"¿Qué opina de lo posnacional?", me preguntó al final una estudiante muy lista.
El profesor colombiano residente en México, que de pronto aparece en Francia invitado por Navarra, es un fenómeno simpático para los formularios de movilidad académica, pero habitar varios países a la vez no vuelve a nadie posnacional: apenas sospechoso en tres aduanas distintas.
Impartí esta charla desde la habitación de un hotel en Burdeos, cuna de Montaigne, mientras hacía una estancia como profesor invitado en Navarra (y mientras mi padre, de vacaciones, rondaba la puerta esperando a que por fin terminara de hablar para irnos a caminar junto al río Garona, cuyas aguas navegables gozan de mejor conexión con el mundo que el wifi del hotel).
Estudiantes mujeres y hombres (más mujeres que hombres) me oían desde Medellín en un salón de la UPB bajo la tutoría del profesor Juan Esteban Villegas Restrepo. Entonces les conté que la idea de escribir una historia de la literatura colombiana no nació en un congreso ni en una convocatoria con logo institucional, sino en un diálogo casi conspirativo cuando yo era estudiante de literatura en la Universidad de los Andes. Pero que tampoco surgió de tomar clase con un profesor, sino de tomar tinto con un escritor, Germán Espinosa, en un contiguo a Los Andes.
Espinosa me soltó la bomba con una naturalidad casi criminal: que yo debería escribir esa historia. Yo, naturalmente, me emocioné como quien cree que le acaban de dar la misión de reescribir la Biblia.
Espinosa, viendo mi cara, afinó la estrategia pedagógica: prohibición y secreto. “No se lo digas a nadie”, me advirtió, “no por miedo a que te roben la idea, sino porque te desanimarán; te dirán que estás muy joven y que no vale la pena intentarlo”. Así quedó sellado el pacto: operar en modo clandestino, como si investigar literatura fuera una sociedad secreta y no una profesión respetable.
La primera instrucción del complot fue clara: “Acoge el modelo del breviario de Enrique Anderson Imbert, el de su Historia de la literatura hispanoamericana”. Yo obedecí con fervor casi religioso. Los dos tomos, publicados en la colección de breviarios del Fondo de Cultura Económica, los leí “como bebiendo agua”.
La primera instrucción del complot fue clara: “Acoge el modelo del breviario de Enrique Anderson Imbert, el de su Historia de la literatura hispanoamericana”. Yo obedecí con fervor casi religioso. Los dos tomos, publicados en la colección de breviarios del Fondo de Cultura Económica, los leí “como bebiendo agua”.
En las mañanas, antes de que Bogotá terminara de decidir si hacía frío o más frío, yo releía la Breve historia de la literatura hispanoamericana; en las tardes, me iba al cuarto piso de la Luis Ángel Arango. Ahí empezó la sospecha de que la historia literaria no es una suma de nombres, sino una coreografía de ausencias, malentendidos y geografías mal dibujadas.
Mientras preparaba mi Breve historia de la narrativa colombiana, volví una y otra vez a los cronistas de Indias, y en la charla compartí una escena que siempre me persigue: Pedro Cieza de León entra en el valle de Aburrá, futuro escenario de mi ciudad natal, Medellín, y describe cómo los naturales, aborreciendo la llegada de los españoles, se ahorcaban con sus cabellos o de los árboles, aullando con gemidos lastimeros antes de “abajar las ánimas a los infiernos”.
Y yo me pregunté con qué cara se escribe una épica de fundación sobre este valle si su acta de nacimiento parece un parte forense. Esa tensión entre el mito heroico y el prontuario criminal es uno de los nervios secretos de la narrativa colombiana. Ahí entendí que una historia literaria de verdad no puede ser complaciente: tiene que escuchar las voces que el manual escolar omite.
En la charla subrayé por qué me incliné por el concepto de narrativa y no por el más amplio y cómodo de “literatura”. La narrativa permite pensar estructuras de tiempo, voces, dispositivos de representación del poder y del espacio que atraviesan novelas, crónicas, testimonios, blogs y hasta comunicados ministeriales. En ese giro fue decisiva la lectura de Roberto González Echevarría y su propuesta de entender la narrativa latinoamericana como un sistema atravesado por tres grandes discursos históricos. Los resumí no como dogmas, sino como lentes:
1) Un discurso teológico‑legal del Imperio español (1500‑1800), que legitima la conquista y organiza la realidad como expediente jurídico ante Dios.
2) Un discurso racionalista‑científico ligado a los imperios armamentísticos de la Ilustración (1800‑1900), donde la novela y el ensayo miden, clasifican y “civilizan”.
3) Un discurso antropológico de los nuevos Estados nacionales (1900‑2000), que convierte al “pueblo” en objeto de estudio y laboratorio de identidad.
Mi apuesta, les dije, fue leer la narrativa colombiana siguiendo esas mutaciones, sin perder de vista sus cortes, desvíos y sabotajes locales.
Una de las partes que más disfruté explicar fue la de la “realidad espacial del investigador”. No hablé de laboratorios ni de campus inteligentes, sino de tres escenarios modestos y decisivos:
Bibliotecas: donde uno lee y anota, convencido de que esos garabatos en el margen algún día serán un libro y no un jeroglífico vergonzante.
Cafés: donde se discute y se polemiza, preferiblemente en la blogosfera antes que en la jungla algorítmica de las redes sociales.
Salones de clase: donde se aprende y se enseña al mismo tiempo, porque no hay nada más productivo que un estudiante haciendo la pregunta incómoda que el libro no responde.
Les conté que Breve historia de la narrativa colombiana nació justamente de ese triángulo. Si uno de esos vértices falta, la investigación se vuelve coja: o se encierra en erudición sin público, o se disuelve en conversación sin rigor.
Lo posnacional, al fin y al cabo, podría definirse así: un concepto diseñado para tranquilizar conciencias en conferencias internacionales sobre Montaigne, mientras la policía sigue pidiendo documentos en la frontera. Yo prefiero una definición más doméstica y menos elegante: lo posnacional es el instante en que cierras la videollamada con Medellín, apagas la cámara, tu padre golpea la puerta del hotel para ir beber vino junto al Garona, y tú te preguntas de qué país fue exactamente esa clase que acabas de dictar.
