Subiendo desde el Golfo de México al altiplano, cruzando el desierto entre Veracruz y Puebla, los yucas y los izotes levantan sus siluetas espinosas. Hay suelo pardo y pedregoso, casi sin pasto, apenas algunas matas secas aferradas a las lomas de lava antigua: matorrales bajos, nopales dispersos, agaves, todo adaptado al frío nocturno y a la sequedad del día. Muy lejos, casi flotando sobre las sierras azules, asoma el cono blanco del Pico de Orizaba, una geometría nítida de nieve que recorta el cielo y se deja ver apenas, como una aparición, por encima de las cordilleras intermedias.
Este viaje no es solo un trayecto entre Xalapa y Puebla. Es un pouring de asfalto sobre la geografía. Al ascender, nuestra investigación sobre Siqueiros se materializa en el paisaje: la carretera es esa "pintura industrial" de la que hablaré en el coloquio, la señalética que evita el caos y organiza el movimiento de cuerpos, carros, buses, tráilers.
Vivimos Puebla durante siete años. Aquí, a comienzos de 2016, ganamos nuestra primera plaza como profesor-investigador. Trabajamos en la IBERO Puebla. Volver es enfrentarse a un lienzo ya trabajado: superficie donde mis propios pasos han dejado capas de esmalte viejo.
Mientras vivimos en Puebla me volví un coleccionista de crepúsculos, un lector de paisajes. Especialmente del Paso de Cortés, esa hendidura entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl que representa el tajo fundacional de la cristiandad en las Américas. Tengo mi colección de fotos. Aquí una galería:
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| El valle de Puebla y sus volcanes vistos desde el aire: el avión desciende hacia la Ciudad de México y, por un momento, la cordillera parece una maqueta de ceniza donde no existimos. |
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| El Popocatépetl exhala y el viento escribe una línea oblicua de humo que se inclina hacia la Iztaccíhuatl, como si el volcán tendiera, fugazmente, un coqueteo a la mujer dormida. |
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| Cae la oscuridad sobre Puebla y solo persiste, bajo la silueta del volcán, una franja mínima de luz occidental: último resplandor que se resiste a apagarse. |
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| Popocatépetl : "geometría nítida de nieve" domina la historia sentimental de la ciudad. |
Para tratar de entender este coloso, hay que acudir a la precisión de Francisco Serrano. Hay lava en su poemario sobre el Popocatépetl:
"Ventral
bajo la bóveda
o vesánico
el bálano basáltico
volcándose
edifica su edículo."
Serrano escribe sobre las "cañadas" y la "geometría de fuego": el volcán es un soplete de dios. Sus versos capturan esa potencia que Siqueiros intentó emular con sus ráfagas de aire comprimido: una fuerza que no pide permiso, que simplemente es.
«Entre la bruma, bajo las blancas nubes
vastas como una bahía
que se abanican sobre el valle,
el volcán veleidoso
vocifera con brío
sus bárbaras bravatas.
Virulento, vocea,
sus vocales de brasas,
sus vocablos de brisa abrasadora,
sus vagidos de valva o tolva,
sus nubes en volandas
sus bestiales badajos de brea.
Los bruscos bloques turbios,
las briznas de su polvo vibrátil,
su vaho, sus vórtices de humo:
vuelco de babas ávidas, su báculo
de brevas basálticas:
baza, vaina, vestíbulo.
Voluptuoso y bestial silba
sus bagatelas y sus valses,
sus balazos sin brida
sus burbujas brutales,
su bacanal de lava,
sus vaharadas,
sus befas, sus bribonerías,
sus brocados de vides bravas.
Desde el brocal bullente, báratro borrascoso,
con la voluminosa voz
bramando se vacía, se vierte, va viniéndose:
vuelan las blancas bocanadas,
las volutas de su bronco vapor vacilante
que baja a borbotones
sobre su base vítrea
bañando valles y cañadas,
veredas y voladeros,
barandales, barrancas, vados.
Visto desde abajo,
válvula, brasero, vaso, brújula,
el báratro es un bálano».
Bajo la guía de La expresión americana de Lezama Lima, solíamos repetir al estudiantado —entre ellos a Gerardo Álvarez Palau, tesista de la geopoética del Zapotecas— que "solo el paisaje crea cultura". No hay irracionalidad en el entorno; hay una dialéctica latente. Reyes lo descifró en su Visión de Anáhuac: el paisaje mexicano no es un objeto mudo, sino una entidad que en 1519 fue investida por el Alma del Mundo (Weltseele). Al ser nombrado a través de las figuras de Cortés y la Malinche, el altiplano dejó de ser naturaleza silvestre para transformarse en el hardware espiritual de una nueva cultura.
La zona de Cholula, uno de los asentamientos habitados de más larga duración en el continente, una persistencia humana sostenida por un suelo feraz, nutrido durante milenios por la ceniza del Popocatépetl.
La Gran Pirámide es un palimpsesto de imperios teocráticos cuya violencia quedó fijada en el barro. Bernal Díaz del Castillo, deslumbrado, la comparó con la torre de Babel en 1519, y tres siglos más tarde el joven exiliado cubano José María Heredia escribió allí “En el Teocalli de Cholula”, el poema que inaugura el romanticismo hispanoamericano. Heredia vio desde la pirámide la proyección de reyes nefastos: el eco de pueblos que, desde el año 3 conejo, han habitado este valle bajo el rigor de teocracias sucesivas, sin llegar nunca a sublevarse.






