domingo, 1 de marzo de 2015

¡LA KODAK¡ (Ecfrasis de una fotografía)

La foto probablemente fue tomada el 13 de agosto de 1917 en medio de una huelga obrera en toda España, la famosa Huelga General, que fracasó pero que antecedió, en la historia europea, la Revolución de octubre en el otro extremo de Europa. Alfonso Reyes, quien para entonces residía en Madrid, debió recortarla de los periódicos y observarla con bastante frecuencia. En 1937, veinte años después, publicó una écfrasis de ella en "Huelga (ensayo en miniatura)",  incluido en Las vísperas de España —a su vez incluido en el segundo tomo de sus Obras completas. 

El dato completo de este caso de écfrasis se encuentra en mi tesis doctoral, El exilio creador: la obra literaria de Alfonso Reyes en España (1914-1924), El Colegio de México, 2015. Descargar aquí.


Pondré primero la foto y después la foto en palabras:



Lo TRÁGICO, lo imperdonable es la Kodak. La Kodak nos ha
revelado —eternizándolo por ahora— lo que no hubiéramos
querido saber:
Dos guardias tiran de los brazos de un hombre, como si
quisieran desarticularlos de las clavículas, “desenchufarlos”.
El pobre hombre —imagen de la improvisación— se había echado a la calle en camisa, víctima de la Idea.
Más que resistir, las piernas parece que se le doblan.
Y en segundo plano, con toda la inestabilidad y la torpeza del gesto sorprendido a medias, hay una mujer arrodillada, los brazos abiertos, implorando.
Ya no puede haber alegría en la tierra: ya la Kodak fijó
y coaguló el dolor flúido, la gota de sangre del instante.
Reactivo abominable del tiempo, su gota casi imperceptible (chischás) congeló todo el aire, todo el ambiente, cogiendo vivos a los hombres que circulaban por él.
Y los guardias, para siempre simbólicos, se quedaron
para siempre arrancándole los brazos al descamisado de la
Idea. ¡Oh, Bella-Durmiente-del Bosque a lo policíaco!
Y el descamisado se quedó, para siempre, contraído, en
la actitud del que teme que se le caigan los pantalones.
Yla Dolorosa callejera se quedó, arrodillada, con el compás de los brazos midiendo el aire.
Y todos se adormecieron con los ojos abiertos.
¡Oh Kodak! ¿Para qué dar fijeza plástica a las especies
fugitivas? Los iracundos y torrenciales discursos de Lessing
pasan por mi mente.
Y contemplo —exasperado de no poder “darle cuerda”
para que ande— al nuevo Laocoonte.