McEwan plantea una ucronía brutal: ¿Qué pasaría si la posguerra no hubiera sido humana, sino software?
Esta derrota británica nos arroja una verdad incómoda a la cara: la pax mundial y las jerarquías coloniales no dependen de la ética occidental, sino del monopolio de la máquina. Cuando el algoritmo cambia de manos, el imperio cae.
Para Charlie, programar no es distinto a la etnografía. Si la antropología buscaba entender lo que nos hace humanos mirando al "otro" (el salvaje, el extranjero), la cibernética busca lo mismo mirando al "nuevo otro": el robot. Charlie compra a Adán, un androide sintético, no como electrodoméstico, sino como sujeto de estudio.
Aquí reside la tesis más provocadora del texto: el poshumanismo es la nueva antropología. Charlie permite que su vecina Miranda programe la personalidad de Adán, creando un triángulo interespecie donde el robot lava platos, invierte en bolsa y recita haikus, mientras sus dueños humanos intentan descifrar si esa "caja negra" tiene alma.
Lo aterrador de Máquinas como yo no es que los robots se rebelen al estilo Terminator, sino que sean puritanos.
Adán, capaz de leer bibliotecas enteras en segundos y llorar con versos de la Eneida de Virgilio ("Sunt lacrimae rerum"), adopta una ideología de higiene moral absoluta. No entiende de matices humanos, de mentiras piadosas o de zonas grises. Para la máquina, la ley es código y el código no se rompe.
El robot se convierte en un policía moral que aboga por la ley seca y la delación. McEwan nos advierte: la Inteligencia Artificial no busca nuestra libertad, busca nuestra estandarización. Es una "catequesis higiénica". Todo algoritmo es, en el fondo, un dogma.
La novela sugiere que si la humanidad evitó una Tercera Guerra Mundial, no fue por nuestra bondad, sino por el "automatismo insomne" de las máquinas que vigilaban desde el cielo.
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