Entré al auditorio de la Casa del Libro un poco a desmano, buscando una silla vacía mientras el ponente —un tal Dr. Pineda Buitrago, de la UV— ya disparaba las primeras ráfagas .
No era la típica charla soporífera de historia del arte; aquello parecía un performance bélico, una ráfaga de piroxilina lanzada directamente al rostro de la academia .
El tío, con una cadencia que me recordaba al hablar de mi tierra, empezó a demoler la doxa de la pintura tradicional
Mostró una lámina brutal sobre IG Farben y DuPont
Siqueiros, un tipo que no daba puntada sin hilo, se apropió de esa piroxilina (la laca automotriz de la General Motors) para blindar su mensaje . El ponente insistía en que la pintura industrial es la verdadera señalética del control social: carreteras, camuflaje, semáforos . Sin esa "pintura de señalización", la modernidad sería un caos absoluto .
Lo más rompedor fue cuando mandó a Marx al banquillo para proponer un materialismo radicalmente técnico. Dijo que la Víctima proletaria (1933) del MoMA es una "episteme material": esmalte sobre arpillera cruda
El proletario no es un sujeto que lee panfletos, es el cuerpo sobre el que se proyecta la violencia del sistema .
Terminó diciendo que la "ruta única" fue un intento de estandarizar la conciencia mediante la técnica, antes de que el whitewashing y la purificación abstracta nos dejaran solo el silencio
Al salir, me di cuenta de que no había visto una ponencia, sino un acto de guerra contra la cursilería . ¡Vaya desplante a la burguesía!







