febrero 22, 2026

Lack of affection: el viento del norte en Xalapa


*Diario de un antropólogo colombo-gringo en México


1
Aunque estudié en la Universidad de Vermont y mi aspecto engaña a medio mundo, no soy gringo: soy colombiano, y llegué a México hace quince años en trabajo de campo con mi profesor Mike, que a su vez fue alumno devoto de Oscar Lewis y de la antropología “de la pobreza”. No de la pobreza material, sino de una economía compleja del afecto: un régimen de carencia emocional tan sofisticado como cualquier sistema financiero. 
Anoche, en un bar de Xalapa, coqueteaba —torpemente, con mis cuarenta y tantos encima— con Gabby, sexóloga de barrio fino. Me tocó soportar a su amiga boba celebrar a Pablo Escobar como “un genio”, sólo porque había oído que yo era colombiano. La amiga mandaba a callar a su esposo: "cállate, pendejo". El pobre era un hombre bueno, apocado, sentado a su lado. Yo pensaba en la frase de mi profe Mike, aquella que soltó décadas atrás en Tapalpa, Jalisco, tras entrevistar a una familia rota por la migración y el alcohol: “I’ve never seen such a lack of affection.” México como un extraño planeta afectivo. 
No sé en qué momento quedamos solos Gabby y yo. El bar pronto cerraría. Y aunque ella parecía caerse de bruces, borracha por el mezcal, se negó a dejar su carro en el estacionamiento y a que yo la llevara. Ni madres, me dijo. Ella manejaría. Tengo práctica en manejar peda. Para no parecer tan ruda, me besó, agradecida. "Si quieres ir a mi casa y seguir chupando, sígueme en tu coche",  me ordenó.  A mí me gustan las mujeres con carro, me dije, las que se conducen solas, aunque vayan directo al abismo.
2
Gabby vivía en una primera planta encima de una tienda de abarrotes. Xalapa no es un valle sino una ciudad derramada sobre lomas y barrancas; aquí las casas se acomodan donde pueden, como piedras después de un derrumbe. La casa de Gabby tenía la cochera en lo alto: una azotea-estacionamiento suspendida sobre la calle, y todavía debajo, como un sótano luminoso, una primera planta ocupada por una tienda de abarrotes abierta las 24 horas. “Aquí arriba —dijo al dejarme pasar al estacionamiento, cerrar el portón y luego bajar conmigo por unas escaleras angostas— se oye todo el desmadre, todos los madrazos, cómo se mientan la madre y cómo se la rompen: puro desmadre”.
Al oírnos llegar, el perro ladraba. Y lo primero que hizo Gabby al abrir fue soltarlo: el beagle salió disparado escaleras arriba a mear en el ficus minúsculo. La ventana de la cocina daba al estacionamiento. Desde el sótano, donde funcionaba la tienda de abarrotes, subía el zumbido de los refrigeradores. Era como un ruido de animales submarinos, pensé. En las paredes de la casa de Gabby, iluminados por las lámparas de neón, nadaban peces pintados: sierras, tiburones, ballenas, moluscos. "Los pinté para divertir a mi hija", me dijo. "Ahora la cabrona quiere ser bióloga marina".
Mujer viene de molusco, dije como por decir algo. Y Gabby se ecomocionó con la etimología. Claro. De ahí la concha. La vulva. 
Gabby me invitó a seguir a sus aposentos. Quería enseñarme sus dos cuyes oblongos. Ocupaban casi medio estudio en celdas desproporcionadas, mitad jaula, mitad consultorio. Yo ya no sabía si Gabby era psicóloga-sexóloga, pintora o veterinaria. 
Luego volvimos a la barra de la cocina. Mientras yo me tomaba otra chela, ella preparó la cena para sus animales. La preparó como un rito aprendido largamente: de la nevera sacó zanahoria, hojas verdes, fruta, y las dispuso en el plato con una geometría que no alcancé a seguir. Seguía borracha, pero ya menos. Cada cuy recibió su porción exacta, como si llegara a una cita clínica distinta. El beagle miraba la escena en silencio, sin reclamar nada.
Mientras tanto, a través de la ventana de la cocina, el foco del patio a comenzó a parpadear —encendido, apagado, encendido— y el viento del norte agitaba el ficus. Por un segundo tuve la impresión clara de que el árbol nos estaba enviando un mensaje en código morse, y que sólo a los cuyes les correspondía traducirlo.
"Sabes, doy terapias aquí, en la casa. Vienen mujeres destrozadas porque sus maridos miran a otra, muchachas que se enredan con profesores casados, señoras fresas que a los cuarenta se sienten viejas y se acuestan con estudiantes en pocilgas."
Se sirvió a sí misma un poco de vino, mientras yo pasé al agua mineral.  "A veces solo quiero decirles: you’re not dying, you’re just heartbroken. Don’t drown in a glass of water", soltó en inglés, mirando a la nada. "¿Y por qué me hablas en inglés?", le pregunté. "Soy colombiano, no de Vermont.". "Porque, huey, todo suena menos serio en inglés".
El beagle se acomodó en el suelo, resignado a no ser acariciado. Los cuyes, en cambio, se mostraban inquietos. Sus ojos rojos brillaban con una conciencia extraña, casi humana. Sentí que algo en la casa se desplazaba cuando el viento aumentó su fuerza: el norte no solamente soplaba, parecía entrar por las rendijas y reorganizar los objetos.
Gabby habló durante horas. Yo intervenía poco, apenas una pregunta, un comentario, un asentimiento. El afecto es un recurso escaso: cada abrazo, un lujo; cada caricia, una factura.
En algún momento se cansó de sí misma y me miró a los ojos.

—¿Y tú qué onda? ¿Qué te gusta de México? ¿Cuánto llevas aquí? ¿Cuál es tu trauma?
Cuál trauma, le reclamé. Le conté la versión abreviada: que llegué siendo estudiante de antropología, siguiendo a mi maestro Mike a Jalisco, para hacer trabajo de campo sobre pobreza y familia. Que él venía fascinado por esa idea de que la pobreza no era sólo económica, sino una cultura entera, una forma de estar en el mundo atravesada por la falta, la desconfianza, el aislamiento.
Gabby bostezó, pero con interés. México es un gigantesco Kindergarten, agregué, recordando a Roberto Bolaño. Un país de adultos que se resisten a crecer. 
"Sí", dijo Gabby, casi dormida. "El síndrome del infantilismo perpetuo… puer aeternus."
"¿Sabes latín?", le pregunté. "No", respondió. En vez de eso, se levantó, miró al beagle, miró a los cuyes y me ordenó con una naturalidad abrupta:
– Hoy duermes conmigo. 
Feliz, me levanté a abrazarla por la espalda; se zafó un poco para preguntarme si ya le había dado de cenar a los cuyes y al perro. "Sí, ya", le dije. Entonces le ordenó al sistema operativo de Alexa apagar, uno por uno, los interruptores de la casa, salvo el del pasillo que conducía a su cuarto. El foco del patio volvió a parpadear, esta vez como si diera su bendición. Entramos a su aposento.
Gabby no quería “coger”. Lo dijo así, con una mezcla de pudor y protocolo. Pero una vez en la cama, la intención pareció cambiar de temperatura. Había una ternura rara, sin promesa y sin futuro, como el viento del norte que refresca pero no se queda.
Quedé contento, extrañamente sereno.

3

Al clarear, la casa parecía otra. La desperté y le pedí que me abriera. El cielo apenas se nublaba, pero la luz tenía una textura metálica. Desde su ventana al oriente, juraría que vi, a lo lejos, una fina línea brillante: la costa del Golfo de México insinuándose en el horizonte. Era absurdo: Xalapa no tiene mar.  Estelas de aviones cruzaban el cielo, como cicatrices luminosas.
Bajé a mi coche. Para salir de su colonia tuve que activar Google Maps. La noche anterior había seguido su carro, pero ahora las calles se cerraban como trampas. Me equivoqué de camino varias veces; metí reversa en callejones sin salida, rodeados de bardas húmedas. En una de esas maniobras vi a un encapuchado recogiendo con guantes de plástico algo aplastado en el asfalto. No supe si era un gato, una zarigüeya o un cuy. Y pensé en el más inquieto de los cuyes de Gabby; imaginé que se había escapado durante la noche, huyendo del experimento conductista que tal vez ella llevaba años ensayando sin confesarlo.
Xalapa limita con la selva. Xalapa es un laboratorio botánico donde las emociones se pudren más rápido que las hojas.
Más tarde, de regreso a mi hotel, encendí el celular. Mensajes, noticias, alertas. El nombre del Mencho rebotaba en todas las pantallas: abatido en un operativo federal en Tapalpa, Jalisco; bloqueos en carreteras; clases suspendidas hasta en estados lejanos. 
Me pregunté cómo regresaría a Ciudad de México si la autopista México–Puebla seguía bloqueada por incendios y enfrentamientos. 
Ahora se ha ido la luz en Xalapa. He bajado al súper a comprar velas. Sólo había velas de la Santa Muerte, de San Judas Tadeo y de la Virgen de Guadalupe. Ninguna “neutra”. Tuve que escoger devoción. Entre la violencia y el caos, ganó San Judas, patrón de las causas imposibles. 
Mis amigos politólogos me dicen por WhatsApp que la orden de abatir al Mencho provino de Trump y de Rubio. Pensé en los imperios y en su vieja estrategia: “La mayor virtud del César es hacer de sus fronteras un desierto”. Estados Unidos se alimenta de esta anarquía mexicana como de un recurso renovable.

4

Al anochecer, con la última luz del crepúsculo, he subido a la azotea del mi hotel. El viento del norte sigue soplando, más frío, más afilado. Miré hacia el oriente y, por un segundo, veo la línea del mar donde no debería haber mar. Tal vez era sólo neblina. Tal vez era un error óptico. Tal vez Xalapa, en su falta de afecto, había decidido acercarse un poco al océano para sentir algo.

febrero 19, 2026

Otto en el umbral: etnografía de un exmarido en la Europa de las vanguardias históricas




En el año 1928, en una ciudad portuaria del Báltico llamada Neumünde, un joven musicólogo llamado Otto Hartmann fue expulsado del piso que compartía con su esposa y los dos hijos de ambos. La explicación oficial era sobria: “incompatibilidad de proyectos”, “agotamiento del vínculo intelectual”, “necesidad de emancipación femenina”. La explicación extraoficial cabía en una frase menos elegante: un romance con un estudiante de primer semestre de germanística.

1. Introducción: estado del arte del cornudo liminal

La situación de Otto, desde luego, merecía un estudio serio. No tanto por el dolor doméstico, sino por su impecable adecuación a la teoría antropológica en boga. En ese mismo año, algunos colegas en París comentaban, en cafés mal ventilados, un curioso libro de 1909: Les Rites de Passage, del etnógrafo Arnold van Gennep, donde se describía la estructura tripartita de los ritos de paso: separación, margen (o liminalidad) e incorporación.

Otto, musicólogo  aplicado, decidió que su propia vida conyugal podía leerse como un caso ejemplar. Había sido separado de su papel de esposo; vivía ahora, literalmente, en el margen de la ciudad, en una habitación alquilada sobre una imprenta; y algún día —le aseguraban sus amigos— se incorporaría de nuevo a la sociedad, quizá como profesor titular, quizá como autor de un libro que nadie leería pero todos citarían. En ese ínterin, tomó notas.

Lo que sigue es una reconstrucción de su manuscrito inédito, Notas para una etnografía del exmarido nórdico, encontrado años después en un archivo húmedo, entre programas de ópera y boletas de impuestos.

2. Fase preliminal: de esposo burgués a sujeto separado

Otto comienza, con rigor clínico, por la fase de separación:

“Siguiendo a van Gennep, debo reconocer que mi expulsión del domicilio conyugal constituye una ruptura formal de estatus. Me han sustraído el anillo, el sofá y el acceso inmediato a la biblioteca grande. Se trata, pues, de una muerte simbólica.”

La esposa, profesora de gramática inglesa, había elaborado su propio discurso: el matrimonio, decía, había devenido institución opresiva; el marido, una figura anacrónica; el estudiante, en cambio, representaba la juventud, la espontaneidad, la promesa de una comunidad erótica sin patriarcado.

Otto anota con sarcasmo académico:

“Es llamativo que, para escapar a la forma burguesa del matrimonio, mi exesposa haya elegido el rito de iniciación más burgués de todos: el amante exótico, cuidadosamente seleccionado del grupo subordinado (el estudiante), a quien se promete acceso a cierto capital simbólico a cambio de devoción. Véase aquí una suerte de inversión paródica del potlatch: se regalan seminarios privados a cambio de adoración.”

La separación se consuma con una breve ceremonia: firma del juez, inventario de muebles, asignación de los niños (6 y 8 años) a la custodia materna, pensión fijada “con perspectiva de género”. Otto sale del edificio cargando dos maletas, una máquina de escribir y un ejemplar manoseado de van Gennep.

3. Liminalidad: el exmarido como ser umbral

Es en la fase liminal donde Otto encuentra su verdadera vocación teórica. Citando a Victor Turner, escribe:

“El liminar es ‘ni esto ni aquello; ni aquí ni allí; es betwixt and between’. En Neumünde, el liminar recibe el nombre de ex.”

El ex habita un territorio ambiguo: no pertenece ya al barrio respetable de las familias completas, pero tampoco al mundo ligero de los solteros jóvenes. No es aún maestro emérito, ni bohemio declarativo; es un individuo suspendido entre proyectos.

Otto describe su nueva habitación: una mesa, dos sillas, una cama estrecha, una ventana con vista a chimeneas. En el muro, un mapa que une, con hilos rojos, Neumünde, Berlín, París y Bogotá (ciudad que no conoce, pero que le han descrito como un lugar perfecto para huir). Cada hilo representa una posibilidad de incorporación futura: una cátedra, un libro, unos hijos adolescentes que viajen a visitarlo.

Mientras tanto, su vida cotidiana se puebla de prácticas liminales:

Lleva a sus hijos al parque los días asignados por el juez;

Los niños, a ratos fríos y silenciosos, a ratos entusiastas, encarnan a su vez una subjetividad liminar: pertenecen a dos casas, duermen en dos camas, aprenden a hablar dos versiones de la misma historia.

La exesposa, por su parte, mantiene un curioso doble estatuto: frente a la comunidad académica se presenta como mujer emancipada; frente a los niños, como "víctima" de un padre “difícil”; frente al estudiante, como sacerdotisa que lo ha elegido para un rito secreto.

Otto observa:

“La liminalidad, en este caso, no se limita al exmarido. Los niños devienen sujetos intersticiales, betwixt and between dos narrativas maternas y paternas. El estudiante ocupa también una posición ambigua: ni colega ni hijo, ni esposo ni alumno. Es un personaje transitorio, cuya función principal es dramatúrgica.”

En este “tiempo fuera del tiempo”, el exmarido descubre, con cierto asombro, que las normas habituales se suspenden. Se permite, por ejemplo, llorar en la fila de la panadería, reír solo en el tranvía, tomar notas etnográficas en el club de golf. Descubre que puede vivir sin gritos nocturnos ni amenazas (ella solía decirle “buscaré cualquier amante para deshacerme de ti”), aunque su sistema nervioso tarde en creerlo.

4. Communitas: exmaridos, impresores y padres de parque

Turner sostiene que en la liminalidad surge con frecuencia una communitas: vínculos igualitarios que se forman entre quienes comparten el umbral. Otto lo comprueba de forma pedestre.

Se hace amigo del impresor del piso de abajo, de un médico que también ve a su hijo solo los fines de semana, y de un pequeño grupo de hombres que juegan golf los jueves al atardecer. Ninguno de ellos encaja ya en la figura del padre victoriano; todos pagan pensiones, todos saben lo que es dejar a un hijo en el portal de un edificio y regresar solo a una habitación alquilada.

En sus notas, Otto registra con ironía:

“La communitas de los jueves no está formada por guerreros ni por jóvenes iniciados, sino por señores ligeramente miopes, con sobrepeso y palos usados. Y sin embargo, en los swings o golpes secos, se instala una solidaridad que los manuales de derecho de familia no contemplan: la del padre que no huye.”

Este detalle resulta crucial. En muchas etnografías de la modernidad tardía, el varón separado elige la fuga: otro país, otra ciudad, otra vida. Otto decide lo contrario. Su liminalidad no será una antesala de la deserción, sino el laboratorio de una nueva forma de paternidad.

5. Incorporación: proyecto de casa, libro y viaje

Los manuales de antropología insisten en que la fase liminal culmina en una incorporación: el sujeto adquiere un nuevo estatuto, con símbolos y obligaciones renovadas. Otto, hombre riguroso, se propone acelerar ese tránsito.

Primero, el símbolo material: una casa. No una casa burguesa de fachada solemne, sino un departamento modesto pero propio, cerca del parque donde juega con su hija y no demasiado lejos de la universidad. La hipoteca, observa, funciona como el equivalente profano del tatuaje iniciático: marca el cuerpo del tiempo futuro.

Segundo, el símbolo intelectual: un libro. Decide escribir un ensayo híbrido —mitad parábola, mitad tratado— sobre la figura del exmarido liminal en la Europa de entreguerras. Ahí reelabora su dolor en clave de teoría cultural, convirtiendo la traición doméstica en laboratorio de conceptos. El manuscrito que conservamos pertenece a esa tentativa.

Tercero, el símbolo geográfico: el viaje. Aunque la exesposa retiene, por ahora, los pasaportes de los niños, Otto comienza a trazar itinerarios imaginarios: un verano en una ciudad andina, un otoño de archivos en Viena, una conferencia en una universidad californiana que aún no existe. El itinerario es, de momento, un mapa mental, pero actúa como vector de incorporación: sitúa al exmarido más allá del pequeño teatro de Neumünde y sus escándalos.

En una nota tardía, escribe:

“Tal vez la liminalidad del exmarido europeo consista, en último término, en aprender a habitar el tiempo sin esperar drama. El verdadero rito de paso no es de esposo a soltero, sino de antagonista de una mujer resentida a ciudadano tranquilo de un mundo más amplio.”

6. Conclusión: del antropólogo traicionado al Proteo ciudadano

Si algo hace interesante —y cómica— la figura de Otto Hartmann es que toma al pie de la letra una teoría pensada para adolescentes de tribus africanas y la aplica a un profesor de musicología en un puerto frío. Pero en esa desproporción reside precisamente su lucidez.

Visto desde el futuro, Otto es un personaje posdivorcial avant la lettre:

–se niega a ser reducido al rol de villano en la narrativa de la exesposa,

–convierte la humillación en materia de escritura,

–reconvierte la habitación alquilada en espacio de transformación,

–y apuesta por una paternidad persistente, sin melodrama y sin huida.

Su vida no se resuelve en un final feliz hollywoodense. Lo que obtiene es algo más sobrio y, quizá, más pagano: una forma de alegría serena, hecha de trabajo intelectual, paseos con sus hijos, viajes esporádicos y una casa pequeña llena de libros que nadie le puede quitar.

En términos de van Gennep, el rito de paso se ha completado; en términos de Spinoza, su conatus ha dejado de desgastarse en pasiones tristes y ha encontrado, al fin, una dirección propia. Otto deja de ser “el marido que fue” para convertirse en un ciudadano Proteo, capaz de cambiar de forma —profesor, escritor, padre viajero— sin perder el núcleo de su dignidad.

Y quizá ese sea el secreto que su parábola deja entrever: no todos los amores que terminan merecen un duelo eterno; algunos merecen, simplemente, un buen diseño de investigación, una hipoteca razonable y un pasaporte listo para cuando, por fin, la fase liminal se dé por concluida.

febrero 18, 2026

Ebriedad metafísica nocturna



«La luna ha desgarrado ya el manto de la noche. Bebe. Manténte alegre, porque durante mucho tiempo ha de brillar la luna sobre nuestros sepulcros» (Omar Khayam). Eso se repitió Sarmiento al abandonar su antigua casa de casado (casarse viene de casa) y vislumbrar, al otro de la autopista, el cementerio de la ciudad. De manera que enfiló su auto hacia el bar, el lugar donde mejor lo trataban. 


  Jules Evola llamaba a seguir una disciplina hasta el nivel de la vida comunitaria, para que fuera posible darse cuenta de la inutilidad de todo sentimentalismo y complicación emocional. La compasión, el miedo, la esperanza, la impaciencia y la angustia son depresiones mentales que alimentan los poderes ocultos y vampíricos de la negación. 

Y esos poderes ocultos y vampíricos de la negación se manifiestan en quienes más gruñen y más ladran, pues tienen oculto collar e invisible cadena. Solo las personas libres son entre sí muy agradecidas, útiles unas a otras, sonrientes, y sólo ellas están unidas entre sí por la más estrecha amistad (Spinoza, Ética). La ingratitud es deshonrosa, pues generalmente revela a una persona afectada de odio, ira, soberbia y avaricia. 

No existen Dios y yo. Yo soy una parte de Dios. Mía es una parte de su potencia de existir y obrar. Yo soy uno más de los modos en que Dios se manifiesta en las estrellas y las montañas, en las ideas y las pasiones. 


Las respuestas de un maestro, leyó Sarmiento en Política del amor universal de Mo Ti (un filósofo chino del siglo V-IV a. C.), tienen que contener algo que el discípulo ignora.