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abril 29, 2026

Una de las mejores novelas sobre el divorcio: «Herzog» (1964) de Saul Bellow



(1964)

 


La mejor narrativa del siglo XX se escribió en Estados Unidos. Nada que hacer. Algo así reconoce Piglia. 

 Herzog (1964) es la novela donde Saul Bellow convierte a un académico en campo de batalla de la modernidad tardía

Saul Bellow la escribió con tinta y sangre. Su segundo matrimonio con Sondra Tschacbasov —Sasha— se desmoronó cuando ella inició una relación con Jack Ludwig, amigo cercano, crítico y profesor. Desde hace tiempo, la crítica lee este triángulo Bellow–Sondra–Ludwig como trasfondo inmediato de la novela: lo que en Herzog es ficción, en Chicago y en Tivoli fue humillación conyugal, depresión y, finalmente, escritura como forma de contraataque.

Saul Bellow se transfigura en Herzog. A sus cuarenta y siete años, Herzog es profesor universitario de cierto prestigio, reputado especialista en romanticismo alemán y poseedor de un indudable capital simbólico. De repente, afronta la escena más vulgar y devastadora de la edad adulta: el fracaso matrimonial. 

 Su segunda esposa, Madelaine, lo deja por uno de sus amigos, reclama la custodia total de la hija en común y lo reubica, ante la policía y los psiquiatras, en el lugar del hombre potencialmente peligroso, del desquiciado al que quizá haya que internar. 


Herzog lo había dado todo por Madelaine: su patrimonio, su energía vital y su visión de futuro, sellando ese sacrificio con la mudanza a Ludeyville, esa casa de campo que él imaginó como santuario y que la crítica ha leído como emblema de sus “foolish dreams” de ascenso y pertenencia. 

Lejos de inaugurar un idilio, Ludeyville se convierte en el escenario de una abdicación doble: el hombre de ideas entrega su territorio de soberanía para habitar el capricho ajeno, pero también proyecta allí su deseo de ser admitido en un mundo (blanco, anglosajón, protestante) cuyo código no domina. Herzog es judío. 

En esa intersección, la generosidad extrema de Herzog deja de ser virtud y se vuelve, como han señalado los comentaristas, el abono perfecto para el resentimiento de quien se percibe inferior.

La mayor perversidad de Madelaine radica en su incapacidad para la piedad. No siente simpatía por su ex marido. 

Hombres como Herzog, guapos y brillantes, no inspiran lástima entre las mujeres. Todo lo contrario. 

 Por su propia excelencia Herzog es condenado por Madelaine a la soledad. Al renunciar a su puesto universitario y quedar sumergido en el aislamiento de la provincia, despojado de su red familiar, Herzog se hunde en lo que Bellow describió como una “privacidad vergonzosa e impotente”: una depresión gélida que él mismo alimenta con cartas y monólogos, mientras se ve como víctima de una injusticia casi metafísica. 

El tiempo permitido con su hija ofrece una brizna de salvación, un respiro sagrado, asediado no solo por la frialdad y frivolidad de Madelaine, sino por su propio gusto por ensayar sus agonías.

Madelaine sabe que en los tribunales la lógica está de su parte, es decir, de la locura funcional. Así se lo advierte a Herzog uno de sus amigos: “She’s a nut, and nuts always win”. Es decir, en los juzgados, la pirada, la nuria, la loca siempre gana. Esa frase, que parece chiste privado, condensa la asimetría brutal del espacio jurídico moderno: el hombre que piensa y se contiene es sistemáticamente desbordado por quien está dispuesto a llevar el conflicto hasta sus últimas consecuencias.

Herzog es una de las mejores novelas sobre el divorcio porque no embellece nada: no hay tragedia aristocrática, sino el tipo de ruina plebeya que llena los juzgados de familia. 

Como Madelaine miente deliberadamente, a Herzog no le queda otro remedio que el acecho. En algún momento se pone a espiar la casa Madelaine: ve al intruso Gersbach bañando a la pequeña June, mientras Madelaine se maquilla en el tocador.  Podría acusar a su ex mujer de abandono y de someter a la hija de ambos a un padrastro si tomara suficientes fotos, pero se resiste a contratar un investigador privado. “Many blackmailers call themselves private investigators”. 

Bellow nos arroja a la cara la violencia específica del divorcio moderno: no es solo la ruptura de un vínculo, sino la reorganización de todo un dispositivo de poder —policía, tribunales, psiquiatría— que se cierra como una trampa alrededor del padre. 

Es aquí donde el intelecto de Herzog choca contra los grandes mitos de la modernidad. Lector frecuente de Heine, sabe que el romanticismo de Rousseau inspiró a Kant y el de éste, a su vez, a Robespierre para la aniquilación total del individuo en nombre de la Revolución de conciencias gregarias. De ahí la gélida voluntad de Madelaine.  

Del mismo modo, Herzog ajusta cuentas con Marx. Si ese filósofo depositó esperanzas metafísicas en la liberación de las masas, ignoró por completo la naturaleza de la guerra doméstica. 

La verdadera gran revolución del siglo XX no fue la del proletariado, sino la del feminismo. Si Marx soñaba con el fin de la alienación, Herzog se enfrenta a una alienación más profunda: la de ver cómo su propio capital simbólico es usado para financiar su propia destrucción, bajo el amparo de un sistema que ha decidido que la piedad al varón es una reliquia del pasado.

 Herzog piensa a Madelaine como arpía, psicópata, mujer sin piedad; la recuerda con su nariz respingada, sus “tetas generosas”, pero al mismo tiempo reconoce cómo colaboró activamente en ese desastre: eligió a Madelaine precisamente porque era difícil, porque le gustaba la pelea, porque necesitaba, quizá, el drama constante que su vida intelectual ya no le daba. El gran tema del divorcio aquí no es solo “la mujer terrible”, sino la forma en que un hombre inteligente confunde "pasión" (pathos) con autodestrucción, lucidez con masoquismo.

Según Philip Roth, Saul Bellow es el gran novelista que por primera vez se atreve a introducir el sexo, la humillación sentimental y el fracaso conyugal en un personaje masculino de alta intensidad intelectual, forzando al “hombre de ideas” a atravesar la experiencia más pedestre de todas. Pues el problema de Herzog es que su mente no deja de trabajar. Cada agravio, cada recuerdo de Madelaine, se vuelve ocasión para una digresión filosófica, una carta, un mini tratado. De ahí sale una de las frases más citadas de Bellow en franca crítica a Goethe y sus herederos intelectuales (incluyendo a los hispanos: Ortega y Gasset y Alfonso Reyes...): “The willingness to answer all questions is the infallible sign of stupidity”, la disposición a responderlo todo como síntoma de estupidez. 

Eso es Herzog: exactamente ese hombre dispuesto a responderlo todo, incluido su divorcio, su deseo, su fracaso. No es que la inteligencia no sirva “para nada”, es peor: sirve para alargar el sufrimiento, para hacerlo interesante, para convertirlo en objeto de comentario.

En el fondo, Herzog es también una novela sobre el límite de las explicaciones culturales para curar una vida rota. Las revoluciones del siglo XX, recuerda el protagonista en uno de sus desvaríos, liberaron a las masas para el consumo y crearon una vida privada sin contenido. En ese vacío, el divorcio se vuelve una forma de consumismo afectivo: se cambia de pareja, de ciudad, de estilo de vida, con la misma lógica con que se cambia de carro. 

La inteligencia, para Herzog, no es un escudo, sino una complicación: retrasa el momento de aceptar que hay situaciones que no se van a arreglar, ni se van a entender del todo, y que el único gesto mínimamente digno es dejar de explicarlas. 

 «Nuestra capacidad de comprender, sólo debe tener por límite la imposibilidad de comprender a los espíritus estrechos», dice en el Ariel (1900) José Enrique Rodó. 

"Grief, Sir, is a species of idleness" [La pena, señor, es una especie de flojera], cita Bellow un epígrama de Samuel Johnson. 

“There are no flies on Jesus”, le dicen en algún momento al protagonista. Se trata de un dicho vulgar inglés para decir que tal o quien “no es ningún tonto”.  Bellow lo pone en boca de una mente hiperculta que, sin dejar de citar a filósofos, recurre a un chiste casi blasfemo para recordarse que la inteligencia sigue ahí; el problema no es ser listo o no, sino qué hace ese intelecto cuando queda atrapado en el melodrama del divorcio. 

La pena es óxido, y se quita con movimiento. Herzog tarda casi cuatrocientas páginas en aceptarlo.



febrero 19, 2026

Otto en el umbral: etnografía de un exmarido en la Europa de las vanguardias históricas




En el año 1928, en una ciudad portuaria del Báltico llamada Neumünde, un joven musicólogo llamado Otto Hartmann fue expulsado del piso que compartía con su esposa y los dos hijos de ambos. La explicación oficial era sobria: “incompatibilidad de proyectos”, “agotamiento del vínculo intelectual”, “necesidad de emancipación femenina”. La explicación extraoficial cabía en una frase menos elegante: un romance con un estudiante de primer semestre de germanística.

1. Introducción: estado del arte del cornudo liminal

La situación de Otto, desde luego, merecía un estudio serio. No tanto por el dolor doméstico, sino por su impecable adecuación a la teoría antropológica en boga. En ese mismo año, algunos colegas en París comentaban, en cafés mal ventilados, un curioso libro de 1909: Les Rites de Passage, del etnógrafo Arnold van Gennep, donde se describía la estructura tripartita de los ritos de paso: separación, margen (o liminalidad) e incorporación.

Otto, musicólogo  aplicado, decidió que su propia vida conyugal podía leerse como un caso ejemplar. Había sido separado de su papel de esposo; vivía ahora, literalmente, en el margen de la ciudad, en una habitación alquilada sobre una imprenta; y algún día —le aseguraban sus amigos— se incorporaría de nuevo a la sociedad, quizá como profesor titular, quizá como autor de un libro que nadie leería pero todos citarían. En ese ínterin, tomó notas.

Lo que sigue es una reconstrucción de su manuscrito inédito, Notas para una etnografía del exmarido nórdico, encontrado años después en un archivo húmedo, entre programas de ópera y boletas de impuestos.

2. Fase preliminal: de esposo burgués a sujeto separado

Otto comienza, con rigor clínico, por la fase de separación:

“Siguiendo a van Gennep, debo reconocer que mi expulsión del domicilio conyugal constituye una ruptura formal de estatus. Me han sustraído el anillo, el sofá y el acceso inmediato a la biblioteca grande. Se trata, pues, de una muerte simbólica.”

La esposa, profesora de gramática inglesa, había elaborado su propio discurso: el matrimonio, decía, había devenido institución opresiva; el marido, una figura anacrónica; el estudiante, en cambio, representaba la juventud, la espontaneidad, la promesa de una comunidad erótica sin patriarcado.

Otto anota con sarcasmo académico:

“Es llamativo que, para escapar a la forma burguesa del matrimonio, mi exesposa haya elegido el rito de iniciación más burgués de todos: el amante exótico, cuidadosamente seleccionado del grupo subordinado (el estudiante), a quien se promete acceso a cierto capital simbólico a cambio de devoción. Véase aquí una suerte de inversión paródica del potlatch: se regalan seminarios privados a cambio de adoración.”

La separación se consuma con una breve ceremonia: firma del juez, inventario de muebles, asignación de los niños (6 y 8 años) a la custodia materna, pensión fijada “con perspectiva de género”. Otto sale del edificio cargando dos maletas, una máquina de escribir y un ejemplar manoseado de van Gennep.

3. Liminalidad: el exmarido como ser umbral

Es en la fase liminal donde Otto encuentra su verdadera vocación teórica. Citando a Victor Turner, escribe:

“El liminar es ‘ni esto ni aquello; ni aquí ni allí; es betwixt and between’. En Neumünde, el liminar recibe el nombre de ex.”

El ex habita un territorio ambiguo: no pertenece ya al barrio respetable de las familias completas, pero tampoco al mundo ligero de los solteros jóvenes. No es aún maestro emérito, ni bohemio declarativo; es un individuo suspendido entre proyectos.

Otto describe su nueva habitación: una mesa, dos sillas, una cama estrecha, una ventana con vista a chimeneas. En el muro, un mapa que une, con hilos rojos, Neumünde, Berlín, París y Bogotá (ciudad que no conoce, pero que le han descrito como un lugar perfecto para huir). Cada hilo representa una posibilidad de incorporación futura: una cátedra, un libro, unos hijos adolescentes que viajen a visitarlo.

Mientras tanto, su vida cotidiana se puebla de prácticas liminales:

Lleva a sus hijos al parque los días asignados por el juez;

Los niños, a ratos fríos y silenciosos, a ratos entusiastas, encarnan a su vez una subjetividad liminar: pertenecen a dos casas, duermen en dos camas, aprenden a hablar dos versiones de la misma historia.

La exesposa, por su parte, mantiene un curioso doble estatuto: frente a la comunidad académica se presenta como mujer emancipada; frente a los niños, como "víctima" de un padre “difícil”; frente al estudiante, como sacerdotisa que lo ha elegido para un rito secreto.

Otto observa:

“La liminalidad, en este caso, no se limita al exmarido. Los niños devienen sujetos intersticiales, betwixt and between dos narrativas maternas y paternas. El estudiante ocupa también una posición ambigua: ni colega ni hijo, ni esposo ni alumno. Es un personaje transitorio, cuya función principal es dramatúrgica.”

En este “tiempo fuera del tiempo”, el exmarido descubre, con cierto asombro, que las normas habituales se suspenden. Se permite, por ejemplo, llorar en la fila de la panadería, reír solo en el tranvía, tomar notas etnográficas en el club de golf. Descubre que puede vivir sin gritos nocturnos ni amenazas (ella solía decirle “buscaré cualquier amante para deshacerme de ti”), aunque su sistema nervioso tarde en creerlo.

4. Communitas: exmaridos, impresores y padres de parque

Turner sostiene que en la liminalidad surge con frecuencia una communitas: vínculos igualitarios que se forman entre quienes comparten el umbral. Otto lo comprueba de forma pedestre.

Se hace amigo del impresor del piso de abajo, de un médico que también ve a su hijo solo los fines de semana, y de un pequeño grupo de hombres que juegan golf los jueves al atardecer. Ninguno de ellos encaja ya en la figura del padre victoriano; todos pagan pensiones, todos saben lo que es dejar a un hijo en el portal de un edificio y regresar solo a una habitación alquilada.

En sus notas, Otto registra con ironía:

“La communitas de los jueves no está formada por guerreros ni por jóvenes iniciados, sino por señores ligeramente miopes, con sobrepeso y palos usados. Y sin embargo, en los swings o golpes secos, se instala una solidaridad que los manuales de derecho de familia no contemplan: la del padre que no huye.”

Este detalle resulta crucial. En muchas etnografías de la modernidad tardía, el varón separado elige la fuga: otro país, otra ciudad, otra vida. Otto decide lo contrario. Su liminalidad no será una antesala de la deserción, sino el laboratorio de una nueva forma de paternidad.

5. Incorporación: proyecto de casa, libro y viaje

Los manuales de antropología insisten en que la fase liminal culmina en una incorporación: el sujeto adquiere un nuevo estatuto, con símbolos y obligaciones renovadas. Otto, hombre riguroso, se propone acelerar ese tránsito.

Primero, el símbolo material: una casa. No una casa burguesa de fachada solemne, sino un departamento modesto pero propio, cerca del parque donde juega con su hija y no demasiado lejos de la universidad. La hipoteca, observa, funciona como el equivalente profano del tatuaje iniciático: marca el cuerpo del tiempo futuro.

Segundo, el símbolo intelectual: un libro. Decide escribir un ensayo híbrido —mitad parábola, mitad tratado— sobre la figura del exmarido liminal en la Europa de entreguerras. Ahí reelabora su dolor en clave de teoría cultural, convirtiendo la traición doméstica en laboratorio de conceptos. El manuscrito que conservamos pertenece a esa tentativa.

Tercero, el símbolo geográfico: el viaje. Aunque la exesposa retiene, por ahora, los pasaportes de los niños, Otto comienza a trazar itinerarios imaginarios: un verano en una ciudad andina, un otoño de archivos en Viena, una conferencia en una universidad californiana que aún no existe. El itinerario es, de momento, un mapa mental, pero actúa como vector de incorporación: sitúa al exmarido más allá del pequeño teatro de Neumünde y sus escándalos.

En una nota tardía, escribe:

“Tal vez la liminalidad del exmarido europeo consista, en último término, en aprender a habitar el tiempo sin esperar drama. El verdadero rito de paso no es de esposo a soltero, sino de antagonista de una mujer resentida a ciudadano tranquilo de un mundo más amplio.”

6. Conclusión: del antropólogo traicionado al Proteo ciudadano

Si algo hace interesante —y cómica— la figura de Otto Hartmann es que toma al pie de la letra una teoría pensada para adolescentes de tribus africanas y la aplica a un profesor de musicología en un puerto frío. Pero en esa desproporción reside precisamente su lucidez.

Visto desde el futuro, Otto es un personaje posdivorcial avant la lettre:

–se niega a ser reducido al rol de villano en la narrativa de la exesposa,

–convierte la humillación en materia de escritura,

–reconvierte la habitación alquilada en espacio de transformación,

–y apuesta por una paternidad persistente, sin melodrama y sin huida.

Su vida no se resuelve en un final feliz hollywoodense. Lo que obtiene es algo más sobrio y, quizá, más pagano: una forma de alegría serena, hecha de trabajo intelectual, paseos con sus hijos, viajes esporádicos y una casa pequeña llena de libros que nadie le puede quitar.

En términos de van Gennep, el rito de paso se ha completado; en términos de Spinoza, su conatus ha dejado de desgastarse en pasiones tristes y ha encontrado, al fin, una dirección propia. Otto deja de ser “el marido que fue” para convertirse en un ciudadano Proteo, capaz de cambiar de forma —profesor, escritor, padre viajero— sin perder el núcleo de su dignidad.

Y quizá ese sea el secreto que su parábola deja entrever: no todos los amores que terminan merecen un duelo eterno; algunos merecen, simplemente, un buen diseño de investigación, una hipoteca razonable y un pasaporte listo para cuando, por fin, la fase liminal se dé por concluida.

diciembre 21, 2025

"Estética" de la «mujer emancipada»




La estética remite a lo que afecta a nuestros sentidos. Llamamos estético a algo que invita al respeto. Y ese respeto introduce una suerte de deber: el deber de admirar lo que encarna una mínima decencia común, una forma de belleza ligada a la dignificación de la vida colectiva. Si la tradición platónica insiste en que lo bello y lo bueno tienden a coincidir, hay también una estética de lo feo y lo malo, y esta última se revela en los gestos: quien traiciona el proyecto común y se rodea de objetos emancipadores, su rostro se ve endurecido en una mueca de defensa perpetua.

Al releer El hombre domado, de la ensayista argentina-alemana Esther Vilar, acaso el capítulo más revelador sea el de la figura de “La mujer emancipada".  La sátira de Vilar alcanza su clímax cuando exhibe la paradoja cruel de la emancipación femenina bajo el capitalismo sentimental. Pues la figura de la “mujer emancipada” que se presenta como autónoma está construida, ladrillo a ladrillo, sobre el capital emocional, simbólico y laboral de un hombre. No asciende sola: se aferra al talento, las redes y el prestigio del otro, y solo cuando su posición se vuelve segura corta –apuñala– la cuerda que la sostuvo.

En realidad, no hace falta que sea mujer u hombre o quimera. Al alma abyecta la sofoca la mano que la ampara (Gómez Dávila). La figura de la “mujer emancipada” en Vilar no es una heroína de la autonomía, sino un artefacto moralmente inestable: alguien que trepa valiéndose del otro, y que al llegar arriba deja de ser bella porque ha dejado de ser justa

La mujer emancipada, continúa Esther Vilar, es tan tonta como cualquier trepadora, pero preferiría que
la creyeran más lista. Habla con el mayor desprecio de las amas de casa. Cree que el mero hecho de realizar un trabajo que no sería indigno de un hombre hace de ella un ser inteligente. La mujer emancipada considera que su trabajo "intelectual" «la llena», «la estimula» y que sin tal trabajo «no podrían existir». Pero no dependen realmente de ese trabajo: lo pueden dejar en cualquier momento, porque, a diferencia de las feas, las mujeres emancipadas no trabajan nunca sin enfundarse antes el salvavidas automático: siempre hay un varón preparado en algún rincón del fondo que se precipita en su ayuda a la primera dificultad.

Continúa Vilar:

"A la mujer emancipada le parece injusto que su ascenso sea más lento que el de sus colegas masculinos, pero no por eso se mezcla en las asesinas luchas competitivas de éstos. Lo que pasa, piensa, es que «las mujeres», aunque se hayan emancipado, no pueden contar nunca con las mismas oportunidades que los hombres. Pero en vez de esforzarse por alterar ese hecho en el mismo lugar de su trabajo, se precipita –pintada como un clown y cubierta de lentejuelas– a las reuniones de su banda, y se pone allí a gritar por la equiparación de la mujer. No se le ocurre nunca que son las mujeres mismas, y no los varones, las culpables de la situación, por su falta de interés, su estupidez, su infiabilidad, su venalidad, sus estúpidas mascaradas y, sobre todo, por su despiadada doma del varón."
 
Y aquí viene la parte más trágico-cómica:

"Se podría creer que los maridos de las emancipadas disfrutan de una situación mejor que la de los maridos de las demás, porque no cargan con toda la responsabilidad. Pero la verdad es precisamente lo contrario; la mujer que se dice emancipada es la desgracia de su marido. Pues éste, como todos los de su sexo, fue amaestrado según el principio del rendimiento, y tiene, por lo tanto, que adelantar siempre por lo menos en un par de pasos a su mujer. Por eso el marido de la traductora es escritor creador, el de la secretaria es jefe de sección, el de la decoradora es escultor y el de la directora de página literaria es jefe de redacción del periódico Además, la mujer emancipada no es una descarga para su marido: le explota aun más que las otras mujeres. [...] Lo único de lo que no se ha liberado la mujer en esas ocasiones es de su tontería, de su estupidez, de su ridiculez, de su falsía, de su frialdad emocional y de su charlatanería de necedad sin fondo. Y desde luego que nunca entregará el dominio doméstico a su hombre, por mucho dinero que ella gane, para asumir en lugar de él la responsabilidad de la alimentación y del prestigio social de la familia. [...] Aunque es posible que se sienta, efectivamente, «plenamente realizada» y «feliz» en su vida profesional –pues es mucho más insensible que el varón y, por lo tanto, no puede sufrir como éste por causa de un trabajo estúpido–, la mujer emancipada no procurará nunca con su dinero al marido la posibilidad de una vida mejor. No le ofrecerá fuego ni le abrirá las puertas, no contratará en favor suyo un seguro de vida ni le garantizará una renta en caso de separación. Eso no sería nada «femenino»." 

Para concluir, digamos que la emancipación ya no es un tema de género ni de teoría. Es una experiencia íntima. La auténtica emancipación consiste en dejar de competir en maldad. 


En una época que confunde trepar con amar, quizá la única insurrección digna sea hacer felices a los niños.