jueves, 4 de octubre de 2018

Veracruz, el puerto que se repite: Aquí no es Miami, de Fernanda Melchor




En su estupendo ensayo La isla que se repite (1998), Antonio Benítez Rojo observó que el Caribe no es solamente un mar interior entre Norteamérica, Centroamérica y Suramérica, el que baña las costas de Venezuela y Colombia y las de la península de Yucatán y las de la Florida y el que se adentra en el Golfo de México y el de las Antillas menores y mayores flotando en su centro. No. El Caribe es ante todo un meta-archipiélago sin límites y sin centros: 

el Caribe desborda su propio mar, y su última Tule puede hallarse a la vez en Cádiz o en Sevilla, en un suburbio de Bombay, en las bajas y rumorosas riberas del Gambia, en una fonda cantonesa hacia 1850, en un templo de Bali, en un ennegrecido muelle de Bristol, en un molino de viento junto al Zuyder Zee, en un almacén de Burdeos en los tiempos de Colbert, en una discoteca de Manhattan y en la saudade existencial de una vieja canción portuguesa. (1998: 18).

Claro: en las discotecas de Manhattan se cocinaron los ingredientes para la salsa, gracias a la gran migración de cubanos, puertorriqueños y dominicanos. También en la otra capital del imperio anglosajón, Londres, inmigrantes jamaiquinos –Jamaica es la segunda isla más grande del Caribe, Cuba es la primera– sazonaron el reggae.

            Leer los relatos –así los llama Fernanda Melchor en la nota inicial– de Aquí no es Miami es abrir tremenda ventana hacia el Caribe. El relato titulado justamente “Aquí no es Miami” pone en juego la teoría de Benítez Rojo: un hombre de nombre Paco, estibero del puerto de Veracruz, se dirige por la avenida Montesinos hacia la garita del muelle. Hay, aparcadas, una furgoneta del Instituto Nacional de Migración y varias patrullas de la Policía Federal. Cuando los agentes con sus perros rastreadores se retiran a medianoche, de repente  emerge el Caribe en boca de unos polizones ocultos en el último remolque: “¡Mi hermano! ¡Ayúdame, mi hermano! [...] Somos dominicanos. Po favor, ayúdanos, tenemos una semana sin comer. […] Dinos que estamos en Miami, por favor”. Paco el estibador, aterrado, responde: “¿Miami? ¡No mamen, están en Veracruz!”. Ahí está el meta-archipiélago sin límites y sin centros, el Caribe, que aparece en un remolque en Veracruz o en el barrio Little La Habana de Miami. Es decir: si aquí no es Miami, luego puede ser Santo Domingo, La Habana, Barranquilla, Maracaibo, Kingston… Si aquí no es Miami, bien puede sonar un son cubano, una cumbia barulera, un porro sabanero, un cha-chá, un bolero. ¿A poco no sonó por todas las emisoras del planeta el famoso son jarocho “¿Bamba, bamba”, que primero popularizó Andrés Huesca durante la época de oro del cine mexicano y después dio a conocer Ritchie Valens en 1958 y que “Los Lobos” interpretaron como tema musical de la película «La bamba» que narraba la vida del Ritchie…?

            No decimos nada nuevo si insistimos en que México es un país talasofóbico (talas es mar en griego): México le tiene fobia al mar a pesar de estar bañado por dos océanos y en sí mismo constituir un istmo. Su capital –auténtica megalópolis– se extiende sobre los altiplanos centrales centrípetamente. Y las demás regiones mexicanas, especialmente las de las ciudades costeras como Veracurz, a menudo quedan exangües, sin sangre, chupadas, cadavéricas, vampirizadas. No es extraño, por lo tanto, que varias casas del centro histórico de Veracruz cobren el aspecto de caserones góticos, abandonados, donde moran fantasmas y se esconden vampiros.

El puerto de Veracruz es hermano gemelo de La Habana en Cuba y de Cartagena de Indias en Colombia. Las tres ciudades portuarias constituyen tremenda triangulación desde tiempos virreinales. Las redes comerciales y culturales del Caribe estuvieron por encima de los actuales Estados-nacionales. El gran declive del Caribe hispano, del que todavía no hemos podido recobrarnos, vino con la caídad del Imperio español cuyo último enclave se perdió en 1898 cuando finalmente los mariners de Estados Unidos se apropiaron de Cuba. Esto significó cercar a México. Dejarlo sin salida al Caribe. Por ambos lados México quedó cercado por el imperio angloamericano, un imperio marítimo cuyo coto al sur de México es Belice, la antiguamente conocida como Honduras británica. En consecuencia, los principales problemas del país obedecen a la desproporción de una limitada circulación interna (una capital que convierte al país en un cuerpo macrocefálico) y una poca respiración internacional que lo hace dependiente de la política exterior norteamericana.

Insistamos en el comparativismo entre Veracruz y otras ciudades del Caribe. El relato titulado “Reina, esclava o mujer” me recordó los reinados de belleza para escoger la mujer más bella de Colombia y que se celebran en Cartagena hacia noviembre de cada año y que paralizan a los televidentes de todo el país. Los caserones del centro histórico de Veracruz guardan mucho parecido con los del casco antiguo de Cartagena. Alguien debería animarse a urdir la trama de una novela fantástica, musical, como la del cartagenero Germán Espinosa, Cuando besan las sombras (2004). Preguntémonos, por cierto, qué tanto aire de familia podría tener Temporada de huracanes (2017), la novela de Fernanda Melchor, con Trilogía sucia de La Habana (2015) de Pedro Juan Gutiérrez.

Volviendo a los relatos de Aquí no es Miami, éstos tienen una presencia colombiana constante.  En el primero de los relatos, “Luces en el cielo”, la fantasmagoría de los ovnis y de platillos voladores, que en un principio fascina a la niña narradora que con su hermano las contempla desde una playa del puerto hacia 1991, tiene que ceder a la evidencia más prosaica y cutre: son avionetas de narcos trayendo cocaína desde Colombia. En el relato “No se metan con mis muchachos. Apuntes para una crónica de la llegada del crack al puerto”, aparece un hombre a quien apodan El Pollero y quien “sueña convertirse en narco y salir de la pobreza […] La droga colombiana llegaba en contenedores, a través de buques provenientes de Sudamérica, o atravesaba el Caribe a bordo de avionetas, hasta llegar a las bodegas en Mérida y Chiapas, para acabar en las narices de los empresarios y juniors del puerto” (pp. 119-120).

Esta pequeña cita me permite reforzar una hipótesis en la que hemos venido trabajando. La última revolución de la que tenemos noticia –si entendemos por revolución aquel proceso que acelera salir de la pobreza y entrar en la riqueza – la ha protagonizado el narcotráfico y ha tenido a Colombia como escenario principal. No es gratuito que haya estallado entre 1989 y 1991. Es decir, mientras al otro lado del mundo se desplomaba pacíficamente la Unión Soviética y el Muro de Berlín, el Cartel de Medellín ordenaba el estallido en pleno vuelo con 107 pasajeros a bordo del Boeing de Avianca 727-21 que cubría la ruta entre Bogotá y Cali (27 de noviembre de 1989); hacía estallar un camión cargado con 60 kilos de dinamita contra el edificio del diario bogotano El Espectador (2 de septiembre de 1989), y un autobús con 500 kilogramos de dinamita contra el edificio del Departamento Administrativo de Seguridad (6 de diciembre de 1989). Semejantes acontecimientos no han merecido, salvo escasas excepciones, un intento de comprensión por parte de los escritores y críticos que cultivan y comentan primorosamente la narrativa sobre el narcotráfico.

Finalmente, aunque echo de menos en Aquí no es Miami mayores referencias musicales y literarias, su lectura me hizo acordarme de una trilogía poética de Alfonso Reyes, “Golfo de México”, uno de cuyos tres poemas se titula “Veracruz” y dice así:

No: aquí la tierra triunfa y manda
-caldo de tiburones a sus pies.
Y entre arrecifes, últimas cumbres de la Atlántica
Las esponjas de algas venenosas
Manchan de bilis verde que se torna violeta
Los lejos donde el mar cuelga del aire.

Basta saber que nos guardan las espaldas:
La ciudad sólo abre hacia la costa
Sus puertas de servicio.

En el aburridero de los muelles,
Los mozos de cordel no son marítimos:
Cargan en la bandeja del sombrero
Un sol de campo adentro:
Hombres color de hombre,
Que el sudor emparienta con el asno
-y el equilibrio jarocho de los bustos,
al peso de las cívicas pistolas.

Herón Proal, con sus manos juntas y ojos bajos,
Siembra clerical cruzada de inquilinos;
Y las bandas de funcionarios en camisa
Sujetan el desborde de sus panzas
Con relumbrantes dentaduras de balas.

Las sombras de los pájaros
Danzan sobre las plazas mal barridas.
Hay aletazos en las torres altas.

El mejor asesino del contorno,
Viejo y altivo, cuenta una proeza.
Y un juchiteco, esclavo manumiso
Del fardo en que descansa,
Busca y recoge con el pie descalzo
El cigarro que el sueño de la siesta
Le robó a la boca.

Los Capitanes, como han visto tanto,
Disfrutan, sin hablarse,
Los menjurjes de menta en los portales.
Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
Y el Cabo Verde y sus faros de colores,
Y la tinta china del Mar Amarillo,
Y el Rojo entresoñado
Que el profeta judío parte en dos con la vara,
Y el Negro, donde nadan
Carabelas de cráneos de elefantes
Que bombean el Diluvio con la trompa,
Y el Mar de Azufre,
Donde pusieron cabellera, ceja y barba,

Y el de Azogue , que puso dientes de oro
A la tripulación de piratas malayos,
Reviven al olor del alcohol de azúcar,
Y andan de mariposas prisioneras
Bajo el azul "quepí" de tres galones,
Mientras consume nubes de tifones
La pipa de cerezo.

La vecindad del mar queda abolida.
Gañido errante de cobres y cornetas
Pasea en un tranvía.
Basta saber que nos guardan las espaldas.

(Atrás, una ventana inmensa y verde... )
El alcohol del sol pinta de azúcar
Los terrones fundentes de las casas.
(... por donde echarse a nado)

Miel de sudor, parentesco del asno,
Y hombres color de hombre
Conciertan otras leyes,
En medio de las plazas donde vagan
Las sombras de los pájaros.

Y sientes a la altura de las sienes
Los ojos fijos de las viudas de guerra.
Y yo te anuncio el ataque a los volcanes
De la gente que está de espalda al mar:
Cuando los comedores de insectos
Ahuyentan las langostas con los pies
y en el silencio de las capitales
se oirán venir pisadas de sandalias
y el trueno de las flautas mexicanas.


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