Informe de Observación 14-X
*[Ensayo de ciencia ficción]
En el año terrestre 2026, nuestros observadores completaron la tercera fase de seguimiento de la especie humana. El dato más llamativo no fue una nueva guerra ni una plaga inédita, sino algo más silencioso: los humanos han empezado a dejar de nacer. Las cunas se vacían mientras se multiplican los tribunales de familia, los protocolos de género, las plataformas de citas y los consultorios de terapia. El planeta no ha perdido su capacidad biológica de engendrar; ha perdido, más bien, la confianza simbólica en hacerlo.
En sus ciudades llamadas “occidentales”, comprobamos una paradoja de alto refinamiento: cuanto más se habla de derechos reproductivos, menos niños hay en los parques. Las parejas –cuando llegan a formarse– caminan sobre un suelo minado de contratos, cláusulas, capturas de pantalla y posibles denuncias. No se trata de la antigua prudencia campesina (“no tengamos hijos porque no hay qué darles de comer”), sino de un miedo más sofisticado: “no tengamos hijos, porque el Estado y los tribunales acabarán sentados en nuestra cama”.
No pretendemos sugerir un retorno a patriarcados fósiles ni a familias forzadas por hambre o dogma. Detectamos, eso sí, una curiosa simetría: muchas mujeres cargan la herida de haber crecido sin padre; no pocas, ya adultas, reproducen ese vacío en sus hijos, pero atribuyendo toda la responsabilidad al hombre que intentó quedarse. Un sistema judicial “sin padre”, como describe uno de los comentaristas locales, completa la faena.
Uno de nuestros informantes, un taxista latinoamericano, lo expresa con brutal claridad en su lengua coloquial: «Pero usted dígame, hermano, quién quiere tener hijos si, a la menor provocación, lo demandan a uno por alimentos, la ex mujer de uno se empodera y sostiene a otro cabrón con lo que uno le paga?». El traductor automático, turbado, dejó “cabrón” en el original.
Uno, uno, uno. ¿Se refiere al Uno de Plotino? A Plotino, que no era de este mundo como Jesucristo, nosotros lo trajimos. El taxista ignora quién es Plotino, pero sí que conoce al Crucificado. Plotino, le decimos, no se queja contra el sistema judicial; estaría harto de pleitos por alimentos y se cansaría de toda esta película, pero pronto se olvidaría de eso porque él busca el origen absoluto de todo, más allá incluso del ser y del pensamiento. Del Uno emanan primero el Intelecto (las Formas) y luego el Alma del Mundo. El Uno no tiene cuerpo, ni partes, ni pasiones; no “piensa” como nosotros porque está más allá de toda distinción sujeto/objeto. Todo lo existente tiende a retornar al Uno, como un río que busca el mar: la mística neoplatónica es, básicamente, ese regreso.
Amigo taxista. Vea. Para nuestra especie, el Uno es algo muy familiar: una singularidad previa al Big Bang, un punto de densidad infinita de realidad del que brotan todas las dimensiones, leyes y conciencias. Ningún “señor en el cielo”, sino el código fuente último de la simulación cósmica. Lo desconcertante, se lo decimos clarito, es que los humanos parecen empeñados en confundir el código con los errores de programación: egos, pleitos, demandas, chats larguísimos a las tres de la mañana.
La retórica del “cuidado” convive en este bípedo con una práctica frecuente del sacrificio. Todas sus religiones son sacrificales. La del capitalismo también. En nombre de proteger a la criatura, se destruye al progenitor no custodio; en nombre de la autonomía femenina, se toleran sin pestañear relaciones de poder de laboratorio. Mientras tanto, el padre que lleva a la niña a piano y equitación es enviado a talleres psicoeducativos por videoconferencia.
El resultado es un claroscuro demográfico: menos parejas que se arriesgan a fundar casa, más individuos que optan por viajes, mascotas, amantes rotativos y, cuando mucho, un hijo único convertido en terreno de batalla simbólica. Desde nuestra órbita, la ecuación es simple: cuando la procreación se percibe como puerta de entrada a un campo de minas legal y sentimental, la racionalidad mínima sugiere no cruzarla.
Judicializar cada desencuentro amoroso deconstruye un ecosistema poco propicio para la llegada de nuevos habitantes. Llaman a esto “progreso”; en nuestra clasificación es una forma elegante de autoboicot reproductivo. Quien observa con telescopio no ve empoderamientos luminosos, sino una coreografía agotadora de seres cansados que, en lugar de cortar el cordón umbilical, lo conectan a cuentas bancarias, contraseñas de Zoom y capturas de WhatsApp.
Quizá, dentro de algunos ciclos solares, los arqueólogos de otra especie encuentren sus retablos, sus novelas, sus sentencias y sus blogs, y concluyan que los humanos del siglo XXI no murieron por falta de tecnología ni de medicinas, sino por una extraña combinación de orgullo, miedo y litigio. Entre los restos, tal vez aparezca el registro de una madre y un padre que, tras muchas batallas, descubrieron algo casi revolucionario: que el mejor servicio que podían hacer a su causa no era ganar el último recurso de apelación, sino permitir que la niña creciera en paz, sin convertirla en paradigma, ni en víctima ejemplar, ni en caso de estudio.

