marzo 10, 2026

¿Existe lo posnacional?



"¿Qué opina de lo posnacional?", me preguntó al final una estudiante muy lista. 

El profesor colombiano residente en México, que de pronto aparece en Francia invitado por Navarra, es un fenómeno simpático para los formularios de movilidad académica, pero habitar varios países a la vez no vuelve a nadie posnacional: apenas  sospechoso en tres aduanas distintas.

Impartí esta charla desde la habitación de un hotel en Burdeos, cuna de Montaigne, mientras hacía una estancia como profesor invitado en Navarra (y mientras mi padre, de vacaciones, rondaba la puerta esperando a que por fin terminara de hablar para irnos a caminar junto al río Garona, cuyas aguas navegables gozan de mejor conexión con el mundo que el wifi del hotel).

Estudiantes mujeres y hombres (más mujeres que hombres) me oían desde Medellín en un salón de la UPB bajo la tutoría del profesor Juan Esteban Villegas Restrepo. Entonces les conté que la idea de escribir una historia de la literatura colombiana no nació en un congreso ni en una convocatoria con logo institucional, sino en un diálogo casi conspirativo cuando yo era estudiante de literatura en la Universidad de los Andes. Pero que tampoco surgió de tomar clase con un profesor, sino de tomar tinto con un escritor, Germán Espinosa, en un café contiguo a Los Andes. 

Espinosa me soltó la bomba con una naturalidad casi criminal: que yo debería escribir esa historia. Yo, naturalmente, me emocioné como quien cree que le acaban de dar la misión de reescribir la Biblia. 

Espinosa, viendo mi cara, afinó la estrategia pedagógica: prohibición y secreto. “No se lo digas a nadie”, me advirtió, “no por miedo a que te roben la idea, sino porque te desanimarán; te dirán que estás muy joven y que no vale la pena intentarlo”. Así quedó sellado el pacto: operar en modo clandestino, como si investigar literatura fuera una sociedad secreta y no una profesión respetable.

La primera instrucción del complot fue clara: “Acoge el modelo del breviario de Enrique Anderson Imbert, el de su Historia de la literatura hispanoamericana”. Yo obedecí con fervor casi religioso. Los dos tomos, publicados en la colección de breviarios del Fondo de Cultura Económica, los leí “como bebiendo agua”.

En las mañanas, antes de que Bogotá terminara de decidir si hacía frío o más frío, yo releía la Breve historia de la literatura hispanoamericana; en las tardes, me iba al cuarto piso de la Luis Ángel Arango. Ahí empezó la sospecha de que la historia literaria no es una suma de nombres, sino una coreografía de ausencias, malentendidos y geografías mal dibujadas.

Mientras preparaba mi Breve historia de la narrativa colombiana, volví una y otra vez a los cronistas de Indias, y en la charla compartí una escena que siempre me persigue: Pedro Cieza de León entra en el valle de Aburrá, futuro escenario de mi ciudad natal, Medellín, y describe cómo los naturales, aborreciendo la llegada de los españoles, se ahorcaban con sus cabellos o de los árboles, aullando con gemidos lastimeros antes de “abajar las ánimas a los infiernos”.

Y yo me pregunté con qué cara se escribe una épica de fundación sobre este valle si su acta de nacimiento parece un parte forense. Esa tensión entre el mito heroico y el prontuario criminal es uno de los nervios secretos de la narrativa colombiana. Ahí entendí que una historia literaria de verdad no puede ser complaciente: tiene que escuchar las voces que el manual escolar omite.

En la charla subrayé por qué me incliné por el concepto de narrativa y no por el más amplio y cómodo de “literatura”. La narrativa permite pensar estructuras de tiempo, voces, dispositivos de representación del poder y del espacio que atraviesan novelas, crónicas, testimonios, blogs y hasta comunicados ministeriales. En ese giro fue decisiva la lectura de Roberto González Echevarría y su propuesta de entender la narrativa latinoamericana como un sistema atravesado por tres grandes discursos históricos. Los resumí no como dogmas, sino como lentes:

1) Un discurso teológico‑legal del Imperio español (1500‑1800), que legitima la conquista y organiza la realidad como expediente jurídico ante Dios.

2) Un discurso racionalista‑científico ligado a los imperios armamentísticos de la Ilustración (1800‑1900), donde la novela y el ensayo miden, clasifican y “civilizan”.

3) Un discurso antropológico de los nuevos Estados nacionales (1900‑2000), que convierte al “pueblo” en objeto de estudio y laboratorio de identidad.

Mi apuesta, les dije, fue leer la narrativa colombiana siguiendo esas mutaciones, sin perder de vista sus cortes, desvíos y sabotajes locales.

Una de las partes que más disfruté explicar fue la de la “realidad espacial del investigador”. No hablé de laboratorios ni de campus inteligentes, sino de tres escenarios modestos y decisivos:

Bibliotecas: donde uno lee y anota, convencido de que esos garabatos en el margen algún día serán un libro y no un jeroglífico vergonzante.

Cafés: donde se discute y se polemiza, preferiblemente en la blogosfera antes que en la jungla algorítmica de las redes sociales.

Salones de clase: donde se aprende y se enseña al mismo tiempo, porque no hay nada más productivo que un estudiante haciendo la pregunta incómoda que el libro no responde.

Les conté que Breve historia de la narrativa colombiana nació justamente de ese triángulo. Si uno de esos vértices falta, la investigación se vuelve coja: o se encierra en erudición sin público, o se disuelve en conversación sin rigor.

Lo posnacional, al fin y al cabo, podría definirse así: un concepto diseñado para tranquilizar conciencias en conferencias internacionales sobre Montaigne,  mientras la policía sigue pidiendo documentos en la frontera. Yo prefiero una definición más doméstica y menos elegante: lo posnacional es el instante en que cierras la videollamada con Medellín, apagas la cámara, tu padre golpea la puerta del hotel para ir beber vino junto al Garona, y tú te preguntas de qué país fue exactamente esa clase que acabas de dictar.



marzo 09, 2026

La fuerza de la geografía: Colombia entre el bios y la vis





Violencia viene de vis, que significa fuerza en latín, pero a su vez viene del griego bios, que significa vida. 
Foto cortesía de Juan Diego Molina. De izquierda a derecha: S.P.B., Carlos Malaumud y Pilar Latasa

Comencé con esta breve digresión, el pasado 28 de noviembre de 2025, mi intervención en el tribunal de la tesis doctoral de Juan Diego Molina, «El cambio político en Colombia durante el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010)». 

La digresión fue necesaria para que nuestro auditorio comprendiera la magnitud de los problemas a los que se enfrentó Juan Diego Molina, un estudiante doctoral de origen guatemalteco-español, a cuyo tribunal fui invitado por el profesor Pablo Pérez. 

 Se suele decir que la orografía colombiana es, después de la del Tíbet, una de las más accidentadas del planeta: no se trata de un territorio homogéneo, sino de una constelación de ciudades separadas por abismos y cordilleras.

Esa geografía no es un simple decorado; es un actor histórico que ha condicionado la forma del Estado, la economía y, por supuesto, los mecanismos de seguridad y de guerra. Durante décadas, esas montañas han funcionado como murallas que dificultan que la autoridad central se proyecte de manera efectiva sobre valles, selvas y llanuras.​

Desde esa premisa, la pregunta que recorre mi lectura de esta tesis es la siguiente: ¿hasta qué punto esa geografía imposible ayuda a explicar la tentación histórica de ciertos hacendados y empresarios regionales de privatizar su seguridad, en lugar de apostar por un Estado capaz de garantizarla en todo el territorio? 

Si el Ejército tarda días en cruzar una cordillera para proteger una finca o una carretera estratégica, el actor local tiende a buscar soluciones propias. La tesis de Juan Diego muestra con claridad cómo, en distintos momentos, esa respuesta ha tomado la forma de organizaciones armadas privadas, cooperativas de vigilancia o estructuras paramilitares, con consecuencias de largo alcance para el orden institucional.​

Entrando ya en el periodo 2002‑2010, el trabajo asume un reto mayúsculo: analizar lo que denominamos historia del tiempo presente. No hay nada más difícil que estudiar un pasado que todavía condiciona la conversación pública y las pasiones políticas. 


Un mérito relevante del manuscrito es que no se limita a repetir lecturas militantes, positivas o negativas, sino que sitúa este ciclo en un continuum histórico más amplio, que arranca en la Violencia de mediados del siglo XX, pasa por el Frente Nacional y llega hasta el Plan Colombia y el Plan Patriota. En esta línea, el trabajo dialoga con autores como Marco
Palacios, Frank Safford o Francisco Leal Buitrago para mostrar cómo Colombia pasó, en los años noventa, de ser uno de los países más violentos del mundo a ensayar un modelo de Estado fuerte que busca combinar autoridad, mercado y apertura democrática.​

Desde el punto de vista del análisis político, es sugerente observar que el giro hacia un proyecto de orden y seguridad sea liderado por un presidente que procede del Partido Liberal, lo que obliga a matizar las categorías clásicas de “derecha” e “izquierda” y a hablar más bien de tradiciones conservadoras, tecnocráticas o populistas que se remontan, a juicio del historiador Santiago Pérez Zapata, a la época de Núñez y Caro en la Regenaración y que se reconfiguran cien años después en clave de Posguerra Fría. 


Con estas observaciones, quiero cerrar reiterando dos ideas. La primera: el trabajo de Juan Diego Molina constituye una contribución original al estudio del Estado colombiano contemporáneo, por su capacidad de integrar historia, ciencia política y análisis jurídico sin caer en simplificaciones ideológicas. La segunda: el debate que abre sobre la relación entre geografía, seguridad y arquitectura institucional no concierne solo a Colombia, sino que interpela a cualquier sociedad que se enfrenta al dilema de cómo garantizar el orden sin sacrificar el pluralismo ni la libertad. 

Me permito, por ello, felicitar nuevamente al Juan Diego y animarlo a transformar esta investigación en una publicación que pueda dialogar con la historiografía internacional sobre Estado, violencia y seguridad en el mundo iberoamericano.



marzo 01, 2026

Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G


Etnografía imaginaria*

Prefacio

Si, como repiten ciertos historiadores de los medios (Kittler, Marcel Mauss, Auserón), el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas –la voz que ofrece, promete, seduce, negocia–, entonces música y comercio han caminado siempre de la mano. 

En la fase reguetonera del capitalismo tardío, las tiendas y plazas comerciales ya no necesitan acuñar moneda ni demasiada publicidad: basta con sumergir al cliente en la atmósfera sonora de Karol G para activar el circuito deseo–compra–selfie. 

En el departamento de Antropología solemos hablar de “recintos sombríos” ("grim enclousures") para referirnos a colonias, asilos, campos de concentración: esos laboratorios de humanos donde la modernidad afina sus algoritmos de obediencia.

 Leyendo el libro de Geoghegan, veo que se puede montar un "grim enclosure" con reguetón, plazas académicas y departamentos amueblados con Ikea.

En lo que sigue, transcribo fragmentos del diario de campo de una antropóloga amiga que observa a otra colega fascinada por las letras de Karol G. 

Diario de campo: 

Mi colega –llamémosla Karo, por fidelidad musical– se convirtió en otro sujeto etnográfico el día que firmó su plaza de investigadora en una universidad pública de provincia. Hasta entonces era una antropóloga más: seminarios sobre género, papers en revistas indexadas, becas bien viajadas. El contrato indefinido fue su “ya estoy free”:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free / puesta pa’ revivir viejos tiempos...” 

Por los audífonos de Karo, las lyrics de Karol G actuaron como mandato ontológico, no como estribillo bailable.

Recinto 1: dinamitar la casa 

Primero vinieron los escándalos domésticos: desaires metódicos al marido, sexo mínimo y malhumorado (“el coito como dispositivo de castigo diferencial”, lo llamaría en sus clases), performances nocturnos de “me estrello con el carro”, que mezclaban autolesión fingida y control de la agenda conyugal. Él leía en la sala, ella amenazaba en la puerta. 


Luego apareció el estudiante. Un muchacho aplicado al que Karo identificó de inmediato como material etnográfico y biográfico:

“Si antes te hubiera conocido / seguramente estarías bailando esta conmigo, no como amigos...”

De la Karol de los estadios a la Karo de las aulas y las plazas, lo traducción sería: “si antes te hubiera conocido, tú serías el marido y no este señor que me consiguió casa, hijo y escalafón, pero me recuerda cada día que no me hice sola”.

Finalmente,  le decretó el divorcio al profesor con el que se había casado y tenido un hijo que ya contaba con ocho años, pero no se conformó con dinamitar el matrimonio. Aunque el profesor aceptó todas sus condiciones, incluyendo la pérdida de su nutrida biblioteca, Karo se irritó por tanta serenidad. Con todo, ella tenía que ser discreta con la fase dos del experimento. 

Recinto 2: la jaula del hámster-estudiante

El laboratorio se armó rápido. Ella alquiló una pocilga en una calle empinada de la ciudad –lo llama “loft”, pero huele a humedad y fritanga– y lo instaló allí. Él, como buen hámster, aceptó las condiciones:
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.

El estudiante rueda en su rueda metálica (tesis, reseñas, favores, caricias a deshoras); ella entra y sale, como guardiana del zoológico humano descrito por los viejos antropólogos, alternando protección y privación, abrazo y portazo.

La banda sonora es coherente:

“Taba con alguien, pero ya estoy free”, como declaración de independencia con patrocinio estatal;
“Yo me caso contigo / mi nombre suena bien con tu apellido / ‘toy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”, como fantasía de reescritura matrimonial siempre aplazada.

En la práctica, Karo no se casa con nadie: mantiene al ex-marido como proveedor oficial, al hámster como amante experimental y al hijo como rehén afectivo. La libertad reguetonera, traducida a régimen de plaza, significa “rotar de hombre sin perder el queso”.

La antropóloga dilapida su sueldo de investigadora de tiempo completo en camisetas y joyería premium con merchandising oficial de Karol G.  

El viaje a Madrid para ver a Karol G en el Bernabéu fue su rito de paso:

“Provenza” en Spotify, Provenza en Instagram,
“’toy free” en stories, marido y niño en casa, esperando el turno de convertirse en notas al pie de un paper sobre maternidades precarizadas.

Desde mi libreta de campo, el experimento se ve así:

Recinto 3: la "casa oficial"

Aquí Karo juega a ser madre intachable. El niño de nueve años –mi verdadero informante– la adora y teme a la vez. Sabe, sin saber, que si un día aparece un “tío” nuevo en la sala, su vida puede reconfigurarse en un fin de semana. El padre, expulsado primero del dormitorio y después de la casa, ha quedado reducido a figura de transferencia bancaria y a chófer eventual.


El estudiante no aparece en fotos familiares ni en chats de escuela. Es un sujeto en cautiverio: respira solo cuando ella abre la puerta. Karo le explica que todavía no puede integrarlo al ecosistema oficial porque “el niño quiere mucho a su papá y no quiero que piense que lo cambié por un chamaquito”.

 Traducción: mientras el ex financia casa y colegio, el hámster debe permanecer off–line.


Recinto 4: el campus y las redes


Aquí Karo es heroína feminista. En coloquios y asambleas narra su historia como la de una mujer que escapó de un matrimonio opresivo, se “puso free” y rehizo su vida con un amor puro con diferencia de edad. El hámster se vuelve alegoría; el ex, patriarcado; cualquier disidencia, violencia simbólica.

Los tres recintos se comunican por pequeños cables invisibles: chats borrados, fotos recortadas, rumores de pasillo llevan la noticia de su experimento a una velocidad que Karo prefiere no calcular.

Como antropóloga, debería limitarme a observar y describir. Como colega, a veces solo atino a pensar que el animal más cruel de este encierro no es el hámster, ni el ex-marido, ni siquiera la institución que paga el salario; es esa voz en la cabeza de Karo que le susurra, con base y autotune:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free”,
“yo me caso contigo, estoy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”.

Mientras tanto, el niño de nueve años aprende dos lecciones contradictorias: que su papá es prescindible y que su mamá nunca está del todo aquí. Él sí es el verdadero sujeto de prueba de este experimento sombrío.