mayo 21, 2026

En un foro sobre políticas maquínicas de infantilización digital



Apuntes de una estudiante obediente*

Hoy nos llevaron de forma obligatoria al auditorio principal. El ambiente prometía: el volante (iba a decir el flyer)  distribuido por los organizadores desbordaba términos como «juventudes digitales», «storytelling», «creadores de contenido» y celebraba cómo las redes sociales, por fin, nos habían democratizado. 

En el presídium sentaron a tres comentaristas de radio y a uno de televisión regional (todos eran cuates y se saludaban entre sí) y, con ellos, arrinconado al extremo izquierdo de la mesa, con cara de haber abordado el tren equivocado, al Profesor. Lo llamamos así, a secas. En realidad, hace mucho tiempo que nadie en la facultad sabe cuál es la verdadera especialidad del Profesor; no es estrictamente politólogo, ni sociólogo, ni antropólogo pero se dedica a desmantelar las mentiras del presente con una paciencia un poco de geólogo o arqueólogo.

El de la tele empezó fuertísimo (¿o es fortísimo? ¡Ay: el corrector automático no me corrige!). El de la tele, digo, vestía un saco de diseñador muy entallado. Nos insistió una y otra vez que la política moderna ya no se hace con ideas, sino con emociones. «Hay que conectar con las emociones, chavos», repetía mientras movía las manos en el aire como si estuviera encuadrando un video vertical. «Frases cortas, punzantes, mucho storytelling —lo pronunciaba con el mismo tono afectado con que mi compañera de banca pide un frappuccino de avellana— y al final se suelta el mensaje brutal, el mensaje vendedor». Mis compañeros de las primeras filas apuntaban todo con devoción en sus tabletas.

Mientras el experto vendía su marketing, yo miraba cómo el Profesor tomaba apuntes en una servilleta y a ratos permanecía inmóvil, mirando el techo con la expresión fija de un científico que observa una nueva mutación de hámsters dando vueltas en su rueda de laboratorio.

Entonces le llegó el turno de hablar.  Le pasaron el micrófono. El Profesor no encendió el proyector ni trajo diapositivas. Comenzó con una anécdota que nos dejó a todos a mitad de camino entre la duda y la risa. Dijo que venía escuchando un podcast sobre cómo el New York Times, el periódico más leído de Estados Unidos, extrae hoy más ganancias de sus juegos digitales —el Wordle y sus derivados— que de su propio aparato de corresponsales de guerra. Citó a un filósofo holandés, un tal Johan Huizinga, para recordarnos que el homo ludens antecede al homo sapiens y al homo faber. Es decir: el juego es anterior a la cultura. Jugamos antes de razonar o trabajar o estudiar; el problema, aclaró con una sonrisa amable, es que nuestro juego actual está tiranizado por una brutalidad matemática de interfaces amables diseñadas para medir cuánto tiempo resiste nuestra retina fija en la pantalla.

Luego se puso a desmontar el mito de la juventud. Explicó que la palabra juventud viene del latín iuvenis, que se deriva del verbo iuvare: «ayudar, sostener, ser útil a la comunidad». Y soltó el dato: para los romanos, la juventud empezaba estrictamente a los treinta años. De los diecisiete a los veintinueve uno era apenas un «púber», es decir, un borrador humano, un organismo incompleto que andaba aprendiendo las reglas del lenguaje antes de tener derecho a proferir un enunciado jurídico. A sus cuarenta y tres años, nos dijo mirándose las canas de las sienes, él apenas iba ganando el derecho de ser considerado un senior.

Pero lo que más rápido apunté en mi cuaderno fue su definición de la palabra infante. El Profesor nos recordó que en latín infante significa textualmente «el que no tiene habla», el que carece de fabla y solo balbucea. Y ahí lanzó su primera conclusión: el marketing de las cloacas (mal llamadas «redes») sociales no nos está dando voz; nos está infantilizando de forma planificada. Nos retira el lenguaje articulado para devolvernos a la fase prelingüística del emoticón, el grito tribal y el contenido snack. Las corporaciones nos prefieren infantes —mudos, sin fabla— porque el balbuceo emocional es mucho más fácil de estandarizar y monetizar.

En mi libreta anoté en mayúsculas un nombre que tendré que buscar en el catálogo: FRIEDRICH KITTLER. Según el Profesor (no soy aún capaz de decirle «El Profe»), este tal Kittler descarta, excluye, proscribe la palabra «cultura». La odia. Pues la palabra «cultura» arrastra el aroma romántico y agrario de su raíz, colere —cultivar la tierra, cuidar el huerto familiar— cuando ahora, más bien, todos tenemos un microprocesador en el bolsillo o en la mano. 

El momento más polémico del foro fue cuando el conductor de la televisión insistió en que lo único real en la vida pública es que el mensaje "pegue, tenga impacto y se haga viral". Así de clarito. "Chavos", nos dijo."Tienen que ser influencers. Si ocupan dinero, ocupen las redes para eso, mis chavos. Apelen a las emociones."

 Le pasaron nuevamente el micrófono al Profe (ahora sí digámosle «Profe» de cariño). Se acomodó los lentes. Respiró hondo. Se acercó al micrófono y acusó de fascista al periodista televisivo. Eso de apelar a las emociones, le espetó, es fascismo puro. No conviene profesar esas cosas a estudiantes de una universidad pública. Hablarle a la juventud es acercarse a cierto grado de oratoria sagrada (Rodó). 

Si de verdaderos influencers se trataba, dijo, nadie había modificado más los flujos del mundo que Karl Marx, quien se pasó la existencia encerrado en la sala de lectura del British Museum, leyendo, subrayando en silencio. Son las ideas las que mueven el mundo. La emoción sola es la descarga que hace mover las patas de la rana en el laboratorio. El auditorio se sumió en un silencio muy denso. Luego, el Profesor invocó el fantasma de un tal Menéndez Pelayo con una cita fulminante:


«Los periodistas, mala y diabólica ralea, nacida para extender por el mundo la ligereza, la vanidad y el falso saber, para agitar estérilmente y consumir y entontecer a los pueblos, para halagar la pereza y privar a las gentes del racional y libre uso de sus facultades discursivas, para levantar del polvo y servir de escabel a medianías y espíritus de fango, digno de remover tal cloaca».

No leyó esa cita de ningún papel; la recitó con una cadencia tan elegante y educada que el asalariado de la televisión sonrió complacido, asintiendo con la cabeza, sin enterarse de que el Profesor lo acababa de clasificar de facho y de espíritu de fango.

Algunos compañeros se rieron con nerviosismo; otros, acostumbrados a consumir la realidad en porciones comprimidas, lo miraron con la extrañeza con la que se examina a un sobreviviente de otra época. La mayoría siguió en el celular jugando tetrix o viendo TikTok. El Profesor siguió con una sencillez implacable: la universidad nació precisamente para suspender la urgencia del mercado, para permitir el lujo de la lentitud, para leer a contracorriente y desenmascarar los estándares que otros monetizan.

Al concluir el evento, el conductor de televisión corrió a buscar iluminación para tomarse retratos con las edecanes y subirlas a sus redes. El Profesor, en cambio, guardó sus libros impresos, cerró los cierres de su mochila y se marchó caminando solo en dirección a la biblioteca del fondo. 

El Profesor no tiene redes. 


mayo 09, 2026

La pierna y el abismo: de cómo la voluntad de poder amputó el mar

Serie Historia y geopolítica (y geopoética)





En 1821 Agustín de Iturbide hizo depender su efímero imperio de Antonio López de Santa Anna, un joven y ambicioso comandante militar en Veracruz que gozaba de la protección del gobernador español José Dávila. En este abismo de intrigas, las alianzas eran tan frágiles como la pólvora. Tras un tenso encuentro en Xalapa, donde los cortesanos de Iturbide le arrebataron el mando, Santa Anna no dudó en transmutar su lealtad. Traicionando al emperador, se unió a Miguel Santa María para precipitar la caída de Iturbide. Éste se exilió a Italia.


Miguel Santa María llegó a México como ministro plenipotenciario del gobierno colombiano y se convirtió en un opositor feroz del Imperio de Iturbide. Fue el ideólogo en las sombras que ayudó a Santa Anna a redactar el Plan de Veracruz para proclamar la república. Representa perfectamente esa atmósfera de intriga internacional donde las lealtades son líquidas.


Mientras la incipiente nación se devoraba a sí misma, el gobernador español Dávila se atrincheraba en el castillo de San Juan de Ulúa, el último reducto del imperio que recibió dinero y armas de Cuba hasta 1825. 


El mar, ignorado por los caudillos como vía de desarrollo, se convirtió exclusivamente en la puerta de entrada de las amenazas extranjeras: desde la llegada de Joel R. Poinsett en 1822 para vigilar los intereses de Monroe, hasta el brutal bombardeo estadounidense de Veracruz al mando del general Scott en 1847. 


Entre 1847 y 1848 Xalapa se llenó de guerrillas desesperadas. Y ante un país levantisco, de castas en pugna y fracturas insalvables, Santa Anna operó sin la grandeza de un estadista, pero con el instinto de supervivencia de un monarca pagano. Sus huidas a Jamaica y Cartagena de Indias, sus regresos mesiánicos y la autoimposición del título de "Alteza Serenísima" en 1853, son los síntomas de una nación esquizofrénica. Un México atrapado entre la veneración por Europa y un profundo autodesprecio; jactancioso y negado a la vez. 


Como afirmaría Bruno Latour, nunca fuimos modernos. Sobrevivimos en un laberinto de traiciones cruzadas donde ha resultado más fácil rendir honores de Estado a una pierna amputada que mirar al océano y atreverse a gobernar el abismo.


Pongámonos filosóficos.


Nietzsche habría sonreído: Santa Anna decidió que una pierna podía ser más real que un país, y el país le siguió la corriente. Pues la realidad se impone en virtud del poder y la fuerza. Y la impone el poderoso. Aquel que, siendo poderoso y fuerte, la narra y la ordena. 


Un hombre pierde la pierna por un disparo en una guerra menor (en la guerra de los Pasteles de 1838) y decide que aquello es epopeya. El Estado se pliega, las élites asisten, el pueblo mira.


Santa Anna organizó cortejo, banda militar, salvas, discursos. Un miembro amputado desfilando por la capital como si fuera un héroe nacional.

Sólo un caudillo convencido de que la voluntad de poder fabrica la realidad puede decretar duelo de Estado por un trozo de sí mismo. Una operación de marketing político del siglo XIX, una campaña permanente donde el cuerpo mutilado servía de logotipo. Antes de las marcas, Santa Anna ya había descubierto el branding.


Mientras el país perdía territorios, puertos y tratados, la pierna ganaba condecoraciones imaginarias. No había marina digna de ese nombre, pero sí un funeral de Estado para un hueso envuelto en vendas. El mar era sospechoso, distante, lleno de barcos extranjeros. La pierna, en cambio, era doméstica, manipulable, propiedad privada del caudillo. Era más fácil venerar la extremidad que preguntarse quién controlaba el Golfo.


El mar reparte el poder, abre rutas, multiplica encuentros y amenazas. Pero el caudillo lo concentra en un punto: su hacienda, su puerto, su pierna enterrada con salvas.


México eligió durante mucho tiempo honrar la pierna y desconfiar del océano. La patria no era el mare nostrum, sino el muñón de un hombre que se creía dueño de la Historia.


El funeral de la pierna es una parábola política perfecta: cuando la realidad se organiza en torno al cuerpo del jefe, todo lo demás —mapas, puertos, tratados, pueblos— queda amputado. La alta traición ya no es sólo a la patria abstracta, sino al mar que se dejó fuera del cuadro.


Ahorita vuelvo, dijo Huitzilopochtli. Y el país se quedó en el laberinto de esos mitos sanguinarios: cambian los dioses, cambian los caudillos, pero la lógica del sacrificio sigue pidiendo cuerpos para que el sol vuelva a salir.


mayo 03, 2026

Alta traición: Santa Anna y la geopolítica de Veracruz



* Serie Historia y geopolítica (y geopoética)


“Alta traición”, el célebre poema de José Emilio Pacheco publicado hacia 1969, parece aludir a Antonio López de Santa Anna (1794–1876). 

El poema confiesa no amar a la patria, cuyo fulgor abstracto es inasible, salvo “cierta gente, / puertos, bosques de pinos, fortalezas”. Una edición crítica podría glosar al margen: el puerto de Veracruz, los bosques de pinos bajando del altiplano hacia Xalapa, la Fortaleza de San Carlos de Perote y la fortaleza de San Juan de Ulúa en el puerto. Al repetir “varias figuras de su historia”, ¿acaso no pensaba Pacheco en Santa Anna: el memorable caudillo mexicano, el hombre que hizo enterrar con pompa fúnebre su pierna cercenada durante la Guerra de los Pasteles de 1838; el dueño absoluto del paso estratégico entre Veracruz y la Ciudad de México?


Bajo la sombra del fugaz Imperio de Iturbide –que en 1821 pretendió restaurar las ruinas monárquicas del virreinato de la Nueva España desde California hasta Costa Rica–, Santa Anna se hace espadachín y pistolero. Aprende las mañas del poder. Se mueve con precisión felina entre la lealtad y la traición. Entonces comprende su posición providencial: el puerto de Veracruz es la fosa nasal de la República, el único conducto por donde la nación inhala el aire del mundo, el único ojo por donde capta el confuso rayo de civilización europea. 


En 1838, la primera invasión francesa a México, mal llamada Guerra de los Pasteles, sitúa a Veracruz en el epicentro del mare nostrum americano. Bajo el pretexto de unas reclamaciones comerciales, la escuadra de Luis Felipe –el "rey burgués" del Enrichissez-vous– exige indemnizaciones para apuntalar su neocolonialismo en el Caribe. 

El 5 de diciembre de 1838, durante el bombardeo a Veracruz, un cañonazo de metralla destroza la pierna izquierda de Santa Anna. Tal amputación lo es también de la soberanía marítima de México.  Las potencias europeas (España es todavía dueña de Cuba, Francia no termina de soltar Haití ni Martinica ni la Guyana, mientras Holanda agarra varias islas aledañas a Venezuela, e Inglaterra asfixia a Jamaica, a Belice y a las Honduras británicas) se reparten los peajes náuticos del Golfo, la salida de México al mundo. Todavía en 1927, cuando el imperialismo era ya el de Estados Unidos, Alfonso Reyes sintetizó semejante sensación colonialista en el poema "Golfo de México":

"La vecindad del mar queda abolida:
Basta saber que nos guardan las espaldas,
Que hay una ventana inmensa y verde
Por donde echarse a nado."

 No es de extrañar que hasta el siglo XX el país careciera de escuelas navales (los marinos mexicanos iban a educarse a España) y que hasta hace poco buena parte de la población ignorara el sabor del pescado y de los mariscos.

Pero volvamos a Santa Anna. 

A fuerza de asfixiar militar y fiscalmente al puerto de Veracruz y de controlar con bandoleros y policías (lo mismo da) el Camino Real, esa arteria vital que trepa desde las orillas salitrosas del Golfo hacia la Ciudad de México, Santa Anna ocupó la presidencia de México en once ocasiones entre 1833 y 1855, en mandatos breves y discontinuos que se sostuvieron por acumulación y desidia  institucional. Ante la falta de alternativas, entre camarillas enfrentadas y adversarios resignados, el sistema terminaba llamándolo una y otra vez. El tenía un pie en el viejo virreinato de la Nueva España y otra en la república precaria levantada sobre el sustrato milenario de civilizaciones indígenas, ruinas de pirámides y dioses sangrientos: el nuevo orden no terminaba de nacer ni el antiguo acababa de morir.


A partir de 1844, Santa Anna convierte la Hacienda El Lencero, a las afueras de Xalapa, en la mayor caseta de cobro de la República: un control biopolítico, un embudo estratégico situado entre el bochorno de las tierras bajas y la neblina de las altas.


En una nación históricamente talasofóbica, replegada durante milenios en el altiplano central, Santa Anna aparece como una anomalía: quizás sea el único político-marino de siglo XIX mexicano familiarizado con goletas y corbetas y corrientes marinas y cartas náuticas del Golfo. Él encarna el verbo griego kibernâo –pilotear un navío–, de donde se desprende el verbo latino gubernare: el gobernante-piloto que domina el timón en plena tempestad, aun cuando no sepa a dónde se dirige y aun cuando encalle su barco en arrecifes coralinos o lo estampe y lo haga añicos contra acantilados de la costa. 


Lo cierto es que Santa Anna es también el político mexicano con más proyección al Caribe insular y continental. Tras su caída definitiva en 1855, al triunfar el Plan de Ayutla, Santa Anna desaparece del mapa mexicano y reaparece en Turbaco, Colombia, cerca de Cartagena de Indias, donde ya había pasado una primera temporada entre 1850 y 1853. Decir que llegó a Turbaco es decir que llegó a Macondo: un aldea remota donde el villano nacional se recuerda como benefactor de caminos, iglesia y cementerio, y donde incluso concede entrevista a un corresponsal del New York Herald antes de irse en 1858, cuando teme que la irrupción del general Mosquera y los liberales colombianos lo convierta en moneda de cambio para sus enemigos, los liberales mexicanos (cf. Ana Rosa Suárez Argüello). Luego Santa Anna salta de isla en isla:  de Saint Thomas pasa a La Habana y  a otros puertos del Caribe, hasta que en 1874, ya casi ciego e inofensivo, el presidente Sebastián Lerdo de Tejada (el de la famosa frase «entre la fuerza y la debilidad: el desierto») lo amnistía y le permite regresar a morir discretamente en la Ciudad de México.


Como lugarteniente del norte, primero en Texas y luego en la franja de Tamaulipas y Coahuila, Santa Anna sintió la expansión de los yanquis hacia el oeste. En 1836 se enfrenta al general Sam Houston (¿otro Uncle Sam, otro U. S. otro Unconditional Surrender?) en San Jacinto, donde es derrotado y hecho prisionero. El general Houston lo obliga a reconocer la independencia de Tejas o Texas en condiciones humillantes. Más tarde, el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848 consagra la cesión de California. México pierde más de la mitad de su territorio. 

En el duelo entre Santa Anna y el general Houston, acaso Pacheco identificaría el viejo antagonismo entre la Romania y la Germania: entre los latinos "decadentes" y los anglosajones espabilados y violentos. Hegel, cuya Filosofía de la historia se publicó póstumamente en 1837, diría que Santa Anna aparece subsumido por el paso de la Weltseele, el Espíritu del Mundo encarnado en la expansión de los yanquis de "ojos azules y alma bárbara" (Darío). 

Santa Anna es el retrato de un sujeto histórico que no alcanza a comprender la racionalidad instrumental que lo arrasa: the Last Frontier, el Manifest destiny, el ferrocarril uniendo dos océanos, atravesando el Misisipi y las llanuras de Texas, donde el viejo Imperio español no erigió sino ermitas y ningún puesto de avanzada. Pero incluso si aceptáramos esa dialéctica violenta de la filosofía de la historia hegeliana o marxista nada garantizaría la anulación de Santa Anna en la "astucia de la razón". 

Santa Anna no desaparece en el manual de civismo. Persiste como una de esas “figuras de su historia” del poema de Pacheco que incomodan la patria abstracta de los discursos y vuelven legible la alta traición de la geografía.

 


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