No fui a Ciudad de Panamá como turista disciplinado, armado de lista TripAdvisor y bloqueador solar, sino como un profesor con un asunto pendiente en el registro civil de los muertos: quería encontrar a mi tío bisabuelo, Francisco “Pacho” Valencia, poeta pagano, primer cónsul de Colombia en Panamá y agente postal privado, enterrado allí desde 1936.
En la maleta llevaba menos ropa de la necesaria y más papeles de la conveniente: fotocopias amarillentas, un prólogo de Rafael Maya, notas sueltas sobre la Gruta Simbólica, el poemario Liturgias de la tierra (no el original publicado en 1904, sino una pésima edición de la Universidad de Pamplona del año 2000).
Lo que sabía de él antes del viaje era casi un guion oral de sobremesa: nacido en Pamplona, Colombia, en 1878, hermano de militares y políticos, criado entre la niebla fría de la ciudad y el sol templado de la Hacienda San José, entre cafetales, cañaverales, patios, trapiches, eucaliptos y ceibas centenarias.
De niño me contaron que en la Hacienda San José, ganada como merced de guerra por un antepasado de lanza patriota, Pacho aprendió dos religiones incompatibles: el catecismo católico de los corredores oscuros y el paganismo del paisaje, un paganismo de ceibas pensadoras, cañones impenetrables y montañas góticas. Detrás del trapiche arruinado, como un desfiladero deslumbrante, aún se vislumbra en lo hondo del cañón la quebrada Iscalá.
En Bogotá, durante su juventud, Pacho se declaró abiertamente pagano con una desenvoltura que habría escandalizado a los párrocos de Pamplona. Pues, en sus poemas, Deméter aparece entre cosechas de café, Cronos se aburre en un trópico sin estaciones, y Eros se pasea sin pudor por las tierras templadas de Chinácota.
No citaba a los dioses para adornar la frase, como tantos modernistas de manual. Entendía que el Olimpo mismo es ya una forma de pensar, una “materia mental” anterior a la palabra cristianizada. La única función de la mitología es, en realidad, dar cuenta de un hecho lingüístico.
El viaje a Panamá empezó en Google Books, una madrugada de insomnio.
Tecleé “Francisco Pacho Valencia” y apareció, como un guiño, un libro titulado Mi Panamá de ayer, con una breve mención al agente postal privado de Colombia en la ciudad: un tal Valencia que recibía a los connacionales en una oficina de la Avenida A, casa 30, y resolvía sus problemas de cartas, giros y nostalgias.
“Agente Postal Privado de Colombia en Panamá y cónsul general”. En ese relato institucional, Pacho apenas figura –si figura– como una nota lateral: un hombre que visaba documentos, certificaba firmas y enviaba telegramas a Bogotá mientras el país inauguraba, en 1936, la “Revolución en marcha” de Alfonso López Pumarejo.
Probablemente, Pacho llegó a Panamá en 1929, mientras la Bolsa de Nueva York se desplomaba. El mundo estaba ad-portas de penetrar en la Segunda Guerra. Como cónsul general de Colombia en Ciudad de Panamá —poeta pagano, experto en mitología griega y en formularios consulares— Pacho empezó a fantasear con un motín imposible.
No pensó en ajustar tratados o en enviar notas de protesta al Departamento de Estado en Washington. Sino en algo más radical: invertir el signo del istmo, devolver el Canal al país amputado y liberar a Colombia del colonialismo angloamericano y de sus recintos sombríos, esos grim enclosures donde la ingeniería y la sanidad militar, de la mano de Gorgas y compañía, habían domesticado la malaria para mayor gloria de Wall Street.
Desde su despacho de agente postal privado, entre cartas y telegramas cifrados, Francisco “Pacho” Valencia —nietzscheano, horaciano, sensualista— imaginó una revolución tan improbable como poética: que un país crónicamente ensimismado en guerras civiles encontrara, por fin, el coraje de reclamar el trozo de tierra que lo unía al mundo, no ya en nombre de Dios o de la patria, sino en nombre de Afrodita, Eros y de la dignidad pagana de los despojados.
Pacho no fue un mero funcionario. Celebrado a principios de siglo por cantar las vendimias del trópico en verso alejandrino, tres décadas después, en 1930, frente a una bahía caliente, no se puso a redactar notas consulares sobre “la situación de los nacionales en la zona del Canal”. No. Brindaba, en secreto por Afrodita, Deméter, Eros y por Marte, el dios de la guerra, cuyo fulgor se intensificaba por esos días.
Decidió ser un poeta soltero y sin hijos. "Imagínese si mis hijos me pidieran algo y yo no pudiera dárselos”, dijo alguna vez. Era un mito familiar. Pero Pacho depositó su semilla en poemas. El verbo hecho carne.
Lo fascinante de seguirle la pista en 2026 es que Panamá acaso siga siendo el mismo puerto amputado que conoció él. El drama de la mutilación persiste como eco.
Desde el piso 28 de un hotel moderno, con ascensor veloz y barra de cocteles de diseño, el istmo se ve como un catálogo de rascacielos de vidrio. Pero, debajo de ese skyline neoliberal, laten los barrios donde aún se cruzan colombianos, panameños y antillanos en cantinas sombrías.
Caminar por el Casco Antiguo con la biografía de Pacho en la cabeza produce una especie de doble exposición: uno ve balcones de hierro, faroles marchitos, pero también imagina al tío bisabuelo trepando a la azotea de un hotel de cuatro pisos que entonces llamaban “rascacielos”, mirando un archipiélago de luces amarillas donde nosotros vemos ahora un corredor financiero.
En ese juego de superposiciones, las fechas se vuelven porosas.
1936: López Pumarejo reforma la Constitución y anuncia un país moderno, mientras Pacho muere en Panamá, probablemente sin sentir que la Revolución en marcha haya llegado hasta su escritorio de cónsul postal.
2026: yo desciendo por el mismo istmo, no como diplomático, sino como profesor universitario en México.
No encontré, por supuesto, una placa con su nombre en letras doradas. La ciudad no lo recuerda con busto ni estatua; su rastro sobrevive en las hemerotecas, en una entrevista perdida de 1928 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en el rumor familiar de que “murió cónsul en Panamá”, como si el cargo bastara para explicar el destino.
Lo que sí encontré fue algo más discreto: la certeza de que su paganismo –esa mezcla de Eros y Minerva, de sensualidad creadora y soledad fértil– sigue operando, silenciosamente, en mi propia manera de mirar el istmo.
Leyendo sus poemas, uno entiende que la palabra “pagano” dejó de ser insulto católico para convertirse en título de honor.
En una época en que media Colombia se desgarraba en guerras civiles, Pacho eligió otra forma de combate. Acaso vio a sus parientes hundirse en el río Peralonso, cuyas aguas se tiñeron de rojo durante diez días, entre el 5 y el 16 de diciembre de 1899.
Con la lucidez que otorga la derrota (en la Batalla de Peralonso ganaron los liberales, los enemigos de su familia), Pacho se marchó a Bogotá. Amistó con Julio Flórez y los poetas de la Gruta Simbólica a recitar a Hugo grande y a Verlaine antiguo, a Baudelaire y a los simbolistas franceses y a Darío y a Silva y a Lugones, a leer a Nietzsche y a Schopenhauer, a componer sonetos donde la verdadera batalla fuera entre Calvario y tálamo nupcial.
Tal vez por eso me interesa tanto pensar su muerte en Panamá: porque condensa, en una escena, el destino de un país y de una familia.
Colombia renunció al istmo como quien cede un miembro bajo presión imperial. Pero Pacho, aunque renunció voluntariamente a casarse y tener hijos, se negó a semejante amputación geográfica.
Aunque supuestamente el gobierno de Estados Unidos le entregó en 1999 el Canal a Panamá, persiste el enclave colonial. Basta recorrer hoy la antigua Zona del Canal, visitar el Museo y escuchar la voz grave de Morgan Freeman –que todo lo vuelve épica pedagógica– para notar que, en el relato oficial, los héroes siguen siendo ingenieros y coroneles sanitarios estadounidenses. El documental de Hollywood ignora al Dr. Carlos Juan Finlay (1833-1915), el médico cubano que teorizó sobre la transmisión de la fiebre amarilla (el mosquito) y patentó la primera vacuna.
Tío bisabuelo mío, Pacho Valencia, descansa. No te hará falta el casco de corcho ni la quinina para digerir este siglo. Ahí tienes a Kipling, todavía redactando el inventario de nuestras carencias con la métrica exacta de un oficial de aduanas del Imperio británico. Él, en la India, decía que la gente del trópico éramos "mitad demonios y mitad niños" (half child half devils). ¡Qué carga tan pesada la del hombre blanco!, se quejaba Kipling. Tener que cargar con todo el oro, con todas las esclusas y con todos nuestros muertos sobre sus hombros cansados de tanto decretar el progreso.
Oye al black man Morgan Freeman. Qué voz tan profunda, tan aséptica, tan de "padre de la nación" narrando el despojo con la cadencia de quien lee un salmo. Es el sonido de la hegemonía: una voz de terciopelo que convierte la cicatriz de Panamá en un accidente geográfico superado.
Pero nosotros sabemos, Pacho, que más allá de la muerte no hay carga. Solo queda el polvo que no se rinde y la ironía. Mientras Kipling y sus hermanos angloamericanos celebran su "burden" en pantallas de alta definición, tú ya eres parte del istmo, de la etimología de la tierra que nunca pudo ser domesticada por un poema de Kipling ni por un contrato de la Zona.
El imperio tiene la voz de Dios; nosotros tenemos el silencio de la Verdad.


