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Mostrando entradas con la etiqueta Spinoza. Mostrar todas las entradas
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marzo 19, 2025

–V– La Flor Reparadora. Todo bien puede ser sustituido por otro género de bien



Nuestra historia turbulenta debería enseñarnos que no todos los problemas tienen solución y que un énfasis demasiado grande en dominarlo o controlarlo todo podría alterar la armonía del universo. Ninguna constelación está estática y cualquier camino es temporal. Algo así enseña la parábola de la Flor Reparadora.

 Un niño jugaba, en el jardín de su casa, a golpear con un palito una copa de cristal. Feliz de su música improvisada, de arrancarle al herido cristal ondas sonoras y vibrantes, el niño quiso cambiar de juego. 

Cogió arena del camino y llenó la copa de cristal, puliendo los bordes con el mismo palito, y aun así quiso volver a arrancar al cristal, con el palito de junco, la misma resonancia; pero el cristal, enmudecido por la arena, ya no respondía sino con un ruido de seca percusión. 

El niño, enfurecido, estuvo a punto de arrojar al suelo la copa de cristal. Pero se detuvo. Miró, como indeciso, a su alrededor: sus ojos se detuvieron en una flor muy blanca y pomposa a la orilla del camino en espera de una mano atrevida. El niño se dirigió, sonriendo, a la flor; la hizo suya y la colocó graciosamente en la copa de cristal. "Orgulloso de su desquite", según Rodó, "el niño levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en triunfo, por entre la muchedumbre de las flores."

En otras palabras, la parábola de la Flor Reparadora enseña que del mal irremediable ha de sacarse la aspiración a un bien distinto. Pues solo una Gran Pasión vence a otra Gran Pasión. 

El bien que muere nos deja en la mano una semilla de renovación. Cierto. Pero la Flor Reparadora también puede tornarse espinosa. Y cuidarla y cultivarla implica espinarse y afligirse y, en su momento, también convendrá abandonarla para embellecer algún acantilado, algún precipicio, en lugar de arrojarnos o precipitarnos por el desamor o la ira

Esta filosofía viril de enseñanza fecunda se parece al escolio XLV de la cuarta parte de la Ética de Spinoza. Nadie, a menos que sea un envidioso, puede deleitarse con nuestra desgracia ni tener por virtuosas las lágrimas, los sollozos, el miedo y otras cosas por el estilo, que son las señales de un ánimo impotente. Muy al contrario: cuanto mayor es la alegría que nos afecta tanto más participamos de la naturaleza divina. 

Semejante filosofía fecunda se opone a la sensiblería vulgar y lacrimosa que se deleita en el desamor, el sufrimiento y la pena.  

Gocemos del cambio abriéndonos camino en la espesura, en la selva de la vida. 

marzo 14, 2025

–IV– Anticiparse al agotamiento y al hastío


Un profeta errante auxilió demasiado a un humilde ovejero en el cuidado de su rebaño. En lugar de gratitud, el ovejero colmó al profeta errante con aparente sumisión y resignación. Lo dejó pastorear demasiado sus ovejas hasta que, agobiado, el ovejero se volvió  apático. Ni el profeta ni el ovejero  anticiparon tanto agotamiento y hastío. 


El ovejero, para librarse del profeta, pero para que incluso éste siguiera auxiliándolo, acudió a la treta de la agresividad, de la opacidad, de la «privacidad», de la independencia, de la rebeldía.  


Advertido, el profeta errante continuó su errancia, pensando:

«O es perpetua renovación o es una lánguida muerte nuestra vida. Conocer lo que dentro de nosotros ha muerto y lo que es justo que muera, para desembarazar el alma de este peso inútil. [...]. Renovarse, transformarse, rehacerse.» (Rodó, Motivos de Proteo»). 


Independencia con reciprocidad. Nada más difícil en un mundo regido por bajas pasiones. Quizás es lo natural entre los humanos ser un poco canallas y un poco crueles. Hasta es posible que la bondad y la generosidad sean una anomalía, observaba el realista y rudo Baroja en Las inquietudes de Shanti Andía

Se necesita una Ética muy alta y geométrica, forjada en el infierno como la de Spinoza, para recomendar la generosidad y la firmeza de ánimo en la práctica corriente de la vida. Pues quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza cuanto puede en compensar, con amor o generosidad, el odio, la ira, el desprecio, etc., que otro le tiene.


marzo 12, 2025

–III– De cómo el tránsito violento suele ser necesario


De modo súbito, hay cambios que anulan la obra de luengos años. Convierten nuestro inmediato pasado, lo que antes resultaba familiar y cercano, en algo extraño e inasible. 

Nada es igual después de una inundación, de la devastación de una creciente si el río se empeña en fluir por un nuevo (¿y errático?) lecho. Y hemos hecho bien en salvarnos quedándonos en la orilla opuesta. 

No conviene culpar a nadie de lo sucedido, pues toda naturaleza es cruel y placentera a la vez. Conviene, por el contrario, adaptarse con ánimo equilibrado a las dos caras de la suerte. A las dos orillas. Confiar en cierta crueldad; inclinarse a cierto desprecio. 

La piedad y el arrepentimiento son vanos y malos; lo que aumenta nuestro poder y alegría aumenta también nuestra bondad (Spinoza). 


«Las mudanzas sin orden, los bruscos cambios de dirección, por más que alteren la proporcionada belleza de la vida y perjudiquen a la economía de sus fuerzas, son, a menudo, fatalidad de que no hay modo de eximirse, ya que los acontecimientos e influencias del exterior, a que hemos de adaptarnos, suelen venir a nosotros, no en igual y apacible corriente, sino en oleadas tumultuosas, que apuran y desequilibran nuestra capacidad de reacción [...]; y el cambiar por tránsitos bruscos y contrastes violentos, si bien interrumpe el orden en que se manifiesta una vida armoniosa, suele templar el alma y comunicarle la fortaleza en que acaso no fuera capaz de iniciarla más suave movimiento: bien así como el hierro se templa y hace fuerte pasado del fuego abrasador al frío del agua». 

Rodó, Motivos de Proteo.



 

marzo 11, 2025

–II– La voluntad rige esta transformación y la orienta. Persistencia indefinida de la educación


Inteligencia significa presteza en ver las cosas tal como son. Semejante definición está condensada en el más impresionante poema filosófico de la antigüedad, La naturaleza de las cosas (De rerum natura), del romano Lucrecio. 


Santayana, en Tres poetas filósofos, relaciona a Lucrecio con Demócrito: espectadores aristocráticos que desdeñan a los tontos. Pues, si el mundo y la vida se ríen de nosotros y si todos los seres vivientes persiguen la mayor felicidad posible, perseguir la felicidad gratuita acusa una miopía peligrosaEn un mundo tan desapacible como el nuestro, la única felicidad posible consiste en aceptar con presteza que no somos otras cosa sino formas pasajeras de una sustancia permanente. Polvo que se convierten en polvo.


Quien vive bajo esta advertencia está consciente de la actividad sin tregua del cambio y procura cada día, según Rodó, tener clara noción de su estado interior y de las transformaciones operadas en las cosas que lo rodean. 


A Alfonso Reyes le encantaba esta máxima de Rodó. Atención: 

"Mientras vivimos está sobre el yunque nuestra personalidad. Mientras vivimos, nada hay en nosotros que no sufra retoque y complemento. Todo es revelación, todo es enseñanza, todo es tesoro oculto, en las cosas; y el sol de cada día arranca de ellas nuevo destello de originalidad. Y todo es, dentro de nosotros, según transcurre el tiempo, necesidad de renovarse, de adquirir fuerza y luz nuevas, de apercibirse contra males aún no sentidos, de tender a bienes aún no gozados; de preparar, en fin, nuestra adaptación a condiciones que no sabe la experiencia. [...] Conviene, en lo intelectual, cuidar de que jamás se marchite y desvanezca por completo, el interés, la curiosidad del niño, y el estímulo que nace de saberse ignorante (ya que lo somos siempre)...". 


Remover el recuerdo, vigilar lo adquirido, alentar nuestra aptitud a nueva energía, ensanchar nuestro amor, combatir el miedo y desanimar a la esperanza. Pues miedo y esperanza –en ello es incisivo la Ética de Spinoza– son las dos formas encubiertas de la esclavitud. 


octubre 17, 2023

El origen de la Crítica moderna / Historia-crítica




En 1637 Descartes formuló en su Discurso del método que la duda no era simplemente una actitud mental, sino una forma de conocimiento. Los más informados no se dejaron engañar. Lo que ese método anunciaba, según Marc Bloch, era el de una metodología crítica de aplicación universal[1]. En adelante, en el ámbito de la filología bíblica, simultáneamente aparecieron varios tratados que utilizaron la «crítica» para designar una prueba de veracidad. 

El primero acaso sea el Crítica sacra (1650), de Louis Cappel, seguido de los cuatro tratados de Richard Simon, Histoire critique du Vieux Testament (París, 1678), Histoire critique du texte du Nouveau Testament (Róterdam, 1689), Histoire critique des versions du Nouveau Testament (Róterdam, 1690) e Histoire critique des principaux commentaires du Nouveau Testament (Róterdam, 1693) [2]

La crítica como prueba de veracidad a partir de la consulta de documentos y archivos adquirió en Baruch Spinoza, con la publicación de su Tratado teológico-político (1679), una filología radical. Spinoza observó que, si la lengua hebrea no tiene vocales ni ningún signo para separar las frases y pronunciar las palabras, las versiones en griego y en latín del Viejo y Nuevo Testamento suponen no sólo un añadido y una perversión del mensaje original, sino la autoridad absoluta del lector para convertiste en crítico, para comentar, juzgar y explicar la religión a su gusto.  Spinoza dedujo que las palabras pueden ser la causa de errores múltiples, a menos que nos pongamos vigorosamente en guardia contra ellas[3].



Spinoza inauguró entonces el comienzo de toda 

crítica como una crítica de la religión. De la  

“sinagoga vacía” de Spinoza a mediados del siglo 

XVII sólo hay un paso a las logias masónicas del 

siglo XVIII.


[1] M. Bloch, Apología de la historia o el oficio de historiador [1949], trad. de M. Jiménez y D. Zaslavski, México, FCE, 2014, p. 135.

[2] M. Bloch, op. cit. p. 133. Cf. también Cf. D. Lane Patey, “The Institution of Criticism in the Eighteenth Century”, en H. B. Nisbet y C. Rawson (eds.), The Cambridge History of Literary Criticism, Vol. IV, The Eighteenth Century, Londres, Cambridge U. P., 2005, pp. 114 y ss.

[3] Cf. G. Albiac, La sinagoga vacía, Madrid, Tecnos, 2013, p. 5 y ss.