lunes, 26 de mayo de 2014

Incendiada mesa sobre el Exilio Español en México


El pasado martes 20 de mayo de 2014 prendí fuego a la segunda mesa sobre los 75 años de Alfonso Reyes y el Exilio Español en México.

Ya el lugar es bastante inflamable. Se trata de la Consejería de Educación de España, situada entre la calle Berlín y Hamburgo (lo alemán siempre es bastante inflamable) en la colonia Benito Juárez de la Ciudad de México. El consejero español estudió en Alemania y tiene, como los visigodos, algo de ese viejo eurocentrismo; y tiene, naturalmente, algo muy nuestro: algo del locuaz, del rudo, del áspero íbero. Se sentó en el centro de la mesa. Se impuso: era su casa.

Primero leyeron dos profesoras de la UNAM, Edith Negrín y Aurora Díez-Canedo, nieta de Enrique Díez-Canedo, uno de los mejores amigos de Alfonso Reyes en Madrid desde 1914. Moderaba la mesa Conrado Arranz, doctor ya en Letras de la UNED, abogado de la Cumplutense, hincha del Vallecas de Madrid y nuestro amigo.

La mesa la cerró Héctor Iván González con una ponencia sobre el contraste entre Alfonso Reyes y Luis Cernuda. Mientras Reyes era pura simpatía, Cernuda era pura antipatía. Héctor Iván propuso una relectura de los ensayos de Cernuda a la luz de los ensayos de Octavio Paz, es decir, proponiendo una influencia de aquél en éste. Pero me temo que no hay tal: Cernuda ensayista suena hosco y sañudo. En cambio, Paz-ensayista me suena a ratos superior a Paz-poeta.

Lo más complicado estuvo en la segunda mesa. Persistieron el moderador Conrado Arranz y el consejero, Agapito Maestre. En ausencia de Liliana Weinberg se sentó, para leer sus palabras sobre María Zambrano, el organizador de las Jornadas, Alberto Enríquez Perea. También sobre María Zambrano leyó Diana Hernández Suárez, master en Letras de la UNAM, en torno al difícil exilio de la filósofa española en México –por el machismo académico de Daniel Cossío Villegas y hasta de José Gaos que no podían creerse lo de una mujer filósofa.

La mesa comenzó a caldearse cuando intervino Ismael Carballo Robledo, director de ElCatoblepas, revista crítica del presente –ya he hojeado varios números agradado de que haya tanto de lo que hace falta: pensamiento en lengua española. La revista se hace desde Oviedo, España, alrededor de la escuela de filosofía materialista de Gustavo Bueno. Me gustó mucho un ensayo de Ismael sobre “Las generaciones de izquierda en México”, donde básicamente sostiene que la utopía de Latinoamérica es eso: una utopía, algo irreal; dominan los Estados-nacionales, no el “ser latinoamericano”: en esto estriba, para él, todo nuestro drama.

La llama la siguió alimentándola Marcos Daniel Aguilar: leyó una exaltada ponencia sobre Alfonso Reyes y las utopías en tiempos de los exiliados. Me hubiera gustado preguntarle que, si Latinoamérica nació de la utopía del Renacimiento, ¿no ha sido esa buena intención la que, en menor o mayor grado, la ha conducido al infierno? ¿No hay un peligro latente en las izquierdas al asociarse con los espejismos de la ficción? A Alfonso Reyes aquello de sólo dedicarse a soñar utopías se le figuraba una forma abominable del egoísmo. Tal vez por eso, a pesar de haber sido un hombre de “izquierda”, ningún grupo intelectual de izquierda reivindicó su nombre en el largo predominio cultural que tuvieron durante la segunda mitad del XX. Bajo los brutales entusiasmos marxistas de las décadas pasadas, más bien, Reyes apareció como de derecha. Y se le ignoró.

Fue mi turno. Dije: si este año de 2014 se cumple 75 años del primer exilio republicano español en México, también en este año se cumplen 100 años del exilio desatado por la Revolución mexicana, que llevó a Alfonso Reyes a refugiarse en España en septiembre de 1914 y que nadie parece recordar o discutir.

Reyes no fue el único exiliado hace cien años. Se trató de un exilio masivo como puede rastrearse en las memorias de José Vasconcelos, Federico Gamboa o José Juan Tablada. Lo más valioso de la inteligencia mexicana, como lo demuestra el historiador Ramírez Rancaño, abandonó el país: “Esta tesis resulta sumamente fuerte y contradice la versión oficial expresa que los intelectuales revolucionarios fueron los más lúcidos y los más capaces para entender al México revolucionario.”[1]

 José Ortega y Gasset fue el que más apoyó a Reyes una vez que éste se radicó en Madrid. Lo invitó a escribir al diario El Imparcial, al semanario España, después le dio columna semanal en el periódico El Sol y, en fin, fue su amigo casi íntimo –al grado de que Reyes le prestó las llaves de su apartamento de soltero en Buenos Aires para asuntos de faldas– hasta que… en 1947, en una entrevista para El Universal, Ortega lo acusó de estar haciendo en México tonterías y gestecillos de aldea con los exiliados españoles. Nunca se aclaró a qué se refería Ortega con gestecillos de aldea. Terminé con una pregunta abierta: ¿acaso se refería a que Reyes estaba jugando al gesto aldeano de justificar, a través del asilo a los exiliados españoles, el régimen revolucionario de Lázaro Cárdenas…?

Se desató la conflagración. Se incendió la Consejería.

Repliqué a las preguntas de Héctor Iván: ¿75 años del exilio español en México? Vale. Pero pongámonos de acuerdo: ¿hablamos del exilio solamente para referirnos a intelectuales? ¿Cómo llamar a los millones de inmigrantes de nuestros países en Estados Unidos y en Europa? ¿Pobres, trabajadores, working class, or just inmigants

Nuestra crítica tiene mucho que trabajar sobre el concepto contemporáneo de exilio. En las segundas significaciones radica el valor de las palabras, como en las segundas intenciones el de la conducta.  Desconfiad –rezaba un proverbio– de los que se encolerizan. 

Si la amabilidad se cultivara como la mayor fuerza y la mayor disciplina...







[1] Ramírez Rancaño, op. cit., p. 103.