febrero 19, 2026

Otto en el umbral: etnografía de un exmarido en la Europa de las vanguardias históricas




En el año 1928, en una ciudad portuaria del Báltico llamada Neumünde, un joven musicólogo llamado Otto Hartmann fue expulsado del piso que compartía con su esposa y los dos hijos de ambos. La explicación oficial era sobria: “incompatibilidad de proyectos”, “agotamiento del vínculo intelectual”, “necesidad de emancipación femenina”. La explicación extraoficial cabía en una frase menos elegante: un romance con un estudiante de primer semestre de germanística.

1. Introducción: estado del arte del cornudo liminal

La situación de Otto, desde luego, merecía un estudio serio. No tanto por el dolor doméstico, sino por su impecable adecuación a la teoría antropológica en boga. En ese mismo año, algunos colegas en París comentaban, en cafés mal ventilados, un curioso libro de 1909: Les Rites de Passage, del etnógrafo Arnold van Gennep, donde se describía la estructura tripartita de los ritos de paso: separación, margen (o liminalidad) e incorporación.

Otto, musicólogo  aplicado, decidió que su propia vida conyugal podía leerse como un caso ejemplar. Había sido separado de su papel de esposo; vivía ahora, literalmente, en el margen de la ciudad, en una habitación alquilada sobre una imprenta; y algún día —le aseguraban sus amigos— se incorporaría de nuevo a la sociedad, quizá como profesor titular, quizá como autor de un libro que nadie leería pero todos citarían. En ese ínterin, tomó notas.

Lo que sigue es una reconstrucción de su manuscrito inédito, Notas para una etnografía del exmarido nórdico, encontrado años después en un archivo húmedo, entre programas de ópera y boletas de impuestos.

2. Fase preliminal: de esposo burgués a sujeto separado

Otto comienza, con rigor clínico, por la fase de separación:

“Siguiendo a van Gennep, debo reconocer que mi expulsión del domicilio conyugal constituye una ruptura formal de estatus. Me han sustraído el anillo, el sofá y el acceso inmediato a la biblioteca grande. Se trata, pues, de una muerte simbólica.”

La esposa, profesora de gramática inglesa, había elaborado su propio discurso: el matrimonio, decía, había devenido institución opresiva; el marido, una figura anacrónica; el estudiante, en cambio, representaba la juventud, la espontaneidad, la promesa de una comunidad erótica sin patriarcado.

Otto anota con sarcasmo académico:

“Es llamativo que, para escapar a la forma burguesa del matrimonio, mi exesposa haya elegido el rito de iniciación más burgués de todos: el amante exótico, cuidadosamente seleccionado del grupo subordinado (el estudiante), a quien se promete acceso a cierto capital simbólico a cambio de devoción. Véase aquí una suerte de inversión paródica del potlatch: se regalan seminarios privados a cambio de adoración.”

La separación se consuma con una breve ceremonia: firma del juez, inventario de muebles, asignación de los niños (6 y 8 años) a la custodia materna, pensión fijada “con perspectiva de género”. Otto sale del edificio cargando dos maletas, una máquina de escribir y un ejemplar manoseado de van Gennep.

3. Liminalidad: el exmarido como ser umbral

Es en la fase liminal donde Otto encuentra su verdadera vocación teórica. Citando a Victor Turner, escribe:

“El liminar es ‘ni esto ni aquello; ni aquí ni allí; es betwixt and between’. En Neumünde, el liminar recibe el nombre de ex.”

El ex habita un territorio ambiguo: no pertenece ya al barrio respetable de las familias completas, pero tampoco al mundo ligero de los solteros jóvenes. No es aún maestro emérito, ni bohemio declarativo; es un individuo suspendido entre proyectos.

Otto describe su nueva habitación: una mesa, dos sillas, una cama estrecha, una ventana con vista a chimeneas. En el muro, un mapa que une, con hilos rojos, Neumünde, Berlín, París y Bogotá (ciudad que no conoce, pero que le han descrito como un lugar perfecto para huir). Cada hilo representa una posibilidad de incorporación futura: una cátedra, un libro, unos hijos adolescentes que viajen a visitarlo.

Mientras tanto, su vida cotidiana se puebla de prácticas liminales:

Lleva a sus hijos al parque los días asignados por el juez;

Los niños, a ratos fríos y silenciosos, a ratos entusiastas, encarnan a su vez una subjetividad liminar: pertenecen a dos casas, duermen en dos camas, aprenden a hablar dos versiones de la misma historia.

La exesposa, por su parte, mantiene un curioso doble estatuto: frente a la comunidad académica se presenta como mujer emancipada; frente a los niños, como "víctima" de un padre “difícil”; frente al estudiante, como sacerdotisa que lo ha elegido para un rito secreto.

Otto observa:

“La liminalidad, en este caso, no se limita al exmarido. Los niños devienen sujetos intersticiales, betwixt and between dos narrativas maternas y paternas. El estudiante ocupa también una posición ambigua: ni colega ni hijo, ni esposo ni alumno. Es un personaje transitorio, cuya función principal es dramatúrgica.”

En este “tiempo fuera del tiempo”, el exmarido descubre, con cierto asombro, que las normas habituales se suspenden. Se permite, por ejemplo, llorar en la fila de la panadería, reír solo en el tranvía, tomar notas etnográficas en el club de golf. Descubre que puede vivir sin gritos nocturnos ni amenazas (ella solía decirle “buscaré cualquier amante para deshacerme de ti”), aunque su sistema nervioso tarde en creerlo.

4. Communitas: exmaridos, impresores y padres de parque

Turner sostiene que en la liminalidad surge con frecuencia una communitas: vínculos igualitarios que se forman entre quienes comparten el umbral. Otto lo comprueba de forma pedestre.

Se hace amigo del impresor del piso de abajo, de un médico que también ve a su hijo solo los fines de semana, y de un pequeño grupo de hombres que juegan golf los jueves al atardecer. Ninguno de ellos encaja ya en la figura del padre victoriano; todos pagan pensiones, todos saben lo que es dejar a un hijo en el portal de un edificio y regresar solo a una habitación alquilada.

En sus notas, Otto registra con ironía:

“La communitas de los jueves no está formada por guerreros ni por jóvenes iniciados, sino por señores ligeramente miopes, con sobrepeso y palos usados. Y sin embargo, en los swings o golpes secos, se instala una solidaridad que los manuales de derecho de familia no contemplan: la del padre que no huye.”

Este detalle resulta crucial. En muchas etnografías de la modernidad tardía, el varón separado elige la fuga: otro país, otra ciudad, otra vida. Otto decide lo contrario. Su liminalidad no será una antesala de la deserción, sino el laboratorio de una nueva forma de paternidad.

5. Incorporación: proyecto de casa, libro y viaje

Los manuales de antropología insisten en que la fase liminal culmina en una incorporación: el sujeto adquiere un nuevo estatuto, con símbolos y obligaciones renovadas. Otto, hombre riguroso, se propone acelerar ese tránsito.

Primero, el símbolo material: una casa. No una casa burguesa de fachada solemne, sino un departamento modesto pero propio, cerca del parque donde juega con su hija y no demasiado lejos de la universidad. La hipoteca, observa, funciona como el equivalente profano del tatuaje iniciático: marca el cuerpo del tiempo futuro.

Segundo, el símbolo intelectual: un libro. Decide escribir un ensayo híbrido —mitad parábola, mitad tratado— sobre la figura del exmarido liminal en la Europa de entreguerras. Ahí reelabora su dolor en clave de teoría cultural, convirtiendo la traición doméstica en laboratorio de conceptos. El manuscrito que conservamos pertenece a esa tentativa.

Tercero, el símbolo geográfico: el viaje. Aunque la exesposa retiene, por ahora, los pasaportes de los niños, Otto comienza a trazar itinerarios imaginarios: un verano en una ciudad andina, un otoño de archivos en Viena, una conferencia en una universidad californiana que aún no existe. El itinerario es, de momento, un mapa mental, pero actúa como vector de incorporación: sitúa al exmarido más allá del pequeño teatro de Neumünde y sus escándalos.

En una nota tardía, escribe:

“Tal vez la liminalidad del exmarido europeo consista, en último término, en aprender a habitar el tiempo sin esperar drama. El verdadero rito de paso no es de esposo a soltero, sino de antagonista de una mujer resentida a ciudadano tranquilo de un mundo más amplio.”

6. Conclusión: del antropólogo traicionado al Proteo ciudadano

Si algo hace interesante —y cómica— la figura de Otto Hartmann es que toma al pie de la letra una teoría pensada para adolescentes de tribus africanas y la aplica a un profesor de musicología en un puerto frío. Pero en esa desproporción reside precisamente su lucidez.

Visto desde el futuro, Otto es un personaje posdivorcial avant la lettre:

–se niega a ser reducido al rol de villano en la narrativa de la exesposa,

–convierte la humillación en materia de escritura,

–reconvierte la habitación alquilada en espacio de transformación,

–y apuesta por una paternidad persistente, sin melodrama y sin huida.

Su vida no se resuelve en un final feliz hollywoodense. Lo que obtiene es algo más sobrio y, quizá, más pagano: una forma de alegría serena, hecha de trabajo intelectual, paseos con sus hijos, viajes esporádicos y una casa pequeña llena de libros que nadie le puede quitar.

En términos de van Gennep, el rito de paso se ha completado; en términos de Spinoza, su conatus ha dejado de desgastarse en pasiones tristes y ha encontrado, al fin, una dirección propia. Otto deja de ser “el marido que fue” para convertirse en un ciudadano Proteo, capaz de cambiar de forma —profesor, escritor, padre viajero— sin perder el núcleo de su dignidad.

Y quizá ese sea el secreto que su parábola deja entrever: no todos los amores que terminan merecen un duelo eterno; algunos merecen, simplemente, un buen diseño de investigación, una hipoteca razonable y un pasaporte listo para cuando, por fin, la fase liminal se dé por concluida.

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