En «La terraza de Charlie», donde almuerzo casi a diario, entran hoy a comer dos señoras mayores. Se sientan en una mesa diagonal a la mía. Ambas, escucho, trabajan de empleadas domésticas. Se quejan de limpiar excrementos de mascotas y negociar permisos con sus "patronas" para no quedarle mal al pastor el sábado. El pastor les ha mandado un audio al guasap grupal: lo reproducen una y otra vez. Sábado a las dos. El rezo. El diezmo. A ver si la patrona les da permiso. Untan la tortilla de frijoles, le chorrean tantito limón y, mientras muerden con la boca entreabierta, siguen desahogándose.
En la gramática de la supervivencia mexicana, el verbo "decir" es mucho más frecuente que el verbo "hacer". Las señoras no hablan de lo que hicieron o de lo que harán, sino de lo que dijeron.
“Le digo que no me dio permiso”.
“Me dijo que ahorita no”.
“Le dijeron que siempre sí”.
"Yo no más le digo".
"Te digo que no me alcanza.”
“Y me dice que a ver luego.”
“Te andan diciendo que ya no va a venir.”
“Yo le dije que así no se puede.”
“Me dijo que según mañana me paga.”
“Le dije ‘no se enoje, señora’, y se quedó callada.”
“Dicen que ya corrieron a la muchacha de la otra casa.”
El verbo "decir" se conjuga en un presente narrativo voraz. En Madrid, el "he dicho" pone un cerrojo (el pasado compuesto); en México, el "le digo" deja la puerta abierta. Es un tiempo circular. El tiempo se encoge en un bucle donde pasado y futuro son engullidos por el acto de "decir", de relatar, de rehacer la escena para que el otro la reconozca.
En Bogotá, el “no le digo” es la coletilla final de una advertencia (“no le digo…” como quien ya lo había anticipado) y el “cómo le digo” es el preámbulo diplomático de una mala noticia. En México, en cambio, el “decir” sube un escalón más: es casi la unidad básica de existencia social; lo que no se dijo, no sucedió.
Mientras las señoras esperan el plato fuerte, yo juego por inercia una partida de ajedrez online en mi Iphone, pero el oído se me va hacia ellas. Una relata cómo pidió el domingo para ir a un bautizo. “Le digo que si me da chance de ir, que es por mi papá, que ya ve que se infartó. Y que me dice que ahorita no se puede, que hay que ver primero lo de los niños”. El conflicto no se formula en términos de derechos, sino de permisos: “chance”, “ahorita se puede”, “a ver si me da”. El verbo “poder” aparece subordinado a “decir”: ella no puede o sí puede según lo que “la señora” haya dicho. Y en medio de todo, un adverbio omnipresente, elástico, misterioso: “ahorita”.
En Colombia también decimos «ahorita», es verdad, pero en mi oído andino-paisa seguía funcionando sobre todo como diminutivo temporal relativamente cercano. Aquí, en cambio, «ahorita» se ha convertido en una especie de comodín temporal y afectivo, una zona de ambigüedad donde caben la cortesía, la procrastinación, la esperanza y la evasión.
La lingüística llama al «ahorita» mexicano polisemia y lexicalización. Y de tanto usarse, «ahorita» se ha independizado del sentido puntual del sufijo diminutivo y funciona ya como partícula flotante, cargada de matices atenuadores, eufemísticos. Ahorita puede querer decir “ya voy” cuando en realidad significa “no voy”, pero suaviza el golpe; puede abarcar un pasado reciente (“ahorita en la mañana”) o un futuro lejano (“ahorita en diciembre”, aunque estemos en marzo). No es una unidad de tiempo cronológica, sino emotiva.
En las relaciones patrona–empleada, “ahorita” cumple una función precisa: administrar la obediencia sin confrontación directa. “Ahorita lo hago” es una fórmula de cortesía que aplaza la acción sin decir abiertamente “todavía no quiero” o “no me da la vida”. Del lado de la patrona, “ahorita no se puede” suspende el deseo de la otra en un limbo temporal: ni sí ni no, sino un todavía-no que mantiene la jerarquía y al mismo tiempo permite conservar una autoimagen de amabilidad. No es casual que un estudio reciente hable de la “expansión” de ahorita como parte de un cambio lingüístico donde la frecuencia fija su uso y lo convierte en pieza estable de la gramática afectiva.
De pronto, una de las señoras suelta un “no más” como adverbio con valor similar a “solamente” o “apenas”. Por ejemplo, “me paga bien, no más que no me deja salir”. Con lo cual, ese nomás atenúa el conflicto y lo presenta como una pequeña objeción dentro de un cuadro general aceptable. Es una forma de miniaturizar la injusticia para hacerla soportable.
Pienso entonces en mi hija de siete años, nacida en México pero educada entre mis colombianismos y el español letrado. Ella sí dice “solo que”: “Papá, me gusta ir, solo que me canso”, “quiero ir a jugar tenis contigo, solo que hoy tengo psicóloga”. En su boca, el “solo que” abre una cláusula de negociación, un espacio de matiz. Me pregunto cuánto tardará en adquirir ese “no más” que oigo a diario en la calle, y qué implicará ese paso: un ajuste inocente de registro o la incorporación de una forma sutil de resignación.
Hay una dimensión de clase en todo esto. «La terraza de Charlie» está en un barrio donde se cruzan empleados universitarios, oficinistas, estudiantes y trabajadoras domésticas que vienen de las colonias de la periferia. Mi oído, formado en el Instituto Caro y Cuervo, tiende a registrar al vuelo los sociolectos: quién dice “nomás” y quién “no más”, quién recurre al “ahorita” para todo y quién prefiere “luego” o “en un rato” o "al rato". Pero no quiero escribir como el filólogo que disecciona desde arriba; me interesa, más bien, observar cómo esas partículas construyen mundos. Cuando una señora dice “ahorita que me paguen, ya veo si voy al doctor”, el adverbio no solo marca un tiempo incierto: marca una economía precaria, una salud pospuesta, un cuerpo subordinado a los plazos de otra.
Quince años en México me han enseñado que la verdadera nacionalización no fue mi credencial para votar, sino haber aprendido a distinguir, en una fonda de Xalapa, cuándo un “ahorita” significa “nunca” y cuándo es, de veras, ahora.
Mientras pago la cuenta, las señoras se levantan. Una dice: “Le digo que ahorita el patrón anda muy sentido, no más que no nos dijo por qué”. Me quedo con esa frase: “anda muy sentido”. La afectividad del patrón importa, pero se mantiene inescrutable, sin explicación. Otra vez el verbo decir aparece en negativo: “no nos dijo por qué”. La opacidad del poder se registra como déficit de discurso. En la pequeña sociolingüística de la terraza, quien tiene el derecho de “decir” define el marco de lo posible.
Camino de regreso a casa pensando que estas observaciones, en apariencia minúsculas, son parte de la educación lingüística de mi hija y de la mía. Ella crece entre el “solo que” que oye en mi boca, los “ahorita” ubicuos de sus maestras y los “nomás” de las canciones que le gustan. Yo, por mi parte, sigo tomando nota, como aquel joven investigador del Caro y Cuervo que fui, pero ahora con la conciencia de que no estoy describiendo “el español de México” en abstracto, sino el tejido fino donde se cruzan clase, género, tiempo y obediencia en una ciudad concreta.
Ahorita –en el sentido más literal posible– cierro esta nota para volver al trabajo. Sobre la mesa quedan, flotando, tres palabras que resumen buena parte de mis quince años en Xalapa: decir, ahorita, no más. Lo demás es glosa.




