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marzo 16, 2026

Liturgias del Canal: en busca de Francisco "Pacho" Valencia en Panamá (1936)




En 1929, mientras la Bolsa de Nueva York se desplomaba, un cónsul general de Colombia en Ciudad de Panamá —poeta pagano, experto en mitología griega y en formularios consulares— empezó a fantasear con un motín imposible. No se trataba solo de ajustar tratados o de enviar notas de protesta al Departamento de Estado, sino de algo más radical: invertir el signo del istmo, devolver el Canal al país amputado y liberar a Colombia del colonialismo angloamericano y de sus recintos sombríos, esos grim enclosures donde la ingeniería y la sanidad militar, de la mano de Gorgas y compañía, habían domesticado la malaria para mayor gloria de Wall Street. Desde su despacho de agente postal privado, entre sacas de cartas y telegramas cifrados, Francisco “Pacho” Valencia —nietzscheano, horaciano, sensualista— imaginaba una revolución tan improbable como poética: que un país crónicamente ensimismado en guerras civiles encontrara, por fin, el coraje de reclamar el trozo de tierra que lo unía al mundo, no ya en nombre de Dios o de la patria, sino en nombre de Deméter, Eros y la dignidad pagana de los despojados

No fui a Ciudad de Panamá como turista disciplinado, armado de lista TripAdvisor y bloqueador solar, sino como un profesor con un asunto pendiente en el registro civil de los muertos: quería encontrar a mi tío bisabuelo, Francisco “Pacho” Valencia, poeta pagano, primer cónsul de Colombia en Panamá y agente postal privado, enterrado allí desde 1936. 

En la maleta llevaba menos ropa de la necesaria y más papeles de la conveniente: fotocopias amarillentas, un prólogo de Rafael Maya, notas sueltas sobre la Gruta Simbólica, el poemario  Liturgias de la tierra (no el original publicado en 1904, sino una pésima edición de la Universidad de Pamplona del año 2000).
Lo que sabía de él antes del viaje era casi un guion oral de sobremesa: nacido en Pamplona en 1878, hermano de militares y políticos, criado entre la niebla fría de la ciudad y el sol templado de la Hacienda San José, donde la quebrada Íscala acaricia un trapiche arruinado y unas ceibas centenarias.
De niño me contaron que en esa hacienda, ganada como merced de guerra por un antepasado de lanza patriota, Pacho aprendió dos religiones incompatibles: el catecismo católico de los corredores oscuros y el paganismo del paisaje, esa teología de ceibas pensadoras, cañones impenetrables y montañas góticas.
Ya adulto se declaró abiertamente pagano en verso, con una desenvoltura que habría escandalizado a los párrocos de Pamplona: en sus poemas, Deméter aparece entre cosechas de café, Cronos se aburre en un trópico sin estaciones, y Eros se pasea sin pudor por las tierras templadas de Chinácota.
No citaba a los dioses para adornar la frase, como tantos modernistas de manual, sino porque entendía que el Olimpo mismo es ya una forma de pensar, una “materia mental” anterior a la palabra cristianizada; sus musas no eran estampitas, sino fuerzas activas que soplaban en los alejandrinos. La única función de la mitología es, en realidad, dar cuenta de un hecho lingüístico. 
El viaje a Panamá empezó en Google Books, una madrugada de insomnio.
Tecleé “Francisco Pacho Valencia” y apareció, como un guiño, un libro titulado Mi Panamá de ayer, con una breve mención al agente postal privado de Colombia en la ciudad: un tal Valencia que recibía a los connacionales en una oficina de la Avenida A, casa 30, y resolvía sus problemas de cartas, giros y nostalgias.
“Agente Postal Privado de Colombia en Panamá y cónsul general”. En ese relato institucional, Pacho apenas figura –si figura– como una nota lateral: un hombre que visaba documentos, certificaba firmas y enviaba telegramas a Bogotá mientras el país inauguraba, en 1936, la “Revolución en marcha” de Alfonso López Pumarejo.

Yo llegué a Panamá con otro archivo, el íntimo.
Para mí, Pacho no era tanto un funcionario como un pagano desplazado: un hombre que, habiendo cantado las vendimias del trópico en verso alejandrino, terminó en la década de 1930 frente a una bahía caliente, redactando notas consulares sobre “la situación de los nacionales en la zona del Canal” mientras brindaba, en secreto, por Deméter, Eros y alguna Gabby de risa franca.
Decidió ser un poeta soltero y sin hijo. "Imagínese si mis hijos me pidieran algo y yo no pudiera dárselos”, dijo alguna vez. Era un mito familiar. Pero Pacho  depositó su semilla en poemas donde literalmente “se respira semen”, como si la única descendencia aceptable fuera verbal. El verbo hecho carne.
Lo fascinante de seguirle la pista en 2026 es que Panamá ya no es el mismo puerto amputado que conoció él, pero el drama de la mutilación persiste como eco.
Desde el piso 28 de un hotel moderno, con ascensor veloz y barra de cocteles de diseño, el istmo se ve como un catálogo de rascacielos de vidrio. Pero, debajo de ese skyline neoliberal, laten los barrios donde aún se cruzan colombianos, panameños y antillanos en cantinas que bien podrían llamarse “El Canalito”, sin ironía posmoderna.
Caminar por el Casco Antiguo con la biografía de Pacho en la cabeza produce una especie de doble exposición: uno ve balcones de hierro, faroles marchitos, pero también imagina al tío bisabuelo trepando a la azotea de un hotel de cuatro pisos que entonces llamaban “rascacielos”, mirando un archipiélago de luces amarillas donde nosotros vemos ahora un corredor financiero.

En ese juego de superposiciones, las fechas se vuelven porosas.

1936: López Pumarejo reforma la Constitución y anuncia un país moderno, mientras Pacho muere en Panamá, probablemente sin sentir que la Revolución en marcha haya llegado hasta su escritorio de cónsul postal.

2026: yo desciendo por el mismo istmo, no como diplomático, sino como profesor universitario en México. 

No encontré, por supuesto, una placa con su nombre en letras doradas. La ciudad no lo recuerda con busto ni estatua; su rastro sobrevive en las hemerotecas, en una entrevista perdida de 1928 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en el rumor familiar de que “murió cónsul en Panamá”, como si el cargo bastara para explicar el destino.
Lo que sí encontré fue algo más discreto: la certeza de que su paganismo –esa mezcla de Eros y Minerva, de sensualidad creadora y soledad fértil– sigue operando, silenciosamente, en mi propia manera de mirar el istmo.
Leyendo sus poemas, uno entiende que la palabra “pagano” dejó de ser insulto católico para convertirse en título de honor.
En una época en que media Colombia se desgarraba en guerras civiles, Pacho eligió otra forma de combate: mientras sus parientes se hundían en el río Peralonso con las aguas teñidas de rojo, él se encerraba en la Gruta Simbólica a discutir a Baudelaire, Nietzsche y los simbolistas franceses, componiendo sonetos donde la verdadera batalla era entre Calvario y tálamo nupcial.
Tal vez por eso me interesa tanto pensar su muerte en Panamá: porque condensa, en una escena, el destino de un país y de una familia.


Colombia renunció al istmo como quien cede un miembro bajo presión imperial. Pero Pacho, aunque renunció voluntariamente a casarse y tener hijos, se negó a semejante amputación geográfica. 

Aunque en 1999 comenzó a desmontarse paso a paso el enclave colonial, basta recorrer hoy la antigua Zona del Canal, visitar el Museo y escuchar la voz grave de Morgan Freeman –que todo lo vuelve épica pedagógica– para notar que, en el relato oficial, los héroes siguen siendo ingenieros y coroneles sanitarios estadounidenses, mientras el médico cubano que primero teorizó la transmisión de la fiebre amarilla por el mosquito queda reducido a nota al pie. 


Tío bisabuelo mío. ¿Quieres una versión audiovisual del viejo poema de Kipling, “The White Man’s Burden”, donde la carga civilizadora del blanco se celebra sobre el silencio de quienes pusieron el cuerpo? Oye a Morgan Freeman.