enero 20, 2026

Geopoética de México: el desierto de Perote




Petrarca inventó la geopoética entre 1336 o 1353. El paisajismo. Lo inventó cuando le relató a un amigo cómo escaló el Monte Ventoso por el "solo deseo de ver un lugar célebre por su altura". No sube por estrategia militar ni por pastoreo ni por penitencia. Sube por curiosidad. Al llegar a la cima, Petrarca abre las Confesiones de San Agustín: «Los hombres van a admirar las cumbres de las montañas... y se olvidan de sí mismos». El paisaje exterior es interior y el ascenso físico, ascenso moral.


Durante todo 2023, en autobús y a ratos en mi carro, crucé cada semana los Llanos de San Juan, el altiplano entre Puebla y Perote, descendiendo después en zigzag a Xalapa, ciudad vertical entre la cordillera y el mar.  

Entonces tuve un sueño recurrente. Soñaba que Dulce y yo, siendo novios, nos distanciábamos tres meses. Ella vivía otras aventuras amorosas; luego regresaba a mí en plan de reconciliación. No hay nada más dulce, Dulce, que el supremo deleite de reconciliarnos tras los abandonos crueles.  Compadezco —decía Valle-Inclán en la Sonata de estío— a los desgraciados que, engañados por una mujer, se consumen sin volver a besarla. La Niña Chole le murmuraba al jactancioso españolito: «—¡Dime si hay algo más dulce como esta reconciliación nuestra!». Así vivía con mi Madona: en la geografía de los regresos humillantes. Pero en el ajedrez de la vida la arriesgué: sacrificio de Dama.

En 2025 seguí transitando el desierto de Perote de paso entre Xalapa y la Ciudad de México. Los volcanes del altiplano central se reparten el horizonte como dioses cansados. Ellos están aquí desde muchísimo antes que nosotros, y lo estarán cuando ya no estemos. Sus explosiones moldean todo. Creemos viajar, movernos; nada; es la ilusión de la rueda: esa misteriosa forma del espacio-tiempo. 


Mi nueva compañera de autobús habla con acento de Badajoz. Desciende conmigo desde el reino de  Navarra, pasando La Rioja, al reino de Castilla, a la corte de Madrid. España y Nueva España se tocan en la densidad del aire.

A veces la llamo Clawdia Chauchat, como si este autobús subiera a Davos-Platz, como si nosotros fuéramos los tísicos que buscan la curación en la altura. Ella tiene esa mirada de felino kirguís que Thomas Mann le otorgó a su heroína: una indiferencia soberana que es, en el fondo, una forma de piedad. Pero luego parpadeo y es Martha, la que conoce la hospitalidad de la piedra. Me da una cátedra de geología. Me habla de lo que ocurre bajo la costra de los Llanos de San Juan. 


Altiplanos endorreicos: del griego endo, dentro; rhein, fluir. El agua cae, busca salida, y no encuentra el mar. 




—Mira el cerro de Pizarro —me susurra, y su mano dibuja una línea que corta la calima—. Es un tapón de lava, un centinela de riolita. Aquí el desierto es una mentira visual. Debajo hay ríos ciegos, acuíferos que no conocen la luz del sol pero que sostienen el peso de todo este silencio.

Su voz se vuelve líquida cuando explica la niebla. Me dice que lo que vemos es un despojo del Atlántico. La humedad del Golfo de México sube como una procesión de fantasmas por la ladera de la sierra; choca contra el muro del Cofre de Perote. Se rompe. Lo que queda es este abrazo de vapor frío sobre la aridez. Es la "selva de niebla" que se niega a morir, un beso húmedo sobre un rostro de ceniza.

Ella es geóloga. Entiende que Perote es un templo de la endorreicidad: un lugar donde el agua, como nuestro amor, ha decidido no buscar el mar. Se queda aquí, filtrándose entre las grietas del basalto, purificándose en el encierro.

—En la meseta castellana el agua se pierde en el horizonte —murmura ella, mientras el autobús flanquea un volcán monogenético—. Aquí el agua se hunde en nosotros.

Me pregunto si Petrarca, al escalar el Monte Ventoso, no estaría buscando también a una Martha o a una Clawdia. Él buscaba la vista; yo busco la voz. Al final, el paisaje no es más que una mujer explicándote por qué la tierra tiene sed. 


No hacen falta nombres: conciencia enamorada, conciencia humillada, conciencia que se sienta lado pasillo a mirar el Nauhcampatépetl sin entrar al pueblo.


enero 19, 2026

Crónica de infarto




9 de enero de 2026 


Era la hora en que los niños juegan en los parques de todos los pueblos, llenando con sus

gritos la tarde, cuando recibí la llamada. La noticia me llegó desfasada, como todo en las familias dispersas. Mientras yo estaba en Xalapa, cuidando a mi hijita de siete años, mi hermana médica me llamaba desde Bogotá. Me contó que acababa de pedirle una ambulancia a nuestro padre, pues él llevaba un rato quejándose de un agudo dolor en el pecho. Ahora ya no le contestaba y ella no sabía si ya la ambulancia se encontraba allí, al pie del edificio de Los Colores. La tranquilicé y le dije que iba a ver qué hacía. 


Celular en mano, de inmediato activé por WhatsApp a la red de vecinos de la tienda de al frente. Juan Carlos, quien se pasa allí las tardes echando cervecita, me envió foto de la ambulancia de EMI. En Colombia oscurece primero que en México. "Rey", me dijo Juan Carlos, "yo pienso que no debe ser grave porque, si no, eso es de una". Le escribí a mi amigo, el historiador Santiago Pérez Zapata: "Oíste, un favor urgente". Y le pedí que cogiera un taxi rápido y subiera a ver si mi papá estaba en el apartamento. Minutos después, con el auricular abierto, oí que Santiago tocaba y tocaba a su puerta. Nada. Volví a insistir en comunicarme al celular de mi padre. Por fin me contestó. 


Como sufre de problemas de audición, le pidió al paramédico que me informara a dónde lo trasladaban. Al centro clínico Los Molinos, me dijo el paramédico. Le informé a mi hermana al instante. Y de inmediato volví a llamar a mi amigo Santiago. Oíste. Ahora cógete un taxi a Los Molinos, porque se lo llevaron a urgencias, y me contás. 

Para evitar angustiar a mi hijita, la llevé a jugar con la hija del doctor Miguel, quien a su turno trató de tranquilizarme diagnosticando cosas distintas a un infarto: angina de pecho, espasmo coronario, reflujo gastroesofágico, pericarditis, embolia pulmonar. A las 8:00 de la noche dejé a mi hijita en casa de su mamá, y ya solo en mi carro, manejando, llamé de nuevo a Santiago. "Que sí es infarto, Sebas", me dijo. "Lo van a remitir a la Clínica de las Américas". Colgué, llegué a mi pequeño aparta-estudio, compré el tiquete de avión y comencé a empacar: papeles, cargador del celular y de la laptop, y me arrodillé frente a la Virgen de Fátima, un figurita que mi padre encontró en un puente de Bilbao el pasado octubre. 

10 de enero 

En la madrugada, en una van o furgoneta, subí al altiplano rumbo al aeropuerto de la Ciudad de México. Pasé el día en una sala de Aeroméxico leyendo y chateando, tranquilizando a la familia, avisando a mis colegas de la Universidad Veracruzana. A mis 43 años me descubrí volviendo al papel más antiguo de mi vida: el niño que admira a su padre y corre hacia él. A medianoche, el avión aterriza en Rionegro. 

11 de enero 

Casi a la una de la mañana, me subo a una buseta que atraviesa el túnel de Oriente hacia San Diego. El conductor es un hombre negro del Chocó, parco, concentrado en la carretera mojada; el ayudante, un paisa blanquecino que presume haber nacido en Quibdó, lanza piropos a las muchachas de los peajes e imita, con humor cruel, a un turista mexicano que pretende pagar con tarjeta. Esa comedia mínima, ese teatro de buseta, me arranca por momentos de la preocupación, me devuelve al sonido conocido de los acentos, al país que uno nunca termina de abandonar.
En medio de ese ruido entra otra llamada de mi hermana. Un nuevo dolor, una nueva urgencia. Me hermana urge hacer cateterismo. En el taxi de San Diego a la clínica me descubro rezando un padrenuestro en voz baja y al taxista acompañándome en el rezo y dándome ánimo. Todo va a salir bien con su papá. Esos buenos deseos me sostienen para cruzar la puerta de urgencias sin desmoronarme.

Adentro me espera Andrés, el novio de mi hermana, guía sereno en la burocracia clínica. Me conduce hasta la unidad de cuidados intensivos. Mi hermana llora; yo me acerco a la cama, beso a mi padre en la frente y en las mejillas. “Ánimo, ánimo: todo va a salir bien”. Luego me presento ante el médico de guardia, el doctor Mario. “Vengo desde México”, alcanzo a decir, agachando la cabeza como si justificara un atraso. Él me muestra en la pantalla un lenguaje que reconozco solo por fragmentos: acinesia anteroseptal muy extensa, necrosis, disfunción ventricular global, insuficiencias valvulares. Me cuenta que su propio padre, también médico, llegó tarde al hospital por hacerse el fuerte. Hay un silencio breve, una alianza tácita entre hombres que han visto tambalear a sus padres. Doctor Mario, le digo agachando cabeza, haga lo que esté a su alcance. El doctor ordena el cateterismo. A las cuatro de la mañana llega el equipo de hemodinamia. 

En la sala de espera busco refugio en la filología:  hemodinamia viene del griego haîma (sangre) y dýnamis (fuerza, movimiento); cateterismo deriva de kathetér (lo que se hace descender, la sonda que se introduce). Y es como si, en medio del infarto, los griegos  dictaran que todo consiste en seguir el curso de la sangre y en aprender a entrar, con cuidado, en sus corrientes invisibles. Pienso, fugazmente, en  un verso de Eduardo Carranza, Salvo mi corazón, todo está bien (creo que Héctor Abad lo recicló para titular una de sus últimas novelas). En realidad, no hay literatura suficiente para esto. Demasiada realidad. 

12 de enero 

En cuidados intensivos, mi padre está rodeado de catetes, mangueras y cables que convierten su torso en un mapa de líneas verdes y rojas. Ayudarlo a expulsar flemas, sostener el pato a las tres de la mañana para que orine sin levantarse, ajustar la altura de las almohadas, controlar el dolor con las gotas exactas de calmantes. Esa es mi rutina.  El monitor del pulso a ratos anuncia arritmias o taquicardias breves, luego se estabiliza; yo aprendo a respirar al ritmo de cada curva. Afuera llueve. 
Nuestro valle ama la lluvia. O la lluvia ama al valle.

La enfermera auxiliar María Alejandra se convierte en una especie de ángel de la guarda. Su suavidad, su manera de tocar el brazo de mi padre, de explicarle cada procedimiento como si tuviera todo el tiempo del mundo, confirma algo que yo sabía de oído: que los enfermeros colombianos son buscados en Europa para cuidar ancianos, porque saben sostener el cuerpo y, a la vez, el orgullo del enfermo. Mi padre, que fue siempre austero, casi tacaño con los adjetivos, se emociona hasta las lágrimas: “Me hacen sentir como un rey”, repite, con la dignidad herida del viejo funcionario público que nunca esperó este nivel de consideración.

Yo sobrevivo a punta de dos tintos en el Tostao del patio de la clínica, suficientes para mantenerme insomne pero lúcido en las noches. Afuera cae la lluvia de enero sobre Medellín; adentro se suceden las visitas y las llamadas: mi hermano Santiago llega desde Guatemala; mi primo Max baja desde La Estrella; mis tías llaman desde distintas esquinas de Colombia; mis hermanas medias, desde España; mi madre se turna entre la rabia, el miedo y la ternura. Mi padre, que desde hace más de veinte años vive solo en el apartamento de Los Colores, se encuentra ahora rodeado por toda la constelación familiar, como si el infarto hubiera activado una fuerza centrípeta que nos devolviera a su cama de UCI.




13 de enero 

En una de esas mañanas, desde el séptimo piso de la Clínica Las Américas, se abre ante nosotros un cuadro completo del valle de Aburrá: techos de teja, franjas de árboles, la pista del aeropuerto Olaya Herrera, montañas verdes que se apilan al fondo bajo nubes densas. Mi padre mira largo rato el paisaje y dice que eso lo cura. Él siempre ha sido un paisajista. 
 Apoya los codos en el alféizar, la manilla del hospital brillando discretamente en la muñeca. Le señalo los dos cerros: el Nutibara y el Volador, guardianes gemelos del valle. De niño, mi padre  encontró una huaca en el Nutibara. De adolescente, yo tuve una epifanía en la cima del cerro El Volador. Nuestro valle es milenario. Alguna vez también fuimos indígenas Aburrá, al pie de la quebrada La Iguaná. Yo mismo debo estar enterrado en la cima del cerro El Volador. Es la tierra que nos sostiene.

Cada vez que entra una enfermera nueva, un auxiliar, un camillero, él repite su pequeña fórmula de presentación: “Yo fui director del Inderena en Antioquia, antecedente del Ministerio del Medio Ambiente. Me he dedicado a la ecología toda la vida". Lo dice sin fanfarria, casi como un dato administrativo, pero su voz se ilumina un poco al pronunciar la palabra “ecologista”. Entre 1980 y 1993 —o 1994, los años se me confunden— mi padre dirigió una época en que la ecología todavía sonaba a promesa y no a coartada de informes corporativos.

Yo, al escucharlo, regreso a mis viajes de niño: Los Katíos, Utría, los vuelos en helicóptero con el gobernador Echeverri Mejía sobrevolando las selvas del Chocó, la región más lluviosa del planeta; las cartas que yo redactaba al alcalde, de niño, pidiendo el saneamiento del río Medellín; las reuniones en las que, a falta de guardería, yo me sentaba en una esquina a colorear mientras los adultos discutían sobre vertimientos, especies endémicas, deforestación. Me sabía los nombres de las quebradas y de los cerros de mi valle como otros niños se aprendían las alineaciones de fútbol. Ahora, mientras mi padre enumera sus cargos ante el personal de salud, entiendo que no es vanidad, sino necesidad: necesita inscribirse de nuevo en una historia más larga que este episodio cardiovascular.
Decir “yo era ecologista” es recordar que su corazón lesionado fue, durante décadas, motor de políticas públicas, cuidador de territorios. Es su manera de afirmar que este músculo que ahora falla ha bombeado también proyectos, decretos, viajes, discusiones. Mientras él habla, tengo la sensación de que las montañas que se ven por la ventana escuchan.




14 y 15 de enero

Mi bitácora en Word se vuelve más literaria sin proponérmelo: entre dosis de furosemida, miligramos de anticoagulantes y horarios estrictos de visita se cuelan conversaciones breves, chistes malos, silencios compartidos que pesan más que cualquier examen. Se decide que pasará unos días en un apartamento “puente” con apoyo de enfermería, y luego regresará —como él insiste con obstinación— a su apartamento  en Los Colores.

La negociación familiar es tensa. Mi hermana, médica genetista, pide certezas inmediatas, contratos firmados, personal de servicio asegurado. Mi madre oscila entre la furia (“¿por qué no se cuidó antes?”) y el cuidado minucioso. Yo, que vivo en México y llegué en vuelo de emergencia, termino en el papel de mediador. Al final, mi padre acepta lo estrictamente necesario: terapia, controles, ayudas puntuales, siempre que el horizonte siga siendo su viejo apartamento con vista al valle, su biblioteca, su mesa, su cama.

16 de enero 

El viernes 16, ya instalado de nuevo en nuestro apartamento de Los Colores, llega la escena que cierra —provisionalmente— este ciclo: pizza, cervezas y tertulia con Santiago, su novia Catalina y nuestro amigo Gabriel. La conversación se expande como una fogata vieja: Biblia, culturas prehispánicas, paganismo, Rusia, México, Antioquia. Mi padre sale varias veces de su cuarto a saludarnos, a escuchar, a dejar un comentario suelto en medio de la discusión. 

El corazón recién intervenido late ahora al compás de las voces que discuten, ríen, citan, se interrumpen. No hay monitor de pulso a la vista, pero todos, sin decirlo, estamos escuchando su respiración.
La noche siguiente, ya en el aeropuerto de Rionegro, a punto de regresar a Xalapa, llamo a mi hijita. Le cuento que el abuelo está en “la casa de la piscina, cuidando su corazón para que tú puedas volver a visitarlo pronto”. Mi hijita me dice que se acuerda del sol en el agua y del nombre de una amiguita del edificio. Pienso entonces que toda esta semana fue, en el fondo, una tertulia extrema con la muerte, una mesa larga en la que se sentaron cardiólogos de hemodinamia, enfermeras de UCI, vecinos de Los Colores, amigos fieles, hermanos, primos y yo mismo, para mejorar al corazón de mi padre.

El infarto de mi padre se me aparece ahora como un giro de guion que me obliga a escribir sobre algo para lo cual casi no hay bibliografía. Pues, me pregunto, ¿cómo se ve, desde la vida adulta y desde un cuerpo ya no tan joven, el derrumbe parcial de ese otro cuerpo que nos enseñó a cuidar ríos, aves, bosques, palabras?

 Esta crónica de infarto es, al mismo tiempo, una crónica de gratitud: la del niño de 43 años que mira a su padre, manilla de hospital al brazo, declararse ecologista ante la enfermera y entiende que ese orgullo discreto es también una forma de seguir vivo.

diciembre 21, 2025

"Estética" de la «mujer emancipada»




La estética remite a lo que afecta a nuestros sentidos. Llamamos estético a algo que invita al respeto. Y ese respeto introduce una suerte de deber: el deber de admirar lo que encarna una mínima decencia común, una forma de belleza ligada a la dignificación de la vida colectiva. Si la tradición platónica insiste en que lo bello y lo bueno tienden a coincidir, hay también una estética de lo feo y lo malo, y esta última se revela en los gestos: quien traiciona el proyecto común y se rodea de objetos emancipadores, su rostro se ve endurecido en una mueca de defensa perpetua.

Al releer El hombre domado, de la ensayista argentina-alemana Esther Vilar, acaso el capítulo más revelador sea el de la figura de “La mujer emancipada".  La sátira de Vilar alcanza su clímax cuando exhibe la paradoja cruel de la emancipación femenina bajo el capitalismo sentimental. Pues la figura de la “mujer emancipada” que se presenta como autónoma está construida, ladrillo a ladrillo, sobre el capital emocional, simbólico y laboral de un hombre. No asciende sola: se aferra al talento, las redes y el prestigio del otro, y solo cuando su posición se vuelve segura corta –apuñala– la cuerda que la sostuvo.

En realidad, no hace falta que sea mujer u hombre o quimera. Al alma abyecta la sofoca la mano que la ampara (Gómez Dávila). La figura de la “mujer emancipada” en Vilar no es una heroína de la autonomía, sino un artefacto moralmente inestable: alguien que trepa valiéndose del otro, y que al llegar arriba deja de ser bella porque ha dejado de ser justa

La mujer emancipada, continúa Esther Vilar, es tan tonta como cualquier trepadora, pero preferiría que
la creyeran más lista. Habla con el mayor desprecio de las amas de casa. Cree que el mero hecho de realizar un trabajo que no sería indigno de un hombre hace de ella un ser inteligente. La mujer emancipada considera que su trabajo "intelectual" «la llena», «la estimula» y que sin tal trabajo «no podrían existir». Pero no dependen realmente de ese trabajo: lo pueden dejar en cualquier momento, porque, a diferencia de las feas, las mujeres emancipadas no trabajan nunca sin enfundarse antes el salvavidas automático: siempre hay un varón preparado en algún rincón del fondo que se precipita en su ayuda a la primera dificultad.

Continúa Vilar:

"A la mujer emancipada le parece injusto que su ascenso sea más lento que el de sus colegas masculinos, pero no por eso se mezcla en las asesinas luchas competitivas de éstos. Lo que pasa, piensa, es que «las mujeres», aunque se hayan emancipado, no pueden contar nunca con las mismas oportunidades que los hombres. Pero en vez de esforzarse por alterar ese hecho en el mismo lugar de su trabajo, se precipita –pintada como un clown y cubierta de lentejuelas– a las reuniones de su banda, y se pone allí a gritar por la equiparación de la mujer. No se le ocurre nunca que son las mujeres mismas, y no los varones, las culpables de la situación, por su falta de interés, su estupidez, su infiabilidad, su venalidad, sus estúpidas mascaradas y, sobre todo, por su despiadada doma del varón."
 
Y aquí viene la parte más trágico-cómica:

"Se podría creer que los maridos de las emancipadas disfrutan de una situación mejor que la de los maridos de las demás, porque no cargan con toda la responsabilidad. Pero la verdad es precisamente lo contrario la mujer sedicentemente emancipada es la desgracia de su marido. Pues éste, como todos los de su sexo, fue amaestrado según el principio del rendimiento, y tiene, por lo tanto, que adelantar siempre por lo menos en un par de pasos a su mujer. Por eso el marido de la traductora es escritor creador, el de la secretaria es jefe de sección, el de la decoradora es escultor y el de la directora de página literaria es jefe de redacción del periódico Además, la mujer emancipada no es una descarga para su marido: le explota aun más que las otras mujeres. [...] Lo único de lo que no se ha liberado la mujer en esas ocasiones es de su tontería, de su estupidez, de su ridiculez, de su falsía, de su frialdad emocional y de su charlatanería de necedad sin fondo. Y desde luego que nunca entregará el dominio doméstico a su hombre, por mucho dinero que ella gane, para asumir en lugar de él la responsabilidad de la alimentación y del prestigio social de la familia. [...] Aunque es posible que se sienta, efectivamente, «plenamente realizada» y «feliz» en su vida profesional –pues es mucho más insensible que el varón y, por lo tanto, no puede sufrir como éste por causa de un trabajo estúpido–, la mujer emancipada no procurará nunca con su dinero al marido la posibilidad de una vida mejor. No le ofrecerá fuego ni le abrirá las puertas, no contratará en favor suyo un seguro de vida ni le garantizará una renta en caso de separación. Eso no sería nada «femenino»." 

Para concluir, digamos que la emancipación ya no es un tema de género ni de teoría. Es una experiencia íntima. La auténtica emancipación consiste en dejar de competir en maldad. 


En una época que confunde trepar con amar, quizá la única insurrección digna sea hacer felices a los niños.