marzo 11, 2026

Fase reguetonera del capitalismo tardío 2.0.: Quevedo en Panamá




Preludio 

Si en el siglo XVII el hit que configuraba el deseo era “Amor constante más allá de la muerte”, en marzo de 2026 el hit también sigue siendo de Quevedo —pero el canario—: “Quédate” dicta, durante tres minutos, las leyes del sexo, de la ley y del mercado. 

El reguetón es la fisiología del capital: el latido sonoro con el que el mercado sincroniza cuerpos, flujos y hormonas. También es la venganza inesperada de un Imperio hispanoamericano caído y emergente a la vez, que ya no necesita fragatas ni virreyes, sino bajos profundos y plataformas de streaming

Soy profesor de antropología y teoría de los medios; se supone que debo dar ejemplo de seriedad. Citaré a  Friedrich Kittler para justificarme, para decir que la música es la que llama (rufen) al comercio y que los verdaderos tratados de geopolítica se bailan antes de escribirse, y así preludiar el diario de mi viaje relámpago a Panamá.

 8 de marzo de 2026. Casco histórico de Panamá
 
Gabby emerge de las aguas del del Canal como una Afrodita panameña de treinta y tantos. Sonrisa custodiada por dos hoyuelos divinos. Por su escote generoso naufraga mi seriedad académica. Su piel, en ese umbral exacto entre la sombra morena y la luz blanca, se vuelve el pergamino donde el sol ha escrito su mejor poema

Gabby posee un castellano riquísimo, lleno de verbos inesperados. Expresiva, su acento  es un puerto libre. Oigo en su voz ecos limeños, dulzura caleña, cierta rapidez del guayaquileño y ese golpe de mar del barranquillero y el cartagenero. La voz de Gabby es una cartografía sonora del continente, una frecuencia que fluye sin aduanas, la unión del Pacífico y el Caribe hispanoamericanos.




Al caer la tarde subimos al bar-terraza del Bay View, desde donde el casco histórico flota como un pedazo de Cartagena de Indias, del Callao o de Buenaventura: fachadas coloniales apretadas unas contra otras, torres de iglesia y tejados rojizos rodeados por un cinturón de roca y espumas. Un enclave barroco rodeado de mar. Más allá, la bahía de Panamá se abre en un semicírculo interminable, recorrida por la cinta costera y la fila inmóvil de barcos anclados. Al anochecer, la lámina del océano espejea los rascacielos. 

A medianoche, entonados por los mojitos, cantamos ella y yo al unísono, a grito herido, la segunda estrofa de “Quédate”:

“Se pintaba los labios
y la copa como espejo,
se acercó poco a poco
y yo queriendo que me baile.
Luego me dijo:
‘Vamos, que te enseño Buenos Aire’…”

Si Quevedo confiaba en que su alma seguiría amando cuando su cuerpo fuera “polvo enamorado”, pues la eternidad se figuraba como superación de la ley severa de la muerte, el otro Quevedo, el canario, se conforma con desafiar la ley severa del amanecer: 

“Perreamo' toda la noche y nos dormimo' a la die'
 Ando rezándole a dios pa' repetirlo otra ve'”

Y al terminar la canción, como si obedeciéramos a la letra, bajamos los 28 pisos y salimos a la noche húmeda, rodeando el mercado de mariscos. Vigilantes con radio custodiaban una aduana somnolienta. Gatos negros fornidos, como panteras, se deslizaban como en sueños patrullando el perímetro. El Casco —así le dicen aquí— está saturado de discotecas que bombean reguetón y salsa a volúmenes industriales. 

Entramos en la cervecería La Rana Dorada, y ella pide una porter negra mientras yo me aferro a una pale ale.
Gaby, soltera y amiguera, me habla sin rodeos de sus aventuras, de su elección de tener más amigos hombres que mujeres. 

“Las mujeres somos capaces de dar vida –y hace el gesto de parir, de dar a luz– pero también de destruirlo todo con tal de mantener el control”. 

Con esa sentencia, Gaby no hizo más que resumirme la vieja guerra fría entre Atenea y Afrodita: parir o gobernar, placer o control, útero o asamblea. 

No recuerdo si llegué a darle a Gaby el concierto completo de Kittler, enumerando verticalmente los cinco capítulos de su Musik und Mathematik, ese bello libro inacabado: 

1) Hellas, 

2) Afrodita y Eros, 

3) Minne (amor medieval cortés), 

4) Liebe (amor romántico), 

5) Sex (otras formas del amor).

 Vivimos en el quinto, en la era del reggeton.  Hablar de amor es difícil porque los dioses se retiraron desde Cristo. Él nos dejó encerrados en un monoteísmo varonil.  Cristo vino a destruir las obras de la Triple Diosa lunar que gobernaba el Mediterráneo (Robert Graves, Rey Jesús). 

Afrodita reemplaza a Atenea (la casta) como una coartada para excluir a las mujeres de los ritos religiosos y de las escuelas. 
Afrodita anuncia el monoteísmo. 

Salimos de La Rana Dorada y la letra del reguetón seguía martillándome la cabeza: 

“y nos fuimos en Uber al apartamento 
 en privado me pedía que le diera un concierto 
le dije que por meno’ de un beso no canto. 
Y nos fuimos en una empezando a la una…”. 

En el apartamento, ya sentados en el balcón, el único beat era el del mar: el del canto IV de la Odisea, verso 430, “nos rendimos al sueño escuchando el romper de las aguas marinas[thalássos]”.

marzo 10, 2026

¿Existe lo posnacional?



"¿Qué opina de lo posnacional?", me preguntó al final una estudiante muy lista. 

El profesor colombiano residente en México, que de pronto aparece en Francia invitado por Navarra, es un fenómeno simpático para los formularios de movilidad académica, pero habitar varios países a la vez no vuelve a nadie posnacional: apenas  sospechoso en tres aduanas distintas.

Impartí esta charla desde la habitación de un hotel en Burdeos, cuna de Montaigne, mientras hacía una estancia como profesor invitado en Navarra (y mientras mi padre, de vacaciones, rondaba la puerta esperando a que por fin terminara de hablar para irnos a caminar junto al río Garona, cuyas aguas navegables gozan de mejor conexión con el mundo que el wifi del hotel).

Estudiantes mujeres y hombres (más mujeres que hombres) me oían desde Medellín en un salón de la UPB bajo la tutoría del profesor Juan Esteban Villegas Restrepo. Entonces les conté que la idea de escribir una historia de la literatura colombiana no nació en un congreso ni en una convocatoria con logo institucional, sino en un diálogo casi conspirativo cuando yo era estudiante de literatura en la Universidad de los Andes. Pero que tampoco surgió de tomar clase con un profesor, sino de tomar tinto con un escritor, Germán Espinosa, en un café contiguo a Los Andes. 

Espinosa me soltó la bomba con una naturalidad casi criminal: que yo debería escribir esa historia. Yo, naturalmente, me emocioné como quien cree que le acaban de dar la misión de reescribir la Biblia. 

Espinosa, viendo mi cara, afinó la estrategia pedagógica: prohibición y secreto. “No se lo digas a nadie”, me advirtió, “no por miedo a que te roben la idea, sino porque te desanimarán; te dirán que estás muy joven y que no vale la pena intentarlo”. Así quedó sellado el pacto: operar en modo clandestino, como si investigar literatura fuera una sociedad secreta y no una profesión respetable.

La primera instrucción del complot fue clara: “Acoge el modelo del breviario de Enrique Anderson Imbert, el de su Historia de la literatura hispanoamericana”. Yo obedecí con fervor casi religioso. Los dos tomos, publicados en la colección de breviarios del Fondo de Cultura Económica, los leí “como bebiendo agua”.

En las mañanas, antes de que Bogotá terminara de decidir si hacía frío o más frío, yo releía la Breve historia de la literatura hispanoamericana; en las tardes, me iba al cuarto piso de la Luis Ángel Arango. Ahí empezó la sospecha de que la historia literaria no es una suma de nombres, sino una coreografía de ausencias, malentendidos y geografías mal dibujadas.

Mientras preparaba mi Breve historia de la narrativa colombiana, volví una y otra vez a los cronistas de Indias, y en la charla compartí una escena que siempre me persigue: Pedro Cieza de León entra en el valle de Aburrá, futuro escenario de mi ciudad natal, Medellín, y describe cómo los naturales, aborreciendo la llegada de los españoles, se ahorcaban con sus cabellos o de los árboles, aullando con gemidos lastimeros antes de “abajar las ánimas a los infiernos”.

Y yo me pregunté con qué cara se escribe una épica de fundación sobre este valle si su acta de nacimiento parece un parte forense. Esa tensión entre el mito heroico y el prontuario criminal es uno de los nervios secretos de la narrativa colombiana. Ahí entendí que una historia literaria de verdad no puede ser complaciente: tiene que escuchar las voces que el manual escolar omite.

En la charla subrayé por qué me incliné por el concepto de narrativa y no por el más amplio y cómodo de “literatura”. La narrativa permite pensar estructuras de tiempo, voces, dispositivos de representación del poder y del espacio que atraviesan novelas, crónicas, testimonios, blogs y hasta comunicados ministeriales. En ese giro fue decisiva la lectura de Roberto González Echevarría y su propuesta de entender la narrativa latinoamericana como un sistema atravesado por tres grandes discursos históricos. Los resumí no como dogmas, sino como lentes:

1) Un discurso teológico‑legal del Imperio español (1500‑1800), que legitima la conquista y organiza la realidad como expediente jurídico ante Dios.

2) Un discurso racionalista‑científico ligado a los imperios armamentísticos de la Ilustración (1800‑1900), donde la novela y el ensayo miden, clasifican y “civilizan”.

3) Un discurso antropológico de los nuevos Estados nacionales (1900‑2000), que convierte al “pueblo” en objeto de estudio y laboratorio de identidad.

Mi apuesta, les dije, fue leer la narrativa colombiana siguiendo esas mutaciones, sin perder de vista sus cortes, desvíos y sabotajes locales.

Una de las partes que más disfruté explicar fue la de la “realidad espacial del investigador”. No hablé de laboratorios ni de campus inteligentes, sino de tres escenarios modestos y decisivos:

Bibliotecas: donde uno lee y anota, convencido de que esos garabatos en el margen algún día serán un libro y no un jeroglífico vergonzante.

Cafés: donde se discute y se polemiza, preferiblemente en la blogosfera antes que en la jungla algorítmica de las redes sociales.

Salones de clase: donde se aprende y se enseña al mismo tiempo, porque no hay nada más productivo que un estudiante haciendo la pregunta incómoda que el libro no responde.

Les conté que Breve historia de la narrativa colombiana nació justamente de ese triángulo. Si uno de esos vértices falta, la investigación se vuelve coja: o se encierra en erudición sin público, o se disuelve en conversación sin rigor.

Lo posnacional, al fin y al cabo, podría definirse así: un concepto diseñado para tranquilizar conciencias en conferencias internacionales sobre Montaigne,  mientras la policía sigue pidiendo documentos en la frontera. Yo prefiero una definición más doméstica y menos elegante: lo posnacional es el instante en que cierras la videollamada con Medellín, apagas la cámara, tu padre golpea la puerta del hotel para ir beber vino junto al Garona, y tú te preguntas de qué país fue exactamente esa clase que acabas de dictar.



marzo 09, 2026

La fuerza de la geografía: Colombia entre el bios y la vis





Violencia viene de vis, que significa fuerza en latín, pero a su vez viene del griego bios, que significa vida. 
Foto cortesía de Juan Diego Molina. De izquierda a derecha: S.P.B., Carlos Malaumud y Pilar Latasa

Comencé con esta breve digresión, el pasado 28 de noviembre de 2025, mi intervención en el tribunal de la tesis doctoral de Juan Diego Molina, «El cambio político en Colombia durante el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010)». 

La digresión fue necesaria para que nuestro auditorio comprendiera la magnitud de los problemas a los que se enfrentó Juan Diego Molina, un estudiante doctoral de origen guatemalteco-español, a cuyo tribunal fui invitado por el profesor Pablo Pérez. 

 Se suele decir que la orografía colombiana es, después de la del Tíbet, una de las más accidentadas del planeta: no se trata de un territorio homogéneo, sino de una constelación de ciudades separadas por abismos y cordilleras.

Esa geografía no es un simple decorado; es un actor histórico que ha condicionado la forma del Estado, la economía y, por supuesto, los mecanismos de seguridad y de guerra. Durante décadas, esas montañas han funcionado como murallas que dificultan que la autoridad central se proyecte de manera efectiva sobre valles, selvas y llanuras.​

Desde esa premisa, la pregunta que recorre mi lectura de esta tesis es la siguiente: ¿hasta qué punto esa geografía imposible ayuda a explicar la tentación histórica de ciertos hacendados y empresarios regionales de privatizar su seguridad, en lugar de apostar por un Estado capaz de garantizarla en todo el territorio? 

Si el Ejército tarda días en cruzar una cordillera para proteger una finca o una carretera estratégica, el actor local tiende a buscar soluciones propias. La tesis de Juan Diego muestra con claridad cómo, en distintos momentos, esa respuesta ha tomado la forma de organizaciones armadas privadas, cooperativas de vigilancia o estructuras paramilitares, con consecuencias de largo alcance para el orden institucional.​

Entrando ya en el periodo 2002‑2010, el trabajo asume un reto mayúsculo: analizar lo que denominamos historia del tiempo presente. No hay nada más difícil que estudiar un pasado que todavía condiciona la conversación pública y las pasiones políticas. 


Un mérito relevante del manuscrito es que no se limita a repetir lecturas militantes, positivas o negativas, sino que sitúa este ciclo en un continuum histórico más amplio, que arranca en la Violencia de mediados del siglo XX, pasa por el Frente Nacional y llega hasta el Plan Colombia y el Plan Patriota. En esta línea, el trabajo dialoga con autores como Marco
Palacios, Frank Safford o Francisco Leal Buitrago para mostrar cómo Colombia pasó, en los años noventa, de ser uno de los países más violentos del mundo a ensayar un modelo de Estado fuerte que busca combinar autoridad, mercado y apertura democrática.​

Desde el punto de vista del análisis político, es sugerente observar que el giro hacia un proyecto de orden y seguridad sea liderado por un presidente que procede del Partido Liberal, lo que obliga a matizar las categorías clásicas de “derecha” e “izquierda” y a hablar más bien de tradiciones conservadoras, tecnocráticas o populistas que se remontan, a juicio del historiador Santiago Pérez Zapata, a la época de Núñez y Caro en la Regenaración y que se reconfiguran cien años después en clave de Posguerra Fría. 


Con estas observaciones, quiero cerrar reiterando dos ideas. La primera: el trabajo de Juan Diego Molina constituye una contribución original al estudio del Estado colombiano contemporáneo, por su capacidad de integrar historia, ciencia política y análisis jurídico sin caer en simplificaciones ideológicas. La segunda: el debate que abre sobre la relación entre geografía, seguridad y arquitectura institucional no concierne solo a Colombia, sino que interpela a cualquier sociedad que se enfrenta al dilema de cómo garantizar el orden sin sacrificar el pluralismo ni la libertad. 

Me permito, por ello, felicitar nuevamente al Juan Diego y animarlo a transformar esta investigación en una publicación que pueda dialogar con la historiografía internacional sobre Estado, violencia y seguridad en el mundo iberoamericano.