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marzo 23, 2026

Crítica al vocabulario neoliberal





La mediocridad contemporánea se enreda a sí misma, para justificarse, con términos como «gestionar», «autocrítica», «comunicación sincera» o «vínculo sano». Neolengua emocional, reciclada de manuales de psicología barata; eufemismos de oficina con los que se maquilla el resentimiento. Porque, detrás del despacho ejecutivo, lo que realmente gobierna es el despecho profundo: la incapacidad de relatar y de encontrar las palabras de lo vivido.

Semejante neolengua compone una moral sin cuerpo, sin historia y sin tragedia. Una economía cosmética que teme toda fricción intelectual, emocional. Eso de «gestionar  emociones» es admitir que el amor ni el odio existen, sino solamente activos empresariales que se gestionan y se privatizan. La autocrítica es un eufemismo para la manipulación emocional en horario de oficina. Léxico terapéutico para los siervos del capitalismo tardío: un evangelio de autoayuda que esconde la cancelación absoluta del antagonismo. 

Pero la historia no se gestiona: se padece, se arrastra, se incendia. Y mientras la personita neoliberal se contempla en su espejo de mindfulness, los imperios reconfiguran el tablero. Lo que se llamó globalización no fue una paz, sino la tregua que permitió a China despertar, a Rusia reconstruir su orgullo narcisista y a Estados Unidos disimular su declive con discursos sobre liderazgo moral. El siglo XXI comenzó con el rumor de una pseudo interdependencia económica; terminará, tal vez, con el crujido de los chips fundidos y los mares del Sur incendiados.

En este mundo triangular, nadie representa al bien común. En el triángulo Rusia–China–EE. UU., el equilibrio es imposible: lo que uno gana, el otro lo pierde.

Rusia, el Oso, no conoce límites ni entiende el concepto de nación en su sentido europeo. Es una masa continental mutante, un imperio que erró hacia el futuro obcecado por su propio pasado. Oscila entre el cristianismo ortodoxo y la melancolía asiática, entre la nostalgia soviética y la ambición zarista. Su territorio no es un mapa: es un mito en expansión.

China, el Dragón, despertó de su siglo de humillación colonial sin pedir permiso ni consejos. El dragón no necesita embajadores: sus tratados son silenciosos y sus estrategias, milenarias. Mientras Occidente escribe tesis sobre la soft power y la diplomacia cultural, Pekín borda acuerdos invisibles, trenzas de deuda y rutas de seda digitales, que asfixian sin parecerlo.

Y Estados Unidos, el Pastor, sigue creyendo que el orden global basado en el libre comercio es “natural”. Kissinger lo había visto con precisión quirúrgica: el poder americano actúa con “aparente inocencia”, convencido de que sus valores son universales. Pero el neoliberalismo no es una ley natural: es la petrificación de un accidente histórico, la equiparación del mercado a la verdad del mundo. Bajo esa “aparente inocencia”, el Pastor no protege ovejas: las administra, las contabiliza, las prescribe antidepresivos. Drogas. Fentanilo. 

De Roosevelt a Nixon hubo estadistas: hombres que entendieron la política como un tablero trágico y no como un púlpito moral. Desde entonces, la Casa Blanca se convirtió en una iglesia mediática. Los pastores rodean al Soberano en la Oficina Oval, levantando biblias y sonrisas, creyendo que predican la paz cuando en realidad administran un infierno controlado.

Imaginemos una distopía: la guerra de Taiwán. La noticia podríamos redactarla más o menos así. 

...Cuando los primeros misiles cayeron sobre Taipéi, las bolsas tardaron minutos en colapsar y los chips dejaron de fluir por las venas del planeta. Nueve de cada diez procesadores —los mismos que mueven autos, hospitales, satélites y sistemas de pago— eran taiwaneses. En una semana, los aviones dejaron de despegar, los bancos congelaron operaciones y los ciudadanos redescubrieron el silencio analógico.


Occidente se dio cuenta de que su “economía del conocimiento” descansaba en un archipiélago de silicio ubicado al borde del Pacífico. Y China, el Dragón, había calculado con sabiduría imperial que ninguna guerra nuclear sería necesaria: bastaba apagar la luz del chip para dejar a la civilización sin habla.


Entonces comprendimos que el vocabulario neoliberal había sido una forma de preparar nuestra sumisión tecnológica. “Gestiona tu ansiedad”, decían los coaches mientras las potencias fabricaban ansiedades a escala geopolítica. “Sé resiliente”, aconsejaban los algoritmos, mientras el mundo se automatizaba para prescindir del sufrimiento humano real.

Cuando la red cayó, resurgieron las viejas palabras prohibidas: pánico, hambre, miedo, ira. La gramática de la escasez reemplazó a la retórica del coaching. Los horóscopos dejaron de actualizarse. El dinero electrónico se convirtió en mera nostalgia. Nadie “gestionaba” nada. El lenguaje volvió a doler.
Y en medio de ese silencio tecnológico, los Tres Gigantes se observaron mutuamente, incapaces de desactivar el engranaje que ellos mismos habían construido. La guerra dejó de ser un acto militar para devenir un fenómeno termolingüístico: cuando el chip muere, el lenguaje muere con él...

...

Ya Marx, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, lo había advertido: los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen en las condiciones que ellos eligen, sino en aquellas que heredaron del pasado y de las miserias de su tiempo. En este siglo, esas miserias son microelectrónicas, financieras, psicológicas. Somos los residuos conscientes de una historia que ya no cree en la libertad, sino en la programación.

Dante, en De Monarchia: no conoceremos la paz hasta que el Imperio romano esté restablecido. Pues la arché imperial es el fundamento radical de la Majestad que organiza el mundo desde una unidad cósmica. La democracia y el realismo político no destruyeron esa arché: la trivializaron. Lo que antes era una idea teológica del orden se volvió un sistema operativo del consumo. Si Dante soñaba con un Sol espiritual que irradiara justicia sobre la tierra, hoy vivimos bajo la luz azul de pantallas que simulan ese mismo sol, pero sin fundamento ni trascendencia.


Imaginemos el epitafio del neoliberalismo. No. Es imposible. Pues sin lenguaje no hay duelo. Hace falta un vocabulario no neoliberal, una palabra que no tema la violencia del conflicto ni la oscuridad del sentido. Una palabra que pueda volver a nombrar el mundo sin la ilusión de control.


octubre 28, 2017

El imperialismo catalán





Ante todo, mis respetos por la historia dos veces milenaria de Barcelona. 

Leo en La ciudad de los prodigios (publicada en 1986), de Eduardo Mendoza, el siguiente fragmento:

"Aunque es discutida por unos y otros, la opinión dominante atribuye la fundación primera y segunda de Barcelona a los fenicios. Al menos sabemos que entra en la Historia como colonia de Cartago, a su vez aliada de Sidón y Tiro. Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes, donde el frío y el terreno accidentado los diezmarían. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales. Hay que ver qué colmillos, qué orejas, qué trompa o proboscis, se decían. Este asombro compartido y los comentarios ulteriores, que duraron muchos años, hicieron germinar la identidad de Barcelona como núcleo urbano; extraviada luego, los barceloneses del siglo XIX se afanarían por recobrar esa identidad. A los fenicios siguieron los griegos y los (p. 15) layetanos. Los primeros dejaron de su paso residuos artesanales; a los segundos debemos dos rasgos distintivos de la raza, según los etnólogos: la tendencia de los catalanes a ladear la cabeza hacia la izquierda cuando hacen como que escuchan y la propensión de los hombres a criar pelos largos en los orificios nasales. Los layetanos, de los que sabemos poco, se alimentaban principalmente de un derivado lácteo que unas veces aparece mencionado como suero y otras como limonada y que no difería mucho del yogur actual. Con todo, son los romanos quienes imprimen a Barcelona su carácter de ciudad, los que la estructuran de modo definitivo; este modo, que sería ocioso pormenorizar, marcará su evolución posterior. Todo indica, sin embargo, que los romanos sentían un desdén altivo por Barcelona. No parecía interesarles ni por razones estratégicas ni por afinidades de otro tipo. En el año 63 a. de J.C. un tal Mucio Alejandrino, pretor, escribe a su suegro y valedor en Roma lamentándose de haber sido destinado a Barcelona: él había solicitado plaza en la fastuosa Bibilis Augusta, la actual Calatayud. Ataúlfo es el reyezuelo godo que la conquista y permanece goda hasta que los sarracenos la toman sin lucha el año 717 de nuestra era. De acuerdo con sus hábitos, los moros se limitan a convertir la catedral (no la que admiramos hoy, sino otra más antigua, levantada en otro sitio, escenario de muchas conversiones y martirios) en mezquita y no hacen más. Los franceses la recuperan para la fe el 785 y dos siglos justos más tarde, el 985, de nuevo para el islam Almanzor o Al-Mansur, el Piadoso, el Despiadado, el Que Sólo Tiene Tres Dientes. Conquistas y reconquistas influyen en el grosor y complejidad de sus murallas. Encorsetada entre baluartes y fortificaciones concéntricas, sus calles se vuelven cada vez más sinuosas; esto atrae a los hebreos cabalistas de Gerona, que fundan sucursales de su secta allí y cavan pasadizos que conducen a sanedrines secretos ya piscinas probáticas descubiertas en el siglo xx al hacer el metro. En los dinteles de piedra del barrio viejo se pueden leer aún garabatos que son contraseñas para los iniciados, fórmulas para lograr lo impensable, etcétera. Luego la ciudad conoce años de esplendor y siglos opacos". (p. 16-17)


Acaso por tantos turistas –es de las ciudades más visitadas del mundo– Barcelona se ha vuelto también una de las ciudades más frívolas. Vista desde Hispanoamérica (¿la periferia?), Europa es un reguero de frivolidades. De otra manera resultaría inexplicable la frivolidad de aquel “nacionalismo independentista”, caracterizado por un pensamiento banal, carente de ideas, frágil e insolidario. 

El nacionalismo catalán, en su negación a España, es también una negación a Hispanoamérica por cuanto rechaza nuestra lengua en común. El crecimiento del español beneficia y favorece la supervivencia del catalán en cuanto lengua romance, como la del italiano, el francés, el portugués, el rumano... Para empezar, aclaremos que en el actual independentismo catalán no hay imperialismo sino algo mucho peor, es decir, nacionalismo. Un aforismo de Eugenio d’Ors –uno de los mejores escritores nacidos en Barcelona– nos aclara esta diferencia:

«Nacionalismo y Liberalismo se corresponden. Su lema común: "Cada uno en su casa y Dios (o, mejor dicho, el Diablo, es decir, la guerra), en la de todos". Imperialismo, en cambio, se conjuga a política de autoridad. De la suerte de otros, tú eres responsable. Ni tu deber ni tu derecho se terminan en las fronteras de tu Estado, en el contorno de tu individualidad.»
[1]

Eugenio d'Ors, por cierto, fue a comienzos del siglo XX el principal impulsor de la cultura en Barcelona a partir de la Mancomunitat de Cataluña. Fundó todo tipo de bibliotecas y hasta llegó a influir en José Vasconcelos, quien hizo lo mismo desde la Secretaría de Educación Pública de México. Los "gestecillos de aldea" (la expresión es de Ortega) de los más envidiosos, sin embargo, expulsaron a d'Ors de su natal Cataluña en 1921, lo mismo que a Vasconcelos de México en 1924. A a partir de 1923, d'Ors  comenzó a residir principalmente en Madrid, París y Buenos Aires. Si no hay una idea de imperio hispano, dijo, sólo habrá aldeas, nacionalismos, republiquetas.

          Hace cien años Lenin confundió el término imperio: lo usó como insulto y acusación. Pero el imperio no sólo sirve para oprimir. Incluso Lenin matizó el suyo como social-imperialismo, y en su momento la URSS llenó de satélites soviéticos el planeta y aun el espacio exterior. ¿Está la Rusia de Putin –preguntémonos– detrás de la independencia de Cataluña en su afán de balcanizar a España? El imperio hispánico –el de la lengua española– es todavía lo único ecuménico (universal) de la Europa continental. 

Con la aclaración del término imperio, como algo generoso y ecuménico y contrario al nacionalismo, Enric Ucelay-da Cal empieza su libro mamotreto El imperialismo catalán: Prat de la Riba, Cambó, d'Ors (Edhasa, Barcelona, 2003). Ucelay-da Cal entiende el surgimiento del imperialismo catalán como una respuesta a la crisis del 98, es decir, como una respuesta al liberalismo fofo y superficial de Madrid. La blandenguería de los políticos de Madrid –como se puede ver en las novelas de Galdós– habían precipitado la crisis del 98. 

Cuando, en 1898, la fuerza naval estadounidense se apoderó de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, el imperio hispánico no se vino abajo.  Ya reducida a segunda fila, España se encapsuló en su península y sacó fuerzas de sí misma.  Fue entonces cuando la unión de la península ibérica, de un nuevo imperio hispánico, quiso hacerse a partir del desarrollo de Cataluña.  La idea de forjar un imperialismo hispano desde Barcelona, en parte, se materializó hasta cierto punto con el impulso editorial. Rubén Darío o Vargas Vila a comienzos del siglo XX, como después a mediados Vargas Llosa o García Márquez, cuatro de los escritores hispanoamericanos más leídos, pasaron largas temporadas en Barcelona.

Prat de la Riba fundó la Lliga de la ideología catalana en su dimensión hispana. Cuando, en octubre de 1908 el joven rey Alfonso XIII y su esposa británica Victoria Eugenia visitaron Barcelona, Prat de la Riba dijo en su discurso de bienvenida: “grandeza y poderío de los Estados y fuerza y vigor de sus libertades locales”. (p. 443). Lo cierto es que lo de “imperialismo catalán” no pasaba de ser una complicada metáfora inventada por Prat de la Riba, que Eugenio d’Ors complicó aún más, pues “hizo una especie de supermetáfora de la combinación de la unidad cultural y el imperio”. (p. 544). La tesis de Derecho de d’Ors, que presentó en 1905 en la Universidad Central de Madrid y que terminó traspapelándose, se titulaba Genealogía del Imperio: Teoría del Estado-Héroe. Aunque había algo del heroísmo de Carlyle, lo que d’Ors planteaba era una génesis del Poder como algo centrífugo, partiendo de un centro y expandiéndose por la periferia. Complicado.

La política en su sentido atomístico se reduce al Estado-policía, es decir, al ideal aldeano. El nacionalismo o aldeanismo institucional de Cataluña acaba y niega toda idea de comunidad panhispánica o de solidaridad con Hispanoamérica. La idea de unidad cultural, según Ucelay-da Cal, ya la había cuestionado Antonio Gramsci en El Risorgimiento, sus notas escritas en la cárcel entre 1929 y 1935. La conciencia de unidad cultural, lo mismo que los de una lengua unitaria, eran elementos sin eficacia práctica – pura retórica patriotera. “Estos elementos –decía Gramsci– son propios de pequeñas minorías de grandes intelectuales y jamás se han manifestado como expresión de una difundida y compacta conciencia nacional unitaria”.[2] Hasta por los teóricos del comunismo, como Gramsci, resulta ridículo una revolución regional.  Pero no olvidemos que toda revolución es expansiva y que, como una peste, brotarán movimientos secesionistas por toda la Europa insolidaria y descristianizada. 

Es de notar que el odio a España alimentó también, en el romántico siglo XIX, la creación artificiosa de las republiquetas hispanoamericanas. Cien años después del Grito de Independencia, el líder agrarista Emiliano Zapata gritaba desde Morelos: “¡Viva la revolución y mueran los gachupines!” Toda revolución, por naturaleza, es anti-hispana. Porque España, como idea, es un katechon que frena la llegada del Anticristo. [3]. 

Entre los más "patriotas" de México, Colombia o Argentina  abundan quienes anhelan secretamente poseer y portar un pasaporte español. Los nacionalistas catalanes deberían reconsiderar, si no desean ser ciudadanos españoles, darle su pasaporte a tanto africano o hispanoamericano encerrado en sus fronteras nacionales. 

  Un poco menos aldeano que el nacionalismo catalán ha sido la sed europeísta de Madrid. Frente a la crisis del 98 un contemporáneo de Eugenio d’Ors, José Ortega y Gasset, consideró que la circunstancia de España era Europa, no América. Sólo que Ortega no reparó en que, dentro de la Unión Europea, España ha quedado desdibujada y todavía más invertebrada. Después de los resultados de las dos guerras mundiales, la URSS y los Aliados (Estados Unidos, Inglaterra y Francia) se repartieron el mundo. La frontera norte del ex imperio hispánico, Cuba y México, practicaron rabiosamente, para defenderse de Estados Unidos, el nacionalismo institucional y revolucionario.  Sin saber, sin embargo, que con ello destruían aún más la posibilidad de reestablecer un panhispanismo o si quiera un latinoamericanismo.

Como corresponsal de la revista argentina Caras y Caretas, en 1916 el uruguayo José Enrique Rodó visitó Barcelona. Por su apellido, Rodó tenía ancestros catalanes. El ensayista uruguayo, que simpatizaba más con los anarquistas que con los socialistas, advirtió lo inevitable mientras caminaba por la Rambla populosa:

«¡Hombres de Cataluña! Equilibrad vuestro entusiasmo con una reflexiva abnegación. Mantened, amad la patria chica, pero amadla dentro de la grande. Pensad cuan dudoso es todavía que el sentido moral de la humanidad asegure suficientemente la suerte de los Estados pequeños. No os alucinéis con el recuerdo de las repúblicas de Grecia y de las repúblicas de Italia. Considerad que no en vano han pasado los siglos y que hoy son necesarias las capacidades de los fuertes para influir de veras en la obra de civilización. ¡Hombres de Castilla! Atended a lo que pasa en Cataluña. Encauzad ese río que se desborda, dad respiro a ese vapor que gime en las calderas. No os obstinéis en vuestro férreo centralismo. No dejéis reproducirse el duro ejemplo de Cuba; no esperéis a que cuando ofrezcáis la autonomía se os conteste que es demasiado tarde.» [4]


Hace falta que un nuevo Rodó nos escriba un nuevo Ariel, sí, para la reconciliación de los pueblos ibéricos e iberoamericanos. Porque, como el dios Jano, la península ibérica mira hacia dos universos distintos: el Atlantismo y el Mediterranismo.





[1] E. d’Ors, “Imperialisme et liberalisme”, Glosari de Xénius MCMIX, Obra catalana completa, pp. 1084-1085.
[2] Citado por Ucelay-da Cal, en A. Gramsci, El Risorgimiento, Juan Pablos Editor, México, 2000, p. 204.
[3] Tomo el concepto de katechon de Carl Schmitt, el gran jurista alemán. Por cierto, Carl Schmitt estuvo por primera vez en España entre el 16 y el 19 de octubre de 1929 en el IV Congreso de Uniones Intelectuales celebrado en la Universidad de Barcelona. En aquella ocasión, en la que conferenció sobre Donoso Cortés, Schmitt conoció a Eugenio d’Ors. Véase de Alejando Martínez Carrasco, “Eugenio d’Ors y Carl Schmitt”, en Empresas políticas, núm. 14/15 (2010), pp. 35-51.  Descargar aquí
[4]Rodó, Obra completa, ed. de Emir Rodríguez Monegal, Aguilar, Madrid, 1967, p. 1263. Citado por María Saavedra, “El nacionalismo catalán hace cien años. Una mirada rioplatense: José Enrique Rodó en Barcelona, 1916”, en APORTES, nº85, año XXIX (2/2014), pp. 107-132.  Descargar aquí