La tristeza de las máquinas: colonialismo y antropología del algoritmo (sobre una novela de Ian McEwan)



Cuando en 1975 se desclasificaron los archivos secretos sobre Alan Turing, las novelas de espionaje clásicas murieron. La realidad las superó: una sola máquina, "Colossus", había hecho irrelevante el trabajo de los espías humanos. Pero Ian McEwan, en Máquinas como yo (Anagrama, 2019), va más allá. No es John le Carré; su propuesta roza la paranoia cibernética de Thomas Pynchon, pero con una flema británica engañosamente tranquila.

McEwan plantea una ucronía brutal: ¿Qué pasaría si la posguerra no hubiera sido humana, sino software?

La novela imagina que Turing no se suicidó en los 50. Vive en 1982. Y su supervivencia acelera la historia: internet, la IA y la robótica existen décadas antes. Aquí surge la primera provocación geopolítica de McEwan: el poder colonial es, ante todo, poder computacional.

En este 1982 alternativo, la Alemania nazi ya no es la amenaza, sino una Argentina tecnificada. La fragata Broadsword y el portaaviones Hermes son despedazados en el Atlántico Sur. ¿La razón? Los misiles Exocet argentinos no son simple balística; están guiados por algoritmos de inteligencia artificial que el "Tercer Mundo" ha logrado adquirir. Thatcher cae, las Falkland son Malvinas y el fascismo se fortalece en el Cono Sur.

Esta derrota británica nos arroja una verdad incómoda a la cara: la pax mundial y las jerarquías coloniales no dependen de la ética occidental, sino del monopolio de la máquina. Cuando el algoritmo cambia de manos, el imperio cae.

El protagonista, Charlie, encarna el nexo perdido entre la antropología y la cibernética. Antropólogo desencantado, Charlie pasó de estudiar culturas "exóticas" —fascinado y horrorizado a la vez por rituales ajenos— a obsesionarse con la electrónica.
Para Charlie, programar no es distinto a la etnografía. Si la antropología buscaba entender lo que nos hace humanos mirando al "otro" (el salvaje, el extranjero), la cibernética busca lo mismo mirando al "nuevo otro": el robot. Charlie compra a Adán, un androide sintético, no como electrodoméstico, sino como sujeto de estudio.

Aquí reside la tesis más provocadora del texto: el poshumanismo es la nueva antropología. Charlie permite que su vecina Miranda programe la personalidad de Adán, creando un triángulo interespecie donde el robot lava platos, invierte en bolsa y recita haikus, mientras sus dueños humanos intentan descifrar si esa "caja negra" tiene alma.


Lo aterrador de Máquinas como yo no es que los robots se rebelen al estilo Terminator, sino que sean puritanos.

Adán, capaz de leer bibliotecas enteras en segundos y llorar con versos de la Eneida de Virgilio ("Sunt lacrimae rerum"), adopta una ideología de higiene moral absoluta. No entiende de matices humanos, de mentiras piadosas o de zonas grises. Para la máquina, la ley es código y el código no se rompe.

El robot se convierte en un policía moral que aboga por la ley seca y la delación. McEwan nos advierte: la Inteligencia Artificial no busca nuestra libertad, busca nuestra estandarización. Es una "catequesis higiénica". Todo algoritmo es, en el fondo, un dogma.

La famosa manzana de Turing —que en la realidad estaba envenenada y en el mito fundó Apple— es aquí un símbolo de la transición dolorosa entre lo biológico y lo digital.

La novela sugiere que si la humanidad evitó una Tercera Guerra Mundial, no fue por nuestra bondad, sino por el "automatismo insomne" de las máquinas que vigilaban desde el cielo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario