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septiembre 02, 2020

Pedro Henríquez Ureña sobre (o contra) Borges





En una carta del 19 de mayo de 1945 a José Rodríguez Feo, con quien Lezama Lima editaba la revista Orígenes, Pedro Henríquez Ureña compartió desde Buenos Aires esta tremenda crítica de Borges:


“En literatura a Borges sólo le interesa el mecanismo, o se interesa en la estructura de los conceptos filosóficos, y no en su contenido; el contenido humano le es indiferente. La literatura que presenta los grandes conflictos humanos, las pasiones fundamentales, las cualidades esenciales del hombre lo deja frío. En Shakespeare y en Dante admira las imágenes y la estructura de los versos. En resumen nada de lo humano le atrae; para que una novela o un drama le interesen se necesita que sean: 1, fantástico; o 2, historia de locos; o 3, puzzles de tipo policial. Como idioma, sí, te diré, es estupendo; no se equivoca nunca. Como estilo es muy personal: pero es un modelo muy peligroso porque sólo tiene un tono y no una serie de tonos; es como si compusiera siempre en fa sostenido. [...] De todos modos harás bien en leer a Borges como maestro del idioma y del estilo, pero no creas la mitad de lo que dice".

(PHU, Selección de ensayos, La Habana, Casa de las Américas, 1965, pp. XX-XXI). 

Lezama Lima y Rodríguez Feo


Más tarde, a la muerte de Pedro Henríquez Ureña en La Plata, Argentina, a bordo de un tren en 1945, cuando Pedro era un profesor de secundaria, Borges compuso este pequeña narración: 


«El sueño que Pedro Henríquez Ureña tuvo en el alba de uno de los días de 1946 curiosamente no constaba de imágenes sino de pausadas palabras. La voz que las decía no era la suya pero se parecía a la suya. El tono, pese a las posibilidades patéticas que el tema permitía, era impersonal y común. Durante el sueño, que fue breve, Pedro sabía que estaba durmiendo en su cuarto y que su mujer estaba a su lado. En la oscuridad del sueño, la voz le dijo:
"Hará unas cuantas noches, en una esquina de la calle Córdoba, discutiste con Borges la invocación del anónimo Sevillano Oh muerte, ven callada / como sueles venir en la saeta. Sospecharon que era el eco deliberado de algún texto latino, ya que esas traslaciones correspondían a los hábitos de la época, del todo ajena a nuestro concepto del plagio, sin duda menos literario que comercial. Lo que no sospecharon, lo que no podían sospechar, es que el diálogo era profético. Dentro de unas horas, te apresurarás por el último andén de Constitución, para tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estarás muerto. Ya te habrás despedido para siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás este sueño porque tu olvido es necesario para que se cumplan los hechos.»


En El oro de los tigres (1972)
Y en Libro de sueños (1975)