abril 04, 2026

No hay que perder el centro









Caminar por Bogotá es, a menudo, un ejercicio de ceguera voluntaria. Pasamos frente al milagro sin verlo. Me sucedió con la Iglesia de Las Aguas. Una fachada blanqueada, casi tímida, que se asoma entre la carrera y el cerro como si pidiera permiso para existir. Uno entra sin grandes expectativas y, de pronto, aparece un retablo dorado, denso, casi sofocante. 

Erigida por la disciplina de los predicadores dominicos, la Iglesia de Nuestra Señora de las Aguas se alza en el punto geométrico exacto entre Monserrate y Guadalupe: dos cerros devocionales que funcionan como cornisa teológica de la ciudad. Dentro del templo se entiende mejor la frase que quisiera dar título a esta nota: no hay que perder el centro.







El retablo de la Iglesia de Las Aguas, hecho de madera tallada, organiza un pequeño cosmos: es la Civitas Dei agustiniana capturada en una malla de ángeles apretujados, cabezas aladas y roleos vegetales. Es una lección de Rigor (Gevuráh). El Horror Vacui solo se soporta mediante un centro bien fijado. Aquí, en el punto geodésico exacto entre Monserrate y Guadalupe, el retablo nos enseña que la belleza  es la fidelidad, la constancia, el esplendor del orden contra la traición y el desorden.


Salgo de la penumbra dorada al resplandor desigual de la Jiménez. Fotografío la estatua de Ricardo Palma (1833-1919), director de la Biblioteca Nacional de Lima y autor de las Tradiciones peruanas. 


Un escritor peruano homenajeado en Bogotá como hermano mayor de la república de las letras latinoamericanas. Al verlo, mi memoria crítica se va inevitablemente hacia otro peruano: Manuel González Prada, el gran crítico anarquista. Afectado por la Guerra del Pacífico, Prada dejó de creer en el discurso redentor del Estado-nación. En “Nuestros liberales” (1895) denunció que la hipocresía se había convertido en forma de gobierno, correlato local de un nuevo colonialismo. Y en “Nuestros indios” (1904) fue radical: “nuestra forma de gobierno se reduce a una gran mentira”. Tres millones de indígenas vivían fuera de la ley, reducidos al analfabetismo. El indio –escribió– no se redimiría por la humanización de sus opresores, sino por su propio esfuerzo; “todo blanco es, más o menos, un Pizarro, un Valverde o un Arreche”: conquistador, cura o encomendero.




Me deslizo por el Paseo Ambiental de la Jiménez la Plazoleta del Rosario. En lugar de la estatua del tinterillo fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, ha sido puesta un Perijasaurus lapaz. Hemos cambiado al legislador del Logos por el parque jurásico de la paleontología de consumo. Es la victoria de la "IA estúpida" sobre la historia: preferimos el hueso antiguo de un monstruo que no conocimos al bronce de quien, con todos sus errores, fundó nuestra gramática. Es la fase reguetonera de la museografía urbana.

Mientras leo esas frases, levanto la vista hacia los cerros. ¿Qué hay detrás de Monserrate y Guadalupe? Páramos, nacimientos de agua, quizá Soacha o Sumapaz; una reserva hídrica que convierte a Colombia en potencia de agua dulce. Detrás de los santuarios y las antenas hay humedales, frailejones, glaciares en retirada. El “centro” no está solo en la estatua, el retablo o la fachada; está también en esa infraestructura ecológica silenciosa que sostiene la vida urbana.

No lejos de aquí, en el desierto de La Candelaria, un fraile escribió en el siglo XVII El desierto prodigioso y el prodigio del desierto, primera novela neogranadina. La ciudad se inventó a sí misma fabulando un afuera eremítico: otro modo de no perder el centro era imaginarlo lejos, en la soledad mística. Hoy, en cambio, el centro se ha desplazado al tráfico, a las pantallas, al dinosaurio pedagógico, al culto terapéutico de la memoria.




Bajando para el Pasaje Comercial del Libro Usado, donde mi amigo Célico, me sale al paso el edificio de la Jiménez con octava. Fue diseñado por Gastón Lelarge entre 1915 y 1918 cuando Bogotá soñó ser un barrio periférico de París: columnas corintias impecables, ritmos simétricos de ventana, frisos donde el yeso y el mármol ensayan una nobleza aprendida por correspondencia. Sobre el frontón, dos figuras alegóricas –industria y sabiduría– reposan como dioses fatigados; una sostiene herramientas, la otra un libro y un ave, pero ambas miran a la calle con la melancolía de quien sabe que su reino terminó. Durante décadas, el Jockey Club ocupó aquel edificio: alfombras, maderas talladas, mármoles, el murmullo de ministros y banqueros que confundían etiqueta con grandeza. Allí se la pasaba  Gómez Dávila. 

Entre Las Aguas y Palma, entre el dinosaurio y los cerros, la lección que me llevo es sencilla: no hay que perder el centro, pero tampoco hay que darlo por supuesto. El centro es algo que se construye y se cuida: un retablo que se conserva, un archivo que no se quema, un páramo que no se drena, una plaza que no se entrega del todo al simulacro. Caminar este triángulo pequeño del centro de Bogotá –iglesia, fachada republicana, dinosaurio, Palma– es una manera de recordarme que mi propio centro no está en los pleitos de familia ni en las intrigas universitarias, sino en este ejercicio pagano de atención: mirar, leer, pensar, escribir, seguir en movimiento.

marzo 30, 2026

Rivera vuelve a Bogotá


En “Rivera vuelve a Bogotá”, Charry Lara imagina el retorno del novelista de La vorágine a la ciudad que lo expulsó hacia la selva y el mito. El poema lee a Rivera no sólo como autor de una novela de violencia extractivista (la explotación del caucho), sino como un sujeto quebrado por el centro, obligado a irse para pensar la periferia. Hay en esa vuelta algo más que homenaje: Bogotá se le aparece al poeta como un escenario donde el poder central convoca a sus fantasmas y los archiva en salones fríos, entre “voces y lámparas”. La ciudad capital ya no es el lugar de la patria, sino el depósito de sus restos.

El verso “Y la tarde en que logran regresarlo / a la ciudad que amó / bajo / la dulce montaña indescifrable / un niño que no ha visto un muerto” condensa esa comprensión profunda del novelista. Rivera es simultáneamente el muerto y el niño que mira al muerto: sujeto y testigo, víctima y escriba de una época en la que el país aprendió a mirar cadáveres. El centro lo recibe como quien mira un cuerpo ajeno, pero también como quien, por primera vez, se reconoce en ese cuerpo: Bogotá mirándose en su propio muerto, la nación frente a su espejo.

La poesía de Charry insistió en esa imagen de Bogotá como “una ciudad sin hombres hecha para la lluvia”, espacio vacío donde la obstinación melancólica recorre plazas y calles desiertas. La lluvia, lejos de ser mero clima, es una forma de gobierno: un régimen de goteo lento que borra las huellas, enfría los impulsos y convierte la vida pública en espera. Ciudad centralista: aquí todo termina llegando, pero siempre tarde, siempre bajo un aguacero que nubla la escena y conserva la distancia.

Este es el secreto del poder frío: Bogotá administra el país no con grandes gestos tropicales, sino con lloviznas interminables que desgastan cualquier exceso. La política centralista necesita de esta paciencia meteorológica: así como el agua lima la piedra, el expediente lima la revuelta, el trámite lima el grito. El resultado es una capital vencida por la lluvia, pero dueña del archivo. El trópico enloquece; el centro, en cambio, conserva.

En la lógica de Charry Lara, Bogotá no sólo es “ciudad hecha para la lluvia”, sino escuela de un ascetismo casi monacal. El poder que se concentra en la capital debe guardar distancia de la exuberancia tropical: para mandar sobre la selva, hay que aprender a vivir sin ella, a respirarla sólo como recuerdo, cita o expediente. La vorágine que en la novela desgarra cuerpos y lenguajes aparece, en el poema, contenida bajo la “dulce montaña indescifrable”: lo indescifrable está ahí, pero cubierto de neblina y cortesía.

El centralismo colombiano es una forma de ascesis política: renunciar al calor para conservar el mando, renunciar al desorden para apropiarse del mapa. La locura tropical es el laboratorio; Bogotá, el archivo clínico. El país produce fiebre; el centro produce diagnóstico. Pero el diagnóstico nunca es inocente: al nombrar la vorágine, la captura, la vuelve paisaje administrado, mito domesticado.

Lo que más importa hoy de estos poemas es su lección sobre la escritura. Charry no separa crítica y creación: piensa a Rivera creando un poema, y con ello convierte la crítica literaria en escena poética. Leer a La vorágine desde “Rivera vuelve a Bogotá” es aceptar que la crítica más lúcida de la novela no está en un tratado académico, sino en la imagen de ese niño que mira al muerto por primera vez. En esa mirada se fundan, a la vez, la literatura y la política: la capacidad de sostener la vista sobre el cuerpo que el poder quisiera ocultar.

Quizá esa sea la tarea del poeta crítico en una ciudad hecha para la lluvia: recordar que bajo la dulce montaña indescifrable siempre hay un niño, siempre hay un muerto, siempre hay un retorno. El centralismo sueña con archivos impolutos, con expedientes secos; la poesía insiste en devolverle humedad a las palabras, barro a las calles, carne a los nombres. Bogotá seguirá practicando su ascetismo político, su frialdad de capital; pero la lluvia —y la poesía que sabe leerla— seguirán filtrando, por las grietas, la locura tropical que ninguna oficina puede dominar del todo.

marzo 23, 2026

Crítica al vocabulario neoliberal





La mediocridad contemporánea se enreda a sí misma, para justificarse, con términos como «gestionar», «autocrítica», «comunicación sincera» o «vínculo sano». Neolengua emocional, reciclada de manuales de psicología barata; eufemismos de oficina con los que se maquilla el resentimiento. Porque, detrás del despacho ejecutivo, lo que realmente gobierna es el despecho profundo: la incapacidad de relatar y de encontrar las palabras de lo vivido.

Semejante neolengua compone una moral sin cuerpo, sin historia y sin tragedia. Una economía cosmética que teme toda fricción intelectual, emocional. Eso de «gestionar  emociones» es admitir que el amor ni el odio existen, sino solamente activos empresariales que se gestionan y se privatizan. La autocrítica es un eufemismo para la manipulación emocional en horario de oficina. Léxico terapéutico para los siervos del capitalismo tardío: un evangelio de autoayuda que esconde la cancelación absoluta del antagonismo. 

Pero la historia no se gestiona: se padece, se arrastra, se incendia. Y mientras la personita neoliberal se contempla en su espejo de mindfulness, los imperios reconfiguran el tablero. Lo que se llamó globalización no fue una paz, sino la tregua que permitió a China despertar, a Rusia reconstruir su orgullo narcisista y a Estados Unidos disimular su declive con discursos sobre liderazgo moral. El siglo XXI comenzó con el rumor de una pseudo interdependencia económica; terminará, tal vez, con el crujido de los chips fundidos y los mares del Sur incendiados.

En este mundo triangular, nadie representa al bien común. En el triángulo Rusia–China–EE. UU., el equilibrio es imposible: lo que uno gana, el otro lo pierde.

Rusia, el Oso, no conoce límites ni entiende el concepto de nación en su sentido europeo. Es una masa continental mutante, un imperio que erró hacia el futuro obcecado por su propio pasado. Oscila entre el cristianismo ortodoxo y la melancolía asiática, entre la nostalgia soviética y la ambición zarista. Su territorio no es un mapa: es un mito en expansión.

China, el Dragón, despertó de su siglo de humillación colonial sin pedir permiso ni consejos. El dragón no necesita embajadores: sus tratados son silenciosos y sus estrategias, milenarias. Mientras Occidente escribe tesis sobre la soft power y la diplomacia cultural, Pekín borda acuerdos invisibles, trenzas de deuda y rutas de seda digitales, que asfixian sin parecerlo.

Y Estados Unidos, el Pastor, sigue creyendo que el orden global basado en el libre comercio es “natural”. Kissinger lo había visto con precisión quirúrgica: el poder americano actúa con “aparente inocencia”, convencido de que sus valores son universales. Pero el neoliberalismo no es una ley natural: es la petrificación de un accidente histórico, la equiparación del mercado a la verdad del mundo. Bajo esa “aparente inocencia”, el Pastor no protege ovejas: las administra, las contabiliza, las prescribe antidepresivos. Drogas. Fentanilo. 

De Roosevelt a Nixon hubo estadistas: hombres que entendieron la política como un tablero trágico y no como un púlpito moral. Desde entonces, la Casa Blanca se convirtió en una iglesia mediática. Los pastores rodean al Soberano en la Oficina Oval, levantando biblias y sonrisas, creyendo que predican la paz cuando en realidad administran un infierno controlado.

Imaginemos una distopía: la guerra de Taiwán. La noticia podríamos redactarla más o menos así. 

...Cuando los primeros misiles cayeron sobre Taipéi, las bolsas tardaron minutos en colapsar y los chips dejaron de fluir por las venas del planeta. Nueve de cada diez procesadores —los mismos que mueven autos, hospitales, satélites y sistemas de pago— eran taiwaneses. En una semana, los aviones dejaron de despegar, los bancos congelaron operaciones y los ciudadanos redescubrieron el silencio analógico.


Occidente se dio cuenta de que su “economía del conocimiento” descansaba en un archipiélago de silicio ubicado al borde del Pacífico. Y China, el Dragón, había calculado con sabiduría imperial que ninguna guerra nuclear sería necesaria: bastaba apagar la luz del chip para dejar a la civilización sin habla.


Entonces comprendimos que el vocabulario neoliberal había sido una forma de preparar nuestra sumisión tecnológica. “Gestiona tu ansiedad”, decían los coaches mientras las potencias fabricaban ansiedades a escala geopolítica. “Sé resiliente”, aconsejaban los algoritmos, mientras el mundo se automatizaba para prescindir del sufrimiento humano real.

Cuando la red cayó, resurgieron las viejas palabras prohibidas: pánico, hambre, miedo, ira. La gramática de la escasez reemplazó a la retórica del coaching. Los horóscopos dejaron de actualizarse. El dinero electrónico se convirtió en mera nostalgia. Nadie “gestionaba” nada. El lenguaje volvió a doler.
Y en medio de ese silencio tecnológico, los Tres Gigantes se observaron mutuamente, incapaces de desactivar el engranaje que ellos mismos habían construido. La guerra dejó de ser un acto militar para devenir un fenómeno termolingüístico: cuando el chip muere, el lenguaje muere con él...

...

Ya Marx, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, lo había advertido: los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen en las condiciones que ellos eligen, sino en aquellas que heredaron del pasado y de las miserias de su tiempo. En este siglo, esas miserias son microelectrónicas, financieras, psicológicas. Somos los residuos conscientes de una historia que ya no cree en la libertad, sino en la programación.

Dante, en De Monarchia: no conoceremos la paz hasta que el Imperio romano esté restablecido. Pues la arché imperial es el fundamento radical de la Majestad que organiza el mundo desde una unidad cósmica. La democracia y el realismo político no destruyeron esa arché: la trivializaron. Lo que antes era una idea teológica del orden se volvió un sistema operativo del consumo. Si Dante soñaba con un Sol espiritual que irradiara justicia sobre la tierra, hoy vivimos bajo la luz azul de pantallas que simulan ese mismo sol, pero sin fundamento ni trascendencia.


Imaginemos el epitafio del neoliberalismo. No. Es imposible. Pues sin lenguaje no hay duelo. Hace falta un vocabulario no neoliberal, una palabra que no tema la violencia del conflicto ni la oscuridad del sentido. Una palabra que pueda volver a nombrar el mundo sin la ilusión de control.