noviembre 28, 2025

Del realismo mágico al infrarrealismo: un curso de novela latinoamericana del siglo XX


Después de impartir durante casi tres meses un curso sobre novela latinoamericana del siglo XX, tengo la impresión de haber atravesado las formas extremas de la imaginación hispanoamericana. Algo así como un Mito y Archivo en corto circuito. Lo que empezó como un curso de “lecturas intensivas” se convirtió, sin pedir permiso a los manuales, en una arqueología crítica de la razón antropológica y tecnológica del siglo pasado.

El estudio de la narrativa latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX no puede prescindir de  obras canónicas como Pedro Páramo (1955) y Cien años de soledad (1967). La persistencia ininterrumpida de estas novelas, destacada en programas académicos especializados, sugiere que su éxito continuo radica en algo más profundo que la forma: su capacidad de diagnosticar las ansiedades fundamentales sobre el control social, la comunicación y la catástrofe inherentes al pensamiento sistémico de la posguerra

Hago un alto necesario para expresar mi gratitud al Profesor Javier de Navascues y a los estudiantes, cuya atención rigurosa y cuestionamientos insistentes son el caldo de cultivo donde germinan las mejores tesis.

Nuestra ruta comenzó con la doble fundación canónica del Boom, preguntándonos no solo qué contaban, sino cómo funcionaban sus mundos.

La lectura de Pedro Páramo (1955) no nos arrojó a un mero "pueblo fantasma". No. Comala es la geografía de la violencia del «rencor vivo», de la incapacidad de perdonar, de un catolicismo a ratos fallido. Las heridas de la Guerra Cristera (1926-1929). Una de las últimas imágenes de la novela es la del padre Rentería airado, alzado en armas.

Al pasar a Cien años de soledad (1967), entramos a un mundo de ladinos, de marranos, de gitanos, de judeoconversos («el bisabuelo de Úrsula era un comerciante aragonés»), muy poco convencidos de la «autoridad» estatal del alcalde Apolinar Moscote y mucho menos de la del padre Nicanor. Los Buendía son en sí mismos colonos fundadores, ambiciosos, altaneros, alérgicos a cualquier integración real. De suyo solitarios. Al salir del gueto, desafiantes, los Buendía no quieren sino volver a él –al útero (a la casa grande) de Úrsula. 

El tránsito por el Posboom nos mostró las consecuencias de estos colapsos fundacionales. Con El ojo de la patria (1991) de Osvaldo Soriano, el curso abandonó la espiral épica para abrazar la sátira política y la picaresca. Una opereta en medio de dos operas solemenes. Nada mal. Soriano utiliza el humor para desarmar la memoria oficial argentina y la paranoia de la dictadura. La historia ya no es un ciclo mítico, sino un archivo roto que se reconstruye con ironía.  

Finalmente, llegamos a Roberto Bolaño. Aquí se cierra el gran arco, pasando de la Novela Total a la Novela Maximalista. Estrella distante (1996) es el paradigma del infrarrealismo y de la obsesión por el archivo fallido. El poeta-sicario, Carlos Wieder, el poeta-aviador para-militar, Alberto Ruiz-Tagle, el Dr. Jekyll and Mr. Hyde chileno, antártico, es la imagen más brutal de la perversión de la estética y la tecnología al servicio de la dominación. 

Al terminar el curso, la conclusión es sencilla y, a la vez, incómoda: la novela latinoamericana del siglo XX lleva décadas haciendo el trabajo sucio que muchas ciencias prefieren delegar. Rulfo, García Márquez, Soriano y Bolaño aparecen, vistos desde Pamplona, como cuatro formas de auditar la modernidad y dejar constancia de sus averías: del rencor vivo en Comala al feedback genealógico de Macondo, de la parodia del espionaje argentino al archivo aéreo y fotográfico de Wieder, todo parece indicar que el continente ha pensado sus traumas con más rigor desde la ficción que desde los informes oficiales. Que de ese viaje salga una tesis sobre la razón antropológica y tecnológica no es un exceso académico, sino casi una forma de cortesía: cuando los novelistas llevan medio siglo avisando de que la máquina falla, alguien tiene que escribir el reporte técnico.



noviembre 27, 2025

Sobre la muerte del autor y otras resurrecciones: intervención en el tribunal de tesis de Carlos Piana


De izquierda a derecha, Dra. María del Pilar Saiz Cerreda, Dr. Daniel Nemrava, Dr [nuevo] Carlos Piana, Dr. Javier de Navascues y Dr. Sebastián Pineda



La defensa de una tesis doctoral es uno de los últimos rituales sagrados de la vida académica; un espacio donde la teoría cobra vida y se somete a juicio. Recientemente, tuve el honor de formar parte del tribunal que evaluó la investigación doctoral de Carlos Piana Castillo sobre las "posturas literarias posnacionales". Fue una oportunidad para debatir si, como profetizó Roland Barthes, el autor ha muerto, o si simplemente se ha transformado en una "postura" estratégica para sobrevivir en el mercado global y en la redes sociales.

En mi intervención, que comparto íntegra a continuación, discuto el alcance de la investigación doctoral de Piana, cuya motivación al respecto tiene mucho de auto-etnografía: él mismo es ecuatoriano de nacimiento y primera formación lo mismo que europeo por pasaporte, familia y cultura. Piana analiza cómo escritores como José Carlos Llop construyen un autoexilio insular en Mallorca que trasciende nacionalismos, o cómo la venezolana Karina Sainz Borgo negocia su identidad desde el desarraigo. Pero el debate nos llevó más lejos, cruzando el Atlántico hacia Ecuador. Discutimos la tensión histórica entre el indigenismo telúrico de Jorge Icaza —cuya novela  Huasipungo llegó a convertir el exceso de nacionalismo en el verbo "huasipunguear"— y la vanguardia cosmopolita de Pablo Palacio, quien ya era posnacional antes de que inventáramos el término.

Esta tesis nos recuerda que la literatura contemporánea ya no ocurre en un solo país, sino en la frontera misma del lenguaje. A continuación, dejo a disposición de los lectores el texto completo de mi discurso, donde profundizo en estas tensiones entre el mercado, la identidad y la palabra. 

noviembre 23, 2025

Obituario de Ricardo Cuéllar Valencia (1943-2025)






Conocí a Ricardo Cuéllar una mañana de 2016 en la Universidad Iberoamericana Puebla. Me lo presentó mi colega Pepe Sánchez Carbó, entonces coordinador de Literatura y Filosofía. Ricardo, poeta y profesor colombo-mexicano recién jubilado de la Universidad de Chiapas, me saludó con una seriedad férrea. Temía que yo fuera un jovencito petulante, acaso ignorante de quién era él: un poeta y profesor con trayectoria internacional y en absoluto un mero desempleado ofreciendo sus servicios. La tensión era palpable: el viejo y veterano profesor frente a otro mucho más joven; ambos colombianos trashumantes. 

–¡Así que tú eres Ricardo Cuéllar! – le dije, desarmándolo con una sonrisa. Mi papá y un tío político siempre me hablaban de ti: «Allá en México hay otro profesor colombiano, amigo nuestro, a ver si algún día lo conoces», me decían. ¡Y mira dónde te he venido a encontrar! 

–¿Quién es su papá? – me preguntó Ricardo aún sin tutearme, sin sonreír y hasta un poco enfadado. 

Cuando le respondí, de inmediato bajó las armas. Cedió. Sonrió. 

Al cabo me lo llevé a pasar por lo alrededores de Puebla. Lo llevé a ver los murales de Desiderio Hernández Xochitiotzin en Tlaxcala. Un guía local se ofreció a explicarnos aquellos murales, que desmentían el mito de que «la culpa es de los tlaxcaltecas». “¿Cuánto nos cobra?”, le pregunté al guía local. “Mil pesos”, respondió. A lo que que Ricardo, para desmentir la imagen de turistas ingenuos, le espetó al guía local: "¡Qué le pasa!” Dio un manotazo al aire y avanzó por su cuenta a través de los murales de Xochitiotzin 


También visitamos en Tlaxcala las Escalinatas de los Héroes, donde el tiempo se diluye en peldaños y colores. Lo presenté con colegas profesores de la BUAP, Deni, Jaime Villarreal, Gerardo Castillo y Alejandro Lambarry. Y se hizo íntimo de otros coterráneos que estudiaban el doctorado en literatura hispanoamericana: Esnedy Zuluaga y David Betancourt. De hecho, para Esnedy, Ricardo fue como otro tío: ella lo auxilió en varias borracheras. 


Cierta vez, por tanto beber y comer a deshoras, cayó enfermo en el hospital público de Puebla. Cuando le dieron de alta, siguió bebiendo y comiendo a deshoras y a prometer que escribiría ensayos, novelas y poemarios. A veces recordaba su juventud en Medellín cuando se conoció con mi papá en clases, fiestas, paseos y borracheras pantagruélicas. «Hasta me quedaba a dormir en el sofá del apartamento de tu abuelo», me contó. Hablaba de la década de 1970. Del Frente Nacional, del «estado de sitio» de Turbay. Ser subversivo y estudiante, para él, encarnaba lo mismo. Nada o muy poco de la ascética cristiana del estudio. Alguna trifulca política en alguna universidad pública colombiana (la de Caldas en Manizales, probablemente) con sicarios acechándolo, lo obligó a poner pies en polvorosa.   


Como tantos colombianos forjados por el desarraigo, Ricardo eligió a México como vocación. O México lo eligió a él. Y en Chiapas, en esa cultura tan deliberadamente mestiza, de inmediato se convirtió en profesor universitario. Para subir de escalafón, cursó algún doctorado en España, pero no soportó el rudo modo de ser del castellano, que es todo lo opuesto a la suavidad  mexicana, y rápidamente se devolvió. Fatigó las aulas y los talleres de poesía en Tuxtla Gutiérrez y en San Cristóbal de las Casas. Al jubilarse ensayó radicar en Puebla, donde su hija menor empezaba la universidad, mudándose con todos sus libros. Eran tantos que, en su nueva casa, se apretujaban hasta en el baño y la cocina. No los había leído todos. A veces me regalaba uno que me interesara. Luego, al ver que yo lo ponía en mi librero de la oficina, todo subrayado y lleno de post-it coloridos, lo cogía de nuevo y se lo llevaba. No quería perderse de nada. 


Con el nacimiento de mi hija en 2018, mi vida de papá me obligó a dejar atrás el ritmo de Ricardo; le perdí un poco el rastro. Ahora lo recuerdo como un Zaratustra maicero, uno de esos colombianos trashumantes de la vieja Antioquia que quieren este mundo como belleza insondable, que poseen en sobreabundancia el entusiasmo (es decir, que están poseídos por un dios o presos en un dios), pero que carecen de la disciplina que exige sacar a ese dios interior y materializarlo. No sé si Ricardo rechazaría el mito del Crucificado. ¿Basta morir para entrar en la vida eterna de un supuesto trasmundo inventado? A la exaltación patética y absurda del sufrimiento de la pérdida de la vida individual, Dyonisos indefinidamente renovado...