lunes, 17 de marzo de 2014

VIAJE A VERACRUZ, PUERTA DE MÉXICO

 De los nevados al mar
Fotos de Ciudad de México, Distrito Federal, México: Vista de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl

Soñé la noche anterior al viaje con dos bólidos encendiendo el cielo nocturno del DF cayendo a las afueras, en las faldas de los volcanes, sacudiendo toda la ciudad. Al mediodía siguiente, abandonando el valle de México sobre la llanura de Ixtapaluca, recordé los meteoritos de mi sueño –en esa pequeña llanura está la hacienda Panoaya donde vivió de niña Sor Juana Inés de la Cruz: Primero sueño, pensé.

Nos conducía en su carro la reencarnación del piloto Antón Alamínos, nuestro amigo Gerardo Ruiz Luna, experto en la Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. De copiloto iba Oscar Javier González Molina. A la izquierda venía Trilce, nuestra amiga francesa con el nombre del poema de Vallejo; Dianis y yo, muy juntitos, a la derecha. Zigzagueábamos por la autopista México-Puebla a la altura de Río Frío, y de vez en vez yo sacaba la cabeza por la ventanilla del carro, y entonces contemplaba las cumbres alrededor del volcán Iztaccihuatl, la mujer desnuda, que me miraba muy seria y con sus enormes senos y su cabellera de nubes me deseaba por gestos buen viaje.   

El mar apareció de noche. El olor a yodo lo delató a 20 kilómetros. Venteaba cierto frío del Golfo de México, pero nada que enfriara esa calidez de las ciudades costeras en contacto constante con el mar

A las nueve de la noche salimos del hotel a caminar por el Boulevard Ávila Camacho. En la playa unos pescadores recogían sus atalayas. Venían de pescar en torno la isla de los Pájaros, guiados por el faro de San Juan de Ulúa. Pasamos el club de yates, continuando la caminata por el comodoro Manuel Azueta. Vimos dos buques fondeando en el  muelle y grúas gigantescas a un lado –durante el día estiban contenedores de carros de la Volswagen. Doblamos por la torre de Pemex y el faro de Venustiano Carranza, cuya enorme estatua indignaría a José Vasconcelos, y dimos a dar en la esquina de la alegría: en la terraza del Gran Café de la Parroquia, frente al malecón en la calle de Gómez Farias.
(Torre de Pemex y faro de Carranza)

Veracrucci, Veracrucci

Pido una cerveza helada a los meseros del Gran Café que parecen marineros, entre el escándalo de las arpas y los timbales de los músicos jarochos improvisando en la terraza, entre la multitud de turistas y marinos mercantes de paso por el puerto. La bebo, y me convierto en un inmigrante italiano recién desembarcado, y para curarme del mareo trasatlántico grito escandalosamente Veracrucci, Veracrucci. Nuestro amigo Gerardo, alias Antón Alamínos, enciende un habanero y me lo comparte como una pipa de la paz. El humo es oceánico.

                            En el raro mar interior de México

Raro es el mar interior de México, el Golfo, el mar negro de América (por el petróleo: se entiende) porque no se parece al mare nostrum, al Caribe: le falta el elemento africano, la raza negra. No hay en Veracruz negros baruleros o champeteros como en Cartagena de Indias; o negros de amarillo y de guinda como en La Habana; o negros con rastas –reggueas– estilo Bob Marley como en Jamaica. No importa: en el famoso son jarocho de “La Bamba” yo siento ese individualismo –despotismo– caribeño en toda su expresión: “Yo no soy marinero. Soy capitán. Soy capitán. Soy capitán. Bamba, bamba…”. ¿No es veracruzano Agustín Lara, ese cantante famélico con aire de vampiro, en cuyas canciones la luna se quiebra sobre las tinieblas de mi soledad…?
Ruta de los galeones españoles
Sin comercio de esclavos, sin casi piratas, el Golfo de México, mar interior, está defendido por la isla de Cuba, el estrecho de la Florida y el canal de Yucatán. Este mar interior no hizo de Veracruz una ciudad de choque, amurallada y llena de fuertes y castillos como La Habana o Cartagena de Indias. De ahí que la antigua fortaleza de San Juan de Ulúa, que visitamos el último día, no alcance las dimensiones del castillo de San Felipe en Cartagena. Los que venimos de culturas rudas, abiertas al mar exterior, sentimos el contraste. A la ruda España se opone la suave Nueva España: la suave patria es un todo un país-continente, sí, demasiada tierra para pelear o defenderse del invasor. Hay para todos. Vengan los franceses con el ejército de Maximiliano de Austria en 1863; vengan los Estados Unidos tanto en 1847 como en 1914. Váyanse si no quieren mezclarse –mestizarse. Cortés se mestizó con doña Marina o la Malinche, para rabia de los puristas. El bueno de Bernal se fue a vivir a Guatemala con otra princesa indígena. 

Desde el fuerte de San Juan de Ulúa, entre la resolana que azulea la superficie del mar, avistamos la Isla de los Sacrificios, a donde Bernal llegó el 21 de junio de 1517. Cuenta, en el capítulo XVI, cómo los sacerdotes indígenas, para tributar al ídolo Tezcatepuca, “tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos a aquel maldito ídolo […]. Tuvimos gran lástima y mancilla de aquellos dos muchachos e verlos recién muertos e ver tan grandísima crueldad.” Me cuenta Gerardo que era una práctica común entre los sacerdotes aztecas presentarse a la puerta de los vasallos de Montezuma en busca de una doncella o de un joven para el sacrificio mensual: al azar una familia tener que dar cada tanto un par de doncellas o muchachos para el dios del cultivo, de la lluvia, del sol…

De ahí la fácil conversión al cristianismo. Las iglesias liberaron a los pobres indígenas sometidos a esos sacrificios inútiles. Si yo hubiera sido un fraile en 1519, de camino a la gran Tenochtitlan, exhibiría en mi crucifijo la imagen de otro Dios por el cual no hay que sacrificarse, porque él ya se sacrificó por todos nosotros, y les diría con elocuencia: “El hombre solamente es importante si es verdad que un Dios ha muerto por él.” (Gómez Dávila, Sucesivos escolios a un texto implícito). A cambio de obediencia a la corona, recen por este Dios de rasgos humanos, casi desnudo, auto-sacrificado por todos nosotros el viernes en el Gólgota, resucitado el domingo en los cielos por los siglos de los siglos.  Y mientras tanto me dejaría adornar de collares de oro puro y me dejaría acariciar por la doncella más linda.

¡Thalassa!, ¡Thalassa!

Al llegar a las playas de Chacalacas, a un costado de la desembocadura del río Actopan, hacia el azul del mar corremos Dianis y yo semidesnudos, sintiéndonos vivos en el espeso sol del mediodía, dejándonos zarandear por las olas que hacen con nosotros lo que quieren.

Intentamos volver a bañarnos al otro día, pero un ventarrón nos lo impidió. Brotaba de las brumas septentrionales del Golfo, levantando la arena de la playa, llenando de arena los ojos y la boca. Esos ventarrones impiden las selvas y cualquier árbol grueso en el camino de Veracruz a Xalapa. Toda la costa tiene una vegetación chaparra: cultivos de caña y de maíz y uno que otro platanar doblegado por los vientos. No se siente en la costa veracruzana el bochorno tropical de las costas caribeñas colombianas, ni el voluptuoso sopor a la hora de la siesta, ni hay ocasión de la hamaca o el abanico.

Alamínos (Gerardo Ruiz) se pone alerta al volante porque el ventarrón del Golfo aun zarandea el carro por la carretera. Huimos de la costa hacia las faldas del pico de Orizaba. De paso –sólo de paso– Xalapa. De noche llegamos a la mega-ciudad de México. Quedamos de nuevo detrás de los volcanes, de espaldas al mar. “La vecindad del mar queda abolida: basta saber que nos guardan las espaldas” (Alfonso Reyes, “Golfo de México”).


Otra cosa sintieron los soldados de Xenofonte, de regreso de las campañas asiáticas, cuando se asomaron por los acantilados y exclamaron llenos de contento ¡Thalassa!, ¡Thalassa!, el nombre del mar en griego: se precipitaron hacia la playa chapuceando jubilosos entre las olas, porque el mar era para ellos el camino a casa, el mundo. 

No deberíamos vivir de espaldas al mar ni padecer de thalassophobia