abril 14, 2026

La humanidad en invierno demográfico: la paradoja de Plotino y el taxista




Informe de Observación 14-X 

*[Ensayo de ciencia ficción]

En el año terrestre 2026, nuestros observadores completaron la tercera fase de seguimiento de la especie humana. El dato más llamativo no fue una nueva guerra ni una plaga inédita, sino algo más silencioso: los humanos han empezado a dejar de nacer. Las cunas se vacían mientras se multiplican los tribunales de familia, los protocolos de género, las plataformas de citas y los consultorios de terapia. El planeta no ha perdido su capacidad biológica de engendrar; ha perdido, más bien, la confianza simbólica en hacerlo.

En sus ciudades llamadas “occidentales”, comprobamos una paradoja de alto refinamiento: cuanto más se habla de derechos reproductivos, menos niños hay en los parques. Las parejas –cuando llegan a formarse– caminan sobre un suelo minado de contratos, cláusulas, capturas de pantalla y posibles denuncias. No se trata de la antigua prudencia campesina (“no tengamos hijos porque no hay qué darles de comer”), sino de un miedo más sofisticado: “no tengamos hijos, porque el Estado y los tribunales acabarán sentados en nuestra cama”. 

No pretendemos sugerir un retorno a patriarcados fósiles ni a familias forzadas por hambre o dogma. Detectamos, eso sí, una curiosa simetría: muchas mujeres cargan la herida de haber crecido sin padre; no pocas, ya adultas, reproducen ese vacío en sus hijos, pero atribuyendo toda la responsabilidad al hombre que intentó quedarse. Un sistema judicial “sin padre”, como describe uno de los comentaristas locales, completa la faena.

Uno de nuestros informantes, un taxista latinoamericano, lo expresa con brutal claridad en su lengua coloquial: «Pero usted dígame, hermano, quién quiere tener hijos si, a la menor provocación, lo demandan a uno por alimentos, la ex mujer de uno se empodera y sostiene a otro cabrón con lo que uno le paga?». El traductor automático, turbado, dejó “cabrón” en el original.

Uno, uno, uno. ¿Se refiere al Uno de Plotino? A Plotino, que no era de este mundo como Jesucristo, nosotros lo trajimos. El taxista ignora quién es Plotino, pero sí que conoce al Crucificado. Plotino, le decimos, no se queja contra el sistema judicial;  estaría harto de pleitos por alimentos y se cansaría de toda esta película, pero pronto se olvidaría de eso porque él busca el origen absoluto de todo, más allá incluso del ser y del pensamiento. Del Uno emanan primero el Intelecto (las Formas) y luego el Alma del Mundo. El Uno no tiene cuerpo, ni partes, ni pasiones; no “piensa” como nosotros porque está más allá de toda distinción sujeto/objeto. Todo lo existente tiende a retornar al Uno, como un río que busca el mar: la mística neoplatónica es, básicamente, ese regreso.

Amigo taxista. Vea. Para nuestra especie, el Uno es algo muy familiar: una singularidad previa al Big Bang, un punto de densidad infinita de realidad del que brotan todas las dimensiones, leyes y conciencias. Ningún “señor en el cielo”, sino el código fuente último de la simulación cósmica. Lo desconcertante, se lo decimos clarito, es que los humanos parecen empeñados en confundir el código con los errores de programación: egos, pleitos, demandas, chats larguísimos a las tres de la mañana.

La retórica del “cuidado” convive en este bípedo con una práctica frecuente del sacrificio. Todas sus religiones son sacrificales. La del capitalismo también. En nombre de proteger a la criatura, se destruye al progenitor no custodio; en nombre de la autonomía femenina, se toleran sin pestañear relaciones de poder de laboratorio. Mientras tanto, el padre que lleva a la niña a piano y equitación es enviado a talleres psicoeducativos por videoconferencia. 

El resultado es un claroscuro demográfico: menos parejas que se arriesgan a fundar casa, más individuos que optan por viajes, mascotas, amantes rotativos y, cuando mucho, un hijo único convertido en terreno de batalla simbólica. Desde nuestra órbita, la ecuación es simple: cuando la procreación se percibe como puerta de entrada a un campo de minas legal y sentimental, la racionalidad mínima sugiere no cruzarla.

Judicializar cada desencuentro amoroso deconstruye un ecosistema poco propicio para la llegada de nuevos habitantes. Llaman a esto “progreso”; en nuestra clasificación es una forma elegante de autoboicot reproductivo. Quien observa con telescopio no ve empoderamientos luminosos, sino una coreografía agotadora de seres cansados que, en lugar de cortar el cordón umbilical, lo conectan a cuentas bancarias, contraseñas de Zoom y capturas de WhatsApp.

Quizá, dentro de algunos ciclos solares, los arqueólogos de otra especie encuentren sus retablos, sus novelas, sus sentencias y sus blogs, y concluyan que los humanos del siglo XXI no murieron por falta de tecnología ni de medicinas, sino por una extraña combinación de orgullo, miedo y litigio. Entre los restos, tal vez aparezca el registro de una madre y un padre que, tras muchas batallas, descubrieron algo casi revolucionario: que el mejor servicio que podían hacer a su causa no era ganar el último recurso de apelación, sino permitir que la niña creciera en paz, sin convertirla en paradigma, ni en víctima ejemplar, ni en caso de estudio.

abril 04, 2026

No hay que perder el centro









Caminar por Bogotá es, a menudo, un ejercicio de ceguera voluntaria. Pasamos frente al milagro sin verlo. Me sucedió con la Iglesia de Las Aguas. Una fachada blanqueada, casi tímida, que se asoma entre la carrera y el cerro como si pidiera permiso para existir. Uno entra sin grandes expectativas y, de pronto, aparece un retablo dorado, denso, casi sofocante. 

Erigida por la disciplina de los predicadores dominicos, la Iglesia de Nuestra Señora de las Aguas se alza en el punto geométrico exacto entre Monserrate y Guadalupe: dos cerros devocionales que funcionan como cornisa teológica de la ciudad. Dentro del templo se entiende mejor la frase que quisiera dar título a esta nota: no hay que perder el centro.







El retablo de la Iglesia de Las Aguas, hecho de madera tallada, organiza un pequeño cosmos: es la Civitas Dei agustiniana capturada en una malla de ángeles apretujados, cabezas aladas y roleos vegetales. Es una lección de Rigor (Gevuráh). El Horror Vacui solo se soporta mediante un centro bien fijado. Aquí, en el punto geodésico exacto entre Monserrate y Guadalupe, el retablo nos enseña que la belleza  es la fidelidad, la constancia, el esplendor del orden contra la traición y el desorden.


Salgo de la penumbra dorada al resplandor desigual de la Jiménez. Fotografío la estatua de Ricardo Palma (1833-1919), director de la Biblioteca Nacional de Lima y autor de las Tradiciones peruanas. 


Un escritor peruano homenajeado en Bogotá como hermano mayor de la república de las letras latinoamericanas. Al verlo, mi memoria crítica se va inevitablemente hacia otro peruano: Manuel González Prada, el gran crítico anarquista. Afectado por la Guerra del Pacífico, Prada dejó de creer en el discurso redentor del Estado-nación. En “Nuestros liberales” (1895) denunció que la hipocresía se había convertido en forma de gobierno, correlato local de un nuevo colonialismo. Y en “Nuestros indios” (1904) fue radical: “nuestra forma de gobierno se reduce a una gran mentira”. Tres millones de indígenas vivían fuera de la ley, reducidos al analfabetismo. El indio –escribió– no se redimiría por la humanización de sus opresores, sino por su propio esfuerzo; “todo blanco es, más o menos, un Pizarro, un Valverde o un Arreche”: conquistador, cura o encomendero.




Me deslizo por el Paseo Ambiental de la Jiménez la Plazoleta del Rosario. En lugar de la estatua del tinterillo fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, ha sido puesta un Perijasaurus lapaz. Hemos cambiado al legislador del Logos por el parque jurásico de la paleontología de consumo. Es la victoria de la "IA estúpida" sobre la historia: preferimos el hueso antiguo de un monstruo que no conocimos al bronce de quien, con todos sus errores, fundó nuestra gramática. Es la fase reguetonera de la museografía urbana.

Mientras leo esas frases, levanto la vista hacia los cerros. ¿Qué hay detrás de Monserrate y Guadalupe? Páramos, nacimientos de agua, quizá Soacha o Sumapaz; una reserva hídrica que convierte a Colombia en potencia de agua dulce. Detrás de los santuarios y las antenas hay humedales, frailejones, glaciares en retirada. El “centro” no está solo en la estatua, el retablo o la fachada; está también en esa infraestructura ecológica silenciosa que sostiene la vida urbana.

No lejos de aquí, en el desierto de La Candelaria, un fraile escribió en el siglo XVII El desierto prodigioso y el prodigio del desierto, primera novela neogranadina. La ciudad se inventó a sí misma fabulando un afuera eremítico: otro modo de no perder el centro era imaginarlo lejos, en la soledad mística. Hoy, en cambio, el centro se ha desplazado al tráfico, a las pantallas, al dinosaurio pedagógico, al culto terapéutico de la memoria.




Bajando para el Pasaje Comercial del Libro Usado, donde mi amigo Célico, me sale al paso el edificio de la Jiménez con octava. Fue diseñado por Gastón Lelarge entre 1915 y 1918 cuando Bogotá soñó ser un barrio periférico de París: columnas corintias impecables, ritmos simétricos de ventana, frisos donde el yeso y el mármol ensayan una nobleza aprendida por correspondencia. Sobre el frontón, dos figuras alegóricas –industria y sabiduría– reposan como dioses fatigados; una sostiene herramientas, la otra un libro y un ave, pero ambas miran a la calle con la melancolía de quien sabe que su reino terminó. Durante décadas, el Jockey Club ocupó aquel edificio: alfombras, maderas talladas, mármoles, el murmullo de ministros y banqueros que confundían etiqueta con grandeza. Allí se la pasaba  Gómez Dávila. 

Entre Las Aguas y Palma, entre el dinosaurio y los cerros, la lección que me llevo es sencilla: no hay que perder el centro, pero tampoco hay que darlo por supuesto. El centro es algo que se construye y se cuida: un retablo que se conserva, un archivo que no se quema, un páramo que no se drena, una plaza que no se entrega del todo al simulacro. Caminar este triángulo pequeño del centro de Bogotá –iglesia, fachada republicana, dinosaurio, Palma– es una manera de recordarme que mi propio centro no está en los pleitos de familia ni en las intrigas universitarias, sino en este ejercicio pagano de atención: mirar, leer, pensar, escribir, seguir en movimiento.