febrero 17, 2026

Diario perdido de Viena (febrero, 2023)



Nota aclaratoria: 

Por aquel entonces temí quedar varado en las últimas letras del alfabeto: X de Xalapa, V de Veracruz, Z de zozobra en el camino antiguo a Coatepec, al cerro de las culebras, donde mi hija había comenzado a estudiar. Acababa de ponerle punto aparte al hastío de Puebla; seguía el resentimiento de la madona...; pronto le pondría punto final. Mientras tanto, abrí un paréntesis: un viaje académico a la primera letra, a la A de Austria... Lo que sigue son extractos de lo que he podido rescatar de mi diario de viaje:

26 de febrero de 2023

Tras treinta horas de vuelo, primero desde el puerto de Veracruz, luego desde la Ciudad de México y después desde Madrid, he aterrizado en Viena. Llevo más de treinta horas sin el consuelo de una sábana. Mis pies, prisioneros en unos tenis que ya son parte de mi anatomía, claman por reflexología. Soy un náufrago del jet-lag (de la descomposición horaria, del huso) que arrastra su maleta...

En la estación de tren contigua al aeropuerto de Wien-Schwechat, todavía con el zumbido del motor en los oídos, me detengo ante un mapa del Nahverkehr Ostregion. Es el atlas del Transporte Público de la Región Oriental, una telaraña de precisión germánica que intenta dar orden al caos de mi llegada. Las líneas de colores se entrelazan como el sistema circulatorio de un titán de hierro; busco en esa marea de nombres impronunciables el camino hacia la Hauptbahnhof, mientras traduzco mentalmente: Ostregion, la región del este. 

En la estación Wien Geiselbergstraße, me asalta una epifanía etimológica: Geiselberg... ¿"Montaña del Espíritu"? ¿O acaso es el espíritu de la montaña el que me observa con sorna mientras intento descifrar si voy hacia el centro o hacia el olvido? "Oof, los espíritus", me dicen por el éter digital. Quizás tengan razón. Siento la presencia de Atila, esa sombra de Asia que cabalga desde el Mar Negro remontando el Danubio, recordándome que incluso en el corazón de Europa, uno siempre está a un paso de la barbarie... 

No siento la rigidez prusiana de mi temporada en Berlín; aquí en Viena el alemán se suaviza, se vuelve barroco y católico. He llegado, después de todo, al epicentro de nuestra propia genealogía política: al hogar de los Austria. La Conquista de México y el destino de América, con  Carlos V, unieron el Danubio con el Anáhuac. 


27 de febrero de 2023 [de mañana  y mediodía]:


Despertar en el último piso del Ibis es como flotar sobre una maqueta de terracota y nieve. Desde aquí, los tejados de Viena parecen escamas de un reptil milenario que duerme bajo el sol de invierno. Tras la medianoche de "espíritus" en la estación central, la ciudad se me entrega hoy con una claridad meridiana. Debo leer algún día El hombre sin atributos, de Robert Musil, me digo.

He comenzado a "patonear" (término que rescato del lenguaje bogotano, ¡oh Rufino José Cuervo!)  hasta  el Palacio de Belvedere. Aquí comienza realmente la ciudad, en este despliegue de simetría imperial. Al caminar, me asalta una idea: la cultura es una autopista rápida, eficiente, diseñada para llevarnos de un punto a otro sin sobresaltos. Pero el arte... el arte es un camino en el bosque (Holzwege, diría Heidegger). Es un sendero que se pierde, que no busca la salida, sino la presencia.

¡Y qué presencia la de Klimt! 

Me acuerdo que por allá en noviembre de 2011, en mi apartamento de soltero de la colonia Copilco de la Ciudad de México, al lado de la UNAM, pegué una póster gigante de un cuadro de Klimt, "El beso", y con mi primera novia mexicana cómo lo contemplábamos, enamoradísimos; también pegué otro póster de Klimt, "Dánae": el erotómano del Olimpo derramándose en monedas sobre los muslos de la ninfa... qué metáfora tan brutal para un estudiante colombiano que regresaba de Europa a su destino mexicano arrastrando una sed brutal de arte plástico, de colorido... 

Ver esas obras hoy, aquí en Viena, es encontrarme con los fantasmas del pasado: un joven de 29 años que pegaba pósteres con cinta adhesiva, hoy, de 40, camina entre los originales, cargando el peso de los puntos finales y los paréntesis abiertos... En mi recuerdo ambos cuadros de Klimt aparecen mezclados.



Al entrar en la Secession, el oro me ciega de una manera casi mística. "Klimt a la lata", expresa mi voz colombiana-paisa. "A la lata" es un colombianismo (extendido a  Panamá y a Venezuela) que significa "en abundancia", "a gran velocidad" o "con mucha intensidad". No viene de la técnica de enlatar comida, sino de la mecánica: de acelerar "a fondo" hasta topar con la placa de metal (la "lata") que cubría la estructura del motor de esos armatostes antiguos; ir "a la lata" era, literalmente, llevar la máquina al límite de su capacidad. En fin. Continuemos... 

Viena me regala contrastes brutales. De la delicadeza de las esfinges del Belvedere paso a la robustez del monumento soviético. Un recordatorio de 1945, de cuando otros "bárbaros" liberaron la ciudad de la sombra nazi. El oro de Klimt tiene un reverso de hierro.

En medio de todo, el Caribe aparece como un fantasma: un cartel de "Havana Nights" en una parada de tranvía. La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo. Aquí, en el centro de Europa, el trópico sonríe.

Todo es Jugendstil, todo es este renacimiento de la juventud que busca desesperadamente un nuevo lenguaje. Te escribo esto, amor, mientras busco el catálogo de la exposición en las bibliotecas; seguro hay "un chingo" de información, pero ninguna página podrá describir cómo se siente este sol frío golpeando las cúpulas.


Por la tarde, en el Kunsthistorisches Museum, me he plantado frente a la Torre de Babel de Brueghel el Viejo. He sentido un nudo en la garganta que no esperaba. Brueghel el Viejo era el pintor favorito de mi abuelo Pineda. De niño, me acuerdo, yo podía pasar horas perdido en las litografías de esa construcción imposible, ese caracol de piedra que desafía al cielo mientras se desmorona por su propio peso. También conseguí un póster de la Torre de Babel y lo pegué en mi apartamento de soltero en Copilco y sobrevivió a todas mis mudanzas de casado. Frente al original, claro está, todo palidece.





Pequeña écfrasis del cuadro de Brueghel. Si te acercas, ves el detalle demencial: los canteros, las grúas de madera, el Rey Nemrod creyéndose eterno. Incluso un albañil, si se mira con más detenimiento, aparece defecando. La Torre es una colmena de piedra donde cada celda es un malentendido. 


27 de febrero de 2023 [tarde-noche]

Al caer el sol, cambié el éxtasis artístico por el protocolo de la Embajada de España. Se inauguraba el Hispanistentag 2023 y, bajo el retrato de Felipe VI —porque España, señores, no es una "republiqueta" sino un Reino—, me dediqué al noble arte de la simulación.

Me moví entre canapés y copas de vino con la destreza de un camaleón transatlántico. Empecé saludando con un "Mein Deutsch ist nicht so gut" que encendió el entusiasmo de los locales; me hablaron tan rápido que tuve que saltar al inglés para no naufragar. Luego, me volví el mexicano más cosmopolita para debatir con el embajador Campuzano Piña sobre Carlota y Maximiliano (ese "güero de ADN confirmado" que aquel embajador parece querer emular en su retorno triunfal a México). El embajador de Colombia, al verme, salió huyendo —o eso quiero creer en mi delirio de importancia....

Salí de la embajada embriagado de vinos y ahíto de caviar. En Viena, en la "Europa del medio", en este Bizancio germano-eslavo-húngaro-turco, me he sentido, al mismo tiempo, un heredero de Carlos V y un náufrago colombiano que busca cama o donde echarse en la estación central como cualquier mendigo.

28 de febrero de 2023

Viena es, ante todo, una ciudad que se piensa a sí misma. Al caminar por la Ringstraße, por ese anillo  que encierra el casco antiguo, uno no pisa solo asfalto, sino las ruinas de una ambición liberal. No puedo evitar invocar aquí La Viena de fin de siécle, de Carl E. Schorske, ese libro que tanto inspiró a Beatriz Sarlo para diseccionar nuestras propias metrópolis y pensar la ciudad como un texto de tensiones políticas. La Ringstraße fue el escenario de un fracaso: el intento de la burguesía por legitimarse a través de un historicismo arquitectónico (el neogótico del Ayuntamiento, el neoclásico del Parlamento) que terminó colapsando ante la irrupción de lo irracional. Al caminar por este círculo, entiendo que la modernidad vienesa no nació del progreso, sino de la grieta; nació de esos intelectuales que, al verse expulsados de la vida pública, se refugiaron en el diván de Freud o en el oro de Klimt. 

Al caminar por la Ringstraße, sin rumbo, termino  en la Berggasse 19, la casa de Sigmund Freud. Pienso en un cuadro de Schiele: un "tullido" escuálido al que solo le queda la pulsión de una brillante erección. 

En el Museo Schubert me detuve largo tiempo ante la vitrina que custodia sus lentes: cristales redondos, pequeños y fatigados que parecen conservar aún la mirada corta de quien escribió música para el fin del mundo. Al verlos, el eco de mi maestro, el novelista  Espinosa, vibró en mi memoria con la fuerza de una lied melancólica, y de repente llegó a mí aquel verso en prosa de León de Greiff que Espinosa tanto me repetía, casi como un mantra de identidad: "Franz después del Sordo".

De Greiff, ese musicólogo excelso nacido en las montañas de Antioquia, solo pudo conocer Europa a los sesenta años, cargando ya con toda la música del mundo en la cabeza. Al caminar por Viena, imagino a Espinosa arrastrando su capa invisible por el mismo empedrado, uniendo el barroco de Cartagena con este aire danubiano...


Tarde-noche:

El tren a Graz es una ascensión. Atraviesa túneles que devoran la luz y sube riscos hasta alcanzar valles altos que parecen suspendidos en el tiempo. 

Al bajarme en la estación, cruzo calles saturadas de migrantes musulmanes donde el alemán ha sido desplazado por la urgencia del árabe. Ceno un kebab apresurado; un descuido y la salsa mancha mi bella gabardina. Una marca de grasa sobre mi armadura de académico.

1 de marzo de 2023

Después de leer mi ponencia en el  Congreso de Hispanistas, dedico la tarde a caminar por la orilla del río Mura (Mur en alemán) cuyas aguas bajan con una urgencia plateada a encontrarse con el Danubio. Recorro  la Murinsel, esa isla de acero y cristal que flota como una caracola futurista en medio del cauce; un artefacto de la Secesión del siglo XXI (cuando Granz fue capital europea de la cultura en 2003): un puente que no termina de ser orilla.

Finalmente, subí al Schlossberg, el monte donde el castillo y su torre del reloj vigilan la ciudad. Subir allí es como intentar alcanzar ese valle alto de la conciencia donde todo se vuelve pequeño: los resentimientos, las manchas en la gabardina y hasta las ausencias. Desde la cima, Graz se despliega como un tablero de ajedrez donde Kepler alguna vez movió sus piezas. Me quedo aquí, en el límite de la Estiria, viendo cómo el Mura se lleva los restos de este febrero que, al fin, me ha permitido respirar.

Por la noche en un bar atestado de hispanistas:  hervidero de acentos argentinos, peruanos y colombianos. La tentación se presentó con el rostro de dos chicas que invitaban a prolongar la madrugada. Pero yo, en un gesto de quijotismo inútil, elegí la soledad. Quería ser fiel a un matrimonio que ya se desmoronaba en mis manos: Torre de Brueghel que ya tenía el destino escrito en sus cimientos.

Termino mi viaje por Graz en la casa de Kepler. Aquí, donde el astrónomo buscó la armonía de las esferas y las leyes que rigen el movimiento de los planetas, yo busco una ley que explique mi propio caos. Él miró al cielo para entender el orden; yo miro este diario para entender el curso natural de los acontecimientos.

Noche de 2/3 de marzo de 2023





Regreso de Graz a Viena en un tren que parece arrastrarse por la nieve. Llego a la ciudad derrotado físicamente; en el hotel de Graz falló la calefacción y el invierno no perdona. Pero, como buen discípulo de Freud (todos lo somos), sé que mi mal es psicosomático: el resfrío se me desencadenó por la indiferencia y el odio del otro lado del Atlántico. Regaños tontos. Reproches. Resentimientos. 

Sin apenas darme cuenta, seguía nevando de la misma forma perezosa y fea. Yo caminaba en silencio, acatarrado, sorbiéndome la nariz y arrastrando mi maleta sobre el empedrado gélido.  Pero me olvido de todo ante el esplendor de la Catedral de San Esteban (Stephansdom). 

La catedral no es un edificio, es una montaña tallada. Sus tejas esmaltadas, que forman el escudo de los Habsburgo, brillaban bajo la luz mortecina como piel de serpiente. La aguja principal se pierde en el cielo gris, una lanza gótica que parece pincha las nubes y hacerlas llover. Al entrar, el silencio es un bálsamo. El contraste entre la verticalidad de sus naves y la opresión de mi pecho acatarrado crea una tensión mística. Aquí, entre las tumbas de emperadores y el eco de los siglos, el resentimiento se vuelve un ruido blanco, insignificante frente a la eternidad de la piedra. He vuelto a Viena para poner el punto final, no en el papel, sino bajo la protección de esta mole que ha visto caer todos los imperios, incluidos los del corazón.

En la pantalla de WhatsApp, al llegar a mi hostal, una última distracción: una invitación a cenar de una estudiante polaca, admiradora del ensayo hispanoamericano, que desea saber más de Medellín y de Colombia. Me excuso. tengo fiebre. Pienso que debo eliminar ese chat; si no, la Madona me mata al llegar a México. [Ahora pienso lo ingenuo que fui, pues ya la madona se amancebaba con otro. "Nadie puede con una mujer profesora, hijo mío", leí después en La cripta de los capuchinos de Joseph Roth]. Viena, la Viena del fin de siglo, es la única que entiende este fin de imperio personal.

La aplicación de Booking falló en mandarme un taxi. Tuve que lanzarme a la madrugada vienesa, resfriado, con la fiebre galopando en mis sienes y la maleta pesando. Afuera, la nieve seguía cayendo con esa persistencia muda. Eran las cinco de la mañana y mi vuelo a Madrid —el puente de regreso al caos conocido— salía a las 7:00. En medio de la nieve sucia sobre el pavimento y bares alrededor, un taxi apareció como un milagro de metal. 

El conductor, un hombre de rostro curtido y acento musulmán, me recibió en su refugio con calefacción. Allí, en un inglés quebrado por la urgencia, regateamos el precio de mi libertad. Fue un duelo de voluntades breve y digno; aceptó mis condiciones con una venia y, bajo el amparo de Alá y la pericia de sus manos al volante, devoró los kilómetros de la autopista nevada.

Me depositó a tiempo en las salas del aeropuerto. Me voy agripado de este Imperio. Vuelvo a las letras finales del alfabeto, pero llevo conmigo el oro de Klimt y el frío de San Esteban grabados en la piel.




febrero 16, 2026

La ciudad es un medio: Pamplona (Navarra) como fortaleza (espiritual)


En su influyente ensayo “La ciudad es un medio”, Friedrich Kittler  advirtió que la ciudad no es un escenario, sino un aparato que registra, filtra y ordena la vida, como si cada calle fuese una línea de código y cada muralla un firewall de piedra. 

Pamplona, entre septiembre y diciembre de 2025, se me reveló justamente como eso: una medialidad histórica en funcionamiento, una máquina de canales y umbrales donde lo militar y lo espiritual siguen emitiendo señales de larga duración.

Durante siglos, Pamplona fue un dispositivo de defensa de la monarquía hispánica frente a Francia: murallas, Ciudadela, baluartes, fosos y revellines componían un diagrama de fuerzas pensado para detener el avance enemigo. La ingeniería militar fue allí un algoritmo inscrito en el paisaje: trazó trayectorias posibles, recortó movimientos, decidió quién podía atravesar el umbral y quién debía quedar fuera. Toda fortaleza es ya un medio: no solo resiste, sino que escribe en los cuerpos la gramática de la obediencia y del miedo.

A veces me divertía preguntándome si, Felipe II fue quien ordenó levantar la Ciudadela, entonces las murallas de Pamplona y las de Cartagena de Indias pertenecen al mismo ciclo defensivo del Imperio y compartieron una misión semejante: blindar sus fronteras frente a las potencias rivales. Soltaba este apunte en tono de broma ante mis estudiantes, y lo repetía entre risas con mis colegas Alejandro Martínez Carrasco y Javier de Navascués, como quien descubre que el mismo fantasma de piedra obsesiona por igual a Navarra y al Caribe.


Justo allí, me señalaba mi amigo Alejandro, justo allí donde hoy pasean turistas y runners, una bala de cañón le destrozó la pierna a Iñigo de Loyola y le cambió para siempre la médula espiritual al Imperio. Ignacio de Loyola, un vasco, defendió Pamplona en nombre del rey de Castilla frente a un ataque franco‑navarro. La batalla del 20 de mayo de 1521, en la que Enrique II de Navarra, apoyado por Francisco I de Francia, intentó restaurar el reino perdido tras la conquista de 1512, la atravesamos varias veces en nuestras caminatas, casi sin darnos cuenta. 

La caminata por las fronteras de hormigón del Pirineo navarro revela la obsesión moderna por reforzar una geografía que ya era, en sí misma, defensa natural: cumbres nevadas, desfiladeros, niebla y frío como muro casi teológico. Entre el Valle de Lizaso y la vuelta a Alarar, los búnkeres silenciosos son los píxeles muertos de una pantalla bélica anterior, perforando el paisaje con ojales de hormigón que miran hacia Francia.

En esa rudeza de roca y niebla surge la pregunta incómoda: ¿es esta España áspera, fortificada, la que permite la delicada ficción de una Francia «civilizada», laica, confiada en la suavidad de sus bulevares? 

La sobriedad navarra es una contrapunto de la ligereza francesa, como si el pliegue severo de las montañas españolas sostuviera el escenario luminoso de la Belle Époque: de los acantilados de Biarritz, del malecón del río Garona en Burdeos. La frontera, más que un límite cartográfico, es aquí una interfaz espiritual que modula caracteres nacionales: endurece de un lado, dulcifica del otro.

Frente al laicismo francés, Pamplona conserva iglesias que no son solo monumentos, sino máquinas activas de memoria: registros cotidianos de plegarias, rituales y hábitos que continúan en uso. El altar mayor de San Saturnino, con su cabecera gótica y las capillas laterales que se abren como pestañas de un misal barroco, condensa siglos de devoción en una sola superficie de imágenes y dorados, de modo que cada misa es también una actualización de software espiritual en un hardware de piedra y madera que viene funcionando sin apagarse desde la Edad Media.


Encima de todo esto, un “cielo de rutas” añade una nueva capa medial: los corredores aéreos, los slots, los horarios, las normas de Eurocontrol son escritura pura, un software que inserta a Pamplona en una red que la trasciende. No importa tanto cuántos habitantes tenga la ciudad; lo que importa es cómo está direccionada en el grafo de trayectos que unen Madrid, París, México, Bogotá, Nueva York. Nadie mira los aviones que la sobrevuelan como textos, pero cada vuelo es una frase de un lenguaje de circulación global.

Kittler sospechaba que si cambiamos el código, poco a poco cambiamos las almas. Una noche tuve una pesadilla: 

Me levanté de repente en otra Pamplona, donde el euskera era la única lengua oficial. Los altavoces de los supermercados escupían instrucciones en un euskera normativo impecable, con jingles patrióticos que venden yogures, seguros de coche y bonos de guerra cultural; las pantallas municipales repetían avisos en la misma lengua, como si cada decreto fuera un exorcismo contra el castellano.

Pero en la calle, en los parques, en los portales húmedos de la Chantrea y de San Jorge, en los autobuses y en las colas de los locutorios, lo que oía era más bien árabe. La mayoría de las mujeres caminaba con burka; los hombres barbados ocupaban el espacio sonoro con su cadencia, negociando, regateando, predicando, controlando las pequeñas economías de barrio. 
El español solamente se oía entre los reguetoneros «latinos» que atravesaban la noche de Iturrama con los bajos saturados. Es decir: el castellano se había vuelto una lengua clandestina, de flirteo y trap.
La Universidad, por su parte, se había blindado como un búnker y allá solamente se hablaba un inglés gringo, funcional y plano, hecho de papers, calls for papers, rankings y memorandos de compliance. 




Al final nada de ello (o bueno, al menos un poco) era cierto. Nevaba. El campus se hallaba inmaculado. Blanco. Y la Biblioteca me llamaba...

enero 28, 2026

Comentario a algunos escolios de Gómez Dávila



La única precaución está en rezar a tiempo.”

Comentario: rezar es afinar la atención antes del desastre. El acto de recogimiento anticipa la jugada siguiente. Quien reza a tiempo no pide milagros; se dispone. Ajusta el alma al tempo del mundo antes de que el mundo lo atropelle. Es una estrategia de lucidez: levantar la mirada un segundo, recordar lo esencial, y solo entonces moverse. El resto es activismo ansioso sin brújula.

Si es verdad que el hombre vale algo, es porque un Dios ha muerto por él.”

Comentario: Incluso leído en clave pagana (politeísta) o hasta atea, el escolio funciona: un “Dios” que muere es la imagen de una trascendencia que se deja gastar, sacrificar, vaciar para que una criatura irrelevante adquiera peso. 

“La única posesión que satisface es la de una idea inteligente.”

Comentario: Poseerla es ser poseído. Nos orienta. Ordena duelos. Afina. Es la única propiedad que nadie puede confiscar. Quien acumula ideas inteligentes sin dogmatismo construye un patrimonio invisible que sostiene su vida aunque se derrumbe todo lo demás.

“La verdad convence con un guiño; el error necesita discursos.”

Sin comentario

La liberación total es el proceso que construye la prisión perfecta.

Comentario: Quien se declara “libre de todo” se ha encadenado al peor carcelero: su propio capricho. La emancipación sin forma no libera, disuelve, derrite, agüita. El desertor acaba sirviendo al único amo que no admite apelación: su deseo. Y el deseo solamente se mira a sí mismo. Como Narciso. 


No debemos consolar al envidioso, sino exasperarlo.

Sin comentario

– Dialogar con el imbécil es escabroso: nunca sabemos dónde lo herimos, cuándo lo escandalizamos, cómo lo complacemos.

Comentario: La vulgata emocional todo lo convierte en contraataque. Gramática de la desconfianza que no goza de ninguna idea ni genera nuevas sintaxis.


enero 20, 2026

Geopoética de México: el desierto de Perote





Petrarca inventó la geopoética entre 1336 o 1353. El paisajismo. Lo inventó cuando le relató a un amigo cómo escaló el Monte Ventoso por el "solo deseo de ver un lugar célebre por su altura". No sube por estrategia militar ni por pastoreo ni por penitencia. Sube por curiosidad. Al llegar a la cima, Petrarca abre las Confesiones de San Agustín: «Los hombres van a admirar las cumbres de las montañas... y se olvidan de sí mismos». El paisaje exterior es interior y el ascenso físico, ascenso moral.


Durante todo 2023, en autobús y a ratos en mi carro, crucé cada semana los Llanos de San Juan, el altiplano entre Puebla y Perote, descendiendo después en zigzag a Xalapa, ciudad vertical entre la cordillera y el mar.  

Entonces tuve un sueño recurrente. Soñaba que Dulce y yo, siendo novios, nos distanciábamos tres meses. Ella vivía otras aventuras amorosas; luego regresaba a mí en plan de reconciliación. No hay nada más dulce, Dulce, que el supremo deleite de reconciliarnos tras los abandonos crueles.  Compadezco —decía Valle-Inclán en la Sonata de estío— a los desgraciados que, engañados por una mujer, se consumen sin volver a besarla. La Niña Chole le murmuraba al jactancioso españolito: «—¡Dime si hay algo más dulce como esta reconciliación nuestra!». Así vivía con mi Madona: en la geografía de los regresos humillantes. Pero en el ajedrez de la vida la arriesgué: sacrificio de Dama.

En 2025 seguí transitando el desierto de Perote de paso entre Xalapa y la Ciudad de México. Los volcanes del altiplano central se reparten el horizonte como dioses cansados. Ellos están aquí desde muchísimo antes que nosotros, y lo estarán cuando ya no estemos. Sus explosiones moldean todo. Creemos viajar, movernos; nada; es la ilusión de la rueda: esa misteriosa forma del espacio-tiempo. 


Mi nueva compañera de autobús habla con acento de Badajoz. Desciende conmigo desde el reino de  Navarra, pasando La Rioja, al reino de Castilla, a la corte de Madrid. España y Nueva España se tocan en la densidad del aire.

A veces la llamo Clawdia Chauchat, como si este autobús subiera a Davos-Platz, como si nosotros fuéramos los tísicos que buscan la curación en la altura. Ella tiene esa mirada de felino kirguís que Thomas Mann le otorgó a su heroína: una indiferencia soberana que es, en el fondo, una forma de piedad. Pero luego parpadeo y es Martha, la que conoce la hospitalidad de la piedra. Me da una cátedra de geología. Me habla de lo que ocurre bajo la costra de los Llanos de San Juan. 


Altiplanos endorreicos: del griego endo, dentro; rhein, fluir. El agua cae, busca salida, y no encuentra el mar. 




—Mira el cerro de Pizarro —me susurra, y su mano dibuja una línea que corta la calima—. Es un tapón de lava, un centinela de riolita. Aquí el desierto es una mentira visual. Debajo hay ríos ciegos, acuíferos que no conocen la luz del sol pero que sostienen el peso de todo este silencio.

Su voz se vuelve líquida cuando explica la niebla. Me dice que lo que vemos es un despojo del Atlántico. La humedad del Golfo de México sube como una procesión de fantasmas por la ladera de la sierra; choca contra el muro del Cofre de Perote. Se rompe. Lo que queda es este abrazo de vapor frío sobre la aridez. Es la "selva de niebla" que se niega a morir, un beso húmedo sobre un rostro de ceniza.

Ella es geóloga. Entiende que Perote es un templo de la endorreicidad: un lugar donde el agua, como nuestro amor, ha decidido no buscar el mar. Se queda aquí, filtrándose entre las grietas del basalto, purificándose en el encierro.

—En la meseta castellana el agua se pierde en el horizonte —murmura ella, mientras el autobús flanquea un volcán monogenético—. Aquí el agua se hunde en nosotros.

Me pregunto si Petrarca, al escalar el Monte Ventoso, no estaría buscando también a una Martha o a una Clawdia. Él buscaba la vista; yo busco la voz. Al final, el paisaje no es más que una mujer explicándote por qué la tierra tiene sed. 


No hacen falta nombres: conciencia enamorada, conciencia humillada, conciencia que se sienta lado pasillo a mirar el Nauhcampatépetl sin entrar al pueblo.


enero 19, 2026

Crónica de infarto




9 de enero de 2026 


Era la hora en que los niños juegan en los parques de todos los pueblos, llenando con sus

gritos la tarde, cuando recibí la llamada. La noticia me llegó desfasada, como todo en las familias dispersas. Mientras yo estaba en Xalapa, cuidando a mi hijita de siete años, mi hermana médica me llamaba desde Bogotá. Me contó que acababa de pedirle una ambulancia a nuestro padre, pues él llevaba un rato quejándose de un agudo dolor en el pecho. Ahora ya no le contestaba y ella no sabía si ya la ambulancia se encontraba allí, al pie del edificio de Los Colores. La tranquilicé y le dije que iba a ver qué hacía. 


Celular en mano, de inmediato activé por WhatsApp a la red de vecinos de la tienda de al frente. Juan Carlos, quien se pasa allí las tardes echando cervecita, me envió foto de la ambulancia de EMI. En Colombia oscurece primero que en México. "Rey", me dijo Juan Carlos, "yo pienso que no debe ser grave porque, si no, eso es de una". Le escribí a mi amigo, el historiador Santiago Pérez Zapata: "Oíste, un favor urgente". Y le pedí que cogiera un taxi rápido y subiera a ver si mi papá estaba en el apartamento. Minutos después, con el auricular abierto, oí que Santiago tocaba y tocaba a su puerta. Nada. Volví a insistir en comunicarme al celular de mi padre. Por fin me contestó. 


Como sufre de problemas de audición, le pidió al paramédico que me informara a dónde lo trasladaban. Al centro clínico Los Molinos, me dijo el paramédico. Le informé a mi hermana al instante. Y de inmediato volví a llamar a mi amigo Santiago. Oíste. Ahora cógete un taxi a Los Molinos, porque se lo llevaron a urgencias, y me contás. 

Para evitar angustiar a mi hijita, la llevé a jugar con la hija del doctor Miguel, quien a su turno trató de tranquilizarme diagnosticando cosas distintas a un infarto: angina de pecho, espasmo coronario, reflujo gastroesofágico, pericarditis, embolia pulmonar. A las 8:00 de la noche dejé a mi hijita en casa de su mamá, y ya solo en mi carro, manejando, llamé de nuevo a Santiago. "Que sí es infarto, Sebas", me dijo. "Lo van a remitir a la Clínica de las Américas". Colgué, llegué a mi pequeño aparta-estudio, compré el tiquete de avión y comencé a empacar: papeles, cargador del celular y de la laptop, y me arrodillé frente a la Virgen de Fátima, un figurita que mi padre encontró en un puente de Bilbao el pasado octubre. 

10 de enero 

En la madrugada, en una van o furgoneta, subí al altiplano rumbo al aeropuerto de la Ciudad de México. Pasé el día en una sala de Aeroméxico leyendo y chateando, tranquilizando a la familia, avisando a mis colegas de la Universidad Veracruzana. A mis 43 años me descubrí volviendo al papel más antiguo de mi vida: el niño que admira a su padre y corre hacia él. A medianoche, el avión aterriza en Rionegro. 

11 de enero 

Casi a la una de la mañana, me subo a una buseta que atraviesa el túnel de Oriente hacia San Diego. El conductor es un hombre negro del Chocó, parco, concentrado en la carretera mojada; el ayudante, un paisa blanquecino que presume haber nacido en Quibdó, lanza piropos a las muchachas de los peajes e imita, con humor cruel, a un turista mexicano que pretende pagar con tarjeta. Esa comedia mínima, ese teatro de buseta, me arranca por momentos de la preocupación, me devuelve al sonido conocido de los acentos, al país que uno nunca termina de abandonar.
En medio de ese ruido entra otra llamada de mi hermana. Un nuevo dolor, una nueva urgencia. Me hermana urge hacer cateterismo. En el taxi de San Diego a la clínica me descubro rezando un padrenuestro en voz baja y al taxista acompañándome en el rezo y dándome ánimo. Todo va a salir bien con su papá. Esos buenos deseos me sostienen para cruzar la puerta de urgencias sin desmoronarme.

Adentro me espera Andrés, el novio de mi hermana, guía sereno en la burocracia clínica. Me conduce hasta la unidad de cuidados intensivos. Mi hermana llora; yo me acerco a la cama, beso a mi padre en la frente y en las mejillas. “Ánimo, ánimo: todo va a salir bien”. Luego me presento ante el médico de guardia, el doctor Mario. “Vengo desde México”, alcanzo a decir, agachando la cabeza como si justificara un atraso. Él me muestra en la pantalla un lenguaje que reconozco solo por fragmentos: acinesia anteroseptal muy extensa, necrosis, disfunción ventricular global, insuficiencias valvulares. Me cuenta que su propio padre, también médico, llegó tarde al hospital por hacerse el fuerte. Hay un silencio breve, una alianza tácita entre hombres que han visto tambalear a sus padres. Doctor Mario, le digo agachando cabeza, haga lo que esté a su alcance. El doctor ordena el cateterismo. A las cuatro de la mañana llega el equipo de hemodinamia. 

En la sala de espera busco refugio en la filología:  hemodinamia viene del griego haîma (sangre) y dýnamis (fuerza, movimiento); cateterismo deriva de kathetér (lo que se hace descender, la sonda que se introduce). Y es como si, en medio del infarto, los griegos  dictaran que todo consiste en seguir el curso de la sangre y en aprender a entrar, con cuidado, en sus corrientes invisibles. Pienso, fugazmente, en  un verso de Eduardo Carranza, Salvo mi corazón, todo está bien (creo que Héctor Abad lo recicló para titular una de sus últimas novelas). En realidad, no hay literatura suficiente para esto. Demasiada realidad. 

12 de enero 

En cuidados intensivos, mi padre está rodeado de catetes, mangueras y cables que convierten su torso en un mapa de líneas verdes y rojas. Ayudarlo a expulsar flemas, sostener el pato a las tres de la mañana para que orine sin levantarse, ajustar la altura de las almohadas, controlar el dolor con las gotas exactas de calmantes. Esa es mi rutina.  El monitor del pulso a ratos anuncia arritmias o taquicardias breves, luego se estabiliza; yo aprendo a respirar al ritmo de cada curva. Afuera llueve. 
Nuestro valle ama la lluvia. O la lluvia ama al valle.

La enfermera auxiliar María Alejandra se convierte en una especie de ángel de la guarda. Su suavidad, su manera de tocar el brazo de mi padre, de explicarle cada procedimiento como si tuviera todo el tiempo del mundo, confirma algo que yo sabía de oído: que los enfermeros colombianos son buscados en Europa para cuidar ancianos, porque saben sostener el cuerpo y, a la vez, el orgullo del enfermo. Mi padre, que fue siempre austero, casi tacaño con los adjetivos, se emociona hasta las lágrimas: “Me hacen sentir como un rey”, repite, con la dignidad herida del viejo funcionario público que nunca esperó este nivel de consideración.

Yo sobrevivo a punta de dos tintos en el Tostao del patio de la clínica, suficientes para mantenerme insomne pero lúcido en las noches. Afuera cae la lluvia de enero sobre Medellín; adentro se suceden las visitas y las llamadas: mi hermano Santiago llega desde Guatemala; mi primo Max baja desde La Estrella; mis tías llaman desde distintas esquinas de Colombia; mis hermanas medias, desde España; mi madre se turna entre la rabia, el miedo y la ternura. Mi padre, que desde hace más de veinte años vive solo en el apartamento de Los Colores, se encuentra ahora rodeado por toda la constelación familiar, como si el infarto hubiera activado una fuerza centrípeta que nos devolviera a su cama de UCI.




13 de enero 

En una de esas mañanas, desde el séptimo piso de la Clínica Las Américas, se abre ante nosotros un cuadro completo del valle de Aburrá: techos de teja, franjas de árboles, la pista del aeropuerto Olaya Herrera, montañas verdes que se apilan al fondo bajo nubes densas. Mi padre mira largo rato el paisaje y dice que eso lo cura. Él siempre ha sido un paisajista. 
 Apoya los codos en el alféizar, la manilla del hospital brillando discretamente en la muñeca. Le señalo los dos cerros: el Nutibara y el Volador, guardianes gemelos del valle. De niño, mi padre  encontró una huaca en el Nutibara. De adolescente, yo tuve una epifanía en la cima del cerro El Volador. Nuestro valle es milenario. Alguna vez también fuimos indígenas Aburrá, al pie de la quebrada La Iguaná. Yo mismo debo estar enterrado en la cima del cerro El Volador. Es la tierra que nos sostiene.

Cada vez que entra una enfermera nueva, un auxiliar, un camillero, él repite su pequeña fórmula de presentación: “Yo fui director del Inderena en Antioquia, antecedente del Ministerio del Medio Ambiente. Me he dedicado a la ecología toda la vida". Lo dice sin fanfarria, casi como un dato administrativo, pero su voz se ilumina un poco al pronunciar la palabra “ecologista”. Entre 1980 y 1993 —o 1994, los años se me confunden— mi padre dirigió una época en que la ecología todavía sonaba a promesa y no a coartada de informes corporativos.

Yo, al escucharlo, regreso a mis viajes de niño: Los Katíos, Utría, los vuelos en helicóptero con el gobernador Echeverri Mejía sobrevolando las selvas del Chocó, la región más lluviosa del planeta; las cartas que yo redactaba al alcalde, de niño, pidiendo el saneamiento del río Medellín; las reuniones en las que, a falta de guardería, yo me sentaba en una esquina a colorear mientras los adultos discutían sobre vertimientos, especies endémicas, deforestación. Me sabía los nombres de las quebradas y de los cerros de mi valle como otros niños se aprendían las alineaciones de fútbol. Ahora, mientras mi padre enumera sus cargos ante el personal de salud, entiendo que no es vanidad, sino necesidad: necesita inscribirse de nuevo en una historia más larga que este episodio cardiovascular.
Decir “yo era ecologista” es recordar que su corazón lesionado fue, durante décadas, motor de políticas públicas, cuidador de territorios. Es su manera de afirmar que este músculo que ahora falla ha bombeado también proyectos, decretos, viajes, discusiones. Mientras él habla, tengo la sensación de que las montañas que se ven por la ventana escuchan.




14 y 15 de enero

Mi bitácora en Word se vuelve más literaria sin proponérmelo: entre dosis de furosemida, miligramos de anticoagulantes y horarios estrictos de visita se cuelan conversaciones breves, chistes malos, silencios compartidos que pesan más que cualquier examen. Se decide que pasará unos días en un apartamento “puente” con apoyo de enfermería, y luego regresará —como él insiste con obstinación— a su apartamento  en Los Colores.

La negociación familiar es tensa. Mi hermana, médica genetista, pide certezas inmediatas, contratos firmados, personal de servicio asegurado. Mi madre oscila entre la furia (“¿por qué no se cuidó antes?”) y el cuidado minucioso. Yo, que vivo en México y llegué en vuelo de emergencia, termino en el papel de mediador. Al final, mi padre acepta lo estrictamente necesario: terapia, controles, ayudas puntuales, siempre que el horizonte siga siendo su viejo apartamento con vista al valle, su biblioteca, su mesa, su cama.

16 de enero 

El viernes 16, ya instalado de nuevo en nuestro apartamento de Los Colores, llega la escena que cierra —provisionalmente— este ciclo: pizza, cervezas y tertulia con Santiago, su novia Catalina y nuestro amigo Gabriel. La conversación se expande como una fogata vieja: Biblia, culturas prehispánicas, paganismo, Rusia, México, Antioquia. Mi padre sale varias veces de su cuarto a saludarnos, a escuchar, a dejar un comentario suelto en medio de la discusión. 

El corazón recién intervenido late ahora al compás de las voces que discuten, ríen, citan, se interrumpen. No hay monitor de pulso a la vista, pero todos, sin decirlo, estamos escuchando su respiración.
La noche siguiente, ya en el aeropuerto de Rionegro, a punto de regresar a Xalapa, llamo a mi hijita. Le cuento que el abuelo está en “la casa de la piscina, cuidando su corazón para que tú puedas volver a visitarlo pronto”. Mi hijita me dice que se acuerda del sol en el agua y del nombre de una amiguita del edificio. Pienso entonces que toda esta semana fue, en el fondo, una tertulia extrema con la muerte, una mesa larga en la que se sentaron cardiólogos de hemodinamia, enfermeras de UCI, vecinos de Los Colores, amigos fieles, hermanos, primos y yo mismo, para mejorar al corazón de mi padre.

El infarto de mi padre se me aparece ahora como un giro de guion que me obliga a escribir sobre algo para lo cual casi no hay bibliografía. Pues, me pregunto, ¿cómo se ve, desde la vida adulta y desde un cuerpo ya no tan joven, el derrumbe parcial de ese otro cuerpo que nos enseñó a cuidar ríos, aves, bosques, palabras?

 Esta crónica de infarto es, al mismo tiempo, una crónica de gratitud: la del niño de 43 años que mira a su padre, manilla de hospital al brazo, declararse ecologista ante la enfermera y entiende que ese orgullo discreto es también una forma de seguir vivo.