Las palabras rencor y frivolidad son exquisitas en su asimetría lingüística. Mientras "rencor" admite la terminación rencorosa ("llena de rencor", pues en latín el sufijo -ōsus se utiliza para formar adjetivos que significan "lleno de" o "que contiene"), frivolidad no la admite; no se puede acusar a una mujer de "frivolosa", pues la frivolidad, por su propia naturaleza, carece de cualquier profundidad que pueda colmarse. El rencor puede saturar; la frivolidad, en cambio, siempre permanece hueca.
Rencor y frivolidad, según Gutiérrez Girardot, hacen inmune la vida social contra todo intento de clarificación, de transparencia, de solidaridad, de reconciliación. Actúan como anticuerpos perversos en el organismo social. Y precisamente rencor y frivolidad caracterizan nuestra sociedad latinoamericana, regodeada en un errático comportamiento, con relaciones opacas o hipócritas, pasando de una aparente sumisión a una abierta agresividad sin transición ni aviso.
«En México no hay tragedia, todo se vuelve afrenta», dice Ixca Cienfuegos en La región más transparente. O todo se vuelve molicie: "grata" pereza. La tragedia requiere dignidad en el sufrimiento; la afrenta, solo rencor de orgullo herido. La tragedia demanda profundidad; la afrenta, apenas una vaga superficialidad, una frivolidad carente de responsabilidad.
El rencor y la frivolidad se exacerban a causa de una indisciplina moral. Nuestras universidades públicas carecen de facultades de teología (en cambio, por ejemplo, existe Harvard Divinity School), y la dimensión espiritual de la vida, entre ciertos grupúsculos de pseudointelectuales, se condena como algo inferior, iglesiero, destinado a la gente "inculta" y pueblerina. Complejos que revelan más carencias que recursos.
Donde el rencor habita, la tragedia se destierra; donde la frivolidad reina, la responsabilidad se exilia. La afrenta es el rencor vestido de gala; la frivolidad es la tragedia despojada de grandeza. En el teatro de nuestra sociedad, el rencor escribe el guion, la frivolidad diseña el vestuario, la afrenta dirige la obra, y la tragedia, verdadera protagonista, espera entre bastidores un llamado que nunca llega.