marzo 01, 2026

Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G


Etnografía imaginaria*


Prefacio

Si, como repiten ciertos historiadores de los medios (Kittler, Marcel Mauss, Auserón), el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas –la voz que ofrece, promete, seduce, negocia–, entonces música y comercio han caminado siempre de la mano. 

En la fase reguetonera del capitalismo tardío, las tiendas y plazas comerciales ya no necesitan acuñar moneda ni demasiada publicidad: basta con sumergir al cliente en la atmósfera sonora de Karol G para activar el circuito deseo–compra–selfie. 

En el departamento de Antropología solemos hablar de “recintos sombríos” ("grim enclousures") para referirnos a colonias, asilos, campos de concentración: esos laboratorios de humanos donde la modernidad afina sus algoritmos de obediencia.

 Hace dos años, leyendo el libro de Geoghegan, pensé que eso era cosa del siglo XX; ahora sé que también es del XXI y que se puede montar un "grim enclosure" con reguetón, plazas académicas y departamentos amueblados con Ikea.

En lo que sigue, transcribo fragmentos del diario de campo de una antropóloga amiga que observa a otra colega fascinada por las letras de Karol G. L

Diario de campo: 

Mi colega –llamémosla Karo, por fidelidad musical– se convirtió en otro sujeto etnográfico el día que firmó su plaza de investigadora en una universidad pública de provincia. Hasta entonces era una antropóloga más: seminarios sobre género, papers en revistas indexadas, becas bien viajadas El contrato indefinido fue su “ya estoy free”:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free / puesta pa’ revivir viejos tiempos...” 

Por los audífonos de Karo, las lyrics de Karol G actuaron como mandato ontológico, no como estribillo bailable.

Recinto 1: dinamitar la casa 

Primero vinieron los escándalos domésticos: desaires metódicos al marido, sexo mínimo y malhumorado (“el coito como dispositivo de castigo diferencial”, lo llamaría en sus clases), performances nocturnos de “me estrello con el carro”, que mezclaban autolesión fingida y control de la agenda conyugal. Él leía en la sala, ella amenazaba en la puerta. 


Luego apareció el estudiante. Un muchacho aplicado al que Karo identificó de inmediato como material etnográfico y biográfico:

“Si antes te hubiera conocido / seguramente estarías bailando esta conmigo, no como amigos...”

De la Karol de los estadios a la Karo de las aulas y las plazas, lo traducción sería: “si antes te hubiera conocido, tú serías el marido y no este señor que me consiguió casa, hijo y escalafón, pero me recuerda cada día que no me hice sola”.

Finalmente,  le decretó el divorcio al profesor con el que se había casado y tenido un hijo que ya contaba con ocho años, pero no se conformó con dinamitar el matrimonio Aunque el profesor aceptó todas sus condiciones, Karo se irritó por tanta serenidad. Con todo, tenía que ser discreta con la fase dos del experimento. 

Recinto 2: la jaula del hámster-estudiante

El laboratorio se armó rápido. Ella alquiló una pocilga en una calle empinada de la ciudad –lo llama “loft”, pero huele a humedad y fritanga– y lo instaló allí. Él, como buen hámster, aceptó las condiciones:
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.

El estudiante rueda en su rueda metálica (tesis, reseñas, favores, caricias a deshoras); ella entra y sale, como guardiana del zoológico humano descrito por los viejos antropólogos, alternando protección y privación, abrazo y portazo.

La banda sonora es coherente:

“Taba con alguien, pero ya estoy free”, como declaración de independencia con patrocinio estatal;
“Yo me caso contigo / mi nombre suena bien con tu apellido / ‘toy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”, como fantasía de reescritura matrimonial siempre aplazada.

En la práctica, Karo no se casa con nadie: mantiene al ex-marido como proveedor oficial, al hámster como amante experimental y al hijo como rehén afectivo. La libertad reguetonera, traducida a régimen de plaza, significa “rotar de hombre sin perder el queso”.

La antropóloga dilapida su sueldo de investigadora de tiempo completo en camisetas y joyería premium con merchandising oficial de Karol G.  

El viaje a Madrid para ver a Karol G en el Bernabéu fue su rito de paso:

“Provenza” en Spotify, Provenza en Instagram,
“’toy free” en stories, marido y niño en casa, esperando el turno de convertirse en notas al pie de un paper sobre maternidades precarizadas.

Desde mi libreta de campo, el experimento se ve así:

Recinto 3: la "casa oficial"

Aquí Karo juega a ser madre intachable. El niño de nueve años –mi verdadero informante– la adora y teme a la vez. Sabe, sin saber, que si un día aparece un “tío” nuevo en la sala, su vida puede reconfigurarse en un fin de semana. El padre, expulsado primero del dormitorio y después de la cada, ha quedado reducido a figura de transferencia bancaria y a chófer eventual.


El estudiante no aparece en fotos familiares ni en chats de escuela. Es un sujeto en cautiverio: respira solo cuando ella abre la puerta. Karo le explica que todavía no puede integrarlo al ecosistema oficial porque “el niño quiere mucho a su papá y no quiero que piense que lo cambié por un chamaquito”.

 Traducción: mientras el ex financia casa y colegio, el hámster debe permanecer off–line.


Recinto 4: el campus y las redes


Aquí Karo es heroína feminista. En coloquios y asambleas narra su historia como la de una mujer que escapó de un matrimonio opresivo, se “puso free” y rehízo su vida con un amor puro con diferencia de edad. El hámster se vuelve alegoría; el ex, patriarcado; cualquier disidencia, violencia simbólica.

Los tres recintos se comunican por pequeños cables invisibles: chats borrados, fotos recortadas, rumores de pasillo llevan la noticia de su experimento a una velocidad que Karo prefiere no calcular.

Como antropóloga, debería limitarme a observar y describir. Como colega, a veces solo atino a pensar que el animal más cruel de este encierro no es el hámster, ni el ex-marido, ni siquiera la institución que paga el salario; es esa voz en la cabeza de Karo que le susurra, con base y autotune:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free”,
“yo me caso contigo, estoy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”.

Mientras tanto, el niño de nueve años aprende dos lecciones contradictorias: que su papá es prescindible y que su mamá nunca está del todo aquí. Él sí es el verdadero sujeto de prueba de este experimento sombrío.


febrero 26, 2026

Introducción al arte y la estética de la lectura (lección inaugural)





La lectura no es una “habilidad” entre otras, como a veces repiten los manuales de didáctica, ni un simple trámite para llegar “después” a la literatura. La lectura, si la tomamos en serio, es ya una forma de vida. Un arte.

En tiempos de tribunos y oradores —cuando no había papel barato ni libros para cada individuo, cuando se leía en voz alta en plazas, templos y escuelas— este dato era evidente: el acceso normal a un texto no era la lectura silenciosa, sino la voz de alguien que lo encarnaba para los demás. La Retórica antigua lo sabía: la inventio y la dispositio preparaban el discurso; la elocutio, la memoria y la actio lo arrojaban al cuerpo. Leer bien, entonces, equivalía a saber decir.

La modernidad cambió el régimen material de la lectura: papel abundante, imprenta, libros de bolsillo, bibliotecas personales. Cada cual con su ejemplar. Kant reorganiza el saber desde las Críticas, la Estética ocupa el lugar de la vieja Retórica, y la escuela expulsa la oratoria de sus planes de estudio. Queda un vacío: hay cada vez más libros, pero cada vez menos trabajo explícito sobre la voz. Nadie enseña qué hacer con el cuerpo frente a la página.

El siglo XIX intentó llenar ese hueco. En Italia, en Francia, en España, reaparece el Arte de la Lectura como disciplina técnica y escolar: Legouvé en el Collège de France, Franceschi en Milán, Rufino Blanco en las Escuelas Normales, todos convencidos de lo mismo: aprender a leer es la mejor manera de aprender a hablar; una democracia sin lectura en voz alta se queda sin oído para sí misma.

La lección de hoy, que inaugura un pequeño ciclo en este blog, quiere volver a poner la lectura en ese lugar exigente: como arte de apropiarse de lo escrito. Apropiarse quiere decir tres cosas:

entender el asunto,

interpretarlo críticamente,

y devolverlo al mundo con la voz, con la escritura o con ambos a la vez.

Rufino Blanco lo decía sin rodeos: “la Lectura crea formas, porque transforma la expresión escrita en expresión oral”, y por eso el lector es un artista, no un mero usuario. La estética de la lectura, entonces, no es un lujo ornamental; es la reflexión sobre esa pequeña metamorfosis cotidiana que ocurre cuando un texto pasa por un cuerpo.

En la siguiente entrega entraré en el aparato técnico de ese arte: el sonido, la voz, el aparato vocal, la diferencia entre leer, recitar y declamar, y la vieja tabla de virtudes y vicios que permite distinguir una lectura afinada de una lectura fallida.

Leer lección aquí

febrero 22, 2026

Lack of affection: el «norte» en Xalapa


*Diario imaginario de un antropólogo en México


1
Aunque estudié en la Universidad de Vermont y mi aspecto engaña a medio mundo, no soy gringo: soy colombiano, y llegué a México hace quince años en trabajo de campo con mi profesor Mike, que a su vez fue alumno devoto de Oscar Lewis y de la antropología “de la pobreza”. No de la pobreza material, sino de una economía compleja del afecto: un régimen de carencia emocional tan sofisticado como cualquier sistema financiero. 
Anoche, en un bar de Xalapa, coqueteaba —torpemente, con mis cuarenta y tantos encima— con Gabby, sexóloga de barrio fino. Me tocó soportar a su amiga boba celebrar a Pablo Escobar como “un genio”, sólo porque había oído que yo era colombiano. La amiga mandaba a callar a su esposo: "cállate, pendejo". El pobre era un hombre bueno, apocado, sentado a su lado. Yo pensaba en la frase de mi profe Mike, aquella que soltó décadas atrás en Tapalpa, Jalisco, tras entrevistar a una familia rota por la migración y el alcohol: “I’ve never seen such a lack of affection.” México como un extraño planeta afectivo. 
No sé en qué momento quedamos solos Gabby y yo. El bar pronto cerraría. Y aunque ella parecía caerse de bruces, borracha por el mezcal, se negó a dejar su carro en el estacionamiento y a que yo la llevara. Ni madres, me dijo. Ella manejaría. Tengo práctica en manejar peda. Para no parecer tan ruda, me besó, agradecida. "Si quieres ir a mi casa y seguir chupando, sígueme en tu coche",  me ordenó.  A mí me gustan las mujeres con carro, me dije, las que se conducen solas, aunque vayan directo al abismo.
2
Gabby vivía en una primera planta encima de una tienda de abarrotes. Xalapa no es un valle sino una ciudad derramada sobre lomas y barrancas; aquí las casas se acomodan donde pueden, como piedras después de un derrumbe. 
Gabby estacionó su carro en lo alto de su casa, en la azotea; su casa estaba suspendida sobre un sótano luminoso, una primera planta ocupada por una tienda de abarrotes abierta las 24 horas. “Aquí arriba —dijo al dejarme pasar al estacionamiento, cerrar el portón y luego bajar conmigo por unas escaleras angostas— se oye todo el desmadre, todos los madrazos, cómo se mientan la madre y cómo se la rompen: puro desmadre”.
Al oírnos llegar, el perro ladraba. Al abrirle la puerta, el beagle salió disparado escaleras arriba. Por la ventana de la cocina lo vi mear en el tronco del ficus. 
Desde abajo, donde funcionaba la tienda de abarrotes, subía el zumbido de los refrigeradores. Era como un ruido de animales submarinos, pensé. En las paredes de la casa de Gabby, iluminados por las lámparas de neón, nadaban peces pintados: sierras, tiburones, ballenas, moluscos. "Los pinté para divertir a mi hija", me dijo. "Ahora la cabrona quiere ser bióloga marina". Su hija adolescente no estaba.
Mujer viene de molusco, dije como por decir algo. Y Gabby se ecomocionó con la etimología. Claro. De ahí la concha. La vulva. 
Gabby me invitó a seguir a sus aposentos. Quería enseñarme sus dos cuyes oblongos. Ocupaban casi medio estudio en celdas desproporcionadas, mitad jaula, mitad consultorio. Yo ya no sabía si Gabby era psicóloga-sexóloga, pintora o veterinaria. 
Luego volvimos a la barra de la cocina. Mientras yo me tomaba otra chela, ella preparó la cena para sus animales. La preparó como un rito aprendido largamente: de la nevera sacó zanahoria, hojas verdes, fruta, y las dispuso en el plato con una geometría que no alcancé a seguir. Seguía borracha, pero ya menos. Cada cuy recibió su porción exacta, como si llegara a una cita clínica distinta. El beagle miraba la escena en silencio, sin reclamar nada.
Mientras tanto, a través de la ventana de la cocina, el foco del patio a comenzó a parpadear —encendido, apagado, encendido— y el viento del norte agitaba el ficus. Por un segundo tuve la impresión clara de que el árbol nos estaba enviando un mensaje en código morse, y que sólo a los cuyes les correspondía traducirlo.
"Sabes, doy terapias aquí, en la casa. Vienen mujeres destrozadas porque sus maridos miran a otra, muchachas que se enredan con profesores casados, señoras fresas que a los cuarenta se sienten viejas y se acuestan con estudiantes en pocilgas."
Se sirvió a sí misma un poco de vino, mientras yo pasé al agua mineral.  "A veces solo quiero decirles: you’re not dying, you’re just heartbroken. Don’t drown in a glass of water", soltó en inglés, mirando a la nada. "¿Y por qué me hablas en inglés?", le pregunté. "Soy colombiano, no de Vermont.". "Porque, huey, todo suena menos serio en inglés".
El beagle se acomodó en el suelo, resignado a no ser acariciado. Los cuyes, en cambio, se mostraban inquietos. Sus ojos rojos brillaban con una conciencia extraña, casi humana. Sentí que algo en la casa se desplazaba cuando el viento aumentó su fuerza: el norte no solamente soplaba, parecía entrar por las rendijas y reorganizar los objetos.
Gabby habló durante horas. Yo intervenía poco, apenas una pregunta, un comentario, un asentimiento. El afecto es un recurso escaso: cada abrazo, un lujo; cada caricia, una factura.
En algún momento se cansó de sí misma y me miró a los ojos.

—¿Y tú qué onda? ¿Qué te gusta de México? ¿Cuánto llevas aquí? ¿Cuál es tu trauma?
Cuál trauma, le reclamé. Le conté la versión abreviada: que llegué siendo estudiante de antropología, siguiendo a mi maestro Mike a Jalisco, para hacer trabajo de campo sobre pobreza y familia. Que él venía fascinado por esa idea de que la pobreza no era sólo económica, sino una cultura entera, una forma de estar en el mundo atravesada por la falta, la desconfianza, el aislamiento.
Gabby bostezó, pero con interés. México es un gigantesco Kindergarten, agregué, recordando a Roberto Bolaño. Un país de adultos que se resisten a crecer. 
"Sí", dijo Gabby, casi dormida. "El síndrome del infantilismo perpetuo… puer aeternus."
"¿Sabes latín?", le pregunté. "No", respondió. En vez de eso, se levantó, miró al beagle, miró a los cuyes y me ordenó con una naturalidad abrupta:
– Hoy duermes conmigo. 
Feliz, me levanté a abrazarla por la espalda; se zafó un poco para preguntarme si ya le había dado de cenar a los cuyes y al perro. "Sí, ya", le dije. Entonces le ordenó al sistema operativo de Alexa apagar, uno por uno, los interruptores de la casa, salvo el del pasillo que conducía a su cuarto. El foco del patio volvió a parpadear, esta vez como si diera su bendición. Entramos a su aposento.
Gabby no quería “coger”. Lo dijo así, con una mezcla de pudor y protocolo. Pero una vez en la cama, la intención pareció cambiar de temperatura. Había una ternura rara, sin promesa y sin futuro, como el viento del norte que refresca pero no se queda.
Quedé contento, extrañamente sereno.

3

Al clarear, la casa parecía otra. La desperté y le pedí que me abriera. El cielo apenas se nublaba, pero la luz tenía una textura metálica. Desde su ventana al oriente, juraría que vi, a lo lejos, una fina línea brillante: la costa del Golfo de México insinuándose en el horizonte. Era absurdo: Xalapa no tiene mar.  Estelas de aviones cruzaban el cielo, como cicatrices luminosas.
Bajé a mi coche. Para salir de su colonia tuve que activar Google Maps. La noche anterior había seguido su carro, pero ahora las calles se cerraban como trampas. Me equivoqué de camino varias veces; metí reversa en callejones sin salida, rodeados de bardas húmedas. En una de esas maniobras vi a un encapuchado recogiendo con guantes de plástico algo aplastado en el asfalto. No supe si era un gato, una zarigüeya o un cuy. Y pensé en el más inquieto de los cuyes de Gabby; imaginé que se había escapado durante la noche, huyendo del experimento conductista que tal vez ella llevaba años ensayando sin confesarlo.
Xalapa limita con la selva. Xalapa es un laboratorio botánico donde las emociones se pudren más rápido que las hojas.
Más tarde, de regreso a mi hotel, encendí el celular. Mensajes, noticias, alertas. El nombre del Mencho rebotaba en todas las pantallas: abatido en un operativo federal en Tapalpa, Jalisco; bloqueos en carreteras; clases suspendidas hasta en estados lejanos. 
Me pregunté cómo regresaría a Ciudad de México si la autopista México–Puebla seguía bloqueada por incendios y enfrentamientos. 
Ahora se ha ido la luz en Xalapa. He bajado al súper a comprar velas. Sólo había velas de la Santa Muerte, de San Judas Tadeo y de la Virgen de Guadalupe. Ninguna “neutra”. Tuve que escoger devoción. Entre la violencia y el caos, ganó San Judas, patrón de las causas imposibles. 
Mis amigos politólogos me dicen por WhatsApp que la orden de abatir al Mencho provino de Trump y de Rubio. Pensé en los imperios y en su vieja estrategia: “La mayor virtud del César es hacer de sus fronteras un desierto”. Estados Unidos se alimenta de esta anarquía mexicana como de un recurso renovable.

4

Al anochecer, con la última luz del crepúsculo, he subido a la azotea del mi hotel. El viento del norte sigue soplando, más frío, más afilado. Miré hacia el oriente y, por un segundo, veo la línea del mar donde no debería haber mar. Tal vez era sólo neblina. Tal vez era un error óptico. Tal vez Xalapa, en su falta de afecto, había decidido acercarse un poco al océano para sentir algo.