«La luna ha desgarrado ya el manto de la noche. Bebe. Manténte alegre, porque durante mucho tiempo ha de brillar la luna sobre nuestros sepulcros» (Omar Khayam). Eso se repitió Sarmiento al abandonar su antigua casa de casado (casarse viene de casa) y vislumbrar, al otro de la autopista, el cementerio de la ciudad. De manera que enfiló su auto hacia el bar, el lugar donde mejor lo trataban.
No existen Dios y yo. Yo soy una parte de Dios. Mía es una parte de su potencia de existir y obrar. Yo soy uno más de los modos en que Dios se manifiesta en las estrellas y las montañas, en las ideas y las pasiones.
Las respuestas de un maestro, leyó Sarmiento en Política del amor universal de Mo Ti (un filósofo chino del siglo V-IV a. C.), tienen que contener algo que el discípulo ignora.

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