febrero 17, 2026

Diario perdido de Viena (febrero, 2023)



Nota aclaratoria: 

Por aquel entonces temí quedar varado en las últimas letras del alfabeto: X de Xalapa, V de Veracruz, Z de zozobra en el camino antiguo a Coatepec, al cerro de las culebras, donde mi hija había comenzado a estudiar. Acababa de ponerle punto aparte al hastío de Puebla; seguía el resentimiento de la madona...; pronto le pondría punto final. Mientras tanto, abrí un paréntesis: un viaje académico a la primera letra, a la A de Austria... Lo que sigue son extractos de lo que he podido rescatar de mi diario de viaje:

26 de febrero de 2023

Tras treinta horas de vuelo, primero desde el puerto de Veracruz, luego desde la Ciudad de México y después desde Madrid, he aterrizado en Viena. Llevo más de treinta horas sin el consuelo de una sábana. Mis pies, prisioneros en unos tenis que ya son parte de mi anatomía, claman por reflexología. Soy un náufrago del jet-lag (de la descomposición horaria, del huso) que arrastra su maleta...

En la estación de tren contigua al aeropuerto de Wien-Schwechat, todavía con el zumbido del motor en los oídos, me detengo ante un mapa del Nahverkehr Ostregion. Es el atlas del Transporte Público de la Región Oriental, una telaraña de precisión germánica que intenta dar orden al caos de mi llegada. Las líneas de colores se entrelazan como el sistema circulatorio de un titán de hierro; busco en esa marea de nombres impronunciables el camino hacia la Hauptbahnhof, mientras traduzco mentalmente: Ostregion, la región del este. 

En la estación Wien Geiselbergstraße, me asalta una epifanía etimológica: Geiselberg... ¿"Montaña del Espíritu"? ¿O acaso es el espíritu de la montaña el que me observa con sorna mientras intento descifrar si voy hacia el centro o hacia el olvido? "Oof, los espíritus", me dicen por el éter digital. Quizás tengan razón. Siento la presencia de Atila, esa sombra de Asia que cabalga desde el Mar Negro remontando el Danubio, recordándome que incluso en el corazón de Europa, uno siempre está a un paso de la barbarie... 

No siento la rigidez prusiana de mi temporada en Berlín; aquí en Viena el alemán se suaviza, se vuelve barroco y católico. He llegado, después de todo, al epicentro de nuestra propia genealogía política: al hogar de los Austria. La Conquista de México y el destino de América, con  Carlos V, unieron el Danubio con el Anáhuac. 


27 de febrero de 2023 [de mañana  y mediodía]:


Despertar en el último piso del Ibis es como flotar sobre una maqueta de terracota y nieve. Desde aquí, los tejados de Viena parecen escamas de un reptil milenario que duerme bajo el sol de invierno. Tras la medianoche de "espíritus" en la estación central, la ciudad se me entrega hoy con una claridad meridiana. Debo leer algún día El hombre sin atributos, de Robert Musil, me digo.

He comenzado a "patonear" (término que rescato del lenguaje bogotano, ¡oh Rufino José Cuervo!)  hasta  el Palacio de Belvedere. Aquí comienza realmente la ciudad, en este despliegue de simetría imperial. Al caminar, me asalta una idea: la cultura es una autopista rápida, eficiente, diseñada para llevarnos de un punto a otro sin sobresaltos. Pero el arte... el arte es un camino en el bosque (Holzwege, diría Heidegger). Es un sendero que se pierde, que no busca la salida, sino la presencia.

¡Y qué presencia la de Klimt! 

Me acuerdo que por allá en noviembre de 2011, en mi apartamento de soltero de la colonia Copilco de la Ciudad de México, al lado de la UNAM, pegué una póster gigante de un cuadro de Klimt, "El beso", y con mi primera novia mexicana cómo lo contemplábamos, enamoradísimos; también pegué otro póster de Klimt, "Dánae": el erotómano del Olimpo derramándose en monedas sobre los muslos de la ninfa... qué metáfora tan brutal para un estudiante colombiano que regresaba de Europa a su destino mexicano arrastrando una sed brutal de arte plástico, de colorido... 

Ver esas obras hoy, aquí en Viena, es encontrarme con los fantasmas del pasado: un joven de 29 años que pegaba pósteres con cinta adhesiva, hoy, de 40, camina entre los originales, cargando el peso de los puntos finales y los paréntesis abiertos... En mi recuerdo ambos cuadros de Klimt aparecen mezclados.



Al entrar en la Secession, el oro me ciega de una manera casi mística. "Klimt a la lata", expresa mi voz colombiana-paisa. "A la lata" es un colombianismo (extendido a  Panamá y a Venezuela) que significa "en abundancia", "a gran velocidad" o "con mucha intensidad". No viene de la técnica de enlatar comida, sino de la mecánica: de acelerar "a fondo" hasta topar con la placa de metal (la "lata") que cubría la estructura del motor de esos armatostes antiguos; ir "a la lata" era, literalmente, llevar la máquina al límite de su capacidad. En fin. Continuemos... 

Viena me regala contrastes brutales. De la delicadeza de las esfinges del Belvedere paso a la robustez del monumento soviético. Un recordatorio de 1945, de cuando otros "bárbaros" liberaron la ciudad de la sombra nazi. El oro de Klimt tiene un reverso de hierro.

En medio de todo, el Caribe aparece como un fantasma: un cartel de "Havana Nights" en una parada de tranvía. La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo. Aquí, en el centro de Europa, el trópico sonríe.

Todo es Jugendstil, todo es este renacimiento de la juventud que busca desesperadamente un nuevo lenguaje. Te escribo esto, amor, mientras busco el catálogo de la exposición en las bibliotecas; seguro hay "un chingo" de información, pero ninguna página podrá describir cómo se siente este sol frío golpeando las cúpulas.


Por la tarde, en el Kunsthistorisches Museum, me he plantado frente a la Torre de Babel de Brueghel el Viejo. He sentido un nudo en la garganta que no esperaba. Brueghel el Viejo era el pintor favorito de mi abuelo Pineda. De niño, me acuerdo, yo podía pasar horas perdido en las litografías de esa construcción imposible, ese caracol de piedra que desafía al cielo mientras se desmorona por su propio peso. También conseguí un póster de la Torre de Babel y lo pegué en mi apartamento de soltero en Copilco y sobrevivió a todas mis mudanzas de casado. Frente al original, claro está, todo palidece.





Pequeña écfrasis del cuadro de Brueghel. Si te acercas, ves el detalle demencial: los canteros, las grúas de madera, el Rey Nemrod creyéndose eterno. Incluso un albañil, si se mira con más detenimiento, aparece defecando. La Torre es una colmena de piedra donde cada celda es un malentendido. 


27 de febrero de 2023 [tarde-noche]

Al caer el sol, cambié el éxtasis artístico por el protocolo de la Embajada de España. Se inauguraba el Hispanistentag 2023 y, bajo el retrato de Felipe VI —porque España, señores, no es una "republiqueta" sino un Reino—, me dediqué al noble arte de la simulación.

Me moví entre canapés y copas de vino con la destreza de un camaleón transatlántico. Empecé saludando con un "Mein Deutsch ist nicht so gut" que encendió el entusiasmo de los locales; me hablaron tan rápido que tuve que saltar al inglés para no naufragar. Luego, me volví el mexicano más cosmopolita para debatir con el embajador Campuzano Piña sobre Carlota y Maximiliano (ese "güero de ADN confirmado" que aquel embajador parece querer emular en su retorno triunfal a México). El embajador de Colombia, al verme, salió huyendo —o eso quiero creer en mi delirio de importancia....

Salí de la embajada embriagado de vinos y ahíto de caviar. En Viena, en la "Europa del medio", en este Bizancio germano-eslavo-húngaro-turco, me he sentido, al mismo tiempo, un heredero de Carlos V y un náufrago colombiano que busca cama o donde echarse en la estación central como cualquier mendigo.

28 de febrero de 2023

Viena es, ante todo, una ciudad que se piensa a sí misma. Al caminar por la Ringstraße, por ese anillo  que encierra el casco antiguo, uno no pisa solo asfalto, sino las ruinas de una ambición liberal. No puedo evitar invocar aquí La Viena de fin de siécle, de Carl E. Schorske, ese libro que tanto inspiró a Beatriz Sarlo para diseccionar nuestras propias metrópolis y pensar la ciudad como un texto de tensiones políticas. La Ringstraße fue el escenario de un fracaso: el intento de la burguesía por legitimarse a través de un historicismo arquitectónico (el neogótico del Ayuntamiento, el neoclásico del Parlamento) que terminó colapsando ante la irrupción de lo irracional. Al caminar por este círculo, entiendo que la modernidad vienesa no nació del progreso, sino de la grieta; nació de esos intelectuales que, al verse expulsados de la vida pública, se refugiaron en el diván de Freud o en el oro de Klimt. 

Al caminar por la Ringstraße, sin rumbo, termino  en la Berggasse 19, la casa de Sigmund Freud. Pienso en un cuadro de Schiele: un "tullido" escuálido al que solo le queda la pulsión de una brillante erección. 

En el Museo Schubert me detuve largo tiempo ante la vitrina que custodia sus lentes: cristales redondos, pequeños y fatigados que parecen conservar aún la mirada corta de quien escribió música para el fin del mundo. Al verlos, el eco de mi maestro, el novelista  Espinosa, vibró en mi memoria con la fuerza de una lied melancólica, y de repente llegó a mí aquel verso en prosa de León de Greiff que Espinosa tanto me repetía, casi como un mantra de identidad: "Franz después del Sordo".

De Greiff, ese musicólogo excelso nacido en las montañas de Antioquia, solo pudo conocer Europa a los sesenta años, cargando ya con toda la música del mundo en la cabeza. Al caminar por Viena, imagino a Espinosa arrastrando su capa invisible por el mismo empedrado, uniendo el barroco de Cartagena con este aire danubiano...


Tarde-noche:

El tren a Graz es una ascensión. Atraviesa túneles que devoran la luz y sube riscos hasta alcanzar valles altos que parecen suspendidos en el tiempo. 

Al bajarme en la estación, cruzo calles saturadas de migrantes musulmanes donde el alemán ha sido desplazado por la urgencia del árabe. Ceno un kebab apresurado; un descuido y la salsa mancha mi bella gabardina. Una marca de grasa sobre mi armadura de académico.

1 de marzo de 2023

Después de leer mi ponencia en el  Congreso de Hispanistas, dedico la tarde a caminar por la orilla del río Mura (Mur en alemán) cuyas aguas bajan con una urgencia plateada a encontrarse con el Danubio. Recorro  la Murinsel, esa isla de acero y cristal que flota como una caracola futurista en medio del cauce; un artefacto de la Secesión del siglo XXI (cuando Granz fue capital europea de la cultura en 2003): un puente que no termina de ser orilla.

Finalmente, subí al Schlossberg, el monte donde el castillo y su torre del reloj vigilan la ciudad. Subir allí es como intentar alcanzar ese valle alto de la conciencia donde todo se vuelve pequeño: los resentimientos, las manchas en la gabardina y hasta las ausencias. Desde la cima, Graz se despliega como un tablero de ajedrez donde Kepler alguna vez movió sus piezas. Me quedo aquí, en el límite de la Estiria, viendo cómo el Mura se lleva los restos de este febrero que, al fin, me ha permitido respirar.

Por la noche en un bar atestado de hispanistas:  hervidero de acentos argentinos, peruanos y colombianos. La tentación se presentó con el rostro de dos chicas que invitaban a prolongar la madrugada. Pero yo, en un gesto de quijotismo inútil, elegí la soledad. Quería ser fiel a un matrimonio que ya se desmoronaba en mis manos: Torre de Brueghel que ya tenía el destino escrito en sus cimientos.

Termino mi viaje por Graz en la casa de Kepler. Aquí, donde el astrónomo buscó la armonía de las esferas y las leyes que rigen el movimiento de los planetas, yo busco una ley que explique mi propio caos. Él miró al cielo para entender el orden; yo miro este diario para entender el curso natural de los acontecimientos.

Noche de 2/3 de marzo de 2023





Regreso de Graz a Viena en un tren que parece arrastrarse por la nieve. Llego a la ciudad derrotado físicamente; en el hotel de Graz falló la calefacción y el invierno no perdona. Pero, como buen discípulo de Freud (todos lo somos), sé que mi mal es psicosomático: el resfrío se me desencadenó por la indiferencia y el odio del otro lado del Atlántico. Regaños tontos. Reproches. Resentimientos. 

Sin apenas darme cuenta, seguía nevando de la misma forma perezosa y fea. Yo caminaba en silencio, acatarrado, sorbiéndome la nariz y arrastrando mi maleta sobre el empedrado gélido.  Pero me olvido de todo ante el esplendor de la Catedral de San Esteban (Stephansdom). 

La catedral no es un edificio, es una montaña tallada. Sus tejas esmaltadas, que forman el escudo de los Habsburgo, brillaban bajo la luz mortecina como piel de serpiente. La aguja principal se pierde en el cielo gris, una lanza gótica que parece pincha las nubes y hacerlas llover. Al entrar, el silencio es un bálsamo. El contraste entre la verticalidad de sus naves y la opresión de mi pecho acatarrado crea una tensión mística. Aquí, entre las tumbas de emperadores y el eco de los siglos, el resentimiento se vuelve un ruido blanco, insignificante frente a la eternidad de la piedra. He vuelto a Viena para poner el punto final, no en el papel, sino bajo la protección de esta mole que ha visto caer todos los imperios, incluidos los del corazón.

En la pantalla de WhatsApp, al llegar a mi hostal, una última distracción: una invitación a cenar de una estudiante polaca, admiradora del ensayo hispanoamericano, que desea saber más de Medellín y de Colombia. Me excuso. tengo fiebre. Pienso que debo eliminar ese chat; si no, la Madona me mata al llegar a México. [Ahora pienso lo ingenuo que fui, pues ya la madona se amancebaba con otro. "Nadie puede con una mujer profesora, hijo mío", leí después en La cripta de los capuchinos de Joseph Roth]. Viena, la Viena del fin de siglo, es la única que entiende este fin de imperio personal.

La aplicación de Booking falló en mandarme un taxi. Tuve que lanzarme a la madrugada vienesa, resfriado, con la fiebre galopando en mis sienes y la maleta pesando. Afuera, la nieve seguía cayendo con esa persistencia muda. Eran las cinco de la mañana y mi vuelo a Madrid —el puente de regreso al caos conocido— salía a las 7:00. En medio de la nieve sucia sobre el pavimento y bares alrededor, un taxi apareció como un milagro de metal. 

El conductor, un hombre de rostro curtido y acento musulmán, me recibió en su refugio con calefacción. Allí, en un inglés quebrado por la urgencia, regateamos el precio de mi libertad. Fue un duelo de voluntades breve y digno; aceptó mis condiciones con una venia y, bajo el amparo de Alá y la pericia de sus manos al volante, devoró los kilómetros de la autopista nevada.

Me depositó a tiempo en las salas del aeropuerto. Me voy agripado de este Imperio. Vuelvo a las letras finales del alfabeto, pero llevo conmigo el oro de Klimt y el frío de San Esteban grabados en la piel.




febrero 16, 2026

La ciudad es un medio: Pamplona (Navarra) como fortaleza (espiritual)


En su influyente ensayo “La ciudad es un medio”, Friedrich Kittler  advirtió que la ciudad no es un escenario, sino un aparato que registra, filtra y ordena la vida, como si cada calle fuese una línea de código y cada muralla un firewall de piedra. 

Pamplona, entre septiembre y diciembre de 2025, se me reveló justamente como eso: una medialidad histórica en funcionamiento, una máquina de canales y umbrales donde lo militar y lo espiritual siguen emitiendo señales de larga duración.

Durante siglos, Pamplona fue un dispositivo de defensa de la monarquía hispánica frente a Francia: murallas, Ciudadela, baluartes, fosos y revellines componían un diagrama de fuerzas pensado para detener el avance enemigo. La ingeniería militar fue allí un algoritmo inscrito en el paisaje: trazó trayectorias posibles, recortó movimientos, decidió quién podía atravesar el umbral y quién debía quedar fuera. Toda fortaleza es ya un medio: no solo resiste, sino que escribe en los cuerpos la gramática de la obediencia y del miedo.

A veces me divertía preguntándome si, Felipe II fue quien ordenó levantar la Ciudadela, entonces las murallas de Pamplona y las de Cartagena de Indias pertenecen al mismo ciclo defensivo del Imperio y compartieron una misión semejante: blindar sus fronteras frente a las potencias rivales. Soltaba este apunte en tono de broma ante mis estudiantes, y lo repetía entre risas con mis colegas Alejandro Martínez Carrasco y Javier de Navascués, como quien descubre que el mismo fantasma de piedra obsesiona por igual a Navarra y al Caribe.


Justo allí, me señalaba mi amigo Alejandro, justo allí donde hoy pasean turistas y runners, una bala de cañón le destrozó la pierna a Iñigo de Loyola y le cambió para siempre la médula espiritual al Imperio. Ignacio de Loyola, un vasco, defendió Pamplona en nombre del rey de Castilla frente a un ataque franco‑navarro. La batalla del 20 de mayo de 1521, en la que Enrique II de Navarra, apoyado por Francisco I de Francia, intentó restaurar el reino perdido tras la conquista de 1512, la atravesamos varias veces en nuestras caminatas, casi sin darnos cuenta. 

La caminata por las fronteras de hormigón del Pirineo navarro revela la obsesión moderna por reforzar una geografía que ya era, en sí misma, defensa natural: cumbres nevadas, desfiladeros, niebla y frío como muro casi teológico. Entre el Valle de Lizaso y la vuelta a Alarar, los búnkeres silenciosos son los píxeles muertos de una pantalla bélica anterior, perforando el paisaje con ojales de hormigón que miran hacia Francia.

En esa rudeza de roca y niebla surge la pregunta incómoda: ¿es esta España áspera, fortificada, la que permite la delicada ficción de una Francia «civilizada», laica, confiada en la suavidad de sus bulevares? 

La sobriedad navarra es una contrapunto de la ligereza francesa, como si el pliegue severo de las montañas españolas sostuviera el escenario luminoso de la Belle Époque: de los acantilados de Biarritz, del malecón del río Garona en Burdeos. La frontera, más que un límite cartográfico, es aquí una interfaz espiritual que modula caracteres nacionales: endurece de un lado, dulcifica del otro.

Frente al laicismo francés, Pamplona conserva iglesias que no son solo monumentos, sino máquinas activas de memoria: registros cotidianos de plegarias, rituales y hábitos que continúan en uso. El altar mayor de San Saturnino, con su cabecera gótica y las capillas laterales que se abren como pestañas de un misal barroco, condensa siglos de devoción en una sola superficie de imágenes y dorados, de modo que cada misa es también una actualización de software espiritual en un hardware de piedra y madera que viene funcionando sin apagarse desde la Edad Media.


Encima de todo esto, un “cielo de rutas” añade una nueva capa medial: los corredores aéreos, los slots, los horarios, las normas de Eurocontrol son escritura pura, un software que inserta a Pamplona en una red que la trasciende. No importa tanto cuántos habitantes tenga la ciudad; lo que importa es cómo está direccionada en el grafo de trayectos que unen Madrid, París, México, Bogotá, Nueva York. Nadie mira los aviones que la sobrevuelan como textos, pero cada vuelo es una frase de un lenguaje de circulación global.

Kittler sospechaba que si cambiamos el código, poco a poco cambiamos las almas. Una noche tuve una pesadilla: 

Me levanté de repente en otra Pamplona, donde el euskera era la única lengua oficial. Los altavoces de los supermercados escupían instrucciones en un euskera normativo impecable, con jingles patrióticos que venden yogures, seguros de coche y bonos de guerra cultural; las pantallas municipales repetían avisos en la misma lengua, como si cada decreto fuera un exorcismo contra el castellano.

Pero en la calle, en los parques, en los portales húmedos de la Chantrea y de San Jorge, en los autobuses y en las colas de los locutorios, lo que oía era más bien árabe. La mayoría de las mujeres caminaba con burka; los hombres barbados ocupaban el espacio sonoro con su cadencia, negociando, regateando, predicando, controlando las pequeñas economías de barrio. 
El español solamente se oía entre los reguetoneros «latinos» que atravesaban la noche de Iturrama con los bajos saturados. Es decir: el castellano se había vuelto una lengua clandestina, de flirteo y trap.
La Universidad, por su parte, se había blindado como un búnker y allá solamente se hablaba un inglés gringo, funcional y plano, hecho de papers, calls for papers, rankings y memorandos de compliance. 




Al final nada de ello (o bueno, al menos un poco) era cierto. Nevaba. El campus se hallaba inmaculado. Blanco. Y la Biblioteca me llamaba...

enero 28, 2026

Comentario a algunos escolios de Gómez Dávila



La única precaución está en rezar a tiempo.”

Comentario: rezar es afinar la atención antes del desastre. El acto de recogimiento anticipa la jugada siguiente. Quien reza a tiempo no pide milagros; se dispone. Ajusta el alma al tempo del mundo antes de que el mundo lo atropelle. Es una estrategia de lucidez: levantar la mirada un segundo, recordar lo esencial, y solo entonces moverse. El resto es activismo ansioso sin brújula.

Si es verdad que el hombre vale algo, es porque un Dios ha muerto por él.”

Comentario: Incluso leído en clave pagana (politeísta) o hasta atea, el escolio funciona: un “Dios” que muere es la imagen de una trascendencia que se deja gastar, sacrificar, vaciar para que una criatura irrelevante adquiera peso. 

“La única posesión que satisface es la de una idea inteligente.”

Comentario: Poseerla es ser poseído. Nos orienta. Ordena duelos. Afina. Es la única propiedad que nadie puede confiscar. Quien acumula ideas inteligentes sin dogmatismo construye un patrimonio invisible que sostiene su vida aunque se derrumbe todo lo demás.

“La verdad convence con un guiño; el error necesita discursos.”

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La liberación total es el proceso que construye la prisión perfecta.

Comentario: Quien se declara “libre de todo” se ha encadenado al peor carcelero: su propio capricho. La emancipación sin forma no libera, disuelve, derrite, agüita. El desertor acaba sirviendo al único amo que no admite apelación: su deseo. Y el deseo solamente se mira a sí mismo. Como Narciso. 


No debemos consolar al envidioso, sino exasperarlo.

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– Dialogar con el imbécil es escabroso: nunca sabemos dónde lo herimos, cuándo lo escandalizamos, cómo lo complacemos.

Comentario: La vulgata emocional todo lo convierte en contraataque. Gramática de la desconfianza que no goza de ninguna idea ni genera nuevas sintaxis.