Por la tarde, en el Kunsthistorisches Museum, me he plantado frente a la Torre de Babel de Brueghel el Viejo. He sentido un nudo en la garganta que no esperaba. Brueghel el Viejo era el pintor favorito de mi abuelo Pineda. De niño, me acuerdo, yo podía pasar horas perdido en las litografías de esa construcción imposible, ese caracol de piedra que desafía al cielo mientras se desmorona por su propio peso. También conseguí un póster de la Torre de Babel y lo pegué en mi apartamento de soltero en Copilco y sobrevivió a todas mis mudanzas de casado. Frente al original, claro está, todo palidece.
Pequeña écfrasis del cuadro de Brueghel. Si te acercas, ves el detalle demencial: los canteros, las grúas de madera, el Rey Nemrod creyéndose eterno. Incluso un albañil, si se mira con más detenimiento, aparece defecando. La Torre es una colmena de piedra donde cada celda es un malentendido.
27 de febrero de 2023 [tarde-noche]
Al caer el sol, cambié el éxtasis artístico por el protocolo de la Embajada de España. Se inauguraba el Hispanistentag 2023 y, bajo el retrato de Felipe VI —porque España, señores, no es una "republiqueta" sino un Reino—, me dediqué al noble arte de la simulación.
Me moví entre canapés y copas de vino con la destreza de un camaleón transatlántico. Empecé saludando con un "Mein Deutsch ist nicht so gut" que encendió el entusiasmo de los locales; me hablaron tan rápido que tuve que saltar al inglés para no naufragar. Luego, me volví el mexicano más cosmopolita para debatir con el embajador Campuzano Piña sobre Carlota y Maximiliano (ese "güero de ADN confirmado" que aquel embajador parece querer emular en su retorno triunfal a México). El embajador de Colombia, al verme, salió huyendo —o eso quiero creer en mi delirio de importancia....
Salí de la embajada embriagado de vinos y ahíto de caviar. En Viena, en la "Europa del medio", en este Bizancio germano-eslavo-húngaro-turco, me he sentido, al mismo tiempo, un heredero de Carlos V y un náufrago colombiano que busca cama o donde echarse en la estación central como cualquier mendigo.
28 de febrero de 2023:
Viena es, ante todo, una ciudad que se piensa a sí misma. Al caminar por la Ringstraße, por ese anillo que encierra el casco antiguo, uno no pisa solo asfalto, sino las ruinas de una ambición liberal. No puedo evitar invocar aquí La Viena de fin de siécle, de Carl E. Schorske, ese libro que tanto inspiró a Beatriz Sarlo para diseccionar nuestras propias metrópolis y pensar la ciudad como un texto de tensiones políticas. La Ringstraße fue el escenario de un fracaso: el intento de la burguesía por legitimarse a través de un historicismo arquitectónico (el neogótico del Ayuntamiento, el neoclásico del Parlamento) que terminó colapsando ante la irrupción de lo irracional. Al caminar por este círculo, entiendo que la modernidad vienesa no nació del progreso, sino de la grieta; nació de esos intelectuales que, al verse expulsados de la vida pública, se refugiaron en el diván de Freud o en el oro de Klimt.
Al caminar por la Ringstraße, sin rumbo, termino en la Berggasse 19, la casa de Sigmund Freud. Pienso en un cuadro de Schiele: un "tullido" escuálido al que solo le queda la pulsión de una brillante erección.
En el Museo Schubert me detuve largo tiempo ante la vitrina que custodia sus lentes: cristales redondos, pequeños y fatigados que parecen conservar aún la mirada corta de quien escribió música para el fin del mundo. Al verlos, el eco de mi maestro, el novelista Espinosa, vibró en mi memoria con la fuerza de una lied melancólica, y de repente llegó a mí aquel verso en prosa de León de Greiff que Espinosa tanto me repetía, casi como un mantra de identidad: "Franz después del Sordo".
De Greiff, ese musicólogo excelso nacido en las montañas de Antioquia, solo pudo conocer Europa a los sesenta años, cargando ya con toda la música del mundo en la cabeza. Al caminar por Viena, imagino a Espinosa arrastrando su capa invisible por el mismo empedrado, uniendo el barroco de Cartagena con este aire danubiano...
Tarde-noche:
El tren a Graz es una ascensión. Atraviesa túneles que devoran la luz y sube riscos hasta alcanzar valles altos que parecen suspendidos en el tiempo.
Al bajarme en la estación, cruzo calles saturadas de migrantes musulmanes donde el alemán ha sido desplazado por la urgencia del árabe. Ceno un kebab apresurado; un descuido y la salsa mancha mi bella gabardina. Una marca de grasa sobre mi armadura de académico.
1 de marzo de 2023
Después de leer mi ponencia en el Congreso de Hispanistas, dedico la tarde a caminar por la orilla del río Mura (Mur en alemán) cuyas aguas bajan con una urgencia plateada a encontrarse con el Danubio. Recorro la Murinsel, esa isla de acero y cristal que flota como una caracola futurista en medio del cauce; un artefacto de la Secesión del siglo XXI (cuando Granz fue capital europea de la cultura en 2003): un puente que no termina de ser orilla.
Finalmente, subí al Schlossberg, el monte donde el castillo y su torre del reloj vigilan la ciudad. Subir allí es como intentar alcanzar ese valle alto de la conciencia donde todo se vuelve pequeño: los resentimientos, las manchas en la gabardina y hasta las ausencias. Desde la cima, Graz se despliega como un tablero de ajedrez donde Kepler alguna vez movió sus piezas. Me quedo aquí, en el límite de la Estiria, viendo cómo el Mura se lleva los restos de este febrero que, al fin, me ha permitido respirar.
Por la noche en un bar atestado de hispanistas: hervidero de acentos argentinos, peruanos y colombianos. La tentación se presentó con el rostro de dos chicas que invitaban a prolongar la madrugada. Pero yo, en un gesto de quijotismo inútil, elegí la soledad. Quería ser fiel a un matrimonio que ya se desmoronaba en mis manos: Torre de Brueghel que ya tenía el destino escrito en sus cimientos.
Termino mi viaje por Graz en la casa de Kepler. Aquí, donde el astrónomo buscó la armonía de las esferas y las leyes que rigen el movimiento de los planetas, yo busco una ley que explique mi propio caos. Él miró al cielo para entender el orden; yo miro este diario para entender el curso natural de los acontecimientos.
Noche de 2/3 de marzo de 2023
Regreso de Graz a Viena en un tren que parece arrastrarse por la nieve. Llego a la ciudad derrotado físicamente; en el hotel de Graz falló la calefacción y el invierno no perdona. Pero, como buen discípulo de Freud (todos lo somos), sé que mi mal es psicosomático: el resfrío se me desencadenó por la indiferencia y el odio del otro lado del Atlántico. Regaños tontos. Reproches. Resentimientos.
Sin apenas darme cuenta, seguía nevando de la misma forma perezosa y fea. Yo caminaba en silencio, acatarrado, sorbiéndome la nariz y arrastrando mi maleta sobre el empedrado gélido. Pero me olvido de todo ante el esplendor de la Catedral de San Esteban (Stephansdom).
La catedral no es un edificio, es una montaña tallada. Sus tejas esmaltadas, que forman el escudo de los Habsburgo, brillaban bajo la luz mortecina como piel de serpiente. La aguja principal se pierde en el cielo gris, una lanza gótica que parece pincha las nubes y hacerlas llover. Al entrar, el silencio es un bálsamo. El contraste entre la verticalidad de sus naves y la opresión de mi pecho acatarrado crea una tensión mística. Aquí, entre las tumbas de emperadores y el eco de los siglos, el resentimiento se vuelve un ruido blanco, insignificante frente a la eternidad de la piedra. He vuelto a Viena para poner el punto final, no en el papel, sino bajo la protección de esta mole que ha visto caer todos los imperios, incluidos los del corazón.
En la pantalla de WhatsApp, al llegar a mi hostal, una última distracción: una invitación a cenar de una estudiante polaca, admiradora del ensayo hispanoamericano, que desea saber más de Medellín y de Colombia. Me excuso. tengo fiebre. Pienso que debo eliminar ese chat; si no, la Madona me mata al llegar a México. [Ahora pienso lo ingenuo que fui, pues ya la madona se amancebaba con otro. "Nadie puede con una mujer profesora, hijo mío", leí después en La cripta de los capuchinos de Joseph Roth]. Viena, la Viena del fin de siglo, es la única que entiende este fin de imperio personal.
La aplicación de Booking falló en mandarme un taxi. Tuve que lanzarme a la madrugada vienesa, resfriado, con la fiebre galopando en mis sienes y la maleta pesando. Afuera, la nieve seguía cayendo con esa persistencia muda. Eran las cinco de la mañana y mi vuelo a Madrid —el puente de regreso al caos conocido— salía a las 7:00. En medio de la nieve sucia sobre el pavimento y bares alrededor, un taxi apareció como un milagro de metal.
El conductor, un hombre de rostro curtido y acento musulmán, me recibió en su refugio con calefacción. Allí, en un inglés quebrado por la urgencia, regateamos el precio de mi libertad. Fue un duelo de voluntades breve y digno; aceptó mis condiciones con una venia y, bajo el amparo de Alá y la pericia de sus manos al volante, devoró los kilómetros de la autopista nevada.
Me depositó a tiempo en las salas del aeropuerto. Me voy agripado de este Imperio. Vuelvo a las letras finales del alfabeto, pero llevo conmigo el oro de Klimt y el frío de San Esteban grabados en la piel.
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