febrero 16, 2026

La ciudad es un medio: Pamplona (Navarra) como fortaleza (espiritual)


En su influyente ensayo “La ciudad es un medio”, Friedrich Kittler  advirtió que la ciudad no es un escenario, sino un aparato que registra, filtra y ordena la vida, como si cada calle fuese una línea de código y cada muralla un firewall de piedra. 

Pamplona, entre septiembre y diciembre de 2025, se me reveló justamente como eso: una medialidad histórica en funcionamiento, una máquina de canales y umbrales donde lo militar y lo espiritual siguen emitiendo señales de larga duración.

Durante siglos, Pamplona fue un dispositivo de defensa de la monarquía hispánica frente a Francia: murallas, Ciudadela, baluartes, fosos y revellines componían un diagrama de fuerzas pensado para detener el avance enemigo. La ingeniería militar fue allí un algoritmo inscrito en el paisaje: trazó trayectorias posibles, recortó movimientos, decidió quién podía atravesar el umbral y quién debía quedar fuera. Toda fortaleza es ya un medio: no solo resiste, sino que escribe en los cuerpos la gramática de la obediencia y del miedo.

A veces me divertía preguntándome si, Felipe II fue quien ordenó levantar la Ciudadela, entonces las murallas de Pamplona y las de Cartagena de Indias pertenecen al mismo ciclo defensivo del Imperio y compartieron una misión semejante: blindar sus fronteras frente a las potencias rivales. Soltaba este apunte en tono de broma ante mis estudiantes, y lo repetía entre risas con mis colegas Alejandro Martínez Carrasco y Javier de Navascués, como quien descubre que el mismo fantasma de piedra obsesiona por igual a Navarra y al Caribe.


Justo allí, me señalaba mi amigo Alejandro, justo allí donde hoy pasean turistas y runners, una bala de cañón le destrozó la pierna a Iñigo de Loyola y le cambió para siempre la médula espiritual al Imperio. Ignacio de Loyola, un vasco, defendió Pamplona en nombre del rey de Castilla frente a un ataque franco‑navarro. La batalla del 20 de mayo de 1521, en la que Enrique II de Navarra, apoyado por Francisco I de Francia, intentó restaurar el reino perdido tras la conquista de 1512, la atravesamos varias veces en nuestras caminatas, casi sin darnos cuenta. 

La caminata por las fronteras de hormigón del Pirineo navarro revela la obsesión moderna por reforzar una geografía que ya era, en sí misma, defensa natural: cumbres nevadas, desfiladeros, niebla y frío como muro casi teológico. Entre el Valle de Lizaso y la vuelta a Alarar, los búnkeres silenciosos son los píxeles muertos de una pantalla bélica anterior, perforando el paisaje con ojales de hormigón que miran hacia Francia.

En esa rudeza de roca y niebla surge la pregunta incómoda: ¿es esta España áspera, fortificada, la que permite la delicada ficción de una Francia «civilizada», laica, confiada en la suavidad de sus bulevares? 

La sobriedad navarra es una contrapunto de la ligereza francesa, como si el pliegue severo de las montañas españolas sostuviera el escenario luminoso de la Belle Époque: de los acantilados de Biarritz, del malecón del río Garona en Burdeos. La frontera, más que un límite cartográfico, es aquí una interfaz espiritual que modula caracteres nacionales: endurece de un lado, dulcifica del otro.

Frente al laicismo francés, Pamplona conserva iglesias que no son solo monumentos, sino máquinas activas de memoria: registros cotidianos de plegarias, rituales y hábitos que continúan en uso. El altar mayor de San Saturnino, con su cabecera gótica y las capillas laterales que se abren como pestañas de un misal barroco, condensa siglos de devoción en una sola superficie de imágenes y dorados, de modo que cada misa es también una actualización de software espiritual en un hardware de piedra y madera que viene funcionando sin apagarse desde la Edad Media.


Encima de todo esto, un “cielo de rutas” añade una nueva capa medial: los corredores aéreos, los slots, los horarios, las normas de Eurocontrol son escritura pura, un software que inserta a Pamplona en una red que la trasciende. No importa tanto cuántos habitantes tenga la ciudad; lo que importa es cómo está direccionada en el grafo de trayectos que unen Madrid, París, México, Bogotá, Nueva York. Nadie mira los aviones que la sobrevuelan como textos, pero cada vuelo es una frase de un lenguaje de circulación global.

Kittler sospechaba que si cambiamos el código, poco a poco cambiamos las almas. De noche, tenía pesadillas. Soñaba distopías. Me levantaba de repente en otra Pamplona, donde el euskera era la única lengua oficial. Los altavoces de los supermercados escupían instrucciones en un euskera normativo impecable, con jingles patrióticos que venden yogures, seguros de coche y bonos de guerra cultural; las pantallas municipales repetían avisos en la misma lengua, como si cada decreto fuera un exorcismo contra el castellano.

Pero en la calle, en los parques, en los portales húmedos de la Chantrea y de San Jorge, en los autobuses y en las colas de los locutorios, lo que oía era más bien árabe. La mayoría de las mujeres caminaba con burka; los hombres barbados ocupaban el espacio sonoro con su cadencia, negociando, regateando, predicando, controlando las pequeñas economías de barrio. 
El español solamente se oía entre los reguetoneros «latinos» que atravesaban la noche de Iturrama con los bajos saturados. Es decir: el castellano se había vuelto una lengua clandestina, de flirteo y trap.
La Universidad, por su parte, se había blindado como un búnker y allá solamente se hablaba un inglés gringo, funcional y plano, hecho de papers, calls for papers, rankings y memorandos de compliance. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario