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abril 11, 2026

El origen del mundo, de Ana María Ordóñez

Ana María Ordoñez, El origen del mundo

En el panorama de la narrativa colombiana reciente, Ana María Ordóñez (La Vega, Cundinamarca, 1996) irrumpe con rara fuerza y agilidad. Curtida en la carpintería de los talleres literarios, Ordóñez acaba de obtener el Premio Nacional de Novela Germán Espinosa 2025 por El origen del mundo, una obra que reja y retrata una precariedad que ya no es solo económica, sino profundamente visual y tecnológica. Biopolítica.

Leyendo El origen del mundo, cuya protagonista Martina estudia en una universidad del Opus Dei entre Chía y Bogotá, uno entiende un poco más sobre lo que puede sentir una estudiante universitaria al carecer del afecto –y de la ley– de un padre, arrinconada a buscarlo en un affaire con un profesor malcasado.


La vagina o el origen truncado del mundo

El título es una provocación directa al polémico óleo del pintor francés Gustave Courbet, L’origine du monde (1866), que en su momento rompió con la convención del desnudo académico al proponer un curioso encuadre ginecológico, esto es, al situar en un primer plano absoluto y con un naturalismo desafiante una verdad anatómica despojada de toda alegoría: una mujer joven, desnuda y bocarriba, ofreciendo su vagina peluda a la posteridad del arte.

Pero Martina, la protagonista-narradora, no se queda en la contemplación museística. Comenta el cuadro con gracia, preguntándose si a la mujer de El origen del mundo se le asoma un pezón, bien rosadito y grande, «quizás hasta mojado». ¿Alguien se lo habrá chupado antes? ¿Un bebé, un hombre, una mujer? Pues, según ella, para que el pezón estuviese así de duro se debió manipular. Acción-reacción. Tras el desengaño con el profesor y acosada por la falta de dinero, Martina ensaya convertirse en una sexoservidora digital o, sin eufemismos, en una “putica cibernética”. En lugar de posar para Coubert, Martina posa para la webcam y su cuerpo desnudo aparece en una pantalla para el consumo de espectadores –usuarios anónimos– que paga por ver ese “origen” convertido en mercancía-alcancía.

Es aquí donde la novela despliega su mayor audacia narrativa y visual. El encuadre ginecológico de Courbet, que en 1866 escandalizó al mundo, se transforma en la mente de Martina en una interfaz de mercadeo. La vulva ya no es un misterio pictórico “peludo y en calma”, sino una suerte de alcancía digital a la espera de «monedas, placer, espermatozoide, hijo, un aborto, un consolador, una lengua, una cámara, un pintor, un cliente, un usuario, un token» (p. 111). Esta vagina cibernética –recordemos que cibernética proviene del griego kybernetes, “timonel” o “piloto”– funciona como la actualización radical del oikos (otro término griego que designa tanto la administración del hogar como la economía) bajo el régimen gineco-escópico de la webcam: un espacio donde la intimidad se fragmenta en píxeles para ser piloteada y administrada por los dueños de las ondas del espacio.

Aborto: invierno demográfico


El affaire de Martina con el profesor malcasado deja su semilla. Uno de los momentos más potentes ocurre cuando ella descubre su embarazo en el baño de un centro comercial. La prosa de Ordóñez alcanza un clímax existencial: Martina desea ser «algo como la mierda o la orina y desaparecer solo accionando una cisterna… algo que no se reproduce, algo que no genera vida». Es el grito de quien se siente atrapada en la biología de un mundo que solo valora su imagen.


Citando el derecho romano, Martina afirma que el feto era considerado portio viscerum matris (parte de las vísceras de la madre) y no poseía personería jurídica propia. Esta visión de la carne como “órgano extraíble” permite a la protagonista deshumanizar su embarazo para poder «tirarlo a la profundidad del mar como una piedrecita». Preguntémonos si, en un plano más amplio, este rechazo a la reproducción no espejea el invierno demográfico que experimenta Colombia: una población estancada no por el aborto per se, sino por la falta de alicientes para la maternidad-paternidad y la pérdida de esa alegría de la infancia que una “eterna e irresponsable juventud”, es decir una falsa adultez, ha borrado del horizonte.


«Cuente a ver»: cotilleo y oralidad bogotana 


La novela respira Bogotá. Captura el fenómeno del “usted” bogotano, donde el tuteo es una invasión de la privacidad y el “usted” marca la máxima intimidad distante. «Cuente a ver», le piden a Martina sus compañeros de teatro, regodeados en el cotilleo constante, para reconfirmar el chisme de que ella se acuesta con el profesor. Incluso su hermana le escribe tratándola de usted: «¿Por qué no me contó que estaba metida en eso? […] soy su hermana, puede confiar en mí». Frente a la webcam, el lenguaje ya no es seducción, sino transacción. La dueña del prostíbulo cibernético, en cambio, sí le tutea con una agresividad mercantil al momento de la entrevista de trabajo: «¿Te vienes como en cascada, como en chorro o más bien no mojas tanto?».

El capítulo IV marca un punto de inflexión con el asesinato en vivo de Amanda, un evento donde la vagina cibernética –esa interfaz de tokens y píxeles– sufre su rajamiento definitivo. Ordóñez lanza una verdad incómoda sobre la pornografía del dolor: «Amanda no tuvo derecho a una muerte en privado. Ese es el espectáculo que más vende, la intimidad violada». El verdugo es Rodrigo. Desde entonces, Martina detesta los nombres con RR: de rrastrero, de rratero, de rrapaz.

Es de notar la conciencia ética que emerge entre los escombros de la protagonista. Martina no es una cínica; advierte con lucidez el error moral de su affaire con el profesor, reconociendo el desequilibrio de poder y lo pernicioso de embarcarse en una relación solo para llenar un vacío afectivo. En el ecosistema del sexo digital el deseo es pilotado por algoritmos. No hay dignidad. Frente al high tech alienante, su voz pide un high touch: la necesidad de sentirnos y tocarnos fuera de la pantalla, recuperando una sacralidad animal que no se puede traducir a tokens.


El Estado terapéutico o la logoterapia psicológica


Hacia el final, la novela coquetea con un «Estado terapéutico» que interrumpe cualquier asomo de trascendencia. Martina parece poseer una altura intelectual genuina al escuchar las Gnossiennes de Erik Satie, cortas piezas para piano que la elevan a lo sublime (lo sublime en el sentido de Plotino:  elevarse sobre lo rastrero para buscar una luz superior). Pero de inmediato algo trunca su vuelo; bruscamente cae en manos de una psicología gestionada por el Distrito.


Ordóñez decide no elevar a su protagonista hacia una sublimación estética definitiva; en su lugar, la entrega a la verborrea continua de una psicóloga de la Alcaldía de Bogotá. El diagnóstico resultante es clínico y monolítico: falta de afecto paterno y vacío del Logos. Es la derrota del espíritu frente a la “logoterapia” estatal: Martina no busca ya el “origen del mundo” en sentido místico, sino el alivio sintomático de una subsistencia intervenida.


Al final, la novela parece darnos la razón a quienes dudamos de que “contándoselos” a una profesional de la salud mental se solucionan los problemas. No. Un drama existencial no se soluciona convirtiéndolo en una simple ficha administrativa de la Secretaría de la Mujer.


El origen del mundo es una crónica necesaria de la desolación digital. Es una invitación a mirar, ya no el cuadro del museo, sino la pantalla que todos llevamos en el bolsillo y que, silenciosamente, nos consume el alma por un par de tokens.