Introducción
Canetti y Borges y creo que también Roberto Bolaño, tres hombres tan distintos, dijeron que, así como el mar es el símbolo de los ingleses, el bosque era la metáfora donde vivían los alemanes. A semejante metáfora se opondría Heinrich Heine (1797-1856). Pues, hacia 1835, cuando el autoritarismo prusiano disolvió el movimiento de la Junges Deutschland Literatur, Heine se exilió de Alemania y se estableció en París. Allí descubrió que entre los franceses predominaba una idea romántica e ingenua de Alemania: un país sumido en bosques encantados, poblado de reyes buenos, duendes sabios, princesas melancólicas y filósofos en éxtasis. Madame de Staël, irritada ante los excesos de los revolucionarios, había contribuido a esa imagen idealizada. Pero su mirada era la de una viajera fascinada, no la de una pensadora rigurosa.Alarmado y perplejo, Heine se dio a la tarea de escribir artículos para desmentir esa fábula amable. Su pluma fue un bisturí contra la hipocresía: quienes alababan la espiritualidad, la honestidad y la cultura alemanas, ignoraban –decía Heine– “nuestras cárceles, nuestros burdeles y nuestros cuarteles” (unsere Zuchthäuser, unsere Bordelle, unsere Kasernen). Ignoraban una maquinaria disciplinaria, una pedagogía policial, una industria de almas dóciles. El gran Heine denuncia el precio del idealismo, esto es, de que la dulzura del pensamiento abstracto puede disimular la brutalidad del poder real. Más que un romántico decepcionado, Heine es el precursor del intelectual moderno: aquel que rasga la superficie de los símbolos y obliga a escuchar el rumor oscuro bajo el follaje de la nación.
Francia vs. Alemania: guerras mundiales
Del mutuo entendimiento entre Francia y Alemania, para Heine, dependía el futuro de la humanidad. Heine no se limitó a corregir la postal romántica de Alemania; fue más lejos y lanzó una advertencia casi escandalosa para sus contemporáneos. Si Francia y Alemania no aprendían a entenderse, el genio especulativo alemán se convertiría en pólvora política y haría estallar Europa. Un siglo después, la historia se encargó de ilustrar su pesadilla con una fidelidad brutal.Primero vino la guerra franco-prusiana de 1870–1871, cuando el proyecto de Bismarck unificó Alemania contra Francia y proclamó el Segundo Reich en Versalles, como una declaración de enemistad tallada en mármol. Después, en la Primera Guerra Mundial, franceses-ingleses y alemanes se desangraron durante años en las trincheras de Verdún, mientras la técnica industrial hacía del frente occidental una fábrica de cadáveres. Y, finalmente, en 1940, las tropas de Hitler entraron en París en cuestión de semanas: la vieja ciudad ilustrada fue ocupada por un ejército que convertía en rito político aquello que Heine había presentido en el bosque oscuro del idealismo alemán.Heine sabía que ese desenlace estaba prefigurado en el siglo anterior. En la batalla de Jena (1806), las tropas napoleónicas habían expulsado a los últimos fantasmas medievales de los castillos alemanes: duendes y princesas encantadas se encandilaron con las luces cortantes de la Revolución francesa. Pero, con la derrota de Napoleón en Waterloo (1815) y la restauración orquestada por la Santa Alianza, la historia dio un giro siniestro.Heine lo narra con una ironía devastadora: “los alemanes recibimos la orden suprema de liberarnos del yugo extranjero, y así nos encendimos en cólera viril, indignados por haber soportado durante tanto tiempo aquella servidumbre, y nos entusiasmamos con las buenas melodías y los malos versos de las canciones de Körner, y conquistamos nuestra independencia: pues es sabido que nosotros hacemos todo lo que nos mandan nuestros príncipes.” (p. 81, traducción de Manuel Sacristán y Juan Carlos Velasco, Madrid: Alianza, 2010).Ahí está la profecía desnuda: el nacionalismo alemán nace como una obediencia eufórica, como una orden de “ser libres” que se cumple con disciplina militar. Desde esa lógica, Jena y Waterloo no son solo fechas de manual, sino los dos ensayos generales de la catástrofe: primero se expulsan los fantasmas; luego se reinstala la servidumbre, pero esta vez bajo la bandera de la patria. El resto del siglo y medio alemán puede leerse como la expansión metódica de esa paradoja.
La verdadera Reforma protestante
Para Heine, la verdadera Reforma Protestante no fue la de Lutero, sino la sensual y plástica del Renacimiento italiano, cristalizada por Miguel Ángel cuando éste pintó los frescos del Vaticano.En consecuencia, nostálgicos de Reyes, princesas, duendes y autoritarismo teológico, hay quien subrepticiamente acude a la filosofía alemana en busca de teología. Nietzsche, en El Anticristo, le hizo la guerra a los teólogos alemanes disfrazados de filósofos cuyo principal representante era el chino de Könisberg. Heine profetizó todo ello al sentar tremenda oposición contra el romanticismo fabricado en Alemania en su polémico e irónico ensayo titulado La escuela romántica [Die Romantische Schule, 1833-1836]. En él, Heine se opone al mito indigenista alemán, es decir, se opone a creer que lo alemán tenga su origen en el ensueño medieval de los teutones o de los nibelungos, sin ningún contacto con Roma o el catolicismo. Es cierto que Alemania tuvo una Edad Media rica en cuentos populares llenos de fantasía. Pero idealizar el medioevo era, para Heine, una actitud reaccionaria que anhelaba en el fondo retornar al Antiguo Régimen de príncipes y reyes. La escuela romántica se volvió hostil al espíritu francés y gloriaba todo lo que fuera tradicionalmente alemán en el arte y en la vida. La escuela romántica apoyaba las tendencias del gobierno y de las sociedades secretas.Cuando por último triunfaron plenamente el patriotismo alemán y la nacionalidad alemana, triunfo también definitivamente la escuela nacional-germánico-cristiana-romántica, el arte-alemán-religioso-patriótico. "Napoleón, el gran clásico, se derrumbó tan clásicamente como Alejandro y César, y los señores August Wilhelm y Friedrich Schlegel, tan románticos y pequeños como Pulgarcito y el Gato con Botas, se erigieron como vencedores" (p. 81-82).Heine insistió en que la Antigüedad, el Renacimiento y la Reforma, así como también el Clasismo alemán desde Lessing a Goethe, conforman las tradiciones afirmativas que hay que propagar y robustecer. Porque, en contraste, la Edad Media y el Romanticismo son ramas "decadentes" que hay que extirpar para favorecer el Progreso de Alemania.
Una teología solapada y terrorista
La Filosofía alemana es un Cristianismo materialista, más aun, un programa de acción, una máquina de matar, dijo Heine en su notas Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania [Zur Geschichte Der Religión und Philosophie in Deutschland, 1835]. La tesis inicial de Heine es que la filosofía alemana hay que verla, en buena parte, como un sustituto de la religión. Lutero, pues, es el primer "filósofo" alemán. Es posible que el Papa no se diera siquiera cuenta de lo que pretendía Lutero en 1517. El Papa andaba demasiado ocupado con la construcción de la basílica de San Pedro, cuyos costos estaba precisamente cubriendo con la compraventa de indulgencias, de tal modo que el pecado era la fuente de la financiación de la gran Iglesia. Pero el placer de los sentidos (una Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel) eran cosas que no comprendía Lutero. "Nosotros, septentrionales, somos gentes de sangre más fría, y para lavar nuestros pecados carnales no necesitábamos tantas cédulas y bulas de indulgencia como nos mandó León. El clima nos facilita el ejercicio de las virtudes cristianas, y el 31 de octubre de 1517, cuando Lutero clavó en la iglesia del castillo de Wittenberg sus tesis contra la indulgencia, los fosos de la muralla de Wittenberg estaban ya probablemente helados, y la gente saldría a patinar por ellos, lo cual es placer sumamente frío y, consiguientemente, nada pecaminoso” [cito la traducción de Manuel Sacristán y Juan Carlos Velasco (Madrid: Alianza, 2008). pp. 74-75]. Comentario: aquí está explicado, con suma claridad, el origen de Lutero. Lo de que salieran a patinar en el hielo, mientras Lutero clavaba sus tesis, me recuerda un cuadro de Brueghel el Viejo.
Tremenda interpretación del protestantismo:
Introducción


