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enero 19, 2026

Crónica de infarto




9 de enero de 2026 


Era la hora en que los niños juegan en los parques de todos los pueblos, llenando con sus

gritos la tarde, cuando recibí la llamada. La noticia me llegó desfasada, como todo en las familias dispersas. Mientras yo estaba en Xalapa, cuidando a mi hijita de siete años, mi hermana médica me llamaba desde Bogotá. Me contó que acababa de pedirle una ambulancia a nuestro padre, pues él llevaba un rato quejándose de un agudo dolor en el pecho. Ahora ya no le contestaba y ella no sabía si ya la ambulancia se encontraba allí, al pie del edificio de Los Colores. La tranquilicé y le dije que iba a ver qué hacía. 


Celular en mano, de inmediato activé por WhatsApp a la red de vecinos de la tienda de al frente. Juan Carlos, quien se pasa allí las tardes echando cervecita, me envió foto de la ambulancia de EMI. En Colombia oscurece primero que en México. "Rey", me dijo Juan Carlos, "yo pienso que no debe ser grave porque, si no, eso es de una". Le escribí a mi amigo, el historiador Santiago Pérez Zapata: "Oíste, un favor urgente". Y le pedí que cogiera un taxi rápido y subiera a ver si mi papá estaba en el apartamento. Minutos después, con el auricular abierto, oí que Santiago tocaba y tocaba a su puerta. Nada. Volví a insistir en comunicarme al celular de mi padre. Por fin me contestó. 


Como sufre de problemas de audición, le pidió al paramédico que me informara a dónde lo trasladaban. Al centro clínico Los Molinos, me dijo el paramédico. Le informé a mi hermana al instante. Y de inmediato volví a llamar a mi amigo Santiago. Oíste. Ahora cógete un taxi a Los Molinos, porque se lo llevaron a urgencias, y me contás. 

Para evitar angustiar a mi hijita, la llevé a jugar con la hija del doctor Miguel, quien a su turno trató de tranquilizarme diagnosticando cosas distintas a un infarto: angina de pecho, espasmo coronario, reflujo gastroesofágico, pericarditis, embolia pulmonar. A las 8:00 de la noche dejé a mi hijita en casa de su mamá, y ya solo en mi carro, manejando, llamé de nuevo a Santiago. "Que sí es infarto, Sebas", me dijo. "Lo van a remitir a la Clínica de las Américas". Colgué, llegué a mi pequeño aparta-estudio, compré el tiquete de avión y comencé a empacar: papeles, cargador del celular y de la laptop, y me arrodillé frente a la Virgen de Fátima, un figurita que mi padre encontró en un puente de Bilbao el pasado octubre. 

10 de enero 

En la madrugada, en una van o furgoneta, subí al altiplano rumbo al aeropuerto de la Ciudad de México. Pasé el día en una sala de Aeroméxico leyendo y chateando, tranquilizando a la familia, avisando a mis colegas de la Universidad Veracruzana. A mis 43 años me descubrí volviendo al papel más antiguo de mi vida: el niño que admira a su padre y corre hacia él. A medianoche, el avión aterriza en Rionegro. 

11 de enero 

Casi a la una de la mañana, me subo a una buseta que atraviesa el túnel de Oriente hacia San Diego. El conductor es un hombre negro del Chocó, parco, concentrado en la carretera mojada; el ayudante, un paisa blanquecino que presume haber nacido en Quibdó, lanza piropos a las muchachas de los peajes e imita, con humor cruel, a un turista mexicano que pretende pagar con tarjeta. Esa comedia mínima, ese teatro de buseta, me arranca por momentos de la preocupación, me devuelve al sonido conocido de los acentos, al país que uno nunca termina de abandonar.
En medio de ese ruido entra otra llamada de mi hermana. Un nuevo dolor, una nueva urgencia. Me hermana urge hacer cateterismo. En el taxi de San Diego a la clínica me descubro rezando un padrenuestro en voz baja y al taxista acompañándome en el rezo y dándome ánimo. Todo va a salir bien con su papá. Esos buenos deseos me sostienen para cruzar la puerta de urgencias sin desmoronarme.

Adentro me espera Andrés, el novio de mi hermana, guía sereno en la burocracia clínica. Me conduce hasta la unidad de cuidados intensivos. Mi hermana llora; yo me acerco a la cama, beso a mi padre en la frente y en las mejillas. “Ánimo, ánimo: todo va a salir bien”. Luego me presento ante el médico de guardia, el doctor Mario. “Vengo desde México”, alcanzo a decir, agachando la cabeza como si justificara un atraso. Él me muestra en la pantalla un lenguaje que reconozco solo por fragmentos: acinesia anteroseptal muy extensa, necrosis, disfunción ventricular global, insuficiencias valvulares. Me cuenta que su propio padre, también médico, llegó tarde al hospital por hacerse el fuerte. Hay un silencio breve, una alianza tácita entre hombres que han visto tambalear a sus padres. Doctor Mario, le digo agachando cabeza, haga lo que esté a su alcance. El doctor ordena el cateterismo. A las cuatro de la mañana llega el equipo de hemodinamia. 

En la sala de espera busco refugio en la filología:  hemodinamia viene del griego haîma (sangre) y dýnamis (fuerza, movimiento); cateterismo deriva de kathetér (lo que se hace descender, la sonda que se introduce). Y es como si, en medio del infarto, los griegos  dictaran que todo consiste en seguir el curso de la sangre y en aprender a entrar, con cuidado, en sus corrientes invisibles. Pienso, fugazmente, en  un verso de Eduardo Carranza, Salvo mi corazón, todo está bien (creo que Héctor Abad lo recicló para titular una de sus últimas novelas). En realidad, no hay literatura suficiente para esto. Demasiada realidad. 

12 de enero 

En cuidados intensivos, mi padre está rodeado de catetes, mangueras y cables que convierten su torso en un mapa de líneas verdes y rojas. Ayudarlo a expulsar flemas, sostener el pato a las tres de la mañana para que orine sin levantarse, ajustar la altura de las almohadas, controlar el dolor con las gotas exactas de calmantes. Esa es mi rutina.  El monitor del pulso a ratos anuncia arritmias o taquicardias breves, luego se estabiliza; yo aprendo a respirar al ritmo de cada curva. Afuera llueve. 
Nuestro valle ama la lluvia. O la lluvia ama al valle.

La enfermera auxiliar María Alejandra se convierte en una especie de ángel de la guarda. Su suavidad, su manera de tocar el brazo de mi padre, de explicarle cada procedimiento como si tuviera todo el tiempo del mundo, confirma algo que yo sabía de oído: que los enfermeros colombianos son buscados en Europa para cuidar ancianos, porque saben sostener el cuerpo y, a la vez, el orgullo del enfermo. Mi padre, que fue siempre austero, casi tacaño con los adjetivos, se emociona hasta las lágrimas: “Me hacen sentir como un rey”, repite, con la dignidad herida del viejo funcionario público que nunca esperó este nivel de consideración.

Yo sobrevivo a punta de dos tintos en el Tostao del patio de la clínica, suficientes para mantenerme insomne pero lúcido en las noches. Afuera cae la lluvia de enero sobre Medellín; adentro se suceden las visitas y las llamadas: mi hermano Santiago llega desde Guatemala; mi primo Max baja desde La Estrella; mis tías llaman desde distintas esquinas de Colombia; mis hermanas medias, desde España; mi madre se turna entre la rabia, el miedo y la ternura. Mi padre, que desde hace más de veinte años vive solo en el apartamento de Los Colores, se encuentra ahora rodeado por toda la constelación familiar, como si el infarto hubiera activado una fuerza centrípeta que nos devolviera a su cama de UCI.




13 de enero 

En una de esas mañanas, desde el séptimo piso de la Clínica Las Américas, se abre ante nosotros un cuadro completo del valle de Aburrá: techos de teja, franjas de árboles, la pista del aeropuerto Olaya Herrera, montañas verdes que se apilan al fondo bajo nubes densas. Mi padre mira largo rato el paisaje y dice que eso lo cura. Él siempre ha sido un paisajista. 
 Apoya los codos en el alféizar, la manilla del hospital brillando discretamente en la muñeca. Le señalo los dos cerros: el Nutibara y el Volador, guardianes gemelos del valle. De niño, mi padre  encontró una huaca en el Nutibara. De adolescente, yo tuve una epifanía en la cima del cerro El Volador. Nuestro valle es milenario. Alguna vez también fuimos indígenas Aburrá, al pie de la quebrada La Iguaná. Yo mismo debo estar enterrado en la cima del cerro El Volador. Es la tierra que nos sostiene.

Cada vez que entra una enfermera nueva, un auxiliar, un camillero, él repite su pequeña fórmula de presentación: “Yo fui director del Inderena en Antioquia, antecedente del Ministerio del Medio Ambiente. Me he dedicado a la ecología toda la vida". Lo dice sin fanfarria, casi como un dato administrativo, pero su voz se ilumina un poco al pronunciar la palabra “ecologista”. Entre 1980 y 1993 —o 1994, los años se me confunden— mi padre dirigió una época en que la ecología todavía sonaba a promesa y no a coartada de informes corporativos.

Yo, al escucharlo, regreso a mis viajes de niño: Los Katíos, Utría, los vuelos en helicóptero con el gobernador Echeverri Mejía sobrevolando las selvas del Chocó, la región más lluviosa del planeta; las cartas que yo redactaba al alcalde, de niño, pidiendo el saneamiento del río Medellín; las reuniones en las que, a falta de guardería, yo me sentaba en una esquina a colorear mientras los adultos discutían sobre vertimientos, especies endémicas, deforestación. Me sabía los nombres de las quebradas y de los cerros de mi valle como otros niños se aprendían las alineaciones de fútbol. Ahora, mientras mi padre enumera sus cargos ante el personal de salud, entiendo que no es vanidad, sino necesidad: necesita inscribirse de nuevo en una historia más larga que este episodio cardiovascular.
Decir “yo era ecologista” es recordar que su corazón lesionado fue, durante décadas, motor de políticas públicas, cuidador de territorios. Es su manera de afirmar que este músculo que ahora falla ha bombeado también proyectos, decretos, viajes, discusiones. Mientras él habla, tengo la sensación de que las montañas que se ven por la ventana escuchan.




14 y 15 de enero

Mi bitácora en Word se vuelve más literaria sin proponérmelo: entre dosis de furosemida, miligramos de anticoagulantes y horarios estrictos de visita se cuelan conversaciones breves, chistes malos, silencios compartidos que pesan más que cualquier examen. Se decide que pasará unos días en un apartamento “puente” con apoyo de enfermería, y luego regresará —como él insiste con obstinación— a su apartamento  en Los Colores.

La negociación familiar es tensa. Mi hermana, médica genetista, pide certezas inmediatas, contratos firmados, personal de servicio asegurado. Mi madre oscila entre la furia (“¿por qué no se cuidó antes?”) y el cuidado minucioso. Yo, que vivo en México y llegué en vuelo de emergencia, termino en el papel de mediador. Al final, mi padre acepta lo estrictamente necesario: terapia, controles, ayudas puntuales, siempre que el horizonte siga siendo su viejo apartamento con vista al valle, su biblioteca, su mesa, su cama.

16 de enero 

El viernes 16, ya instalado de nuevo en nuestro apartamento de Los Colores, llega la escena que cierra —provisionalmente— este ciclo: pizza, cervezas y tertulia con Santiago, su novia Catalina y nuestro amigo Gabriel. La conversación se expande como una fogata vieja: Biblia, culturas prehispánicas, paganismo, Rusia, México, Antioquia. Mi padre sale varias veces de su cuarto a saludarnos, a escuchar, a dejar un comentario suelto en medio de la discusión. 

El corazón recién intervenido late ahora al compás de las voces que discuten, ríen, citan, se interrumpen. No hay monitor de pulso a la vista, pero todos, sin decirlo, estamos escuchando su respiración.
La noche siguiente, ya en el aeropuerto de Rionegro, a punto de regresar a Xalapa, llamo a mi hijita. Le cuento que el abuelo está en “la casa de la piscina, cuidando su corazón para que tú puedas volver a visitarlo pronto”. Mi hijita me dice que se acuerda del sol en el agua y del nombre de una amiguita del edificio. Pienso entonces que toda esta semana fue, en el fondo, una tertulia extrema con la muerte, una mesa larga en la que se sentaron cardiólogos de hemodinamia, enfermeras de UCI, vecinos de Los Colores, amigos fieles, hermanos, primos y yo mismo, para mejorar al corazón de mi padre.

El infarto de mi padre se me aparece ahora como un giro de guion que me obliga a escribir sobre algo para lo cual casi no hay bibliografía. Pues, me pregunto, ¿cómo se ve, desde la vida adulta y desde un cuerpo ya no tan joven, el derrumbe parcial de ese otro cuerpo que nos enseñó a cuidar ríos, aves, bosques, palabras?

 Esta crónica de infarto es, al mismo tiempo, una crónica de gratitud: la del niño de 43 años que mira a su padre, manilla de hospital al brazo, declararse ecologista ante la enfermera y entiende que ese orgullo discreto es también una forma de seguir vivo.