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mayo 22, 2026

Intervención en una defensa de tesis sobre La guerra de las galaxias (Star Wars)

 


La defensa de una tesis es uno de los rituales sagrados de la vida académica. 

Recientemente, tuve el honor de fungir como jurado en el examen profesional de Ana Cecilia Jiménez Cárdenas, cuya investigación etnográfica aborda un fenómeno tan ubicuo como espinoso: La experiencia afectiva del fan de Star Wars: identidades, prácticas y comunidad en la cultura digital. Debatimos si el vocabulario contemporáneo de los afectos, la pertenencia, el nicho de veras constituye una verdadera democratización cultural o si, por el contrario, funciona como un sofisticado analgésico frente a las contradicciones de la realidad material. 

Para abrir mi intervención en el tribunal, evoqué una vieja anécdota urbana. Si estuviéramos en Bogotá, le dije a Ana Cecilia, te presentaría con unos amiguetes que invirtieron y abrieron, durante algunos años en la llamada "zona rosa" de la ciudad, una discoteca —un antro, como decimos en México— bautizada como Naboo, el pacífico planeta de la saga galáctica. Uno de mis amigos, un tipo bastante fortachón, se apostaba en la entrada con radio-audífonos, filtrando con celo militar a los aspirantes a ingresar a la nave espacial-discoteca. Adentrarse allí era participar en un performance continuo: los fiesteros eran recibidos por figurantes con atuendos intergalácticos y espadas luminosos, con rayos, bajo un diluvio de tragos caros y promesas de inmersión total. De habértelos presentado, tu tesis se titularía De Naboo a Naboo: discotecas temáticas, conciencia de clase y fantasías reaccionarias en la cultura pop latinoamericana. 

Te estoy hablando del año 2003 o 2004. En una ocasión asistí a la disco de marras acompañado por un amigo historiador estadounidense, de inclinaciones sutilmente neoconservadoras. Tras contemplar el espectáculo, me confesó desconcertado que jamás había presenciado tal nivel de alienación fetichista: le pareció una suntuosa extravagancia para nerds gomelos (como se dice en Bogotá a los fresas o pijos). Detrás del brillo estroboscópico, nadie hablaba allí de una "clase media precarizada" consumiendo simulacros; el manto sagrado de la ficción servía para disolver, al menos por unas horas, la brecha salarial e histórica entre quien pagaba la mesa y quien servía las copas. ¿Es eso cultura popular o mera anestesia de la conciencia de clase?

La transición de esa disco de Bogotá al examen universitario en Xalapa resulta menos distante si se le mira a través de los ojos de Friedrich Kittler. El teórico de los medios enseña que toda discoteca moderna, con sus luces danzantes y su potencia acústica devoradora, no es sino una prolongación técnica de la Blitzkrieg de la Segunda Guerra Mundial. El rock y el entretenimiento nocturno son un exceso derivado del aparato militar. un subproducto: un by-product.  

Del mismo modo, la epopeya de George Lucas no nació en el vacío: se inscribió originalmente en las tensiones geopolíticas de la Guerra Fría. Sólo que, si se escarba bien, sus raíces estéticas no están en la ciencia ficción, sino en la caballería medieval y en las fantasías románticas, antiizquierdistas y aristocráticas anteriores a la Revolución Francesa.

Pues son precisamente esas mitologías regresivas las que Heinrich Heine criticaba con agudeza al desmantelar el trasfondo ideológico conservador de los cuentos de hadas alemanes como Blancanieves.


La tesis de Ana Cecilia se movía con lucidez en ese filo. Por un lado, demostraba con rigor cómo los usuarios articulan en Reddit o TikTok comunidades afectivas genuinas ante los giros del canon o la muerte de un actor. Por el otro, mi réplica insistió en el punto incómodo: hasta qué punto el entusiasmo celebratorio de los Fan Studies no corre el riesgo de convalidar —ahora bajo avatares digitales e hilos de hashtags— un repliegue reaccionario que sustituye la acción política real por el consumo afectivo de imperios espaciales.

La literatura y la crítica contemporáneas ya no ocurren en la asepsia del texto, sino en la frontera donde los medios moldean nuestra sensibilidad.