aprender a leer es la mejor manera de aprender a hablar; una democracia sin lectura en voz alta se queda sin oído para sí misma.

La lección de hoy, que inaugura un pequeño ciclo en este blog, quiere volver a poner la lectura en ese lugar exigente: como arte de apropiarse de lo escrito. Apropiarse quiere decir tres cosas:

entender el asunto,

interpretarlo críticamente,

y devolverlo al mundo con la voz, con la escritura o con ambos a la vez.

Rufino Blanco lo decía sin rodeos: “la Lectura crea formas, porque transforma la expresión escrita en expresión oral”, y por eso el lector es un artista, no un mero usuario. La estética de la lectura, entonces, no es un lujo ornamental; es la reflexión sobre esa pequeña metamorfosis cotidiana que ocurre cuando un texto pasa por un cuerpo.

En la siguiente entrega entraré en el aparato técnico de ese arte: el sonido, la voz, el aparato vocal, la diferencia entre leer, recitar y declamar, y la vieja tabla de virtudes y vicios que permite distinguir una lectura afinada de una lectura fallida.

Leer lección aquí

diciembre 24, 2023

Descartes o el fin de la retórica

 Lo que guía la subjetividad (algo) ya no es la retórica, sino la matemática. 


En el Discurso del método, Descartes relata un sueño. En el sueño hay un libro intitulado Corpus poetarum (Antología de poetas) que Descartes abre al azar. Le aparece un verso de la primera Égloga de Ausonio: «¿qué camino seguiré en la vida?». Cita también otro extracto de la tercera égloga de Ausonio, "El sí y El no", que expresa también una fórmula pitagórica relacionada con la educación o la formación espiritual. Esta formación, según Descartes, tiene tres etapas: 


1) El del lector de libro (las letras). 

2) El de la salida al mundo (soldado-viajero). 

3) El del actor («avanzo ocultándome, como un actor que se esconde tras una máscara»). 


De aquí se desprenden a su tres fórmulas morales: 

1) Acepta las leyes y costumbres del país, sigue las opiniones moderadas, cambia de opinión a la más conveniente y acepta la refutación. 

2) Es mejor resolverse a fingir. Pues si no está en nuestro poder discernir las mejores opiniones, debemos seguir las más perdurables. Por ejemplo, se ha decretado una pandemia. Aun cuando todo esté muy opaco, hay que creer a pie juntillas en la pandemia.

3) Y aceptar la realidad. Nada hay que esté enteramente en nuestro poder, como no sean nuestros propios pensamientos. No hay, pues, que sentir pena por no ser dueños de los reinos de la China o de México. 


Con Descartes aparece la absoluta visibilidad. Descartes es contemporáneo de Velázquez y Cervantes, de Las meninas y el Quijote. Descartes también se enmascara y se funde con sus personajes. Abandona la red de metáforas relacionadas con la luz (Derrida) e inaugura un nuevo sistema metafórico relacionado con el suelo (H. Blumenberg). Para él ya todo ya es edificable. 


El suelo se hace edificable de acuerdo con reglas matemáticas, con la verificación del terreno y del suelo, en la capacidad de soportar los cimientos y levantar sobre ellos, caracteriza el carácter de profundidad teórica de la época moderna. 


Para Descartes el mundo es un sistema mecánico y todos los hechos son producto de tal sistema. Para el barroco Descartes, pues, no se trata de leer el mundo, sino de describir cómo funciona, con lo cual no es necesario acceder a su interior, a la Historia, a la argumentación retórica, sino dar razón de sus efectos mediante la geometría.