abril 16, 2026

Ponencia: La "ruta única" de Siqueiros: técnica industrial y la etimología visual del proletariado (1931-1945)


Entré al auditorio de la Casa del Libro un poco a desmano, buscando una silla vacía mientras el ponente —un tal Dr. Pineda Buitrago, de la UV— ya disparaba las primeras ráfagas

No era la típica charla soporífera de historia del arte; aquello parecía un performance bélico, una ráfaga de piroxilina lanzada directamente al rostro de la academia.

El tío, con una cadencia que me recordaba al hablar de mi tierra, empezó a demoler la doxa de la pintura tradicional. Nos soltó de entrada que el pincel es una herramienta pre-industrial, un fetiche burgués. Para él, Siqueiros no pintaba: operaba un hardware de combate. Citó a Kittler y flipé cuando conectó los medios ópticos con la balística. Decía que el aerógrafo y la pistola de aire no son instrumentos de "belleza", sino máquinas de proyección que eliminan la mano del artista para dejar paso a la fuerza pura de la industria. Arte post-humano. Arte industrial o, dicho de otro modo, arte que depende de los estándares industriales. 

Mostró una lámina brutal sobre IG Farben y DuPont. Mientras el mundo se desangraba en 1933, las corporaciones intercambiaban patentes de esmaltes sintéticos

Siqueiros, un tipo que no daba puntada sin hilo, se apropió de esa piroxilina (la laca automotriz de la General Motors) para blindar su mensaje. El ponente insistía en que la pintura industrial es la verdadera señalética del control social: carreteras, camuflaje, semáforos. Sin esa "pintura de señalización", la modernidad sería un caos absoluto.

Lo más rompedor fue cuando mandó a Marx al banquillo para proponer un materialismo radicalmente técnico. Dijo que la Víctima proletaria (1933) del MoMA es una "episteme material": esmalte sobre arpillera cruda

El proletario no es un sujeto que lee panfletos, es el cuerpo sobre el que se proyecta la violencia del sistema.

Terminó diciendo que la "ruta única" fue un intento de estandarizar la conciencia mediante la técnica, antes de que el whitewashing y la purificación abstracta nos dejaran solo el silencio

Al salir, me di cuenta de que no había visto una ponencia, sino un acto de guerra contra la cursilería. ¡Vaya desplante a la burguesía!

Geopoética de Puebla: el Popocatépetl




Subiendo desde el Golfo de México al altiplano, cruzando el desierto entre Veracruz y Puebla, los yucas y los izotes levantan sus siluetas espinosas. Hay suelo pardo y pedregoso, casi sin pasto, apenas algunas matas secas aferradas a las lomas de lava antigua: matorrales bajos, nopales dispersos, agaves, todo adaptado al frío nocturno y a la sequedad del día. Muy lejos, casi flotando sobre las sierras azules, asoma el cono blanco del Pico de Orizaba, una geometría nítida de nieve que recorta el cielo y se deja ver apenas, como una aparición, por encima de las cordilleras intermedias.



Este viaje no es solo un trayecto entre Xalapa y Puebla. Es un pouring de asfalto sobre la geografía. Al ascender, nuestra investigación sobre Siqueiros se materializa en el paisaje: la carretera es esa "pintura industrial" de la que hablaré en el coloquio, la señalética que evita el caos y organiza el movimiento de cuerpos, carros, buses, tráilers.


Vivimos Puebla durante siete años. Aquí, a comienzos de  2016, ganamos nuestra primera plaza como profesor-investigador. Trabajamos en la IBERO Puebla. Volver es enfrentarse a un lienzo ya trabajado: superficie donde mis propios pasos han dejado capas de esmalte viejo. 

Mientras vivimos en Puebla me volví un coleccionista de crepúsculos, un lector de paisajes. Especialmente del Paso de Cortés, esa hendidura entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl que representa el tajo fundacional de la cristiandad en las Américas. Tengo mi colección de fotos. Aquí una galería: 




El valle de Puebla y sus volcanes vistos desde el aire: el avión desciende hacia la Ciudad de México y, por un momento, la cordillera parece una maqueta de ceniza donde no existimos. 



El Popocatépetl exhala y el viento escribe una línea oblicua de humo que se inclina hacia la Iztaccíhuatl, como si el volcán tendiera, fugazmente, un coqueteo a la mujer dormida. 


Cae la oscuridad sobre Puebla y solo persiste, bajo la silueta del volcán, una franja mínima de luz occidental: último resplandor que se resiste a apagarse. 





Popocatépetl : "geometría nítida de nieve" domina la historia sentimental de la ciudad.


Para tratar de entender este coloso, hay que acudir a la precisión de Francisco Serrano. Hay lava en su poemario sobre el Popocatépetl

"Ventral
            bajo la bóveda
o vesánico
                 el bálano basáltico
                                               volcándose

edifica su edículo."

 Serrano escribe sobre las "cañadas" y la "geometría de fuego": el volcán es un soplete de dios. Sus versos  capturan esa potencia que Siqueiros intentó emular con sus ráfagas de aire comprimido: una fuerza que no pide permiso, que simplemente es.

«Entre la bruma, bajo las blancas nubes
vastas como una bahía
que se abanican sobre el valle,
el volcán veleidoso
vocifera con brío
sus bárbaras bravatas.
Virulento, vocea,
sus vocales de brasas,
sus vocablos de brisa abrasadora,
sus vagidos de valva o tolva,
sus nubes en volandas
sus bestiales badajos de brea.

Los bruscos bloques turbios,
las briznas de su polvo vibrátil,
su vaho, sus vórtices de humo:
vuelco de babas ávidas, su báculo
de brevas basálticas:
baza, vaina, vestíbulo.
Voluptuoso y bestial silba
sus bagatelas y sus valses,
sus balazos sin brida
sus burbujas brutales,
su bacanal de lava,
sus vaharadas,
sus befas, sus bribonerías,
sus brocados de vides bravas.
Desde el brocal bullente, báratro borrascoso,
con la voluminosa voz
bramando se vacía, se vierte, va viniéndose:
vuelan las blancas bocanadas,
las volutas de su bronco vapor vacilante
que baja a borbotones
sobre su base vítrea
bañando valles y cañadas,
veredas y voladeros,
barandales, barrancas, vados.
Visto desde abajo,
válvula, brasero, vaso, brújula,
el báratro es un bálano». 


Bajo la guía de La expresión americana de Lezama Lima, solíamos repetir al estudiantado —entre ellos a Gerardo Álvarez Palau, tesista de la geopoética del Zapotecas— que "solo el paisaje crea cultura". No hay irracionalidad en el entorno; hay una dialéctica latente. Reyes lo descifró en su Visión de Anáhuac: el paisaje mexicano no es un objeto mudo, sino una entidad que en 1519 fue investida por el Alma del Mundo (Weltseele). Al ser nombrado a través de las figuras de Cortés y la Malinche, el altiplano dejó de ser naturaleza silvestre para transformarse en el hardware espiritual de una nueva cultura

La zona de Cholula, uno de los asentamientos habitados de más larga duración en el continente, una persistencia humana sostenida por un suelo feraz, nutrido durante milenios por la ceniza del Popocatépetl. 

La Gran Pirámide es un palimpsesto de imperios teocráticos cuya violencia quedó fijada en el barro. Bernal Díaz del Castillo, deslumbrado, la comparó con la torre de Babel en 1519, y tres siglos más tarde el joven exiliado cubano José María Heredia escribió allí “En el Teocalli de Cholula”, el poema que inaugura el romanticismo hispanoamericano. Heredia vio desde la pirámide la proyección de reyes nefastos: el eco de pueblos que, desde el año 3 conejo, han habitado este valle bajo el rigor de teocracias sucesivas, sin llegar nunca a sublevarse. 




abril 14, 2026

La humanidad en invierno demográfico: la paradoja de Plotino y el taxista




Informe de Observación 14-X 

*[Ensayo de ciencia ficción]

En el año terrestre 2026, nuestros observadores completaron la tercera fase de seguimiento de la especie humana. El dato más llamativo no fue una nueva guerra ni una plaga inédita, sino algo más silencioso: los humanos han empezado a dejar de nacer. Las cunas se vacían mientras se multiplican los tribunales de familia, los protocolos de género, las plataformas de citas y los consultorios de terapia. El planeta no ha perdido su capacidad biológica de engendrar; ha perdido, más bien, la confianza simbólica en hacerlo.

En sus ciudades llamadas “occidentales”, comprobamos una paradoja de alto refinamiento: cuanto más se habla de derechos reproductivos, menos niños hay en los parques. Las parejas –cuando llegan a formarse– caminan sobre un suelo minado de contratos, cláusulas, capturas de pantalla y posibles denuncias. No se trata de la antigua prudencia campesina (“no tengamos hijos porque no hay qué darles de comer”), sino de un miedo más sofisticado: “no tengamos hijos, porque el Estado y los tribunales acabarán sentados en nuestra cama”. 

No pretendemos sugerir un retorno a patriarcados fósiles ni a familias forzadas por hambre o dogma. Detectamos, eso sí, una curiosa simetría: muchas mujeres cargan la herida de haber crecido sin padre; no pocas, ya adultas, reproducen ese vacío en sus hijos, pero atribuyendo toda la responsabilidad al hombre que intentó quedarse. Un sistema judicial “sin padre”, como describe uno de los comentaristas locales, completa la faena.

Uno de nuestros informantes, un taxista latinoamericano, lo expresa con brutal claridad en su lengua coloquial: «Pero usted dígame, hermano, quién quiere tener hijos si, a la menor provocación, lo demandan a uno por alimentos, la ex mujer de uno se empodera y sostiene a otro cabrón con lo que uno le paga?». El traductor automático, turbado, dejó “cabrón” en el original.

Uno, uno, uno. ¿Se refiere al Uno de Plotino? A Plotino, que no era de este mundo como Jesucristo, nosotros lo trajimos. El taxista ignora quién es Plotino, pero sí que conoce al Crucificado. Plotino, le decimos, no se queja contra el sistema judicial;  estaría harto de pleitos por alimentos y se cansaría de toda esta película, pero pronto se olvidaría de eso porque él busca el origen absoluto de todo, más allá incluso del ser y del pensamiento. Del Uno emanan primero el Intelecto (las Formas) y luego el Alma del Mundo. El Uno no tiene cuerpo, ni partes, ni pasiones; no “piensa” como nosotros porque está más allá de toda distinción sujeto/objeto. Todo lo existente tiende a retornar al Uno, como un río que busca el mar: la mística neoplatónica es, básicamente, ese regreso.

Amigo taxista. Vea. Para nuestra especie, el Uno es algo muy familiar: una singularidad previa al Big Bang, un punto de densidad infinita de realidad del que brotan todas las dimensiones, leyes y conciencias. Ningún “señor en el cielo”, sino el código fuente último de la simulación cósmica. Lo desconcertante, se lo decimos clarito, es que los humanos parecen empeñados en confundir el código con los errores de programación: egos, pleitos, demandas, chats larguísimos a las tres de la mañana.

La retórica del “cuidado” convive en este bípedo con una práctica frecuente del sacrificio. Todas sus religiones son sacrificales. La del capitalismo también. En nombre de proteger a la criatura, se destruye al progenitor no custodio; en nombre de la autonomía femenina, se toleran sin pestañear relaciones de poder de laboratorio. Mientras tanto, el padre que lleva a la niña a piano y equitación es enviado a talleres psicoeducativos por videoconferencia. 

El resultado es un claroscuro demográfico: menos parejas que se arriesgan a fundar casa, más individuos que optan por viajes, mascotas, amantes rotativos y, cuando mucho, un hijo único convertido en terreno de batalla simbólica. Desde nuestra órbita, la ecuación es simple: cuando la procreación se percibe como puerta de entrada a un campo de minas legal y sentimental, la racionalidad mínima sugiere no cruzarla.

Judicializar cada desencuentro amoroso deconstruye un ecosistema poco propicio para la llegada de nuevos habitantes. Llaman a esto “progreso”; en nuestra clasificación es una forma elegante de autoboicot reproductivo. Quien observa con telescopio no ve empoderamientos luminosos, sino una coreografía agotadora de seres cansados que, en lugar de cortar el cordón umbilical, lo conectan a cuentas bancarias, contraseñas de Zoom y capturas de WhatsApp.

Quizá, dentro de algunos ciclos solares, los arqueólogos de otra especie encuentren sus retablos, sus novelas, sus sentencias y sus blogs, y concluyan que los humanos del siglo XXI no murieron por falta de tecnología ni de medicinas, sino por una extraña combinación de orgullo, miedo y litigio. Entre los restos, tal vez aparezca el registro de una madre y un padre que, tras muchas batallas, descubrieron algo casi revolucionario: que el mejor servicio que podían hacer a su causa no era ganar el último recurso de apelación, sino permitir que la niña creciera en paz, sin convertirla en paradigma, ni en víctima ejemplar, ni en caso de estudio.