Etnografía imaginaria*
Prefacio
Si, como repiten ciertos historiadores de los medios (Kittler, Marcel Mauss, Auserón), el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas –la voz que ofrece, promete, seduce, negocia–, entonces música y comercio han caminado siempre de la mano.
En la fase reguetonera del capitalismo tardío, las tiendas y plazas comerciales ya no necesitan acuñar moneda ni demasiada publicidad: basta con sumergir al cliente en la atmósfera sonora de Karol G para activar el circuito deseo–compra–selfie.
En el departamento de Antropología solemos hablar de “recintos sombríos” ("grim enclousures") para referirnos a colonias, asilos, campos de concentración: esos laboratorios de humanos donde la modernidad afina sus algoritmos de obediencia.
Hace dos años, leyendo el libro de Geoghegan, pensé que eso era cosa del siglo XX; ahora sé que también es del XXI y que se puede montar un "grim enclosure" con reguetón, plazas académicas y departamentos amueblados con Ikea.
En lo que sigue, transcribo fragmentos del diario de campo de una antropóloga amiga que observa a otra colega fascinada por las letras de Karol G. L
Diario de campo:
Mi colega –llamémosla Karo, por fidelidad musical– se convirtió en otro sujeto etnográfico el día que firmó su plaza de investigadora en una universidad pública de provincia. Hasta entonces era una antropóloga más: seminarios sobre género, papers en revistas indexadas, becas bien viajadas El contrato indefinido fue su “ya estoy free”:
“’Taba con alguien, pero ya estoy free / puesta pa’ revivir viejos tiempos...”
Por los audífonos de Karo, las lyrics de Karol G actuaron como mandato ontológico, no como estribillo bailable.
Recinto 1: dinamitar la casa
Recinto 1: dinamitar la casa
Primero vinieron los escándalos domésticos: desaires metódicos al marido, sexo mínimo y malhumorado (“el coito como dispositivo de castigo diferencial”, lo llamaría en sus clases), performances nocturnos de “me estrello con el carro”, que mezclaban autolesión fingida y control de la agenda conyugal. Él leía en la sala, ella amenazaba en la puerta.
Luego apareció el estudiante. Un muchacho aplicado al que Karo identificó de inmediato como material etnográfico y biográfico:
“Si antes te hubiera conocido / seguramente estarías bailando esta conmigo, no como amigos...”
De la Karol de los estadios a la Karo de las aulas y las plazas, lo traducción sería: “si antes te hubiera conocido, tú serías el marido y no este señor que me consiguió casa, hijo y escalafón, pero me recuerda cada día que no me hice sola”.
Finalmente, le decretó el divorcio al profesor con el que se había casado y tenido un hijo que ya contaba con ocho años, pero no se conformó con dinamitar el matrimonio Aunque el profesor aceptó todas sus condiciones, Karo se irritó por tanta serenidad. Con todo, tenía que ser discreta con la fase dos del experimento.
Recinto 2: la jaula del hámster-estudiante
El laboratorio se armó rápido. Ella alquiló una pocilga en una calle empinada de la ciudad –lo llama “loft”, pero huele a humedad y fritanga– y lo instaló allí. Él, como buen hámster, aceptó las condiciones:
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.
El estudiante rueda en su rueda metálica (tesis, reseñas, favores, caricias a deshoras); ella entra y sale, como guardiana del zoológico humano descrito por los viejos antropólogos, alternando protección y privación, abrazo y portazo.
La banda sonora es coherente:
“Taba con alguien, pero ya estoy free”, como declaración de independencia con patrocinio estatal;
“Yo me caso contigo / mi nombre suena bien con tu apellido / ‘toy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”, como fantasía de reescritura matrimonial siempre aplazada.
En la práctica, Karo no se casa con nadie: mantiene al ex-marido como proveedor oficial, al hámster como amante experimental y al hijo como rehén afectivo. La libertad reguetonera, traducida a régimen de plaza, significa “rotar de hombre sin perder el queso”.
La antropóloga dilapida su sueldo de investigadora de tiempo completo en camisetas y joyería premium con merchandising oficial de Karol G.
El viaje a Madrid para ver a Karol G en el Bernabéu fue su rito de paso:
“Provenza” en Spotify, Provenza en Instagram,
“’toy free” en stories, marido y niño en casa, esperando el turno de convertirse en notas al pie de un paper sobre maternidades precarizadas.
Desde mi libreta de campo, el experimento se ve así:
Recinto 3: la "casa oficial"
Aquí Karo juega a ser madre intachable. El niño de nueve años –mi verdadero informante– la adora y teme a la vez. Sabe, sin saber, que si un día aparece un “tío” nuevo en la sala, su vida puede reconfigurarse en un fin de semana. El padre, expulsado primero del dormitorio y después de la cada, ha quedado reducido a figura de transferencia bancaria y a chófer eventual.
El estudiante no aparece en fotos familiares ni en chats de escuela. Es un sujeto en cautiverio: respira solo cuando ella abre la puerta. Karo le explica que todavía no puede integrarlo al ecosistema oficial porque “el niño quiere mucho a su papá y no quiero que piense que lo cambié por un chamaquito”.
Traducción: mientras el ex financia casa y colegio, el hámster debe permanecer off–line.
Recinto 4: el campus y las redes
Aquí Karo es heroína feminista. En coloquios y asambleas narra su historia como la de una mujer que escapó de un matrimonio opresivo, se “puso free” y rehízo su vida con un amor puro con diferencia de edad. El hámster se vuelve alegoría; el ex, patriarcado; cualquier disidencia, violencia simbólica.
Los tres recintos se comunican por pequeños cables invisibles: chats borrados, fotos recortadas, rumores de pasillo llevan la noticia de su experimento a una velocidad que Karo prefiere no calcular.
Como antropóloga, debería limitarme a observar y describir. Como colega, a veces solo atino a pensar que el animal más cruel de este encierro no es el hámster, ni el ex-marido, ni siquiera la institución que paga el salario; es esa voz en la cabeza de Karo que le susurra, con base y autotune:
“’Taba con alguien, pero ya estoy free”,
“yo me caso contigo, estoy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”.
Mientras tanto, el niño de nueve años aprende dos lecciones contradictorias: que su papá es prescindible y que su mamá nunca está del todo aquí. Él sí es el verdadero sujeto de prueba de este experimento sombrío.
