marzo 09, 2026

La fuerza de la geografía: Colombia entre el bios y la vis





Violencia viene de vis, que significa fuerza en latín, pero a su vez viene del griego bios, que significa vida. 
Foto cortesía de Juan Diego Molina. De izquierda a derecha: S.P.B., Carlos Malaumud y Pilar Latasa

Comencé con esta breve digresión, el pasado 28 de noviembre de 2025, mi intervención en el tribunal de la tesis doctoral de Juan Diego Molina, «El cambio político en Colombia durante el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010)». 

La digresión fue necesaria para que nuestro auditorio comprendiera la magnitud de los problemas a los que se enfrentó Juan Diego Molina, un estudiante doctoral de origen guatemalteco-español, a cuyo tribunal fui invitado por el profesor Pablo Pérez. 

 Se suele decir que la orografía colombiana es, después de la del Tíbet, una de las más accidentadas del planeta: no se trata de un
territorio homogéneo, sino de una constelación de ciudades separadas por abismos y cordilleras.
Esa geografía no es un simple decorado; es un actor histórico que ha condicionado la forma del
Estado, la economía y, por supuesto, los mecanismos de seguridad y de guerra. Durante décadas,
esas montañas han funcionado como murallas que dificultan que la autoridad central se proyecte
de manera efectiva sobre valles, selvas y llanuras.​
Desde esa premisa, la pregunta que recorre mi lectura de esta tesis es la siguiente: ¿hasta
qué punto esa geografía imposible ayuda a explicar la tentación histórica de ciertos hacendados y
empresarios regionales de privatizar su seguridad, en lugar de apostar por un Estado capaz de
garantizarla en todo el territorio? 

Si el Ejército tarda días en cruzar una cordillera para proteger una finca o una carretera estratégica, el actor local tiende a buscar soluciones propias. La tesis de Juan Diego muestra con claridad cómo, en distintos momentos, esa respuesta ha tomado la forma de organizaciones armadas privadas, cooperativas de vigilancia o estructuras paramilitares, con consecuencias de largo alcance para el orden institucional.​

Entrando ya en el periodo 2002‑2010, el trabajo asume un reto mayúsculo: analizar lo
que denominamos historia del tiempo presente. No hay nada más difícil que estudiar un pasado
que todavía condiciona la conversación pública y las pasiones políticas. El doctorando ha optado
por reconstruir la reingeniería institucional del Estado bajo la llamada Seguridad Democrática,
evitando caer en la mera polémica coyuntural sobre la figura de Álvaro Uribe. La tesis distingue
con acierto dos planos complementarios: por un lado, la recuperación del control territorial y del
monopolio de la fuerza; por otro, los costes institucionales de ese proceso, visibles en la
parapolítica, las tensiones con la Corte Suprema, los escándalos de inteligencia y las violaciones
de derechos humanos.​

Un mérito relevante del manuscrito es que no se limita a repetir lecturas militantes,
positivas o negativas, sino que sitúa este ciclo en un continuum histórico más amplio, que
arranca en la Violencia de mediados del siglo XX, pasa por el Frente Nacional y llega hasta el
Plan Colombia y el Plan Patriota. En esta línea, el trabajo dialoga con autores como Marco
Palacios, Frank Safford o Francisco Leal Buitrago para mostrar cómo Colombia pasó, en los
años noventa, de ser uno de los países más violentos del mundo a ensayar un modelo de Estado
fuerte que busca combinar autoridad, mercado y apertura democrática.​

Desde el punto de vista del análisis político, es sugerente observar que el giro hacia un
proyecto de orden y seguridad sea liderado por un presidente que procede del Partido Liberal, lo
que obliga a matizar las categorías clásicas de “derecha” e “izquierda” y a hablar más bien de
tradiciones conservadoras, tecnocráticas o populistas que se remontan, a juicio del historiador
Santiago Pérez Zapata, a la época de Núñez y Caro en la Regenaración y que se reconfiguran cien años después en clave de Posguerra Fría. 


Con estas observaciones, quiero cerrar reiterando dos ideas. La primera: el trabajo de
Juan Diego Molina constituye una contribución original al estudio del Estado colombiano
contemporáneo, por su capacidad de integrar historia, ciencia política y análisis jurídico sin caer
en simplificaciones ideológicas. La segunda: el debate que abre sobre la relación entre geografía,
seguridad y arquitectura institucional no concierne solo a Colombia, sino que interpela a
cualquier sociedad que se enfrenta al dilema de cómo garantizar el orden sin sacrificar el
pluralismo ni la libertad. Me permito, por ello, felicitar nuevamente al doctorando y animarle a
transformar esta investigación en una publicación que pueda dialogar con la historiografía
internacional sobre Estado, violencia y seguridad en el mundo iberoamericano… 


marzo 01, 2026

Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G


Etnografía imaginaria*

Prefacio

Si, como repiten ciertos historiadores de los medios (Kittler, Marcel Mauss, Auserón), el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas –la voz que ofrece, promete, seduce, negocia–, entonces música y comercio han caminado siempre de la mano. 

En la fase reguetonera del capitalismo tardío, las tiendas y plazas comerciales ya no necesitan acuñar moneda ni demasiada publicidad: basta con sumergir al cliente en la atmósfera sonora de Karol G para activar el circuito deseo–compra–selfie. 

En el departamento de Antropología solemos hablar de “recintos sombríos” ("grim enclousures") para referirnos a colonias, asilos, campos de concentración: esos laboratorios de humanos donde la modernidad afina sus algoritmos de obediencia.

 Leyendo el libro de Geoghegan, veo que se puede montar un "grim enclosure" con reguetón, plazas académicas y departamentos amueblados con Ikea.

En lo que sigue, transcribo fragmentos del diario de campo de una antropóloga amiga que observa a otra colega fascinada por las letras de Karol G. 

Diario de campo: 

Mi colega –llamémosla Karo, por fidelidad musical– se convirtió en otro sujeto etnográfico el día que firmó su plaza de investigadora en una universidad pública de provincia. Hasta entonces era una antropóloga más: seminarios sobre género, papers en revistas indexadas, becas bien viajadas. El contrato indefinido fue su “ya estoy free”:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free / puesta pa’ revivir viejos tiempos...” 

Por los audífonos de Karo, las lyrics de Karol G actuaron como mandato ontológico, no como estribillo bailable.

Recinto 1: dinamitar la casa 

Primero vinieron los escándalos domésticos: desaires metódicos al marido, sexo mínimo y malhumorado (“el coito como dispositivo de castigo diferencial”, lo llamaría en sus clases), performances nocturnos de “me estrello con el carro”, que mezclaban autolesión fingida y control de la agenda conyugal. Él leía en la sala, ella amenazaba en la puerta. 


Luego apareció el estudiante. Un muchacho aplicado al que Karo identificó de inmediato como material etnográfico y biográfico:

“Si antes te hubiera conocido / seguramente estarías bailando esta conmigo, no como amigos...”

De la Karol de los estadios a la Karo de las aulas y las plazas, lo traducción sería: “si antes te hubiera conocido, tú serías el marido y no este señor que me consiguió casa, hijo y escalafón, pero me recuerda cada día que no me hice sola”.

Finalmente,  le decretó el divorcio al profesor con el que se había casado y tenido un hijo que ya contaba con ocho años, pero no se conformó con dinamitar el matrimonio. Aunque el profesor aceptó todas sus condiciones, incluyendo la pérdida de su nutrida biblioteca, Karo se irritó por tanta serenidad. Con todo, ella tenía que ser discreta con la fase dos del experimento. 

Recinto 2: la jaula del hámster-estudiante

El laboratorio se armó rápido. Ella alquiló una pocilga en una calle empinada de la ciudad –lo llama “loft”, pero huele a humedad y fritanga– y lo instaló allí. Él, como buen hámster, aceptó las condiciones:
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.

El estudiante rueda en su rueda metálica (tesis, reseñas, favores, caricias a deshoras); ella entra y sale, como guardiana del zoológico humano descrito por los viejos antropólogos, alternando protección y privación, abrazo y portazo.

La banda sonora es coherente:

“Taba con alguien, pero ya estoy free”, como declaración de independencia con patrocinio estatal;
“Yo me caso contigo / mi nombre suena bien con tu apellido / ‘toy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”, como fantasía de reescritura matrimonial siempre aplazada.

En la práctica, Karo no se casa con nadie: mantiene al ex-marido como proveedor oficial, al hámster como amante experimental y al hijo como rehén afectivo. La libertad reguetonera, traducida a régimen de plaza, significa “rotar de hombre sin perder el queso”.

La antropóloga dilapida su sueldo de investigadora de tiempo completo en camisetas y joyería premium con merchandising oficial de Karol G.  

El viaje a Madrid para ver a Karol G en el Bernabéu fue su rito de paso:

“Provenza” en Spotify, Provenza en Instagram,
“’toy free” en stories, marido y niño en casa, esperando el turno de convertirse en notas al pie de un paper sobre maternidades precarizadas.

Desde mi libreta de campo, el experimento se ve así:

Recinto 3: la "casa oficial"

Aquí Karo juega a ser madre intachable. El niño de nueve años –mi verdadero informante– la adora y teme a la vez. Sabe, sin saber, que si un día aparece un “tío” nuevo en la sala, su vida puede reconfigurarse en un fin de semana. El padre, expulsado primero del dormitorio y después de la casa, ha quedado reducido a figura de transferencia bancaria y a chófer eventual.


El estudiante no aparece en fotos familiares ni en chats de escuela. Es un sujeto en cautiverio: respira solo cuando ella abre la puerta. Karo le explica que todavía no puede integrarlo al ecosistema oficial porque “el niño quiere mucho a su papá y no quiero que piense que lo cambié por un chamaquito”.

 Traducción: mientras el ex financia casa y colegio, el hámster debe permanecer off–line.


Recinto 4: el campus y las redes


Aquí Karo es heroína feminista. En coloquios y asambleas narra su historia como la de una mujer que escapó de un matrimonio opresivo, se “puso free” y rehizo su vida con un amor puro con diferencia de edad. El hámster se vuelve alegoría; el ex, patriarcado; cualquier disidencia, violencia simbólica.

Los tres recintos se comunican por pequeños cables invisibles: chats borrados, fotos recortadas, rumores de pasillo llevan la noticia de su experimento a una velocidad que Karo prefiere no calcular.

Como antropóloga, debería limitarme a observar y describir. Como colega, a veces solo atino a pensar que el animal más cruel de este encierro no es el hámster, ni el ex-marido, ni siquiera la institución que paga el salario; es esa voz en la cabeza de Karo que le susurra, con base y autotune:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free”,
“yo me caso contigo, estoy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”.

Mientras tanto, el niño de nueve años aprende dos lecciones contradictorias: que su papá es prescindible y que su mamá nunca está del todo aquí. Él sí es el verdadero sujeto de prueba de este experimento sombrío.


febrero 26, 2026

Introducción al arte y la estética de la lectura (lección inaugural)





La lectura no es una “habilidad” entre otras, como a veces repiten los manuales de didáctica, ni un simple trámite para llegar “después” a la literatura. La lectura, si la tomamos en serio, es ya una forma de vida. Un arte.

En tiempos de tribunos y oradores —cuando no había papel barato ni libros para cada individuo, cuando se leía en voz alta en plazas, templos y escuelas— este dato era evidente: el acceso normal a un texto no era la lectura silenciosa, sino la voz de alguien que lo encarnaba para los demás. La Retórica antigua lo sabía: la inventio y la dispositio preparaban el discurso; la elocutio, la memoria y la actio lo arrojaban al cuerpo. Leer bien, entonces, equivalía a saber decir.

La modernidad cambió el régimen material de la lectura: papel abundante, imprenta, libros de bolsillo, bibliotecas personales. Cada cual con su ejemplar. Kant reorganiza el saber desde las Críticas, la Estética ocupa el lugar de la vieja Retórica, y la escuela expulsa la oratoria de sus planes de estudio. Queda un vacío: hay cada vez más libros, pero cada vez menos trabajo explícito sobre la voz. Nadie enseña qué hacer con el cuerpo frente a la página.

El siglo XIX intentó llenar ese hueco. En Italia, en Francia, en España, reaparece el Arte de la Lectura como disciplina técnica y escolar: Legouvé en el Collège de France, Franceschi en Milán, Rufino Blanco en las Escuelas Normales, todos convencidos de lo mismo: aprender a leer es la mejor manera de aprender a hablar; una democracia sin lectura en voz alta se queda sin oído para sí misma.

La lección de hoy, que inaugura un pequeño ciclo en este blog, quiere volver a poner la lectura en ese lugar exigente: como arte de apropiarse de lo escrito. Apropiarse quiere decir tres cosas:

entender el asunto,

interpretarlo críticamente,

y devolverlo al mundo con la voz, con la escritura o con ambos a la vez.

Rufino Blanco lo decía sin rodeos: “la Lectura crea formas, porque transforma la expresión escrita en expresión oral”, y por eso el lector es un artista, no un mero usuario. La estética de la lectura, entonces, no es un lujo ornamental; es la reflexión sobre esa pequeña metamorfosis cotidiana que ocurre cuando un texto pasa por un cuerpo.

En la siguiente entrega entraré en el aparato técnico de ese arte: el sonido, la voz, el aparato vocal, la diferencia entre leer, recitar y declamar, y la vieja tabla de virtudes y vicios que permite distinguir una lectura afinada de una lectura fallida.

Leer lección aquí