marzo 18, 2026

La terraza de Charlie: una tarde sociolingüística en Xalapa




En «La terraza de Charlie», donde almuerzo casi a diario, entran hoy a comer dos señoras mayores. Se sientan en una mesa diagonal a la mía. Ambas, escucho, trabajan de empleadas domésticas. Se quejan de limpiar excrementos de mascotas y negociar permisos con sus "patronas" para no quedarle mal al pastor el sábado. El pastor les ha mandado un audio al guasap grupal: lo reproducen una y otra vez. Sábado a las dos. El rezo. El diezmo. A ver si la patrona les da permiso. Untan la tortilla de frijoles, le chorrean tantito limón y, mientras muerden con la boca entreabierta, siguen desahogándose.

En la gramática de la supervivencia mexicana, el verbo "decir" es mucho más frecuente que el verbo "hacer".  Las señoras no hablan de lo que hicieron o de lo que harán, sino de lo que dijeron.

“Le digo que no me dio permiso”.
“Me dijo que ahorita no”.
“Le dijeron que siempre sí”.
"Yo no más le digo". 
"Te digo que no me alcanza.”
“Y me dice que a ver luego.”
“Te andan diciendo que ya no va a venir.”
“Yo le dije que así no se puede.”
“Me dijo que según mañana me paga.”
“Le dije ‘no se enoje, señora’, y se quedó callada.”
“Dicen que ya corrieron a la muchacha de la otra casa.”

El verbo "decir" se conjuga en un presente narrativo voraz. En Madrid, el "he dicho" pone un cerrojo (el pasado compuesto); en México, el "le digo" deja la puerta abierta. Es un tiempo circular. El tiempo se encoge en un bucle donde pasado y futuro son engullidos por el acto de "decir", de relatar, de rehacer la escena para que el otro la reconozca.

En Bogotá, el “no le digo” es la coletilla final de una advertencia (“no le digo…” como quien ya lo había anticipado) y el “cómo le digo” es el preámbulo diplomático de una mala noticia. En México, en cambio, el “decir” sube un escalón más: es casi la unidad básica de existencia social; lo que no se dijo, no sucedió.
Mientras las señoras esperan el plato fuerte, yo juego por inercia una partida de ajedrez online en mi Iphone, pero el oído se me va hacia ellas. Una relata cómo pidió el domingo para ir a un bautizo. “Le digo que si me da chance de ir, que es por mi papá, que ya ve que se infartó. Y que me dice que ahorita no se puede, que hay que ver primero lo de los niños”. El conflicto no se formula en términos de derechos, sino de permisos: “chance”, “ahorita se puede”, “a ver si me da”. El verbo “poder” aparece subordinado a “decir”: ella no puede o sí puede según lo que “la señora” haya dicho. Y en medio de todo, un adverbio omnipresente, elástico, misterioso: “ahorita”.

En Colombia también decimos «ahorita», es verdad, pero en mi oído andino-paisa seguía funcionando sobre todo como diminutivo temporal relativamente cercano. Aquí, en cambio, «ahorita» se ha convertido en una especie de comodín temporal y afectivo, una zona de ambigüedad donde caben la cortesía, la procrastinación, la esperanza y la evasión.

La lingüística llama al «ahorita» mexicano polisemia y lexicalización. Y de tanto usarse, «ahorita» se ha independizado del sentido puntual del sufijo diminutivo y funciona ya como partícula flotante, cargada de matices atenuadores, eufemísticos. Ahorita puede querer decir “ya voy” cuando en realidad significa “no voy”, pero suaviza el golpe; puede abarcar un pasado reciente (“ahorita en la mañana”) o un futuro lejano (“ahorita en diciembre”, aunque estemos en marzo). No es una unidad de tiempo cronológica, sino emotiva.

En las relaciones patrona–empleada, “ahorita” cumple una función precisa: administrar la obediencia sin confrontación directa. “Ahorita lo hago” es una fórmula de cortesía que aplaza la acción sin decir abiertamente “todavía no quiero” o “no me da la vida”. Del lado de la patrona, “ahorita no se puede” suspende el deseo de la otra en un limbo temporal: ni sí ni no, sino un todavía-no que mantiene la jerarquía y al mismo tiempo permite conservar una autoimagen de amabilidad. No es casual que un estudio reciente hable de la “expansión” de ahorita como parte de un cambio lingüístico donde la frecuencia fija su uso y lo convierte en pieza estable de la gramática afectiva.

De pronto, una de las señoras suelta un “no más” como adverbio con valor similar a “solamente” o  “apenas”. Por ejemplo, “me paga bien, no más que no me deja salir”. Con lo cual, ese nomás atenúa el conflicto y lo presenta como una pequeña objeción dentro de un cuadro general aceptable. Es una forma de miniaturizar la injusticia para hacerla soportable.

Pienso entonces en mi hija de siete años, nacida en México pero educada entre mis colombianismos y el español letrado. Ella sí dice “solo que”: “Papá, me gusta ir, solo que me canso”, “quiero ir a jugar tenis  contigo, solo que hoy tengo psicóloga”. En su boca, el “solo que” abre una cláusula de negociación, un espacio de matiz. Me pregunto cuánto tardará en adquirir ese “no más” que oigo a diario en la calle, y qué implicará ese paso: un ajuste inocente de registro o la incorporación de una forma sutil de resignación.

Hay una dimensión de clase en todo esto. «La terraza de Charlie» está en un barrio donde se cruzan empleados universitarios, oficinistas, estudiantes y trabajadoras domésticas que vienen de las colonias de la periferia. Mi oído, formado en el Instituto Caro y Cuervo, tiende a registrar al vuelo los sociolectos: quién dice “nomás” y quién “no más”, quién recurre al “ahorita” para todo y quién prefiere “luego” o “en un rato” o "al rato". Pero no quiero escribir como el filólogo que disecciona desde arriba; me interesa, más bien, observar cómo esas partículas construyen mundos. Cuando una señora dice “ahorita que me paguen, ya veo si voy al doctor”, el adverbio no solo marca un tiempo incierto: marca una economía precaria, una salud pospuesta, un cuerpo subordinado a los plazos de otra.

Quince años en México me han enseñado que la verdadera nacionalización no fue mi credencial para votar, sino haber aprendido a distinguir, en una fonda de Xalapa, cuándo un “ahorita” significa “nunca” y cuándo es, de veras, ahora. 

Mientras pago la cuenta, las señoras se levantan. Una dice: “Le digo que ahorita el patrón anda muy sentido, no más que no nos dijo por qué”. Me quedo con esa frase: “anda muy sentido”. La afectividad del patrón importa, pero se mantiene inescrutable, sin explicación. Otra vez el verbo decir aparece en negativo: “no nos dijo por qué”. La opacidad del poder se registra como déficit de discurso. En la pequeña sociolingüística de la terraza, quien tiene el derecho de “decir” define el marco de lo posible.

Camino de regreso a casa pensando que estas observaciones, en apariencia minúsculas, son parte de la educación lingüística de mi hija y de la mía. Ella crece entre el “solo que” que oye en mi boca, los “ahorita” ubicuos de sus maestras y los “nomás” de las canciones que le gustan. Yo, por mi parte, sigo tomando nota, como aquel joven investigador del Caro y Cuervo que fui, pero ahora con la conciencia de que no estoy describiendo “el español de México” en abstracto, sino el tejido fino donde se cruzan clase, género, tiempo y obediencia en una ciudad concreta.

Ahorita –en el sentido más literal posible– cierro esta nota para volver al trabajo. Sobre la mesa quedan, flotando, tres palabras que resumen buena parte de mis quince años en Xalapa: decir, ahorita, no más. Lo demás es glosa.

marzo 16, 2026

Liturgias del Canal: en busca de Francisco "Pacho" Valencia en Panamá (1936)




En 1929, mientras la Bolsa de Nueva York se desplomaba, un cónsul general de Colombia en Ciudad de Panamá —poeta pagano, experto en mitología griega y en formularios consulares— empezó a fantasear con un motín imposible. No se trataba solo de ajustar tratados o de enviar notas de protesta al Departamento de Estado, sino de algo más radical: invertir el signo del istmo, devolver el Canal al país amputado y liberar a Colombia del colonialismo angloamericano y de sus recintos sombríos, esos grim enclosures donde la ingeniería y la sanidad militar, de la mano de Gorgas y compañía, habían domesticado la malaria para mayor gloria de Wall Street. Desde su despacho de agente postal privado, entre sacas de cartas y telegramas cifrados, Francisco “Pacho” Valencia —nietzscheano, horaciano, sensualista— imaginaba una revolución tan improbable como poética: que un país crónicamente ensimismado en guerras civiles encontrara, por fin, el coraje de reclamar el trozo de tierra que lo unía al mundo, no ya en nombre de Dios o de la patria, sino en nombre de Deméter, Eros y la dignidad pagana de los despojados

No fui a Ciudad de Panamá como turista disciplinado, armado de lista TripAdvisor y bloqueador solar, sino como un profesor con un asunto pendiente en el registro civil de los muertos: quería encontrar a mi tío bisabuelo, Francisco “Pacho” Valencia, poeta pagano, primer cónsul de Colombia en Panamá y agente postal privado, enterrado allí desde 1936. 

En la maleta llevaba menos ropa de la necesaria y más papeles de la conveniente: fotocopias amarillentas, un prólogo de Rafael Maya, notas sueltas sobre la Gruta Simbólica, el poemario  Liturgias de la tierra (no el original publicado en 1904, sino una pésima edición de la Universidad de Pamplona del año 2000).
Lo que sabía de él antes del viaje era casi un guion oral de sobremesa: nacido en Pamplona en 1878, hermano de militares y políticos, criado entre la niebla fría de la ciudad y el sol templado de la Hacienda San José, donde la quebrada Íscala acaricia un trapiche arruinado y unas ceibas centenarias.
De niño me contaron que en esa hacienda, ganada como merced de guerra por un antepasado de lanza patriota, Pacho aprendió dos religiones incompatibles: el catecismo católico de los corredores oscuros y el paganismo del paisaje, esa teología de ceibas pensadoras, cañones impenetrables y montañas góticas.
Ya adulto se declaró abiertamente pagano en verso, con una desenvoltura que habría escandalizado a los párrocos de Pamplona: en sus poemas, Deméter aparece entre cosechas de café, Cronos se aburre en un trópico sin estaciones, y Eros se pasea sin pudor por las tierras templadas de Chinácota.
No citaba a los dioses para adornar la frase, como tantos modernistas de manual, sino porque entendía que el Olimpo mismo es ya una forma de pensar, una “materia mental” anterior a la palabra cristianizada; sus musas no eran estampitas, sino fuerzas activas que soplaban en los alejandrinos. La única función de la mitología es, en realidad, dar cuenta de un hecho lingüístico. 
El viaje a Panamá empezó en Google Books, una madrugada de insomnio.
Tecleé “Francisco Pacho Valencia” y apareció, como un guiño, un libro titulado Mi Panamá de ayer, con una breve mención al agente postal privado de Colombia en la ciudad: un tal Valencia que recibía a los connacionales en una oficina de la Avenida A, casa 30, y resolvía sus problemas de cartas, giros y nostalgias.
“Agente Postal Privado de Colombia en Panamá y cónsul general”. En ese relato institucional, Pacho apenas figura –si figura– como una nota lateral: un hombre que visaba documentos, certificaba firmas y enviaba telegramas a Bogotá mientras el país inauguraba, en 1936, la “Revolución en marcha” de Alfonso López Pumarejo.

Yo llegué a Panamá con otro archivo, el íntimo.
Para mí, Pacho no era tanto un funcionario como un pagano desplazado: un hombre que, habiendo cantado las vendimias del trópico en verso alejandrino, terminó en la década de 1930 frente a una bahía caliente, redactando notas consulares sobre “la situación de los nacionales en la zona del Canal” mientras brindaba, en secreto, por Deméter, Eros y alguna Gabby de risa franca.
Decidió ser un poeta soltero y sin hijo. "Imagínese si mis hijos me pidieran algo y yo no pudiera dárselos”, dijo alguna vez. Era un mito familiar. Pero Pacho  depositó su semilla en poemas donde literalmente “se respira semen”, como si la única descendencia aceptable fuera verbal. El verbo hecho carne.
Lo fascinante de seguirle la pista en 2026 es que Panamá ya no es el mismo puerto amputado que conoció él, pero el drama de la mutilación persiste como eco.
Desde el piso 28 de un hotel moderno, con ascensor veloz y barra de cocteles de diseño, el istmo se ve como un catálogo de rascacielos de vidrio. Pero, debajo de ese skyline neoliberal, laten los barrios donde aún se cruzan colombianos, panameños y antillanos en cantinas que bien podrían llamarse “El Canalito”, sin ironía posmoderna.
Caminar por el Casco Antiguo con la biografía de Pacho en la cabeza produce una especie de doble exposición: uno ve balcones de hierro, faroles marchitos, pero también imagina al tío bisabuelo trepando a la azotea de un hotel de cuatro pisos que entonces llamaban “rascacielos”, mirando un archipiélago de luces amarillas donde nosotros vemos ahora un corredor financiero.

En ese juego de superposiciones, las fechas se vuelven porosas.

1936: López Pumarejo reforma la Constitución y anuncia un país moderno, mientras Pacho muere en Panamá, probablemente sin sentir que la Revolución en marcha haya llegado hasta su escritorio de cónsul postal.

2026: yo desciendo por el mismo istmo, no como diplomático, sino como profesor universitario en México. 

No encontré, por supuesto, una placa con su nombre en letras doradas. La ciudad no lo recuerda con busto ni estatua; su rastro sobrevive en las hemerotecas, en una entrevista perdida de 1928 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en el rumor familiar de que “murió cónsul en Panamá”, como si el cargo bastara para explicar el destino.
Lo que sí encontré fue algo más discreto: la certeza de que su paganismo –esa mezcla de Eros y Minerva, de sensualidad creadora y soledad fértil– sigue operando, silenciosamente, en mi propia manera de mirar el istmo.
Leyendo sus poemas, uno entiende que la palabra “pagano” dejó de ser insulto católico para convertirse en título de honor.
En una época en que media Colombia se desgarraba en guerras civiles, Pacho eligió otra forma de combate: mientras sus parientes se hundían en el río Peralonso con las aguas teñidas de rojo, él se encerraba en la Gruta Simbólica a discutir a Baudelaire, Nietzsche y los simbolistas franceses, componiendo sonetos donde la verdadera batalla era entre Calvario y tálamo nupcial.
Tal vez por eso me interesa tanto pensar su muerte en Panamá: porque condensa, en una escena, el destino de un país y de una familia.


Colombia renunció al istmo como quien cede un miembro bajo presión imperial. Pero Pacho, aunque renunció voluntariamente a casarse y tener hijos, se negó a semejante amputación geográfica. 

Aunque en 1999 comenzó a desmontarse paso a paso el enclave colonial, basta recorrer hoy la antigua Zona del Canal, visitar el Museo y escuchar la voz grave de Morgan Freeman –que todo lo vuelve épica pedagógica– para notar que, en el relato oficial, los héroes siguen siendo ingenieros y coroneles sanitarios estadounidenses, mientras el médico cubano que primero teorizó la transmisión de la fiebre amarilla por el mosquito queda reducido a nota al pie. 


Tío bisabuelo mío. ¿Quieres una versión audiovisual del viejo poema de Kipling, “The White Man’s Burden”, donde la carga civilizadora del blanco se celebra sobre el silencio de quienes pusieron el cuerpo? Oye a Morgan Freeman. 



marzo 11, 2026

Fase reguetonera del capitalismo tardío 2.0.: Quevedo en Panamá




Preludio 

Si en el siglo XVII el hit que configuraba el deseo era “Amor constante más allá de la muerte”, en marzo de 2026 el hit también sigue siendo de Quevedo —pero el canario—: “Quédate” dicta, durante tres minutos, las leyes del sexo, de la ley y del mercado. 

El reguetón es la fisiología del capital: el latido sonoro con el que el mercado sincroniza cuerpos, flujos y hormonas. También es la venganza inesperada de un Imperio hispanoamericano caído y emergente a la vez, que ya no necesita fragatas ni virreyes, sino bajos profundos y plataformas de streaming

Soy profesor de antropología y teoría de los medios; se supone que debo dar ejemplo de seriedad. Citaré a  Friedrich Kittler para justificarme, para decir que la música es la que llama (rufen) al comercio y que los verdaderos tratados de geopolítica se bailan antes de escribirse, y así preludiar el diario de mi viaje relámpago a Panamá.

 8 de marzo de 2026. Casco histórico de Panamá
 
Gabby emerge de las aguas del del Canal como una Afrodita panameña de treinta y tantos. Sonrisa custodiada por dos hoyuelos divinos. Por su escote generoso naufraga mi seriedad académica. Su piel, en ese umbral exacto entre la sombra morena y la luz blanca, se vuelve el pergamino donde el sol ha escrito su mejor poema

Gabby posee un castellano riquísimo, lleno de verbos inesperados. Expresiva, su acento  es un puerto libre. Oigo en su voz ecos limeños, dulzura caleña, cierta rapidez del guayaquileño y ese golpe de mar del barranquillero y el cartagenero. La voz de Gabby es una cartografía sonora del continente, una frecuencia que fluye sin aduanas, la unión del Pacífico y el Caribe hispanoamericanos.




Al caer la tarde subimos al bar-terraza del Bay View, desde donde el casco histórico flota como un pedazo de Cartagena de Indias, del Callao o de Buenaventura: fachadas coloniales apretadas unas contra otras, torres de iglesia y tejados rojizos rodeados por un cinturón de roca y espumas. Un enclave barroco rodeado de mar. Más allá, la bahía de Panamá se abre en un semicírculo interminable, recorrida por la cinta costera y la fila inmóvil de barcos anclados. Al anochecer, la lámina del océano espejea los rascacielos. 

A medianoche, entonados por los mojitos, cantamos ella y yo al unísono, a grito herido, la segunda estrofa de “Quédate”:

“Se pintaba los labios
y la copa como espejo,
se acercó poco a poco
y yo queriendo que me baile.
Luego me dijo:
‘Vamos, que te enseño Buenos Aire’…”

Si Quevedo confiaba en que su alma seguiría amando cuando su cuerpo fuera “polvo enamorado”, pues la eternidad se figuraba como superación de la ley severa de la muerte, el otro Quevedo, el canario, se conforma con desafiar la ley severa del amanecer: 

“Perreamo' toda la noche y nos dormimo' a la die'
 Ando rezándole a dios pa' repetirlo otra ve'”

Y al terminar la canción, como si obedeciéramos a la letra, bajamos los 28 pisos y salimos a la noche húmeda, rodeando el mercado de mariscos. Vigilantes con radio custodiaban una aduana somnolienta. Gatos negros fornidos, como panteras, se deslizaban como en sueños patrullando el perímetro. El Casco —así le dicen aquí— está saturado de discotecas que bombean reguetón y salsa a volúmenes industriales. 

Entramos en la cervecería La Rana Dorada, y ella pide una porter negra mientras yo me aferro a una pale ale.
Gaby, soltera y amiguera, me habla sin rodeos de sus aventuras, de su elección de tener más amigos hombres que mujeres. 

“Las mujeres somos capaces de dar vida –y hace el gesto de parir, de dar a luz– pero también de destruirlo todo con tal de mantener el control”. 

Con esa sentencia, Gaby no hizo más que resumirme la vieja guerra fría entre Atenea y Afrodita: parir o gobernar, placer o control, útero o asamblea. 

No recuerdo si llegué a darle a Gaby el concierto completo de Kittler, enumerando verticalmente los cinco capítulos de su Musik und Mathematik, ese bello libro inacabado: 

1) Hellas, 

2) Afrodita y Eros, 

3) Minne (amor medieval cortés), 

4) Liebe (amor romántico), 

5) Sex (otras formas del amor).

 Vivimos en el quinto, en la era del reggeton.  Hablar de amor es difícil porque los dioses se retiraron desde Cristo. Él nos dejó encerrados en un monoteísmo varonil.  Cristo vino a destruir las obras de la Triple Diosa lunar que gobernaba el Mediterráneo (Robert Graves, Rey Jesús). 

Afrodita reemplaza a Atenea (la casta) como una coartada para excluir a las mujeres de los ritos religiosos y de las escuelas. 
Afrodita anuncia el monoteísmo. 

Salimos de La Rana Dorada y la letra del reguetón seguía martillándome la cabeza: 

“y nos fuimos en Uber al apartamento 
 en privado me pedía que le diera un concierto 
le dije que por meno’ de un beso no canto. 
Y nos fuimos en una empezando a la una…”. 

En el apartamento, ya sentados en el balcón, el único beat era el del mar: el del canto IV de la Odisea, verso 430, “nos rendimos al sueño escuchando el romper de las aguas marinas[thalássos]”.